La mentira del paraíso Capítulo 13 El Farol y la Verdad #3
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Capítulo 13 El Farol y la Verdad #3

Llegan en sus barcos, se gastan cincuenta mil pavos en champán en una noche para lavar nuestro efectivo, y en los reservados VIP les vendemos el producto colombiano.

Dinero, exclusividad y vicio en un recinto inexpugnable. El ecosistema perfecto.

Me quedé en silencio, observándolos desde mi rincón del sofá. En menos de cinco minutos, improvisando para salvar el pellejo con un farol, mis hermanos acababan de diseñar una infraestructura criminal impecable.

Mariena nos miraba embelesada.

—¿Sabéis qué es lo más gracioso de todo esto? —dijo Mariena, sirviéndose más whisky.

—¿El qué? —preguntó Mario.

—Que vuestras nuevas órdenes para este semestre en España se habían reducido a la mitad.

—¿A la mitad? —saltó Tolo, ofendido—. ¿El Viejo me quería dejar sin trabajo en el sur?

—Sí —respondió ella con frialdad—. Estaba deseando que os retirarais. Esos dos idiotas, Dimitriv y su hermano, le están envenenando la cabeza. Quieren vuestros territorios. Esa es la razón por la que voy a salir corriendo de allí con vosotros.

—¿El Viejo te dejará irte sin más? —preguntó Richi, algo preocupado.

—Yo, al contrario que vosotros, no tengo «dinero en la caja» esperando mi jubilación. Yo me voy con una mano delante y otra detrás. Simplemente desapareceré.

—¿Y todo lo que sabes de él? ¿Sus sistemas de blanqueo? —insistí.

—Poco le importa lo que yo sepa cuando lo que quieren es acabar con el modelo antiguo y montar el suyo propio. Es más, creo que Dimitriv hará una fiesta el día que me vaya. Los cuatro erais una piedra en sus zapatos. Y yo también.

Mariena estaba convencida. Sabía de lo que éramos capaces y creía a pies juntillas que íbamos a reinar en Centroamérica.

Formalizamos el trato chocando los vasos de cristal.

Acabábamos de meter a la persona que mejor conocía nuestros secretos dentro del problema.

Ella sería nuestra consejera en la nueva organización.

Viajaría a España, comunicaría nuestro retiro oficial, y el Viejo nos daría el millón prometido a cada uno, menos el 20 % que, por sagrada tradición, siempre se quedaba La Organización por los «gastos de gestión».

A la mañana siguiente, nos despedimos de Mariena en la explanada.

Para darle a todo aquello la «pinta de organización real» que ella esperaba, ordené a Diana que la llevara al aeropuerto, escoltada por un segundo vehículo conducido por AK y Silvia.

Me quedé en la puerta de la villa viendo cómo los dos 4x4 desaparecían tras la valla de hierro de Queen Mary.

Tolo se acercó por detrás, parándose a mi lado con los brazos cruzados.

—Entonces, Diego... —dijo, con voz ronca—. ¿Qué cojones vamos a hacer ahora? Porque tenemos ya hasta puta consejera. ¿Qué vas a hacer cuando Mariena vuelva dentro de unas semanas con los millones y vea que nada de lo que le hemos contado es real?

La pregunta flotó en mi cabeza durante horas.

Nos habíamos metido en una ratonera.

Por la tarde, me reuní con Tecla en el despacho para revisar los números.

Las noticias eran pésimas. El segundo gran pago de los derechos de la serie americana tardaría meses en llegar debido a la burocracia de los contratos.

Y los millones de nuestra liquidación del Viejo llegarían en días con Mariena.

—Si queremos justificar ese dinero, jefe —dijo Tecla mirando su portátil—, tendremos que montar algo de verdad. Un local, licencias, movimiento que valga para los ojos de La Rubia.

Me pasé las manos por la cara.

—O sea, que para mantener la mentira de que estamos montando un cártel tenemos que montar uno de verdad.

Tecla se encogió de hombros.

—Básicamente.

—Perfecto —murmuré—. Qué cojones más puede pasar...

No fue hasta media tarde cuando, incapaz de quitarme aquello de la cabeza, busqué a Mario.

—¿Alguien ha visto a Mario? —pregunté en el salón. Tolo y Richi negaron con la cabeza.

Nadie le había visto.

Agarré el móvil prepago y encriptado que cada uno teníamos para emergencias en Panamá. Casi no lo habíamos usado.

Llamé. Sonó un pitido largo. Y otro.

—Diego... —se escuchó la voz de Mario, distorsionada por la estática de la conexión internacional—. ¿No me habéis echado de menos hasta ahora? Qué cabrones. Llevo tres horas fuera.

—Eres tú, Mario, que eres una puta serpiente. Sabes cuándo salir y cómo hacerlo sin que te vean —respondí—. No vayas de víctima.

Mario soltó una carcajada limpia al otro lado de la línea.

—¿Qué estás tramando? —le pregunté, con un presentimiento helado recorriéndome la espalda.

—Nada que no sepas ya, hermano —dijo, y pude escuchar el sonido del viento de fondo—. Voy a ver a Lucía. A mi gran amor.

Me quedé petrificado.

—¿Sin avisarnos antes, sin decidirlo todos juntos?

—Ya estaba decidido, Vasco —respondió, con una calma espeluznante—. Solo que vosotros no os atrevíais a dar el primer paso. El farol se ha acabado. Lo vamos a hacer de verdad.

Se hizo un silencio espeso en la línea.

El vértigo me asaltó. El plan inventado por culpa de la cocaína y la desesperación acababa de ponerse en marcha.

—Ten cuidado con Lucía, por favor —le dije, rindiéndome a la evidencia.

—No te preocupes. La veo y enseguida estoy de vuelta.

—Suerte, hermano.

—No la necesito —sentenció Mario.

Y colgó.