Capítulo 13 El Farol y la Verdad #2
Estáis limpiando el terreno. Habéis venido a montar vuestro propio imperio en Centroamérica, y me vais a explicar el plan de negocio ahora mismo si no queréis que el Viejo reciba noticias mías esta misma noche.
El salón quedó sumido en un silencio denso.
Mi mente iba a mil por hora. No sabía cómo salir de aquella. Decirle la verdad, que me iba a retirar porque había escrito un libro sobre lo que pasó cuando murió Miguel y ahora era millonario, era firmar nuestra sentencia de muerte al instante.
La miré a los ojos. Ella había construido una mentira lógica. Si le daba la razón, el secreto del libro seguiría a salvo.
Tomé aire. Di un paso al frente y esbocé una sonrisa fría. Un puto farol a vida o muerte.
—Eres muy lista, Mariena. Siempre lo has sido —mentí, asintiendo lentamente—. Sí. Estamos creando nuestra propia estructura. Lejos del Viejo, lejos de sus odiosos hijos y lejos de La Organización.
Mariena sonrió, satisfecha por haber «descubierto» la verdad. El ambiente vibró con pura tensión.
—Ok. De acuerdo —dijo ella, paseándose por el salón—. Yo vuelvo a España. Le digo al Viejo que os habéis cansado, que queréis hacer efectiva vuestra jubilación pactada y que os quedáis a vivir de las rentas en Panamá. Y yo misma, personalmente, os traeré vuestra parte de la caja.
—¿Por qué harías algo así? —pregunté—. ¿A cambio de qué? ¿Cuánto quieres?
—Nada de dinero —respondió Mariena, deteniéndose en seco y mirándome a los ojos—. Quiero un sitio en vuestra mesa. Quiero algo que sea mío. No quiero seguir a la sombra del Viejo.
Dudé un segundo, pero asentí.
—Trato hecho. Te daremos tu parte si te encargas de traer nuestro dinero.
Mariena enarcó una ceja, desconfiada.
—Antes de nada... quiero saber qué negocios tenéis pensado montar aquí. No me voy a jugar el cuello con el Viejo por una idea de aire. Explicádmelo.
Sudé frío. No teníamos ningún plan.
Miré a Tolo y a Mario, desesperado, recordando las gilipolleces que habían estado hablando en el muelle un par de días atrás.
—Hermanos... —dije, cediéndoles la palabra con un gesto solemne—. Contadle a Mariena, con pelos y señales, vuestra operación de carga directa desde Colombia.
Se hizo una pausa de un segundo. Tolo levantó una ceja poblada, mirándome al principio como si me hubiera vuelto loco, pero su cerebro hizo clic al instante. Mario esbozó una sonrisa lenta y afilada, acomodándose en el respaldo del sofá.
Acababan de entender la jugada. Les estaba dando carta blanca para venderle su fantasía húmeda a la consejera del Viejo.
Habíamos encontrado la maldita salida. Y lo mejor de todo es que ellos lo iban a disfrutar.
Mario se acomodó en el sofá, cruzando una pierna sobre la otra con la elegancia de un embajador de la muerte.
—El suministro ya está cerrado, Mariena —empezó el colombiano, con voz suave—.
Conozco a alguien en la selva. Lucía. Tiene capacidad para mover lo que queramos, puro al noventa por ciento, directo de los laboratorios a la costa.
Sin intermediarios y sin cárteles de por medio mordiendo el pastel. Compramos a precio de selva.
Mariena asintió, atrapada ya en la red.
—¿Y cómo cruzáis el charco sin que os intercepte la guardia costera panameña?
Ahí entró Tolo. El gigante se inclinó hacia delante, apoyando sus inmensos codos en las rodillas. Sus ojos brillaban. Esto era su terreno.
—Por mar abierto, Rubia. Como hacíamos en el Estrecho de Gibraltar, pero a lo grande —rugió Tolo con una sonrisa salvaje—.
Usaremos las lanchas planeadoras que hemos comprado.
Motores fueraborda de mil caballos. Hacemos la recogida mar adentro de noche, apagamos radares y navegamos a ras de ola.
En unas horas estamos en la bahía de Veracruz.
Y lo mejor de todo: no descargamos en ningún puerto oscuro.
Metemos las lanchas directamente en nuestro embarcadero. De la lancha, al salón de casa.
La Rubia escuchaba, absolutamente fascinada. Su cerebro matemático ya estaba sumando los ceros.
—El margen de beneficio comprando en origen es brutal —admitió, mordiéndose el labio inferior—. Pero sois europeos. En Panamá sois forasteros. ¿Cómo vais a darle salida a ese producto sin entrar en una guerra abierta con los cárteles locales en las calles?
Vi la oportunidad perfecta para encajar la última pieza del rompecabezas.
—Esa es la mejor parte de la jugada, Mariena —dije, sintiendo un escalofrío al ver cómo la mentira tomaba forma—. Richi... cuéntale la fase tres.
Richi, en su salsa y acelerado por la química que aún corría por sus venas, se puso de pie y empezó a caminar por el salón como si estuviera dando una charla en Wall Street.
—Nosotros no vendemos en la puta calle, Mariena —sentenció Richi, abriendo los brazos—.
Las calles son de los pandilleros. Nosotros vamos a vender en El Cielo.
Vamos a coger ese beach club de lujo y lo vamos a blindar.
Cerraremos el acceso por tierra con vallas y seguridad privada.
Nadie entra a pie. Solo se podrá acceder por mar, atracando en los muelles. ¿Entiendes el concepto?
Mariena abrió los ojos, vislumbrando el imperio.
—Un club exclusivo para millonarios con yate... —susurró ella.
—Bingo —sonrió Richi, guiñándole un ojo—.
Jeques, narcos de alto standing, políticos corruptos.