La mentira del paraíso Capítulo 13 El Farol y la Verdad
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Capítulo 13 El Farol y la Verdad

El 4x4 frenó en seco sobre la gravilla de la explanada, levantando una nube de polvo frente a la villa central.

Estábamos todos en el salón principal. Tolo, Richi, Mario y yo compartíamos unos cafés mientras Mariena, sentada en el sofá con las piernas cruzadas, nos hablaba de la supuesta reorganización de las rutas del norte. Yo asentía, fingiendo interés, cuando la puerta principal se abrió de golpe.

Era Be.

Venía con la respiración agitada, la cara más pálida que la cera y los ojos inyectados en rabia. Detrás de ella apareció Diana, con las manos en alto y una expresión de impotencia, negándome sutilmente con la cabeza.

El corazón me dio un vuelco. Se hizo un silencio de apenas un segundo, pero me pareció una puta eternidad. Conocía esa mirada. Ya lo sabía.

—Aita, tenemos que hablar —exigió Be, plantándose en el centro del salón, con una voz que hizo eco en las paredes.

El ambiente se congeló. Mariena dejó su taza de café sobre el plato de porcelana, clavando sus ojos de hielo en mi hija.

Nerea se levantó de un salto, acercándose a ella.

—Be, cariño, ¿qué pasa? —preguntó, y luego miró a la escolta—: Diana, ¿qué ha pasado ahí fuera?

Diana abrió la boca para explicarse, pero Be la cortó en seco, señalándola con el dedo.

—No, ama. Yo os voy a contar lo que ha pasado. Yo os voy a contar lo que dicen en la playa de vosotros y de...

No le dejé terminar la frase.

Vi que Mariena ladeaba la cabeza, escuchando con demasiada atención. El pánico me atravesó el pecho.

Me levanté como un resorte, crucé el salón en tres zancadas, agarré a mi hija del brazo con una fuerza que no admitía réplica y tiré de ella hacia el pasillo.

—Tú y yo. Al despacho. Ahora.

—¡Suéltame, aita! —protestó Be, forcejeando.

—¡He dicho que ahora! —rugí.

Nerea nos siguió de cerca. Metí a Be en el despacho de caoba, empujé a Nerea hacia el interior y cerré la puerta con pestillo, aislándonos del resto de la casa.

Solté a Be. Se frotó el brazo, mirándome con una mezcla de furia y decepción absoluta.

—Habéis sido capaces de traernos a mis hermanos y a mí hasta aquí, al otro lado del mundo, ¿para seguir haciendo esas putas cosas que hacéis?

—me recriminó, con lágrimas de rabia asomando en los ojos—.

Sabía que lo del pescado de Galicia en España era una mentira, pero aquí...

pensé que estábamos de vacaciones. Pensé que estábamos a salvo.

Nerea se acercó a ella y le puso las manos en las mejillas, intentando calmarla.

—Be, escúchanos...

—¡No, ama! —gritó, apartándose—. ¡Dilan! ¡Los doce muertos de la tele! ¡Me lo ha dicho un chico en la playa, aita! Todo el mundo en las calles sabe que fueron AK y los chicos.

Me pasé las manos por la cara, sintiendo que el peso de veinticinco años de mentiras me aplastaba el pecho. La miré a los ojos. Ya no era una niña. Era el momento.

—Cuéntaselo todo, Diego —susurró Nerea, apoyándose en la mesa—. Ya no podemos más.

Respiré hondo.

—Siéntate, Be.

No lo hizo. Se quedó de pie, desafiante.

—Lo que sospechabas en Vizcaya era cierto —empecé, con la voz áspera—.

La fábrica es una tapadera. Llevo unido a una organización criminal desde hace veinticinco años.

Tus tíos... Mario, Tolo y Richi... también.

Todos trabajamos para el mismo hombre. Y todo lo que tenemos, esta vida, tu universidad, la casa... todo viene de ahí.

Be no parpadeó. Absorbió el golpe sin apartar la mirada.

—Pero no vinimos a Panamá a hacer negocios —continué, acercándome un paso—.

Vinimos a escondernos. Hace años escribí unos libros.

Usé seudónimo y conté en ellos nuestra historia.

La verdad sobre nosotros. Ahora van a hacer una serie mundial, y si mis jefes la ven, atarán cabos y nos matarán.

A todos. Así que cogimos los millones de los derechos de autor, compramos este sitio y planeamos no volver jamás a España. Estábamos limpios, Be. Lo juro.

Be tragó saliva, mirando a su alrededor como si la jaula de oro acabara de cerrarse de golpe.

—¿Y esto es para siempre? —preguntó, con un hilo de voz—. ¿Nos vamos a quedar a vivir aquí escondidos toda la vida?

Nerea dio un paso al frente y le acarició el brazo con dulzura.

—Hasta que la cosa se calme, cariño. De momento, Panamá es nuestro hogar.

Be la miró. Dudó un segundo, apretando los labios. Su vida entera en España, la universidad, sus amigos... todo había desaparecido en un parpadeo. Pero era la hija de Vasco; lo bastante lista y fría para entender exactamente lo que se jugaban.

—De acuerdo —suspiró, rindiéndose a la evidencia y asumiendo su nueva realidad—. Lo primero es lo primero: conseguir que no nos encuentren.

Luego, su mirada volvió a endurecerse, clavándose de nuevo en mí.

—¿Y los doce muertos de la televisión? —preguntó ella, con la voz temblando levemente.

—Dilan fue a su antiguo barrio y unos pandilleros lo secuestraron. Iban a pedirnos rescate y luego lo matarían. No podíamos llamar a la policía sin revelar quiénes éramos y levantar la liebre en España. Así que mandé a los chicos a sacarlo de allí. La situación se descontroló y... hubo bajas.

Be se quedó en un silencio sepulcral. Su cerebro estaba procesando a la velocidad de la luz.

—AK, Diana y los mellizos... —dijo por fin, señalando hacia la puerta—. Son nuestros guardaespaldas, ¿verdad?

—No, cariño —respondió Nerea, con tristeza—. Son mucho más que eso.

Be asintió lentamente.

—Lo tenía claro —murmuró. Luego, levantó la vista hacia mí. Su expresión había cambiado. Ya no había pánico, sino una determinación gélida que me recordó horriblemente a mí mismo a su edad—: Aita. Quiero leer esos libros.

—Los tengo en el ordenador encriptados. Si estás segura... puedes leerlos —le dije.

—Estoy segura.

Pero antes de la literatura, teníamos un fuego urgente que apagar.

Reuní a La Cantera en la sala de seguridad del sótano, junto a Be.

—Ese chico, Darío. El que ha hablado contigo —dije, mirando a mi hija—. Tenemos que encontrarlo. Sabe quiénes somos y dónde estamos.

—Aita, no creo que sea peligroso —dijo Be, cruzándose de brazos—. Solo es un fantasma de barrio. Estaba muerto de miedo. Por favor, no quiero que le hagan daño.

La miré a los ojos.

—No le harán daño si no ha abierto la boca. Te lo prometo. Pero tenemos que sacarlo de la calle ya. ¿Puedes sacarle a Mili dónde vive?

Be asintió. En diez minutos, tras una charla casual con la panameña, teníamos la dirección.

AK, Diana y Silvia salieron de inmediato hacia las afueras de Veracruz. Cuarenta minutos después, la puerta trasera de la villa se abrió de golpe.

AK entró empujando a Darío por el cuello de la camiseta.

El chaval temblaba como una hoja. Cuando le quitaron la capucha negra, levantó la vista y vio el lujoso salón, su cerebro pareció hacer un cortocircuito.

Miró a AK y a los mellizos. Luego miró a Tolo, que se cruzó de brazos pareciendo un armario empotrado de dos metros, y finalmente clavó la vista en mí.

—¡Yo no he dicho nada, patrón, lo juro por mi abuelita! —soltó Darío de golpe, cayendo casi de rodillas, con los ojos llenos de lágrimas—. ¡No me corten en pedacitos, que mi abuela sufre del corazón!

Tolo soltó una carcajada ronca que hizo temblar los cristales.

—Joder, Diego. ¿Este es el fiero gánster panameño que nos iba a delatar? Si parece que se ha meado encima.

Darío miró hacia abajo, avergonzado.

—Solo fueron unas gotitas, señor gigante, del susto en el coche... La señorita rubia conduce como una maldita psicópata —murmuró, señalando a Diana.

Diana le dio un leve capón en la nuca.

—Cállate, niñato.

En ese momento, Be dio un paso al frente, cruzándose de brazos. Darío levantó la vista hacia ella. En sus ojos se vio el momento exacto en el que conectó los cables: la chica a la que intentaba tirarse los trastos un par de horas antes era la princesa de este cártel de psicópatas europeos.

—Hola, fantasma —le dijo Be, con una media sonrisa. Por primera vez en toda la noche, parecía disfrutar de tener el control de la situación.

Darío tragó saliva, pálido como la cera.

—Chucha de su madre... —balbuceó—. Me vas a matar tú a mí por no invitarte al segundo trago, ¿verdá?

Tolo y Mario se echaron a reír. Nos dimos cuenta al instante de que Be tenía razón. No era un informante ni un sicario peligroso; era un niñato asustado que quería dárselas de duro y se había chocado de frente con la realidad.

—¿Qué hacemos con él, Vasco? —me preguntó AK en voz baja.

—Lo soltamos. Pero se queda aquí —decidí—. Be, tu y Mili vais a tener un invitado unos días. Va a pasar unas «vacaciones» forzosas en el complejo, bajo vuestra vigilancia y la de los escoltas. Cuando pase algo de tiempo, se podrá ir a su casa.

Darío, agradecido por seguir respirando, asintió vigorosamente.

Creímos que habíamos solucionado el problema de forma limpia.

Pero habíamos subestimado a Mariena.

La Rubia no era tonta. Desde la cristalera de la planta de arriba, había visto llegar el coche, había visto a AK meter a empujones a un chico aterrorizado por la puerta trasera, y había atado sus propios cabos.

Esa misma noche, Mariena nos reunió a los cuatro en el salón principal.

Traía un vaso de whisky en la mano y una expresión que cortaba el acero.

—Se acabó el puto teatro —dijo, plantándose frente a nosotros—. He visto demasiado. Ya no quiero más excusas de vacaciones ni homenajes a Miguel.

Nos tensamos. Richi miró a Tolo de reojo.

—¿Qué quieres decir, Mariena? —pregunté, manteniendo la calma.

—Quiero decir que sé perfectamente lo que estáis haciendo a espaldas del Viejo —sentenció ella, dando un paso al frente.

Parpadeé, intentando mantener la compostura.

—Dejad de fingir —continuó Mariena, enumerando los detalles con los dedos—.

Convoyes en formación táctica para ir a tomar una copa.

Doce narcos ejecutados en El Chorrillo, el movimiento perfecto para marcar territorio.

El gerente de un beach club que os rinde pleitesía.

Y hoy, un chaval al que vuestros perros meten a rastras por la puerta trasera.

Mariena se sirvió un dedo de whisky, dio un sorbo y clavó sus ojos de hielo directamente en los míos.

—Vosotros no estáis de luto por Miguel, ni de vacaciones.

Conozco vuestras caras cuando oléis la sangre.