La mentira del paraíso PARTE 2 El Paraíso de los Condenados #2
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PARTE 2 El Paraíso de los Condenados #2

Sin embargo, una de esas mañanas, el destino nos jugó una mala pasada en el lugar más absurdo.

Estábamos en el bullicioso mercado de Veracruz. Olía a fritura, a cilantro y a pescado salado. Las chicas caminaban juntas frente a un puesto de fruta tropical, mientras nosotros vigilábamos desde atrás.

De repente, una señora mayor, robusta y con un delantal colorido, dejó de despachar y clavó la vista en el grupo de mujeres. Salió del puesto a paso rápido y agarró a Nerea de ambas manos.

—¡Ay, virgencita santa! —exclamó la mujer con acento cerrado—. Perdona la confianza, doña. ¿Ustedes son las patronas de las villas Queen Mary, verdá?

Nerea se quedó paralizada un segundo, sintiendo la mirada de Mariena clavada en su nuca.

—Eh... sí. Sí, somos las inquilinas de Queen Mary.

—¡Ay, qué bendición! —siguió la frutera, besándole el dorso de la mano a Nerea—.

Yo soy muy íntima amiga de Clementina. Me contó lo que el patrón hizo por su chiquillo el otro día en la ciudad.

¡Sacarlo de esa balacera! Mis bendiciones, señora.

Dios me los bendiga a todos. De la que lo han salvado...

La mujer volvió a su puesto.

Nosotros nos quedamos de piedra.

Ya lejos del puesto de fruta, mientras caminábamos hacia los coches, Mariena rompió el silencio.

—¿A qué ha venido eso, Nerea? —preguntó, con voz suave pero afilada como un bisturí—. ¿De qué chico hablaba? ¿Y de qué balacera?

Nerea, rápida como un lince, se giró hacia ella con expresión de cansancio fingido.

—Ya sabes cómo es Diego, Mariena. No puede ver a nadie sufriendo —dijo Nerea, suspirando—.

Le ha dado al chaval del mantenimiento, Dilan, un trabajillo extra con nuestros coches.

El chico estaba sin un duro, metido en un barrio complicado de la capital donde andan a tiros cada dos por tres, y Diego lo sacó de allí ofreciéndole el puesto.

Ya has visto cómo es la gente aquí de agradecida y exagerada.

—Y muy amables, la verdad —apuntó Catalina, restándole importancia.

Mariena las miró a las dos. Asintió lentamente.

—Sí. Muy amables.

Pero yo, desde atrás, vi cómo la mandíbula de Mariena se tensaba. No se había tragado la historia. Ni una sola palabra.

Aquella misma tarde, ajena a los juegos de ajedrez y muerte de los adultos, Be estaba en su habitación de la villa, maquillándose frente al espejo.

Por fin sus padres habían rebajado la paranoia y le habían dado permiso para salir esa tarde.

Iba a ir con Mili a tomar algo a una terraza de jóvenes en la playa.

Y, lo más importante, iba a estar Darío.

Era un chico local que le habían presentado unos días atrás.

Era guapo, iba de malote de barrio, llevaba cadenas y ropa ancha, pero en el fondo, Be sabía que gran parte de aquello era pose. Y le hacía gracia. Mucha.

—Be, tía, date prisa —le decía Mili, probándose un vestido de tirantes de mi hija frente al espejo—. Hoy va a estar Darío en el local de Jimmy.

—Me lo has dicho cuatro veces, Mili —respondió Be, aplicándose rímel con una sonrisa—. ¿Al final te quedas con ese vestido o prefieres el corto?

—El corto. Pero, a ver, no cambies de tema. ¿Tienes ganas de ver a Darío o no? —insistió la panameña, dándole un codazo cómplice.

—Que sí, pesada. Me parece guapo, ¿vale? —dijo Be, mirando al techo con fingida desesperación.

Quince minutos después, estaban en la parte trasera de uno de nuestros 4x4. Al volante iba Diana, con sus gafas de sol negras y su habitual expresión de hielo.

—Podría haber conducido yo, Diana. No necesitamos guardaespaldas para ir a tomar un triste mojito —se quejó Be, cruzándose de brazos.

—Órdenes de tu padre, Be. Estoy atada de manos —respondió Diana, mirando por el retrovisor—. Yo me quedo fuera. Vosotras a lo vuestro.

Llegaron a un local de madera a pie de playa, lleno de gente joven, luces de colores y reguetón a todo volumen. Diana aparcó a unos metros, bajó la ventanilla y encendió un cigarro, manteniendo el contacto visual constante con la mesa de las chicas.

Después de un par de horas bebiendo, riendo y bailando en la terraza, Darío le ofreció la mano a Be. Se separaron del grupo principal y caminaron hacia un pequeño reservado de madera que daba directamente a la arena oscura de la playa.

Desde el coche, Diana se tensó. No le gustaba perderla de vista ni que aquel chulito de barrio intentara apartarla del grupo, pero decidió darles margen.

En el reservado, Be y Darío se sentaron muy juntos. La brisa marina movía las luces de verbena sobre sus cabezas.

—Estás muy guapa hoy, española —le dijo Darío, con su acento cantado, ofreciéndole un trago de su cerveza.

—Tú tampoco estás mal, para ser un fantasma —respondió ella, riendo y rechazando la botella.

—Yo no soy ningún fantasma, mami. Yo controlo mi calle —dijo él, sacando pecho, intentando hacerse el duro—. ¿Y tú? ¿De dónde sales tú? Llevas aquí semanas pero nunca dices dónde paras.

—Estoy de vacaciones con mis padres y los amigos de mi aita.

—¿Aita?

—Mi padre.

—Ah. ¿Y en qué hotel andan? —preguntó él, acercándose un poco más.

—No estamos en un hotel. Estamos en Playa Bonita. En las villas Queen Mary.

Darío dejó de sonreír de golpe. El vaso de cerveza se quedó congelado a medio camino de sus labios.

—¿Las villas privadas de la bahía? —preguntó, con un repentino temblor en la voz—. Esas villas están alquiladas por unos europeos. Unos españoles forrados.

—Sí, mi familia —dijo Be, sin darle importancia, sin entender el cambio de actitud del chico—. ¿Pasa algo?

Darío tragó saliva. Toda su fachada de malote de barrio se derrumbó en un segundo. Miró a la chica, pálido como la cera. Las calles de Panamá llevaban tres días ardiendo de rumores.

—¿Tu padre... tu padre es el patrón de los escoltas esos que matan a cuchillo? —susurró Darío, completamente aterrorizado, alejándose de ella en el banco de madera.

Be frunció el ceño.

—¿Qué escoltas? Oye, ¿de qué hablas?

Darío se puso en pie de un salto, tropezando con la mesa y derramando su propia cerveza.

—Chucha de su madre... me van a matar. ¡Si me ven con la hija de esos cabrones me van a pelar a mí también!

—¡Darío, espera! ¿Qué te pasa? —Be se levantó, asustada por la reacción del chico.

Pero él no miró atrás. Se dio la vuelta y salió corriendo a paso ligero por la arena oscura, desapareciendo en la noche sin despedirse ni de ella ni de sus amigos.

Be se quedó sola en el reservado, con el corazón latiéndole a mil por hora.

No estaba triste por el rechazo. Ni siquiera le importaba ya que Darío hubiera salido corriendo.

Solo podía pensar en una cosa.

Los escoltas que matan a cuchillo.

Cerró los ojos. El pescado de Galicia. La forma en que su madre y su padre cambiaban de expresión cada vez que lo mencionaban. Los silencios. Las excusas sobre los proveedores. Aquella sensación de que había algo detrás de las latas que nadie quería explicarle.

Después estaba la noticia de El Chorrillo.

Doce muertos.

Doce.

Y cómo todos se habían quedado extrañamente callados cuando aparecieron las imágenes en televisión.

También recordó aquella conversación con su madre.

«Be ya no es una niña, Diego. Tenemos que andar con cuidado.»

En aquel momento había pensado que hablaban de los negocios. Ahora entendía que hablaban de algo mucho peor.

Abrió los ojos. El estómago se le encogió. La voz de Darío volvió a resonarle dentro de la cabeza.

«¿Tu padre es el patrón de los escoltas esos que matan a cuchillo?»

«No puede ser mi padre», se dijo a sí misma, mirando hacia la entrada del local por donde el chico acababa de desaparecer. Después bajó la vista hacia sus propias manos que temblaban.

«Papá me está mintiendo».

Y, por primera vez desde que habían llegado a Panamá, Be sintió algo que hasta entonces no había sentido.

No curiosidad. No sospecha.

Miedo.

Apretó los puños. Caminó con paso firme y rápido de vuelta a la terraza. Agarró a Mili del brazo sin decir una palabra, la sacó del bar y se dirigió directamente al 4x4, abriendo la puerta del copiloto con furia.

Diana apagó su cigarrillo al verlas llegar.

—¿Qué ha pasado, Be? ¿Ese capullo te ha hecho algo? —preguntó la mercenaria, con la mano ya instintivamente buscando el filo que escondía en la bota.

Be se sentó en el asiento y se giró hacia Diana con los ojos inyectados en rabia y pánico.

—¿Que qué ha pasado? —escupió Be, con la respiración entrecortada—. Llévame donde mi padre, Diana. Llévame a la puta villa. Quiero hablar con él. Ahora mismo.