La mentira del paraíso PARTE 2 El Paraíso de los Condenados
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PARTE 2 El Paraíso de los Condenados

Capítulo 12 El Fantasma de Miguel

La llegada de «La Rubia» solo podía significar una cosa: el Viejo sospechaba. Y cuando el Viejo sospechaba, la gente acababa en el fondo de un pantano atada a un bloque de hormigón.

Tras los saludos iniciales, falsamente efusivos por parte de las chicas, Mariena se quedó de pie en el centro del salón. Estaba impecable, pero sus ojos azules escaneaban la estancia con la precisión de un dron militar.

Me crucé de brazos y la miré de frente.

—¿Qué haces aquí, Mariena? —pregunté, sin adornos.

—Sí, Mariena, ¿cómo te has dejado caer por Panamá de repente? —añadió Richi, dándole un sorbo a un vaso de agua con hielo, intentando disimular la resaca de la noche anterior.

Mariena miró hacia la cristalera, donde los niños jugaban en el porche.

—¿Podemos hablar en privado? —dijo, señalándolos con la barbilla.

Asentí. Los cuatro nos fuimos con ella hacia el despacho de caoba que había en el ala oeste de la villa. Cerré la pesada puerta a mis espaldas. El silencio se hizo absoluto.

—Y bien, Mariena. Empieza —ordené, apoyándome en el borde del escritorio.

La Rubia suspiró. Se soltó la melena rubia, que le cayó pesada sobre los hombros, y se desprendió de la chaqueta de lino. El calor húmedo y pegajoso del Pacífico la hacía sudar, a pesar del aire acondicionado.

—La versión oficial —empezó, clavando su mirada de hielo en nosotros— es que vengo para traeros las órdenes de los envíos para el próximo semestre. Documentación en mano.

—¿Tú cruzando el Atlántico solo para eso? —preguntó Mario, alzando una ceja con incredulidad.

—Y para pasar unos días con vosotros —añadió ella, bajando el tono, haciéndolo casi íntimo—. Ya que el Viejo os dio permiso para venir aquí en homenaje a... a Miguel.

El nombre cayó en la habitación como una losa de plomo.

Los cuatro guardamos silencio. Sabíamos perfectamente el papel que tuvo Mariena hace veinticinco años, cuando todo empezó. Estuvo allí la noche que Miguel murió. Y también sabíamos lo mucho que lo amaba.

Tolo, que nunca fue hombre de sutilezas, cortó la tensión de un hachazo.

—¿Y la versión real cuál es, Mariena? Déjate de rodeos.

La Rubia lo miró a los ojos, imperturbable, y esbozó una media sonrisa carente de alegría.

—La versión real, Mateo, es exactamente la que estáis pensando. Estoy aquí para ver qué coño estáis tramando en este país. Y, de paso, averiguar si tenéis algo que ver con los doce muertos en El Chorrillo.

Me tensé. Richi dejó de balancear el hielo en su vaso.

—Digamos que ciertas personas en La Organización han visto las noticias —continuó Mariena, dando un paso hacia nosotros—. Y han notado que la forma de actuar, la limpieza... les resulta peligrosamente familiar. Demasiado parecido al modus operandi de La Organización.

Richi soltó una carcajada exagerada y abrió los brazos.

—¿Los muertos de la televisión? ¡No te flipes, Mariena! Estamos de putas vacaciones en la playa. ¿Te crees que nos vamos a meter en un barrio de mierda panameño a pegar tiros?

—Bueno... ya lo veremos —susurró ella, sin apartar los ojos de los míos.

—Pues se acabó el misterio —intervine, mirando a Mario con disimulo—. Has venido a ver si estamos de vacaciones, y lo vas a comprobar de primera mano. La playa privada es un lujo, las camas son enormes y la barbacoa no para.

—Y el embarcadero es espectacular —saltó Mario, captando la señal al vuelo.

Se acercó a ella, desplegando esa sonrisa de seductor con acento colombiano, y le pasó un brazo por los hombros con total naturalidad—.

El bar de la palapa te va a encantar, Rubia.

¿Te gustan las piñas coladas o eres más de ron añejo?

Los siguientes dos días fueron una obra de teatro digna de un Óscar.

Mientras las familias hacían barbacoas, se bañaban en la piscina y jugaban al pádel a ojos de Mariena, La Cantera borró cualquier rastro de los vinilos de la corona del yate, de las puertas y de los buggies de la finca.

Teníamos que demostrarle a La Rubia que éramos simples padres de familia tostándose al sol.

Hasta que, la mañana del tercer día, la burbuja estuvo a punto de pincharse.

Estábamos en la zona del bar del embarcadero. Mario y yo hablábamos a unos metros, pero teníamos la oreja puesta en la conversación que Nerea, Eva y Catalina mantenían con Mariena en los sofás.

—El sitio es realmente precioso, Nerea —decía Mariena, mirando a su alrededor con unas enormes gafas de sol—. Lo único que me extraña es que no salís mucho de aquí, ¿no?

—Bueno, ¿para qué salir si lo tienes absolutamente todo dentro? —replicó Eva, sirviéndose un poco de té helado con total naturalidad.

—No sé, se me hace raro —insistió La Rubia, buscando la grieta—. Conociendo como conozco a los chicos, nunca pensé que pudieran estar quietos tanto tiempo en el mismo sitio sin buscar algo de acción.

—Eso es porque ya los tenemos muy bien adiestrados —saltó Catalina, soltando una risa cristalina—. ¿A que sí, chicas?

Nerea y Eva estallaron en carcajadas cómplices. Mariena, arrastrada por la atmósfera, acabó riendo también, relajando la postura.

—Sí, puede ser. Me lo creo. Pero, aun así, a mí me gustaría ver un poco los alrededores antes de volver a España. ¿Lo veis posible o los jefes no os dejan?

Nerea miró de reojo a Eva. La mujer de Tolo, que era tan lista como su marido de bestia, reaccionó al instante.

—¡Sí, claro! —dijo Eva con entusiasmo—. A los chicos les encantará salir. Seguro que les apetece ir al beach club a cenar.

—¿Hay un beach club? —preguntó La Rubia, alzando las cejas, falsamente sorprendida—. Qué calladito os teníais esto, ¿eh? Decidido. Hoy toca beach club.

Después de comer, me encerré con Nerea en el dormitorio de nuestra villa. A través de la ventana, veíamos a nuestros críos en la arena con Be y Mili.

—¿Cómo se te ocurre hacer planes con La Rubia para sacarla del recinto? —le recriminé en un susurro, pasándome las manos por el pelo.

—Diego, los planes los ha hecho ella sola. Ya sabes cómo es. Estaba acorralándonos —se defendió Nerea, sentándose en el borde de la cama—. Yo la he pillado al segundo. Si le decíamos que no podíamos salir del complejo, iba a saber que nos estamos escondiendo de algo.

Suspiré profundamente.

—Lo sé, cariño. Lo sé —dije, sentándome a su lado y dándole un beso en la sien—.

Tendremos que sacarla. Y cruzar los dedos para que el imbécil del gerente, Juan Carlos, no diga ninguna estupidez que nos relacione con los narcos muertos.

Sabes que Mariena es como una víbora; si ve una debilidad, ataca.

—Tú contrólalo a él. Las chicas y yo seguiremos haciéndonos las tontas delante de ella.

Decidimos no ir con el yate. Las marcas del pegamento del vinilo recién arrancado aún se notaban a contraluz si te fijabas bien.

Nos preparamos para ir en los 4x4. Al salir a la explanada, me di cuenta del error.

Todos intentábamos fingir que íbamos relajados de cena, pero AK había organizado el convoy en una formación de escolta defensiva de manual: furgoneta abriendo paso, nosotros en el centro blindados, y otro coche cerrando.

Vi cómo Mariena escaneaba la posición de los vehículos, calculando distancias.

«Puta mierda», pensé. «Demasiado despliegue para ir a tomar unas copas». Había conseguido engañarla con las palabras, pero no con los hábitos. No podía decirle a AK que rompiera la formación sin evidenciarlo más.

Llegamos a El Cielo. Y allí, mis peores presagios se hicieron realidad.

Nada más bajarnos de los coches, el gerente, Juan Carlos, seguido de una fila de cinco camareros perfectamente uniformados, salió a recibirnos haciendo casi reverencias, tratándonos como si fuéramos la realeza del cártel de Sinaloa.

Nos acompañaron al mejor VIP del local. Todo estaba servido antes de pedirlo.

Yo intentaba mantener cara de turista normal, pero aquello empezaba a ser ridículo. Cinco camareros para ocho personas, toallas calientes, champán abierto y un gerente pendiente de cada movimiento que hacíamos.

Mariena, sentada en el sofá circular, no perdió detalle de la escena. Habíamos conseguido traerla al escenario que menos quería enseñarle.

—Vaya... ¿siempre os tratan así de bien en Panamá? —preguntó La Rubia, mirando directamente a Mario con una media sonrisa venenosa.

—Es por culpa de Tolo —dijo Mario al instante, riendo a carcajadas—. Ese cabrón siempre da billetes de cien dólares de propina a los empleados. Y ya sabes, Mariena, en estos países dejas un billete de cien y te ponen la alfombra roja.

—Ah... ya veo —dijo ella, arrastrando las palabras, analizando al gerente que no dejaba de pasarnos toallas calientes.

Antes de que Mariena pudiera abrir la boca para hacerle alguna pregunta a Juan Carlos, me adelanté, sentándome a su lado.

—La verdad, Mariena —le dije en tono de confesión—, es que la primera vez que vinimos, a Tolo se le ocurrió la brillante idea de traer el yate que alquilamos con las villas.

El gerente se pensó que éramos jeques del petróleo o algo así, y se empeñó en fidelizarnos como clientes VIP.

Desde entonces, no nos deja pagar casi nada. Nos da hasta vergüenza.

Todos en la mesa soltaron carcajadas, dándome la razón. El ambiente se distendió mágicamente. La excusa del yate alquilado encajaba perfectamente en la mente de Mariena con la personalidad ostentosa de Tolo.

Richi, aprovechando la euforia y con unas copas de más, se levantó de golpe. Alzó su vaso de whisky y miró fijamente a La Rubia.

—¡Por Miguel! —gritó, con una sonrisa salvaje.

Todos nos pusimos en pie y levantamos nuestras copas.

—¡Por Miguel!

Mariena parpadeó. El golpe emocional la desarmó por completo. Levantó su copa, con los ojos de repente vidriosos, y bebió en silencio. Habíamos usado a su gran amor, a nuestro hermano muerto, para blindar nuestra coartada.

Y funcionó.

Pasada la prueba de fuego de aquella primera salida, Mariena pareció relajarse. Y, por contagio, nosotros también.

Los días siguientes nos atrevimos a hacer pequeñas salidas diurnas. Íbamos al mercado local a comprar pescado fresco, tomábamos algo en los locales de la playa pública y regresábamos. Todo controlado.