La mentira del paraíso Capítulo 11 Sueños de Contrabando #2
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Capítulo 11 Sueños de Contrabando #2

—¡Pues porque esto está muerto, hermano! Yo cerraría el acceso a pie por la playa. Pondría una valla. Solo se podría acceder al club por el puto embarcadero. Así te aseguras de que cualquier cabrón que entre tenga pasta de verdad. El que no tenga barco, no entra.

Suspiré, masajeándome el puente de la nariz.

—¿Y qué quieres, tener un beach club elitista para ricos?

—¡Sí! —exclamó Richi, acercándose tanto que pude oler el alcohol en su aliento—. Un club intocable. Y un lugar perfecto y seguro donde vender todo lo que nuestros queridos amigos Tolo y Mario quieren traer en lancha desde Colombia. Cerramos el círculo, Vasco. Seríamos los putos reyes.

Lo miré fijamente. Había conectado su club elitista con la ruta marítima que Tolo había propuesto. Estos cabrones no tenían arreglo.

—Richi, déjate de joder —le advertí en tono cortante—. No estamos ahora para estas mierdas. Estamos huyendo. Cállate y cálmate.

Richi levantó las manos en son de paz, pero se fue con una sonrisa.

A la una de la madrugada decidimos retirarnos.

Lo más extraño de la noche sucedió cuando Tolo sacó el fajo de billetes para pagar la enorme cuenta de la cena. El gerente, Juan Carlos, se acercó haciendo reverencias, sudando aún más.

—No, por favor, señores. Con las propinas a los meseros es más que suficiente.

Tolo parpadeó, confuso, con un fajo de tres mil dólares en la mano.

—¿Cómo que no cobras? Hemos reventado el menú y la bodega, amigo.

Juan Carlos miró a Tolo y le guiñó un ojo de forma casi histriónica.

—En El Cielo, la gente buena no paga, patrón. Es un honor tenerles en nuestro muelle.

Tolo volvió a nuestro grupo riéndose a carcajadas, guardando el dinero.

—¡Me encanta este puto país! ¡Vasco, nos invitan por nuestra cara bonita!

Nerea se acercó a mí, agarrándome del brazo con fuerza.

—Diego, esto no será por lo de los chicos, ¿verdad? ¿Nos están invitando por miedo?

—No, no creo, Nerea —le susurré, aunque no las tenía todas conmigo—. El Chorrillo queda lejos de aquí. Igual simplemente quieren fidelizar a gente de yate.

Mario, a nuestro lado, no dijo nada, pero sus ojos escaneaban el local con pura sospecha.

Caminamos por la pasarela de madera de vuelta hacia nuestro barco. Tolo iba el primero, haciendo bromas sobre lo barato que salía vivir en el paraíso.

Y entonces, al acercarnos al casco blanco, bajo los focos del muelle, nos detuvimos en seco a la vez.

En el costado de estribor, junto al elegante nombre Queen Mary, había algo más.

Los mellizos, en su afán por dejarlo todo a juego con la entrada de las villas antes de nuestra llegada, habían encargado un enorme vinilo negro para el casco.

Una corona perfecta de cinco puntas.

Me quedé sin aire. El mundo se me cayó a los pies.

La misma puta corona que AK había pintado con spray sobre un charco de sangre y doce cadáveres salía ahora en la televisión nacional.

El gerente no nos había invitado por nuestra cara bonita.

Nos había invitado porque pensaba que éramos el cártel de sicarios más peligroso del país, y estaba aterrorizado de que le pegáramos un tiro.

Y los tipos del VIP no se habían ido por casualidad; habían huido al ver la firma de la masacre amarrando en su muelle.

—Vámonos —dije, con la voz temblando por primera vez en años—. Arranca el yate, Tolo. Ahora mismo.

A la mañana siguiente, la resaca en la villa no fue de alcohol. Fue de puro pánico.

Estábamos en el salón. Tenía a Tecla y a Silvia firmes frente a mí, mientras el resto escuchaba en silencio.

—¡¿A quién cojones se le ocurre poner la misma firma en la puerta de casa, en el puto yate y en la pared de un matadero?! —les grité, fuera de mí.

—¡Jefe, nosotros encargamos los vinilos del yate la semana pasada! —se defendió Tecla, levantando las manos—. Nos pareció buena idea que la villa y el barco tuvieran el mismo nombre en honor a vuestro grupo original. ¡Queríamos que os sintierais en casa!

—¡La idea es buena, Tecla! —bramé, acercándome a él—.

¡Lo que no es buena idea es que el imbécil de tu jefe táctico dibuje el logotipo de nuestra casa familiar con la sangre de doce putos narcos locales!

¡Nos han visto llegar con el sello de la masacre pintado en el casco en el restaurante más pijo de la bahía!

Silvia bajó la mirada. AK, por primera vez, parecía arrepentido.

Iba a seguir gritando cuando la puerta del salón se abrió con suavidad.

Era Cecilio.

Me puse en alerta de inmediato al verle entrar. Pero me di cuenta de que el jardinero estaba completamente tranquilo. Relajado. No era la cara de un hombre que viene a avisar de que un cártel panameño está asaltando la valla exterior.

—Señor Vasco —dijo Cecilio, con su tono servicial habitual—. Tienen ustedes una visita en la puerta principal.

Todos nos quedamos en absoluto silencio. Expectantes. Cruzamos miradas cargadas de tensión.

—¿Quién es, Cecilio? —pregunté, con un hilo de voz.

El hombre dio un paso a un lado, apartándose del umbral de la puerta.

Y entonces, apareció ella.

Llevaba un traje sastre de lino color crema, unas gafas de sol de diseñador en la mano y el pelo rubio perfectamente recogido, inmaculada a pesar de los treinta grados de la jungla.

Dio dos pasos hacia el interior del salón, nos miró a todos y a cada uno de nosotros, y esbozó una sonrisa que helaba la sangre.

—Hola, chicos —dijo Mariena, «La Rubia», la consejera personal del Viejo, con una calma aterradora—. ¿Qué tal las vacaciones?