La mentira del paraíso Capítulo 11 Sueños de Contrabando
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Capítulo 11 Sueños de Contrabando

Los días pasaban con una paz tan tensa que casi se podía masticar.

En el bar del muelle privado, Mario pasaba las horas pegado a la pantalla de la televisión, escaneando los canales de noticias locales panameños, buscando cualquier actualización sobre la masacre de El Chorrillo.

—Creo que los tombos no tienen ni puta idea de por dónde van los tiros —dijo Mario, dándole un sorbo a su cerveza—. Aunque, claro, de lo que digan en la tele a la realidad de la calle... va un mundo.

—El problema no es la tele, Mario —dije yo, muy serio, apoyado en la barra—. El problema es la calle.

Tolo, apoyado en la barandilla de madera mirando fijamente hacia el mar y nuestro yate, suspiró pesadamente.

—Llevamos aquí tres putos días encerrados, Vasco —se quejó el gigante—. Yo me subo por las paredes.

—Un par de días más de perfil bajo no nos vendrían mal, Tolo —repliqué.

Tolo me ignoró. Hizo un gesto con la mano, llamándonos para que nos acercáramos. Cuando estuvimos a su lado, levantó su enorme brazo y señaló con el dedo hacia el horizonte infinito.

—Mario... hacia allí está Colombia, ¿no?

—Eso es, Mateo. Justo hacia allí está la maravillosa tierra del café —respondió el francotirador con una amplia sonrisa—. ¿Qué se te está pasando por esa cabecita tuya?

Tolo bajó la voz, adoptando ese tono serio y conspiratorio que usaba cuando planeaba las descargas en el Estrecho de Gibraltar.

—Tú sigues teniendo buenos contactos en Colombia, ¿verdad, Mario?

—Por supuesto que los tengo, Tolo. Te voy a hablar de Lucía —dijo Mario, y una media sonrisa, casi melancólica, le cruzó el rostro—.

Esa mujer es puro fuego, hermano. Es una guerrillera con dos ovarios del tamaño de catedrales.

Sería capaz de ponerte la cantidad de cocaína que quisieras en cualquier puto punto de la costa de Colombia sin que nadie se enterase.

—¿Y quién es esa, Mario? ¿Dios? —interrumpió Richi, que acababa de llegar por nuestra espalda con un cóctel en la mano.

—No —dijo Mario, alzando la voz con orgullo—. Es la que me tiene robado el corazón.

Se llevó una mano al pecho, teatral y sincero a la vez, y soltó una carcajada.

Nos quedamos mirándole de piedra.

—Joder con el Mario, que resulta que está enamorado —dije yo, divertido y sin dar crédito—. En mi vida lo hubiera pensado.

Pero Tolo no estaba para romances. Él estaba haciendo números.

—Dejaos de tonterías —nos cortó, señalando las embarcaciones amarradas—. Yo sería capaz de hacer el trayecto con una de esas lanchas rápidas y el yate. Ir, recoger los fardos de la tal Lucía, y volver aquí sin despeinarme.

Me pasé la mano por la cara, sintiendo que la úlcera volvía a avisarme.

—Por favor, Tolo. Ya tenemos bastantes problemas como para ponernos a traficar a nivel internacional por nuestra cuenta —dije, intentando ser la voz de la razón.

Tolo siguió mirando al mar.

—Tienes razón, joder —susurró, aunque sus ojos brillaban con pura ambición—. Pero sería una buena posibilidad.

—Y tanto que sí —le apoyó Mario.

Los vi mirarse. Eran la mirada y los recuerdos de los viejos tiempos flotando en sus cabezas. No querían retirarse. Querían volver a jugar.

Los siguientes dos días pasaron realmente tranquilos. Playa privada, piscina, cenas todos juntos en el exterior bajo la pérgola. Había risas, pero bajo ellas latía esa calma tensa que nunca se menciona en voz alta, pero que se te mete en los huesos.

Una noche, Nerea y yo estábamos sentados en los sofás de la terraza de nuestra villa, bebiendo una copa de vino. Aitor y Lidia ya se habían quedado dormidos. De pronto, Be salió al porche y se sentó en el suelo, justo entre nosotros, cruzando las piernas.

—Aita, ama... ¿qué coño pasa de verdad? —disparó sin anestesia—. ¿Por qué no puedo salir con Mili al beach club a ver a sus amigos? Llevamos casi una semana aquí metidos.

—Es por seguridad, hija —dije al instante, adoptando mi escudo protector.

Be chasqueó la lengua.

—Mili me ha contado que a Dilan le pasó algo feo en la ciudad. Y que AK y los chicos le ayudaron a salir. ¿Tiene eso algo que ver con la masacre que sale todo el día en la televisión?

Nerea me miró de reojo. Yo apreté la mandíbula y guardé silencio.

—¿Vas a decir algo? —insistió Be. Al ver que yo no abría la boca, se giró hacia su madre—. Ama...

Nerea suspiró y le acarició el pelo.

—Be, cariño, no es lo que te piensas. AK y los chicos simplemente ayudaron a Dilan a salir de un barrio malo, y Dilan está a salvo. Eso es todo.

—¿Eso es todo lo que me vais a contar? —replicó Be, cruzándose de brazos, ofendida por la mentira piadosa.

—No hay nada más que contar, Be —sentencié, endureciendo el tono para cortar la conversación.

Mi hija me sostuvo la mirada unos segundos. Negó con la cabeza, decepcionada.

—Buenas noches.

Se levantó y desapareció por las escaleras hacia su habitación, dejando un silencio gélido en la terraza.

—No podemos tenerla aquí encerrada más tiempo, rey —me susurró Nerea, dándole un sorbo a su vino—. Se está asfixiando. Y si empieza a atar cabos por su cuenta, será peor.

Asentí, derrotado.

—Vale. Mañana por la tarde saldremos a El Cielo. Iremos dando un paseo y vamos viendo cómo respira el ambiente fuera del muro.

La mañana del sexto día de encierro, durante el desayuno, anuncié que al atardecer iríamos todos al beach club. Mario y Richi lo celebraron chocando los puños, encantados con la idea de salir de la jaula.

Me giré hacia Tolo y Eva.

—Tranquilos por los críos. He hablado con Cecilio. Esta tarde van a venir la hermana de Clementina, Rosa, y su hija Caridad. Son de total confianza y se quedarán en la villa cuidando a los pequeños.

—Me parece perfecto, Diego —dijo Eva, sirviéndose café—. Tal y como están las cosas en las noticias, no es seguro sacarlos todavía.

—Exacto —añadí—. Además, así AK y el resto de la Cantera no tendrán que hacer de niñeros y podrán estar centrados al cien por cien en la seguridad.

Tolo, que se estaba untando una tostada, levantó el cuchillo.

—Tengo una idea mejor para ir al club. En El Cielo tienen muelles privados para clientes VIP. En lugar de ir andando veinte minutos por la playa pública, donde nos puede ver cualquiera, arranco el yate y nos plantamos allí por mar en cinco minutos. De paso le quito la carbonilla a los motores.

Miré a AK, buscando su opinión táctica.

—A nivel de seguridad es mucho más limpio, jefe —confirmó AK—. Controlamos el embarque y el desembarque, y evitamos zonas abiertas.

—Adjudicado —dije.

Llegada la hora, dejamos a los niños en la sala de cine de la villa principal bajo la atenta mirada de Rosa y su hija Caridad.

Bajamos al embarcadero y subimos al yate por la parte trasera de la cubierta.

Tolo se puso al timón con una sonrisa de niño el día de Reyes y arrancó los motores.

Mientras cruzábamos la bahía al atardecer, me apoyé en la barandilla de popa.

A unos metros, vi cómo Catalina sacaba disimuladamente un dosificador y se ponía una raya en el dorso de la mano. Be, que charlaba con Mili justo al lado, vio perfectamente el movimiento. No se inmutó. Con una naturalidad pasmosa, agarró a Mili del brazo.

—Oye, Mili, vamos a la proa a tumbarnos un rato a coger aire, que aquí atrás huele mucho a combustible —dijo, llevándose a la panameña lejos de las drogas y dándole a Catalina espacio para sus vicios sin hacer preguntas.

Sonreí para mis adentros. «Esa es mi niña», pensé, rebosante de orgullo. Be valía para esto. Sabía qué cosas tenía que ver y cuáles tenía que ignorar. El instinto se lleva en la sangre.

Llegamos al embarcadero de El Cielo. No había ningún yate más amarrado. De hecho, al desembarcar y subir por la pasarela de madera, nos dimos cuenta de que el inmenso beach club estaba prácticamente vacío.

«Mejor», pensé. «Menos ojos».

El servicio esta noche fue diferente. Extremadamente servicial. El gerente, un panameño bajito, calvo y sudoroso llamado Juan Carlos, no se separó de nuestra mesa. La otra vez que vinimos apenas lo vimos, pero hoy parecía nuestro mayordomo personal.

—Esto es por haber venido en el puto yate —bromeó Tolo, chocando su copa con la de Eva—. Han visto los millones flotando y se les hace el culo gaseosa.

Yo sonreí, pero mi instinto me decía que había algo más.

Disimulados en mesas adyacentes, La Cantera estaba en posición. AK, Diana, Tecla y Silvia fingían beber, pero sus ojos escaneaban cada sombra. Llevaban los miniauriculares puestos.

Me toqué la oreja para conectar el mío.

—¿Cómo lo veis, chicos? —susurré.

—Demasiada atención, jefe —respondió Silvia al instante por la radio—.

Y otra cosa. Cuando nuestro yate estaba atracando, había un grupo de unos ocho tipos duros en el VIP 3.

En cuanto nos vieron bajar, dejaron las bebidas a medias, se levantaron y se fueron por la puerta trasera sin decir ni pío. No me gusta nada.

—Manteneos alerta —ordené.

Ajeno a mi paranoia, el grupo disfrutaba de la cena. Había risas, marisco, champán y unas cuantas visitas disimuladas al baño privado del VIP.

En los postres, me separé un poco del ruido y me senté en un sofá solitario que miraba hacia el muelle, con los pies en alto, intentando relajarme.

Richi se acercó, se dejó caer a mi lado y me chocó la mano. Tenía las pupilas dilatadas y la mandíbula algo tensa.

—Otra vez solo, Vasco... Siempre haces lo mismo. Eres el lobo solitario.

—Estaba mirando el muelle y despejando un poco la cabeza, Richi. Nada más.

—Pues yo, mientras cenaba... —dijo Richi, cambiando de repente el tono, frotándose las manos— he tenido una idea.

—Richi, me das miedo cuando dices eso —bromeé.

—Que no, joder, escúchame —insistió, señalando a su alrededor con entusiasmo—. Es sobre este puto local. Míralo bien. Está bien montado, pero... le falta alma. Yo lo mejoraría.

—¿Ah, sí? ¿Cómo?

—Pues muy fácil —dijo, con esa seguridad desbordante que Richi tenía cuando llevaba varias copas y suficiente cocaína encima—.

Yo quitaría estas mesas de mierda. Cambiaría los VIP.

Pondría chicas espectaculares en la barra y un par de relaciones públicas en cada reservado.

Y mira el embarcadero... ¿Cuántos yates ves atracados?

—El nuestro solo. ¿Por qué?