La mentira del paraíso Capítulo 10 La Resaca de Sangre
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Capítulo 10 La Resaca de Sangre

Mientras Nerea, Eva y Catalina consolaban a Cecilio y a Clementina en la cabaña de servicio, nosotros habíamos montado nuestro propio centro de operaciones.

Estábamos en la planta baja de la villa de los chicos. Era un salón inmenso, minimalista, con una cristalera de suelo a techo que daba directamente a la piscina infinita y, más allá, a la negrura del océano Pacífico.

Mario, Tolo, Richi y yo esperábamos.

Richi estaba inclinado sobre la mesa de cristal, picando unas rayas con una tarjeta, mientras Mario repartía un whisky de malta en cuatro vasos anchos.

—¿Tus chicos son competentes, Vasco? —preguntó Tolo, paseándose por el salón como un león enjaulado, haciendo crujir los nudillos de sus enormes manos.

—Los mejores, Mateo —respondí, dándole un sorbo al whisky para intentar calmar el nudo que tenía en el estómago—. Traerán al chico y les darán un escarmiento. Les he dicho que les den un buen susto.

Richi resopló, enrollando un billete de cien dólares con parsimonia.

—Con nosotros no se juega, hermanos —sentenció Richi, con los ojos brillantes—. ¿Un susto? Yo me los llevaba por delante. A todos. Putos cabrones.

Mario le tendió un vaso de whisky y sonrió con esa calma suya tan perturbadora.

—Pequeño Richi... —dijo con ese tono suyo, pausado y colombiano—. El que está hablando ahora mismo no eres tú. Es la coca.

Richi soltó una carcajada nasal, se agachó y se metió una raya profunda. Aspiró con fuerza, echó la cabeza hacia atrás y se frotó la nariz.

—Joder... esta grasa tuya, Mario, es cojonuda —dijo Richi, pasándome el billete enrollado—. Toma, Vasco. Date un homenaje.

Cogí el billete. Miré el polvo blanco sobre el cristal. Dudé.

—Deberíamos estar enteros para esta noche, por si la cosa se tuerce —murmuré, pasándome el billete de una mano a otra. Pero entonces miré por la inmensa ventana hacia la oscuridad de la selva y suspiré—. Bueno, qué cojones. Así estaré más alerta.

Me incliné y aspiré. El latigazo químico me despejó la mente de golpe.

Unos minutos después, dos haces de luz rasgaron la oscuridad del camino de entrada. Los focos del 4x4 se apagaron de golpe frente a la villa.

Salimos al porche. Las puertas se abrieron. Tecla y AK sacaron unas pesadas mochilas tácticas, mientras Diana y Silvia sostenían a Dilan por los brazos. El chaval caminaba a trompicones, con la mirada perdida.

Entraron al salón iluminado. Fue entonces cuando nos fijamos bien en ellos.

Los cuatro chicos estaban cubiertos de sangre. Salpicaduras redondas y espesas manchaban sus chalecos tácticos, sus pantalones y sus rostros. Parecían haber salido de un matadero. Pero Dilan estaba de una pieza. Vivo.

Los cuatro se cuadraron frente a mí, como una unidad militar rindiendo cuentas a su general.

AK dio un paso al frente.

—Jefe, hemos cumplido la misión. Dilan está a salvo y no hemos tenido bajas.

Solté el aire de los pulmones. Me pasé una mano por la cara, aliviado.

—Ah, joder, menos mal —dije, acercándome a ellos—. Sin bajas. Al veros así de manchados pensé que la habíais liado a lo grande. Dilan, campeón, ¿qué tal estás?

Dilan no reaccionó. Seguía temblando, con los ojos muy abiertos, mirando a AK como si fuera el puto demonio encarnado.

AK se aclaró la garganta, ligeramente incómodo.

—Jefe, esto... creo que no me ha entendido. Digo que sin bajas nuestras.

AK se calló de golpe, dejando la frase flotando en el aire.

Mario soltó una carcajada nasal desde el otro lado de la mesa, agitando los hielos de su vaso de whisky.

—«Sin bajas nuestras» es evidente —le interrumpió, señalando con la copa a los cuatro chicos, que estaban intactos bajo toda esa sangre ajena—. Estáis de una puta pieza. La pregunta es: ¿y ellos? ¿Cuántas bajas han tenido?

AK miró a Mario y luego clavó sus ojos de hielo directamente en mí.

—Doce.

El silencio en el salón fue sepulcral.

Me quedé paralizado, procesando el número.

—¿Doce? —repetí, sintiendo que la sangre se me helaba, a pesar de la cocaína—. ¡¿Doce, AK?! ¡¿Estamos locos?!

—Diego —intervino Tecla, dando un paso al frente para defender a su líder—. La operación ha sido un éxito. Nadie nos ha visto. Ni un solo testigo.

—¡Joder, claro que nadie os ha visto, porque si os han visto, los habéis matado! ¡No me jodas, Tecla! —grité, con las venas del cuello a punto de estallar—. ¡Os pedí un puto susto!

Los cuatro se mantuvieron firmes y serios. Diana miró al suelo, le dio un codazo imperceptible a AK y le susurró por la comisura de los labios:

—¿Ves? Te lo dije...

Mario dio dos pasos hacia el centro de la sala, interponiéndose entre mis chicos y yo.

—Vamos a ver, Vasco, relájate —dijo Mario, levantando una mano pacificadora—. La orden de la operación era la extracción del chico, darles un escarmiento y hacerles ver que con nosotros no se jode. ¿No? Pues si no hay testigos y el chico está aquí... Misión cumplida. Buen trabajo, chavales.

Richi soltó una carcajada de admiración y levantó su vaso de whisky. Tolo, que miraba a AK y a los mellizos con el respeto que un soldado veterano le tiene a uno de fuerzas especiales, alzó el suyo también.

Dilan fue devuelto a la cabaña de servicio junto a sus padres, escoltado por Diana. Las mujeres de nuestro grupo, que se habían enterado del éxito del rescate, regresaron a la villa principal y se unieron a nosotros.

Cuando Diana volvió, la tensión se había transformado en una fiesta macabra. Tolo y Richi no paraban de alentar a La Cantera. Les daban palmadas en la espalda, les rellenaban los vasos y les ofrecían rayas sobre la mesa de cristal.

—¡Así se hace, coño! —brindaba Tolo, abrazando a un AK todavía manchado de sangre—. ¡Ese es el estilo del puto sur! Entrar y barrer la casa.

Mario y los chicos bromeaban, compartiendo anécdotas tácticas, esnifando y riendo.

Yo me quedé apoyado en la barra de la cocina, observando el panorama con un vaso en la mano.

Eran mi familia. Los quería a todos. Pero acababan de asesinar a doce personas en un país extranjero en el que se suponía que nos estábamos escondiendo.

«A ver si mañana, con la cabeza despejada, pensáis lo mismo», me dije a mí mismo, sabiendo que la resaca iba a ser monumental.

Y lo fue.

A la mañana siguiente, las familias se levantaron para desayunar. Los críos, ajenos a todo, devoraban tortitas con sirope. La Cantera también estaba en la mesa, duchados, con ropa limpia y su habitual actitud relajada, como si la noche anterior hubieran estado jugando a la consola.

Richi encendió la enorme televisión del comedor para poner algo de música de fondo, pero el canal estaba sintonizado en las noticias locales panameñas.

«...masacre sin precedentes en el barrio de El Chorrillo», decía una presentadora con rostro grave. «Doce pandilleros han sido ejecutados esta madrugada con precisión militar en lo que la policía califica de un ajuste de cuentas de extrema brutalidad».

El comedor se quedó mudo. Los críos seguían comiendo, pero los adultos nos quedamos petrificados mirando la pantalla.

Las imágenes mostraban la chabola acordonada con cinta amarilla. Había manchas de sangre seca en la pared desconchada.

Nadie habló.

Entonces la cámara enfocó el centro de la pared: una corona perfecta de cinco puntas pintada con spray negro. La misma que coronaba nuestra villa.

Nerea, Eva y Catalina se miraron entre sí. Volvieron la vista hacia AK, Diana y los mellizos. Eva y Catalina por fin entendieron que los «chicos de Vasco» no eran simples guardaespaldas que cuidaban a los niños en la piscina. Y la muerte ahora nos seguía los talones.

A pesar de la noticia, intentamos mantener la fachada.

Después del desayuno, pasamos la mañana en la playa. Los niños se tiraban de cabeza al agua desde el muelle mientras los adultos nos refugiamos en el bar de la palapa. Habíamos acordado que lo mejor era atrincherarse allí unos días hasta que la noticia se enfriara.

Tolo estaba dentro del espectacular yate amarrado, enseñándole los mandos a Richi, maravillado con los motores. Mario y yo estábamos sentados en la barra de madera del bar, observándolos.

—¿Qué crees que pasará, tato? —me preguntó Mario, dándole vueltas al hielo en su vaso.

—¿Con qué exactamente, Mario? —suspiré, frotándome la frente—. Tenemos tantos frentes abiertos que ya no sé en cuál centrarme. El libro, El Viejo, los muertos de anoche...

Mario se rió con una risa corta, nasal, y dio un trago a su copa.

—Como en los viejos tiempos, Diego.

Levantó su copa hacia mí. Yo choqué mi vaso contra el suyo.

—Juntos podemos con esto y más —respondí.

—Amén a eso.

Mario apoyó los codos en la barra, cambiando el tono.

—Otra cosa. ¿Qué vamos a hacer con los Vergara? Su hijo estuvo allí. Vio las caras de los chicos. Nos vio a nosotros.

—¿Qué quieres hacer tú, Mario? —respondí, mirándolo de reojo—. Déjame hablar con ellos primero y...

—Hablando del rey de Roma —me cortó Mario, con esa mirada suya divertida y analítica, señalando con la barbilla.

Cecilio caminaba por la pasarela de madera, con la gorra en la mano y actitud sumisa. Quería reunirse conmigo.

Me levanté y lo acompañé hacia su casa, pensando a cada paso qué cojones le iba a decir para justificar el secuestro de su hijo. Todo por los quinientos dólares de mierda que Richi le había dado para comprar hierba.

Al entrar en la humilde casa de servicio, los Vergara me esperaban. Dilan estaba sentado en una silla, pálido, con sus padres de pie justo detrás de él, apoyando las manos en sus hombros.

—Señor Vasco... queríamos agradecerle eternamente lo que ha hecho por nuestro hijo —empezó Cecilio, con la voz quebrada.

Lo miré a los ojos, adoptando mi pose de benefactor.

—Es lo mínimo que podía hacer, Cecilio. Dilan es parte de nuestra responsabilidad ahora.

—No, no, de verdad. Dilan nos lo ha contado todo.

Tragué saliva disimuladamente.

—¿Todo?

—Sí, señor Vasco. Todo —añadió Clementina, llorando y apretando los hombros de su hijo—. Y menos mal que envió a sus chicos, si no mi niño estaría muerto en medio de esa horrible guerra de bandas.

Miré a Dilan. El chico tenía los ojos muy abiertos, casi suplicantes. Me estaba pidiendo en silencio que le siguiera el juego.

Dilan intervino rápidamente.

—Sí, papá. Estaba volviendo de la ciudad y me pillaron. Si no llegan los chicos del señor Vasco, me matan los de la banda rival —dijo Dilan, con un tono dramático digno de telenovela.

Entendí la jugada. Respiré aliviado.

—Tuvimos suerte de llegar a tiempo —dije con voz solemne—. La ciudad está muy peligrosa.

Me despedí de ellos. Le di la mano a Cecilio y un abrazo reconfortante a Clementina y a Milagros.

Salí al porche y bajé los escalones de madera. A los pocos segundos, escuché la puerta abrirse a mis espaldas. Dilan salió casi corriendo.

—¡Señor Vasco! —me llamó, mirando a un lado y a otro para asegurarse de que estábamos a solas—. Yo... no puedo decirle a mi padre que fui a comprar hierba. Me echaría de casa. Me mataría él mismo a palos.

Lo miré fijamente, sin sonreír.

—Por mí perfecto, Dilan. Yo no voy a decir nada.

Si esa es tu versión oficial de la historia, me parece cojonuda.

Pero otra cosa te digo: no salgas de este recinto en unos días.

Yo te avisaré cuándo es seguro. Nadie sale de aquí.

Solo tus padres para hacer la compra y seguir la normalidad. ¿Entendido?

—Entendido, señor Vasco.

Le tendí la mano. Dilan no dudó. Me miró a los ojos y me apretó la mano con firmeza.

—Nunca dejaremos que os pase nada malo, chaval —le dije, muy en serio.

Dilan tragó saliva y asintió.

—Lo sé, señor —contestó en un susurro—. Lo he visto de primera mano.

A veinte kilómetros de allí, en el corazón podrido de El Chorrillo, la policía panameña acababa de levantar el cordón policial y retirar los cuerpos de la chabola.

Sin embargo, los verdaderos dueños de la calle entraron nada más marcharse los forenses.

Eran tres hombres. Caminaban pisando los charcos de sangre seca sin inmutarse.

Al frente iba El Chombo, un tipo ancho, con cicatrices en el cuello y cadenas de oro grueso sobre una camiseta de tirantes.

A su lado caminaban Tito Bala y El Mulo, dos sicarios locales que no pasaban de los veinticinco años, pero que llevaban la muerte escrita en la cara.

No eran simples pandilleros de barrio. Eran tenientes de La Firma, uno de los cárteles locales más pesados de la capital. Y el grupo que había sido masacrado esa noche trabajaba bajo su bandera.

—¡Chucha de su madre! —maldijo El Chombo, pateando una Uzi oxidada que la policía había pasado por alto bajo un colchón—. Doce frens muertos como perros. Y dicen los tombos que fue en cuarenta segundos. Esto no fue una balacera de barrio, mopri. Esto fue un barrido profesional.

Tito Bala escupió en el suelo, mirando los impactos de bala perfectamente agrupados en las paredes.

—Balas de nueve milímetros, todas en el pecho y la cabeza, jefe. Y cuellos rebanados afuera. Quien hizo esto es militar o fantasma.

El Chombo se acercó a la pared central. Se quitó las gafas de sol y miró fijamente la corona de cinco puntas pintada con spray negro.

—¿Qué coño es esto? ¿Alguien reconoce este sello?

—Nunca lo había visto en Panamá, jefe —respondió El Mulo.

El Chombo salió al callejón. Agarró por el cuello de la camisa a un yonqui que estaba temblando de miedo junto a un contenedor de basura. Lo levantó en el aire, sacando un machete del cinto.

—Habla, pasmado. ¿Qué carajos pasó anoche aquí? ¿Qué banda se metió en mi territorio?

—¡Yo no sé nada, Chombo, te lo juro por mi madrecita! —chilló el yonqui, llorando aterrorizado.

El Chombo acercó el filo del machete al ojo del hombre.

—Haz memoria, awebao.

—¡Vale, vale! —grito el hombre—. ¡Ayer los pelaos andaban celebrando!

Decían que habían pescado premio gordo. Un chamaquito, un sirviente de unos gringos ricachones de las playas de allá, de Veracruz.

Le vieron pacas de billetes de cien y se lo trajeron amarrado.

¡Iban a pedir rescate a los gringos hoy!

El Chombo soltó al yonqui, que cayó al suelo tosiendo, y se giró hacia sus dos sicarios. Sus ojos inyectados en sangre brillaban con una mezcla de furia y avaricia.

—¿Unos gringos ricachones mandan a un equipo de limpieza profesional a matarme a doce hombres por un puto sirviente de mierda? —murmuró El Chombo, dándole vueltas a la idea—. Esa gente tiene que estar cagada en plata. Y han venido a mearse en mi puerta.

Se giró hacia la corona de cinco puntas.

—Tito, Mulo. Moveos. Preguntad en cada bar, en cada puta garita de seguridad de Veracruz.

Buscad a los sirvientes, buscad los billetes de a cien y buscad esta puta corona de cinco puntas.

No me importa si son rusos, chinos o putos gringos.

Les vamos a arrancar el corazón y se lo vamos a servir a su puta corona.