Capítulo 9 Un buen susto
Eran casi las cinco de la mañana. La oscuridad en la selva panameña era absoluta. El 4x4 negro, sin matrícula y con los faros apagados, devoraba la carretera secundaria de asfalto cuarteado. Sabían que El Chorrillo estaba a pocos kilómetros.
El ambiente dentro del habitáculo era de una concentración letal.
En el asiento del conductor, Tecla soltó el volante un segundo para apurar de un trago una lata de Red Bull.
La aplastó con una mano y le pasó una nueva, recién abierta, a su hermana en el asiento del copiloto.
El resplandor azulado de la pantalla táctil, instalada sobre el salpicadero, iluminaba el rostro de Tecla mientras seguía el rastro del GPS.
—Bueno, chicos. Ya habéis oído al jefe —dijo Diana desde la parte trasera, comprobando por quinta vez el recorrido de la corredera de su Glock silenciada—. Ha pedido un mensaje claro. Y un buen susto.
—Y tanto —respondió Silvia, dándole un sorbo a la bebida energética y tecleando en un portátil sobre sus rodillas—. Es nuestra hora de brillar. Los jefes quieren empezar a darse a conocer en este lado del charco y no vamos a fallarles.
AK, sentado al lado de Diana, abrió una pequeña caja negra militar. Sacó cuatro mini auriculares y se los fue pasando a sus compañeros.
—Eso es, hermanitos. Es nuestra hora —murmuró, ajustándose el auricular en la oreja—. Nada de intermediarios ni de mierdas. Vamos a demostrarle al Vasco por qué invirtió tanto tiempo y dinero en nosotros.
—¿Te acuerdas de aquel simulacro en la finca de Burgos? —susurró Diana, ajustándose el pasamontañas.
—El que acabó con el jefe riéndose de nosotros porque habíamos dejado vivo al muñeco —respondió AK, sonriendo bajo el nylon.
—Pues hoy no dejamos ni un muñeco vivo.
—Esa es mi chica.
Aparcaron en un callejón ciego, a dos calles del objetivo. El hedor a basura acumulada, calor y humedad estancada inundaba el ambiente.
Tecla bajó la ventanilla unos centímetros, sacó un microdron del tamaño de un colibrí y lo lanzó al aire. El pequeño dispositivo zumbó suavemente y desapareció en la noche.
—Pajarito en el aire —susurró Tecla, mirando la pantalla del salpicadero—. A ver qué tenemos... Vale, ahí está la casa.
Silvia se asomó a la pantalla. Era una chabola grande, un amasijo ruinoso de bloques de hormigón desnudo y techo de chapa ondulada.
—Cambio a visión térmica —anunció Tecla. La pantalla pasó del verde visión nocturna al azul, naranja y rojo de las firmas de calor—. Bingo. Veo al objetivo.
—Canta los números —ordenó AK, adoptando su rol de líder táctico.
—Dilan está atado a una silla de plástico en el salón central.
Hay cuatro hombres armados con él, sentados alrededor de lo que parece un televisor.
En la parte delantera, hay tres cuerpos más tumbados en camas.
Y fuera... —Tecla ajustó el zoom del dron—.
Tenemos a cinco tipos despiertos, fumando y bebiendo alrededor de una hoguera en un bidón metálico.
AK asintió, su cerebro procesando la arquitectura del lugar.
—Ok. El plan es simple. Diana y yo nos encargaremos primero de los cinco de fuera. A cuchillo. Cero ruido. Si disparamos ahora, los de dentro ejecutarán a Dilan antes de que podamos entrar.
—¿Y nosotros qué? —preguntó Silvia, acariciando su subfusil MP7.
—Tecla y tú, os posicionaréis en la puerta trasera de chapa. A mi señal, volamos los accesos y entramos los cuatro simultáneamente. Nosotros limpiamos la parte delantera y los dormitorios, vosotros el salón central. Todo el que haya dentro es baja confirmada.
—El jefe dijo un susto, AK —recordó Diana, mirándolo de reojo.
Los labios de AK dibujaron una sonrisa vacía, pero el hielo de su mirada permaneció intacto.
—Dijo que se enteren. Dejadles un mensaje claro. Eso es lo que dijo. Si dejamos vivos, habrá represalias mañana. Los muertos no dan problemas, solo dan mucho miedo. Ese es el mensaje.
Los cuatro bajaron del 4x4, moviéndose por las sombras de El Chorrillo como espectros.
AK y Diana flanquearon la casa por el callejón lateral, avanzando pegados a la pared desconchada. A diez metros, el fuego del bidón iluminaba los rostros de los cinco pandilleros. Estaban relajados, pasándose un porro y un vaso de ron, con las armas largas apoyadas en la pared.
AK miró a Diana. Levantó tres dedos, señalándose a sí mismo. Luego levantó dos dedos y la señaló a ella. Diana asintió. La compenetración entre ambos era total; no necesitaban hablar para saber cómo iban a matar. Desenvainaron sus cuchillos de combate de hojas curvas.
Se movieron al unísono.
AK surgió de la oscuridad como un depredador.
Con un movimiento fluido, le rebanó la garganta al primer guardia por la espalda, tapándole la boca para ahogar el gorgoteo.
El segundo guardia se giró, sorprendido, pero el cuchillo de AK ya estaba subiendo hacia su barbilla, perforándole el cráneo por la mandíbula inferior.
El tercero intentó gritar, pero AK lo barrió con una patada a las piernas y le hundió el filo en la nuca al caer. Tres segundos.
Simultáneamente, Diana había saltado sobre los otros dos.
Al primero le clavó la hoja en la arteria carótida, girando su cuerpo para usarlo de escudo humano mientras el último de los guardias lograba echar mano a su pistola.
Antes de que el pandillero pudiera levantar el arma, Diana lanzó su cuchillo por el aire.
La hoja curva se hundió hasta la empuñadura en el ojo del tirador, que se desplomó como un saco de patatas.
Diana recuperó su arma, limpió la sangre en la camiseta del muerto y miró a AK, respirando con suavidad. AK le devolvió la mirada. Estaban a escasos centímetros, rodeados de cadáveres, compartiendo una descarga de adrenalina pura.
En sus auriculares, la voz de Silvia rompió el silencio.
—Joder, madre mía... Hacen muy buena parejita, ¿verdad, hermano? Bailan al mismo ritmo.
—Ya te digo. El amor manchado de sangre es tan, pero tan romántico... —bromeó Tecla, conteniendo la risa desde la puerta trasera.
Diana soltó un suspiro exasperado y pulsó el comunicador de su hombro.
—Idos a la puta mierda los dos. ¿Estáis en posición o no?
—Posición lista, tortolitos —confirmó Tecla.
AK empuñó su Glock con silenciador.
—A mi señal. Tres, dos, uno. ¡Brecha!
El infierno se desató en absoluto silencio.
AK pateó la puerta delantera, arrancándola de sus goznes oxidados. Simultáneamente, la puerta de chapa trasera saltó por los aires cuando Silvia voló la cerradura.
Dilan tenía las muñecas despellejadas por el roce de las bridas contra la silla de plástico.
Lloraba en silencio. Los cuatro pandilleros armados que lo custodiaban en el salón central reían frente a un televisor viejo, mientras otros dos dormían en la parte delantera.
Dilan cerró los ojos, rezando, sabiendo que su padre jamás conseguiría cincuenta mil dólares. Iba a morir allí.
De repente, el mundo estalló.
No hubo gritos de advertencia. Solo un trueno ensordecedor que hizo vibrar el suelo cuando la puerta delantera y la trasera volaron por los aires al mismo tiempo.
A partir de ahí, el cerebro de Dilan fue incapaz de procesar la realidad.
Todo se redujo a destellos de terror puro.
No vio movimientos tácticos, ni soldados; solo vio sombras negras que se movían a una velocidad imposible.
Escuchó un sonido ahogado, repetitivo y seco, como si alguien escupiera metal: phut-phut-phut.
Los tres hombres del pasillo delantero se desplomaron en sus colchones antes siquiera de entender qué estaba pasando.
En el salón, el caos duró apenas tres segundos.
Los captores de Dilan saltaron, pero dos figuras emergieron de la puerta trasera, escupiendo ráfagas de fuego intermitente.
Dilan se encogió en la silla, aturdido por el estruendo, chillando mientras sentía el impacto de los cuerpos cayendo a su alrededor, destrozados por balas que parecían llover de todas partes.
Abrió los ojos justo cuando una de las mujeres secuestradoras lo agarró por el cuello desde atrás, tirando de él como escudo humano. Dilan sintió el cañón frío de una pistola apretándose contra su sien. Era su fin.
Pero desde el pasillo delantero, otra sombra negra levantó un brazo.
Un único phut.
El agarre en el cuello de Dilan desapareció al instante. Sintió un impacto húmedo a sus espaldas y un salpicón espeso, caliente y metálico le empapó el rostro y el cuello. El cuerpo de la mujer cayó a plomo tras su silla.
Y entonces... el silencio.
Un silencio asfixiante, pesado, solo interrumpido por el goteo de la sangre caliente contra el suelo de cemento y el olor penetrante a pólvora quemada.
Diez hombres y dos mujeres. Doce cadáveres repartidos en menos de cuarenta segundos.
Dilan, temblando incontrolablemente y respirando a bocanadas, alzó la vista. Las cuatro sombras negras se detuvieron en medio de la sala.
Una de las figuras se acercó a él, guardando la pistola. Sacó un cuchillo oscuro y cortó sus bridas de un solo tajo.
—Ya pasó, Dilan —dijo una voz de mujer, suave, casi dulce.
Dilan parpadeó, con el rostro goteando la sangre de sus secuestradores. Su cerebro, al borde del colapso, intentó desesperadamente encajar las piezas de la locura que tenía enfrente.
Conocía esa voz. La miró a los ojos bajo el pasamontañas: era la misma chica que bromeaba con la hija del señor Vasco en la piscina. Diana.
Aterrado, giró la cabeza hacia la puerta principal.
El hombre que acababa de masacrar a los del pasillo tenía un tatuaje asomando por el cuello del chaleco; era el mismo hombre que le había sonreído en la playa.
Y los otros dos, los que pisaban los cadáveres del salón comprobando que estuvieran muertos...
eran los mellizos. Los mismos chicos amables que habían organizado las villas.
La mente de Dilan se fracturó. Fue físicamente incapaz de conciliar la imagen de aquellos jóvenes sonrientes y educados con las cuatro personas que tenía delante.
Ya no eran los chicos amables. Eran los cuatro jinetes del Apocalipsis.
Estaban salpicados de rojo, con miradas de hielo, pisando los charcos de sangre sin inmutarse.
—Tranquilo, Dilan —dijo AK—. El señor Vasco te manda saludos. Ya estás a salvo.
Dilan no podía articular palabra. Solo sollozaba, mirando los cuerpos mutilados y perforados que rodeaban su silla.
Los chicos empezaron a salir de la chabola de forma ordenada, cubriendo sus sectores. Pero antes de salir por el hueco de la puerta principal, AK se detuvo. Vio un bote de spray de pintura negra sobre una mesa llena de droga y dinero.
AK agarró el bote de spray. La bola metálica de su interior sonó como un cascabel en medio de la masacre, y se acercó a la pared principal de la casa.
Con trazos rápidos y gruesos, dibujó una corona perfecta de cinco puntas.
Tiró el bote al suelo. Se giró hacia Diana y los mellizos, y con una sonrisa lobuna asomando bajo el pasamontañas, sentenció:
—Ahora sí que van a pillar el puto mensaje. Vámonos.