La mentira del paraíso Capítulo 8 El Precio del Paraíso #2
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Capítulo 8 El Precio del Paraíso #2

Nos quedamos en la zona común de las villas, al aire libre. Nos servimos unos whiskies cortos para despedir la noche y Catalina preparó unas rayas más pequeñas. Supuestamente, queríamos dormir algo.

Me hundí en los cojines del sofá con el vaso frío en la mano, dejando que el silencio nos envolviera.

El único sonido era el rumor suave y rítmico del Pacífico golpeando la arena y el leve tintineo del hielo derritiéndose en mi copa.

La brisa cálida me acarició la cara. Miré a mis hermanos, callados, relajados bajo las estrellas.

Por una fracción de segundo, bajé la guardia por completo.

Respiré hondo y pensé que habíamos ganado.

Que de verdad podíamos ser intocables en aquel maldito paraíso. Que todo iba a salir bien.

Y entonces, la noche se hizo pedazos.

Un grito de terror rasgó el silencio de cuajo.

—¡Señor Vasco! ¡Señor Mateo!

Era Cecilio. Venía corriendo por la pasarela de madera desde la zona de servicio, agitando los brazos, tropezando con sus propios pies.

Nos levantamos de golpe de las sillas, con los sentidos en alerta.

—¿Qué pasa, Cecilio? —pregunté, interponiéndome en su camino para frenarlo.

Cecilio estaba llorando, temblando de pies a cabeza, con un teléfono en la mano.

—¡Han secuestrado a mi hijo! ¡A Dilan! —sollozó, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Piden cincuenta mil dólares de rescate! ¡Ay, Dios mío! Seguro que lo vieron cenando con ustedes en el VIP. ¡Van a matar a mi niño!

—Cálmese, Cecilio, por favor —dije rápidamente, intentando pensar con claridad—. Llamaremos a la policía ahora mismo, daremos parte y...

Sentí una mano agarrándome del codo con muchísima fuerza. Era Richi. Tiró de mí con disimulo hacia atrás.

Me giré. Richi tenía la cara desencajada, blanquísima, y no por la droga.

—¿Qué pasa, Richi? —dije, mirándole a los ojos, sabiendo al instante que la había liado.

Me hizo un gesto desesperado con la cabeza. Nos separamos un poco de Cecilio, y Mario se acercó rápidamente a nosotros.

—Eh... —balbuceó Richi, tragando saliva—. Yo... le di al chaval algo de dinero en el club para que nos comprara un poco de hierba. Me dijo que conocía a gente...

—¿Cuánto le diste, imbécil? —preguntó Mario, arrinconándolo contra un pilar de madera, con los ojos echando chispas.

—Yo qué sé... quinientos dólares.

Mario se llevó una mano a la cara.

—Gonorrea malparido, ¿estás loco, Richi? —le siseó Mario—. ¡Aquí los locales compran la bolsa de hierba por tres o cuatro dólares! ¡Con cincuenta pavos tendríamos maría para dos días!

—Joder... —murmuré, pasándome las manos por el pelo, uniendo las piezas del puzle—.

Dilan ha ido a su barrio a comprar hierba.

Ha sacado un fajo de quinientos dólares delante de los camellos, han visto al chaval del mantenimiento con dinero de gringos y han pensado: «De aquí sacamos el premio gordo con estos turistas».

Puta mierda.

Me acerqué de nuevo a Cecilio y le puse ambas manos en los hombros, obligándole a mirarme.

—Escúcheme bien, Cecilio. No llame a nadie.

Ni a la policía ni a ningún contacto. Mi hermano Richi —dije, señalando al causante del problema— es un experto negociador de secuestros en España.

Si la policía panameña se mete por medio y los secuestradores notan peligro, matarán a Dilan antes del amanecer. Denos unas horas. Solo unas horas.

Cecilio, aterrorizado pero confiando ciegamente en nuestra autoridad, asintió entre lágrimas y se marchó hacia su cabaña a consolar a su mujer.

Me giré hacia mis hermanos.

—Bueno... parece que los problemas nos siguen vayamos donde vayamos —suspiré.

—¿Qué hacemos, Vasco? ¿Vamos tú y yo a buscarle? —preguntó Tolo, crujiéndose los nudillos, dispuesto a la guerra.

Negué con la cabeza.

—No. Mandaremos a los chicos. Vais a ver lo que es una operación de verdad.

Quince minutos después, yo estaba en el salón de la villa de los chicos. Gracias al número de teléfono desde el que habían llamado a Cecilio, Tecla consiguió localizar la llamada en cuestión de minutos. Habían dado con la ubicación exacta.

El Chorrillo.

El barrio humilde y peligroso por el que pasamos con las furgonetas la mañana anterior.

Los cuatro chicos estaban en fila frente a mí. Llevaban ropa táctica negra, chalecos ligeros y pistolas automáticas silenciadas listas en los muslos. En sus ojos no había sueño; solo había instinto y ganas de demostrar lo que valían.

Me quedé mirándolos en silencio. Había montado todo este circo al otro lado del océano para huir de las armas y retirarnos de una puta vez. Pero verlos ahí, tensos, esperando mi luz verde... me produjo un escalofrío de puro orgullo.

Durante un instante olvidé que estaba allí para esconderme.

No estaba huyendo de nada.

Estaba dando órdenes.

Me sentí exactamente como el Viejo. Y me encantó.

—Bien, chicos —dije, adoptando un tono gélido—. La operación es extraer a Dilan de esa puta mierda de casa. Lo quiero vivo.

—Entendido, Diego —respondió Diana, revisando el cargador de su arma—. Operación quirúrgica. Entramos, salimos, y no sabrán ni que hemos estado allí.

Negué despacio con la cabeza y esbocé una sonrisa fría.

—No, Diana. Que se enteren. Dejadles un mensaje claro de que con nuestra gente no se juega. Dadles un buen susto.

Diana me sostuvo la mirada durante un segundo.

Después, una sonrisa lenta le levantó una comisura de los labios.

—Entendido, jefe.