La mentira del paraíso Capítulo 8 El Precio del Paraíso
18%

Capítulo 8 El Precio del Paraíso

El sol de la tarde caía a plomo sobre Playa Bonita.

En la piscina infinita, la normalidad seguía su curso.

Rachel, con sus gafas de sol y su pose de instagramer, estaba sentada en el borde junto a mi hija Lidia.

Ambas miraban hacia el agua, despellejando sin piedad a Aitor, que no paraba de hacer el ridículo aguantando la respiración bajo el agua para impresionar a la mayor.

—Es súper infantil —decía Rachel, limándose una uña.

—Ya te digo. Y encima se cree guay —le daba la razón Lidia, traicionando a su propia sangre.

A su lado, Raúl, el mediano de Tolo, saltó en defensa de su amigo.

—¡Dejadle en paz, petardas! Aitor mola mucho más que vosotras.

Apoyados en la barra húmeda de la piscina, AK y Diana observaban el percal mientras se bebían unos zumos naturales.

—¿Qué clase de negocios crees que van a hacer aquí? —preguntó AK, señalando sutilmente con la barbilla hacia la mesa donde estábamos nosotros cuatro, en silencio, tras haber soltado la bomba.

—Ni idea, AK —respondió Diana, sin quitarle el ojo a los niños—. Imagino que lo primero será hacernos ver por la zona, establecer contactos locales, lavar algo de efectivo... lo normal.

En ese momento, vieron cómo Nerea, Eva y Catalina salían de la zona de hamacas y caminaban con paso firme hacia nuestra mesa.

—Qué cojones estará pasando... —murmuró AK, estirando el cuello—. Las mujeres están sonriendo. Parecen contentas.

—¡AK, mira! —gritó Lidia desde el agua.

AK se giró justo a tiempo para recibir un tremendo salpicón de agua clorada directamente en la cara. Diana y Be estallaron en carcajadas al ver a AK limpiándose los ojos, derrotado por una niña de diez años.

—Lidia, ¡no salpiques! —gruñó AK, intentando mantener inútilmente su dignidad.

En la mesa del comedor, el aire pesaba como el plomo.

Al ver acercarse a las mujeres, Tolo se tensó, esperando gritos, lloros y una crisis matrimonial de proporciones épicas. Pero Eva no lloraba. Eva sonreía, y Catalina traía un par de botellas de champán en las manos.

Nerea se sentó a mi lado, me puso una mano en la rodilla y me guiñó un ojo. Hizo su trabajo. Ya se lo había contado todo.

—¿Tú estás bien con esto, Eva? —preguntó Tolo, parpadeando, sin dar crédito a la tranquilidad de su mujer.

—Mateo, no me tomes por tonta —respondió Eva, sirviéndose una copa—.

Hace años que veo los desprecios que nos hacen.

Dimitriv y el otro imbécil, te tratan como a un transportista barato, no como al jefe del Sur.

El Viejo nos estaba marginando. Yo sabía que cualquier día volvían a meterte preso, o peor.

Si quedarse allí significaba que mis hijos iban a terminar pagando las consecuencias de esa familia de psicópatas, prefiero este paraíso.

Tolo soltó todo el aire de los pulmones, apoyando su inmensa cabeza en el hombro de Eva.

Catalina descorchó el champán y sirvió a Richi.

—Eva tiene razón —apuntó la joven, sentándose en el regazo de Richi—.

Yo llevaré menos tiempo, pero no soy ciega.

El mes pasado, un trato con los rusos en Dénia que Richi había sudado sangre para cerrar, se lo quitó Dimitriv en persona.

Apareció allí actuando como si el club y el puerto fueran suyos. Os estaban ahogando.

Respiré aliviado. El instinto de supervivencia de estas mujeres era de acero.

Pasó la tarde. Nos relajamos de verdad. Evitamos volver a hablar del tema delante de los críos y dejamos que el tiempo transcurriera en la piscina.

Sobre las siete, Dilan y su hermana Mili se acercaron a nosotros.

—Señor Vasco —dijo Dilan con una sonrisa impecable—. Todo está listo. Les hemos confirmado la reserva en El Cielo, el beach club de la bahía. Pueden ir dando un paseo por la orilla, son unos veinte minutos y la noche es espectacular.

—Perfecto, Dilan. Gracias —respondí, levantándome de la hamaca—. Por cierto, id a cambiaros.

Los dos hermanos panameños se miraron, confusos.

—¿Cambiarnos, señor? —preguntó Mili.

—Sí. Venís con nosotros a cenar.

—Oh, no, no hace falta, señor Vasco, nosotros estamos trabajando... —intentó excusarse Dilan.

—No era una sugerencia, Dilan. Es una invitación formal de la familia —insistió Nerea, dedicándoles una sonrisa maternal.

Al final, ante la insistencia de todos, accedieron agradecidos, con los ojos brillando de emoción.

Las familias se retiraron a sus villas para arreglarse.

En la mía, Nerea y yo nos estábamos vistiendo en la habitación.

—Ha ido bien, Diego. Ha ido muy bien —me dijo, abrochándose un vestido de lino blanco—. Aquí estaremos tranquilos. Sin problemas.

—Sí... —respondí, aunque la paranoia nunca me abandonaba del todo.

Nuestra paz duró poco. Aitor y Lidia irrumpieron en la habitación. Lidia llevaba dos vestidos colgados del brazo.

—Mamá, a ver. ¿Qué outfit pega más para un beach club tropical? ¿El de flores o el coral? —preguntó Lidia, cruzando una pierna con un tono tan repipi que parecía sacada de una serie americana.

Aitor puso los ojos en blanco y soltó una carcajada.

—¡Jo, qué pija eres, chaval! Ponte lo que quieras, vas a ser igual de enana.

Lidia le tiró uno de los vestidos a la cara y Nerea y yo estallamos en risas, empujándolos fuera de la habitación para terminar de vestirnos.

A unos metros de allí, en la villa de Tolo, el gigante sostenía a la pequeña María en brazos, meciéndola mientras Eva se retocaba el rímel frente al espejo.

—Entonces... ¿tú estás decidida del todo? —preguntó Tolo, aún necesitando confirmación.

—Sí, amor —respondió Eva, mirándole a través del espejo—. Ya te lo he dicho. Esos cabrones te iban a joder tarde o temprano. Pero tú eres como los burros, Mateo: te ponen las anteojeras y solo miras para adelante. Tienes que pensar más allá.

En ese momento, Rachel cruzó el pasillo, ya lista para salir.

—Oye, papá. Ese niño, el mediano de Vasco... Aitor. Es un pesado, no para de mirarme en todo el día.

Tolo soltó una risita por lo bajo.

—Será que le gustas, hija.

Rachel arrugó la nariz.

—Pero, a ver... ¿no somos primos?

—Eh... sí. Bueno, primos políticos —carraspeó Tolo, saliendo del paso—. Ya hablaré yo con su padre. De todas formas, es pequeño. No seas muy mala con él.

—Lo intentaré —respondió Rachel, esbozando una sonrisa maliciosa que prometía exactamente lo contrario.

Mientras tanto, en la villa de Richi, el ambiente era mucho menos familiar y bastante más turbio. Mario estaba apoyado en la barra de la cocina americana, observando.

—Mario... tú lo sabías todo, cabrón —le recriminó Richi, ajustándose una camisa de seda negra.

—Sabía algo, Richi. No todo —se defendió—. Y aunque lo supiera, era cosa de Vasco. Él tenía que soltar la bomba, no yo.

En ese momento, Catalina salió del baño y lanzó sobre la encimera de la cocina una bolsa transparente grande.

—¡Hostias, Cata! Vas fuerte hoy —soltó Mario, abriendo mucho los ojos.

—Solo unas puntitas, para pillar el punto antes de salir —replicó ella con desparpajo.

Con la habilidad de una cirujana, vació un poco de polvo sobre la encimera y preparó tres rayas perfectas. Agarró un billete de cien dólares, lo enrolló y se lo tendió a Richi.

Richi miró el billete, miró a su novia y se encogió de hombros.

—¿Cómo le voy a decir que no a algo que me pide esta cara tan bonita? —dijo, dándole un beso fugaz en los labios.

Se agachó y, del tirón, se metió las tres rayas seguidas.

Mario soltó una carcajada limpia.

—Siempre igual. Nunca cambias, hermano.

Emprendimos el paseo por la orilla. Veinte minutos caminando por la arena blanca, relajados, con la brisa cálida del Pacífico en la cara. Mili y Dilan iban saludando a los lugareños y pescadores que encontrábamos a nuestro paso. Parecíamos la estampa perfecta de turistas millonarios.

Al llegar a El Cielo, el espectáculo era tremendo.

Neones morados, antorchas de fuego, palmeras y música electrónica suave.

Tecla y Silvia habían hecho su magia: nos tenían preparado el mejor reservado VIP del local, acordonado y con sofás circulares blancos.

Me acerqué a los mellizos y les di una palmadita en la espalda; ellos eran los encargados de preparar nuestras salidas.

La cena transcurrió entre risas y brindis.

Después del postre, Be y Mili se separaron del grupo grande y se juntaron con una mesa de chicos y chicas locales, mezclándose a la perfección.

Durante un buen rato vi a Richi hablando con Dilan en un extremo del reservado; a saber qué burradas le estaría contando mi hermano al pobre panameño.

Sobre las doce, La Cantera se llevó a todos los menores de vuelta a las villas.

El resto de los adultos nos quedamos tirados en los sofás, bebiendo cócteles y escuchando la música. Cuando volví a mirar, Dilan ya no estaba. Richi se acercaba a nuestro reservado con una sonrisa de oreja a oreja.

—Bueno, ya tenemos a todos los «civiles» fuera del recinto —anunció Richi, frotándose las manos—. Saca la grasa, nena.

Catalina no se hizo de rogar y puso la bolsa grande de cocaína en el centro de la mesa de cristal. En ese preciso instante, un camarero descorrió la cortina de nuestro reservado. Miró la bolsa blanca y se quedó paralizado.

Tolo no pestañeó. Se levantó despacio, sacó un fajo de billetes del bolsillo, separó un billete de cien dólares, se lo metió al camarero en el bolsillo del mandil y le dio unas palmaditas en la espalda.

—Tráenos hielo y no vuelvas a entrar sin avisar, campeón.

El joven asintió vigorosamente, sonrió y dio media vuelta, desapareciendo en la oscuridad.

Entre el alcohol carísimo y la cocaína de Mario, pasamos la noche hablando de lo que se nos venía encima.

No sé si fue por la droga o porque, en el fondo, los cuatro estábamos tan acostumbrados a vivir bajo una presión mortal que ya no nos afectaba, pero lo que quedó claro es que juntos lo llevábamos mucho mejor.

La sensación general en ese sofá no era de miedo, ni de ira, ni de pánico. Era de ilusión. De empezar de cero.

Seguro que era por la puta cocaína.

Pasadas las tres de la madrugada, con el beach club cerrado hacía horas pero abierto en exclusiva para nosotros gracias al dinero de Tolo, regresamos a Playa Bonita.