La mentira del paraíso Capítulo 7 La Bomba en el Paraíso
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Capítulo 7 La Bomba en el Paraíso

El ruido de los críos y las carcajadas de AK me despertaron de golpe.

Miré el reloj de la mesilla: las diez y veinte. Joder. Ni cuatro horas de sueño. Nerea y yo nos habíamos retirado de madrugada, pero esos cabrones se quedaron en el muelle. Ya no bailaban; solo contaban anécdotas, exageraban batallitas y reían hasta el amanecer.

Me levanté de la cama despacio, sintiendo un martillo neumático en la sien. Nerea gruñó bajo las sábanas. Me acerqué a la gran cristalera del dormitorio y miré hacia el mar.

Abajo, en la playa privada, La Cantera ya estaba operativa.

AK, Diana y los mellizos metían a los críos al agua con tablas de paddle surf.

Be caminaba por la orilla llevando en brazos a la pequeña de Tolo, María; le habían encasquetado un chaleco salvavidas naranja tan grande que parecía un flotador con patas. Sonreí al ver la estampa.

—Nerea... cariño, despierta —dije suavemente, sentándome al borde del colchón.

Nerea se revolvió entre las sábanas.

—Baja la persiana, por favor... —murmuró, tapándose la cabeza con la almohada.

—Aquí no hay persianas, Nerea —dije, rebuscando alguna cuerda o interruptor en la pared—. Hay estores automáticos, pero no sé cómo coño van.

—¿Qué hora es? —preguntó, asomando un ojo.

—Las diez y media. Arriba, que bajamos a desayunar. AK y los chicos ya están en la playa con los enanos.

Nerea soltó una risita ronca, mostrándome esa sonrisa mañanera que me volvía loco.

—Ah... sí. Desayuno y playa. Lo compro.

Tras una ducha rápida que me devolvió a la vida, bajamos al comedor al aire libre bajo la pérgola.

Allí estaban. Tolo, Richi y Catalina sentados alrededor de una mesa de desayuno que parecía sacada de una revista: mimosas en copas de cristal y tostadas con mermelada de guayaba. Tolo tenía los pelos de punta y las orejas rojas; claramente no había dormido ni diez minutos.

Al acercarnos a la mesa, ya los oímos discutir.

—Que no, Tolo, joder —decía Richi, apuntándole con un cuchillo de untar manchado de mantequilla—. Miguel le dio con la parte afilada del hacha.

—Qué vas a saber tú, loco. Fue con la parte trasera —replicaba Tolo, negando con la cabeza y haciendo gestos con los labios—. Con el canto.

Al verme aparecer, Tolo se enderezó de golpe en la silla de mimbre.

—¡Hermano, hermano! —exclamó, señalándome—. Dime tú. ¿Te acuerdas de cuando fuimos a por la maquinaria del Tuerto?

—Sí, algo recuerdo, Tolo. ¿Qué cojones pasa? —pregunté con el ceño fruncido por la resaca.

—¿Con qué le pegó Miguel al loco ese que apareció de la nada, que ni era guarda ni era nada? —preguntó Richi, mirándome como si fuera el juez supremo.

Me froté las sienes al intentar hacer memoria.

—Creo que los dos tenéis razón —suspiré—. Primero le dio con la parte trasera. Pero como el notas no retrocedía... le arreó con la hoja. No veas la que preparó.

Los tres estallamos en una carcajada rota, recordando aquella salvajada de juventud. Catalina y Nerea intercambiaron una mirada, mitad escandalizadas y mitad divertidas.

Richi levantó su copa hacia nosotros.

—¡Capullín! Anoche fallaste, hermano. Y tú también, Nerea. Vaya dos abuelos estáis hechos.

—Oye, Richi, que nos habéis pillado desentrenados —se defendió Nerea con cara divertida, dejándose caer en una silla de mimbre—. ¿Y Eva? —preguntó mirando alrededor.

Tolo, con los ojos inyectados en sangre, exhibió sus relucientes carillas blancas.

—Se fue a la villa justo detrás de vosotros. Debe de seguir roncando.

—Voy a despertarla —dijo Nerea.

Catalina se puso en pie al instante.

—Te acompaño. Llevo tres horas escuchando a este par de colocados.

Las vi alejarse y me senté frente a mis amigos, sirviéndome un café negro que parecía petróleo.

—¿Y Mario? ¿Ya lo habéis dejado doblado?

—Mario tiene cuerda para rato —respondió Richi, mordiendo su tostada—. Está con los críos en la playa.

—¿Surfeando? —pregunté, incrédulo.

Tolo soltó una carcajada que acabó en tos.

—No jodas, qué va. Ha ido a dar un paseo por la orilla buscando conchas o no sé qué mierdas.

Miré el reloj. Sentí el pulso acelerarse. Con aquellas caras de resaca, el desayuno no era el momento. Lo soltaría en la comida.

Pasamos la mañana en las hamacas de la playa bajo una sombrilla de paja, con piñas coladas en la mano, viendo a los chavales en el agua.

—¡Papá! ¡Vasco! ¡Venid! —nos gritó Raúl desde una tabla de paddle surf.

Tolo gruñó, tapándose los ojos con el antebrazo. Yo levanté mi vaso a modo de saludo, negando con la cabeza. La resaca apenas nos permitía pestañear.

El único inmune era Mario. Apareció de la nada, agarró una tabla de espuma y corrió hacia el agua con un grito de guerra, zambulléndose y salpicando a todos entre risas.

Desde las hamacas, la estampa era curiosa.

AK y Diana intentaban poner orden mientras Mario y los críos cogían olitas.

Apartada del barullo, sentada sobre su tabla, Rachel se ajustaba las gafas de sol mirando al horizonte con desdén adolescente.

A dos metros, mi hijo Aitor se tiraba al agua a propósito, hacía giros absurdos y no paraba de mirarla de reojo buscando atención.

Rachel, por supuesto, pasaba olímpicamente de él.

Tolo soltó una risa grave y me dio un codazo.

—Ten cuidado con tu crío, Diego, que lo veo muy interesado en mi Rachel.

Richi soltó una carcajada limpia.

—Aitor es un Vasco, Mateo. Apunta alto —respondí, riendo con ellos. Rachel le sacaba una cabeza.

Tolo sonrió, cruzó los brazos tras la nuca y cerró los ojos.

—Dios... lo que daría por un porro.

—Ya te digo —asintió Richi—. Tenemos que pillar algo, ¿eh, Vasco?

—Luego vemos... —murmuré, distraído.

—Esto sí que es vida, hermanito... —susurró Tolo, quedándose frito con el rumor del mar.

«Pues te vas a hartar», pensé.

Sobre las dos, Mili se acercó por la pasarela de madera para avisar de que la comida estaba servida.

Sacar a los niños y a Mario del agua costó gritos, pero al final nos sentamos bajo la pérgola. El festín de Cecilio era un espectáculo: bandejas de corvina, patacones rellenos, sancocho humeante, arroz con guandú y langostas al ajillo.

Comimos y brindamos. Cuando sirvieron los cafés, supe que había llegado la hora. Le hice una seña a AK.

—AK, Diana, Tecla... llevaos a los críos a la piscina grande.

Los chicos captaron el tono y se levantaron al instante. Nerea, que sabía exactamente lo que venía, miró a las otras dos.

—Chicas, vamos a pedir unos cócteles a la piscina y dejamos a estos pesados tranquilos.

En dos minutos, el comedor exterior se vació. Solo quedábamos nosotros cuatro.

El nudo en mi garganta apretó con fuerza. Tolo se limpió con la servilleta y me clavó la mirada, perdiendo la sonrisa.

—Bueno. ¿Cuál es la sorpresa, Diego? —soltó, apoyando los antebrazos en la mesa—. Te conocemos. Llevas tenso desde que aterrizamos. ¿Qué cojones pasa?

Tragué saliva. Mario, sentado al fondo con su copa de licor ambarino, me hizo un levísimo gesto con la barbilla: Dispara.

Me puse de pie lentamente, apoyando los nudillos en la caoba.

—Abandono La Organización —solté, sin anestesia.

Por un segundo, solo se escuchó el rumor de las olas.

Tolo y Richi se quedaron congelados.

—¿Qué dices? —saltó Tolo, frunciendo el ceño—. ¿Cómo vas a dejarla? Hemos aguantado todos estos años comiendo mierda, ¿y ahora te piras? ¿Por qué? ¿Por el millón de euros de jubilación?

—El Viejo tiene mucho más de un millón para ti, Vasco —añadió Richi, agitando las manos—. El trato siempre fue que cuando él falte, los negocios son nuestros.

Mario no decía una palabra. Observaba la escena dando sorbos cortos.

—No seáis ingenuos. El Viejo no nos va a dar nada —repliqué, endureciendo el tono—. Cuando él falte, el imbécil de Dimitriv y su hermano se lo van a quedar todo. Y a nosotros nos mandarán a la mierda. O a una zanja.

—¡Y una polla, Vasco! —rugió Tolo—. ¡El trato era claro! Yo me quedo con las rutas y el astillero del sur, tú con la conservera del norte, y Richi con su local y los contactos de Dénia. ¡Nos lo ganamos a pulso!

—Eso no va a pasar nunca, Mateo —corté en seco.

Tolo apretó los puños. El rey del Estrecho salió a flote.

—Para que esos niñatos me quiten a mí las rutas de Cádiz, me tienen que matar.

—¿Y qué vas a hacer? —me incliné hacia él—.

¿Qué harás el día que dejen de pasarte las órdenes?

¿Vas a subir tú solo a Galicia a liarte a tiros con todos?

—Giré la cabeza hacia la derecha—. ¿Y tú, Richi?

El día que dejen de usar tu club para las cumbres, ¿qué cojones vas a hacer?

¿Pelearte con las mafias del Este tú solito en la puerta?

—Miré a Mario—. Y tú ya sabes lo que te espera en Colombia si te cortan el grifo: estás muerto.

Tolo dio un puñetazo que hizo saltar las tazas y se levantó, midiendo casi dos metros de pura furia.

—¡¿Qué dices?! —bramó, con las venas del cuello a punto de reventar—. ¡¿Después de lo que hicimos por el Viejo?! ¡¿Después de lo que yo me comí en la cárcel por él?!

Mario se puso en pie de golpe, volcando su silla hacia atrás con estrépito.

—¡Nosotros no lo hicimos por el Viejo, Mateo! —le gritó a la cara—. ¡Lo hicimos por Miguel! ¡El Viejo solo se aprovechó de la situación para subirse al trono!

El silencio cayó sobre la mesa como una losa de plomo.

Tolo bajó la mirada. Richi dejó de tamborilear sobre el mantel. Mario me miraba fijamente, inescrutable.

Nombrar aquella noche de hacía veinticinco años nos congeló las tripas a todos. El tiempo había pasado, pero recordar la muerte de Miguel... dolía como respirar cristal molido.

Levanté las manos en son de paz.

—Todos nos aprovechamos de la situación —dije, bajando la voz—. El Viejo nos separó porque sabía que juntos éramos imparables. Nos regaló casas, empresas y territorios para que tuviéramos algo que perder. Y funcionó.

Hice una pausa, mirándolos uno a uno.

—Pero ese no es el problema real. La bomba de los hijos del Viejo iba a estallar tarde o temprano, sí. Pero ha habido otra mecha. Mi mecha. El verdadero problema es mi libro.

Tolo, aún respirando agitado, parpadeó confuso. Recogió la silla derribada de Mario, la puso en pie y se dejó caer pesadamente en la suya, frotándose la frente.

—Diego... ¿qué coño dices ahora de un libro?

Me senté. Y lo solté todo.

Les hablé del pozo negro de mis primeros años aislado en el norte. De cómo escribí la trilogía bajo seudónimo usándonos a nosotros como protagonistas. Y confesé que allí narraba, con pelos y señales, todo lo que habíamos hecho.

Fue un silencio distinto. Más denso. Más oscuro.

—¿Has escrito lo de Miguel? —preguntó Tolo, con la voz reducida a un susurro ronco.

—Todo —respondí.

Tolo bajó la vista hacia sus enormes manos vacías.

—Joder.

Les conté que, aunque mis chicos habían bloqueado la edición en español, medio mundo criminal llevaba años usando mis páginas para ajustar cuentas internas. Y finalmente, solté el tiro de gracia.

Les dije que una plataforma americana había comprado los derechos para rodar una serie mundial.

Que en menos de un año, la verdadera historia de cómo murió Miguel y cómo el Viejo llegó al poder estaría en millones de pantallas.

Y que en cuanto esa serie viera la luz, La Organización nos cazaría a todos.

A nosotros, a Nerea, a Eva, a Catalina y a los críos.

Por eso no podíamos volver a España. Jamás.

Tolo miraba a la nada, desencajado. Richi palideció, calculando mentalmente la magnitud del desastre. Mario, en cambio, se limitó a asentir con lentitud.

—Todo lo que veis aquí —añadí, abarcando el complejo con la mano—, estas cinco villas blindadas, los coches, las lanchas, el yate... Todo lo compraron mis chicos con los derechos del libro y la serie. El exilio está pagado.

Nadie gritó. Nadie me insultó. El peso era demasiado aplastante para procesarlo con rabia.

Me aclaré la garganta. Por primera vez desde la llamada de Marga, sentí que me entraba aire en los pulmones.

Tolo seguía con los brazos sobre la mesa, la cabeza gacha, haciendo cuentas de vida. Richi giraba su copa vacía entre los dedos, sin sonreír. Mario no apartaba los ojos de mí.

—Entonces no podemos volver —dijo Tolo al cabo de unos segundos.

—No.

Tolo asintió una sola vez.

—¿Y nuestras familias?

—Se quedan aquí.

Richi levantó la vista.

—¿Para siempre?

Tragué saliva.

—Hasta que sepamos qué coño hacer.

A lo lejos se escuchó una carcajada de Lidia desde la piscina. Después, el chapoteo de una pelota contra el agua. El eco me golpeó con más fuerza que cualquier amenaza. Mis hijos estaban ahí fuera jugando. Los suyos también. Y acabábamos de decidir que su vida anterior había muerto.

Tolo rompió el trance pasándose la mano por la cara.

—Bueno... habrá que acostumbrarse.

Richi soltó el aire despacio y forzó una media sonrisa amarga.

—Mira que eres cabrón, Vasco. Te vas de España y consigues que terminemos todos de vacaciones en el Caribe.

—No estamos de vacaciones.

—Ya lo sé —respondió—. Pero déjame llamarlo así un rato.

Mario dejó la copa sobre la mesa.

—Lo importante es que seguimos juntos.

Veinticinco años. Cinco chavales en un muelle. Uno bajo tierra. Cuatro vivos. Y ahora, escondidos al otro lado del océano.

Señalé alrededor.

—Hablad con vuestra gente. De momento el Viejo cree que volveremos en unas semanas. Tenemos un mes entero por delante en este paraíso.

Me levanté.

—Así que, hermanos... disfrutemos de las vacaciones.

Richi alzó su copa.

—Por Miguel.

Tolo levantó la suya. Mario hizo lo mismo. Yo también.

Brindamos los cuatro en silencio mientras el eco lejano de los niños volvía a romper contra el viento.

Sonreí.

Todavía no lo sabíamos, pero aquel iba a ser el último día en que Panamá nos pareciera un refugio.