Capítulo 6 El Paraíso de los Condenados
El bofetón de calor y humedad nos golpeó en la cara nada más cruzar las puertas automáticas del Aeropuerto Internacional de Tocumen. Panamá nos daba la bienvenida.
A pesar del cansancio del vuelo, las caras de todos irradiaban una energía fantástica. Mientras esperábamos a que los mellizos coordinaran el transporte, me acerqué a Lidia y a Aitor, que reían junto a una columna.
—Vamos a ver —les dije en voz baja, adoptando mi tono de padre—. Veo que os habéis llevado bien en el avión con los hijos de Tolo. Esos niños son como vuestros primos. Sé que los habéis visto poco, pero quiero que hagáis el esfuerzo de integrarlos.
—Aita, relájate —me cortó Lidia, con la superioridad moral que solo te da tener diez años—. Aitor, Raúl y Hugo ya son uña y carne. Los tres son unos frikis de las olas y los videojuegos. Llevan diez horas hablando de lo mismo.
Me quité un peso inmenso de encima. Ver que los críos encajaban era vital, sobre todo sabiendo que mi plan maestro consistía en encerrar a las familias juntas en una villa de forma permanente.
Salimos a la acera. Tecla y Silvia debían tener listo el transporte.
Esperaba un par de furgonetas decentes, pero lo que vi aparcado en la zona VIP me dejó sin palabras.
Tres furgonetas Mercedes Clase V, negras como la boca del lobo, con los cristales tintados.
Las puertas abiertas mostraban un interior de cuero blanco y luces LED digno de un reservado de discoteca, con tres chóferes uniformados esperando firmes.
—¡Hostia, Vasco, qué puto nivel! —bromeó Richi, pasando el brazo por encima de los hombros de Catalina—. Así me gusta que me reciban.
—Si este va a ser el nivel, Diego, vete preparando más vacaciones como esta —añadió Eva, maravillada.
Nos repartimos en los vehículos. Be se sentó a mi lado en la primera furgoneta, cruzándose de brazos con cara de pocos amigos.
—¿A mí también vas a ponerme niñera? —soltó, alzando una ceja.
—¿Qué dices, Be? —la cortó Nerea desde enfrente.
—AK y Diana me han contado lo de su «misión especial» de canguros.
Suspiré, frotándome la sien.
—Joder, Be. Necesito que los críos pequeños estén controlados. Evidentemente, tú no eres una cría, pero estamos en Centroamérica. Si decides ir a explorar la ciudad o los centros comerciales, me sentiría más seguro si te acompañase Diana.
—Sí, Be, hazle caso a tu padre —apoyó Nerea.
Be puso los ojos en blanco, pero esbozó una media sonrisa y alzó la voz hacia el asiento del copiloto.
—Vale, sin pegas. Con Diana me encanta ir de tiendas. A ver si así consigo que cambie de look, porque digamos que el rollo de «surfera rebelde» ya huele un poco.
Diana se giró a medias, mostrando una sonrisa letal.
—Oye, enana, mi look es perfecto. Y si te pasas de lista, te ahogo en la piscina.
Be soltó una carcajada.
La vista al salir del aeropuerto era espectacular.
Rascacielos de cristal y acero se alzaban hacia el cielo grisáceo, rodeados de palmeras.
Cruzamos el distrito financiero y, poco después, bordeamos una zona mucho más humilde.
El chófer nos avisó por el retrovisor de que aquello era El Chorrillo, un barrio a evitar.
Encaramos el imponente Puente de las Américas.
En la entrada, pasamos junto a un control permanente de la Policía Nacional.
Agentes fuertemente armados, con ropa táctica oscura.
Noté cómo se me tensaban los hombros, pero nos dejaron pasar sin problemas, tomándonos por ejecutivos o turistas VIP.
Respiré hondo. Rogué internamente para que no nos molestaran durante nuestra estancia; cuando mi grupo se junta... suelen pasar cosas.
Tras dejar la ciudad y adentrarnos en una frondosa selva tropical durante quince minutos, la vegetación se abrió. Ante nosotros, bañada por el sol frente al Pacífico, apareció Playa Bonita.
El convoy se detuvo frente a una garita de seguridad privada. El guarda intercambió unas palabras con nuestro chófer y levantó la barrera de inmediato.
—Esto es precioso, Diego —me dijo Nerea al oído, apretándome la mano.
—A ver cómo es la villa... —respondí, algo nervioso. Necesitaba impresionar a mis amigos. Necesitaba que se enamoraran de aquel lugar para que no me mataran al día siguiente.
La furgoneta se detuvo frente a una inmensa valla de metal forjado. El arco de entrada rezaba: VILLA QUEEN MARY.
Justo debajo de las letras, forjada en hierro negro, había una pequeña corona de cinco puntas. Un guiño sutil de los mellizos a nuestro grupo de amigos de la foto.
Las puertas se abrieron con un zumbido eléctrico.
Entramos a una gran explanada adoquinada donde nos esperaban Tecla, Silvia y, por supuesto, Mario. Llevaba pantalón de lino fino y la camisa abierta. Tenía más canas que hacía dos años, pero seguía igual: flaco, fibrado y gesticulando sin parar.
Bajamos de las furgonetas.
—¡Hermanos! —gritó Mario, abriendo los brazos—. ¡No me lo puedo creer, cabrones, no habéis cambiado nada!
Nos fundimos en un abrazo colectivo que nos dejó sin respiración.
—Quiero que me presentéis a todas vuestras larvas —dijo Mario, separándose y mirando a los niños, a los que AK y Diana ya pastoreaban hacia los jardines.
—Oye, cabrón, mis niñas no son larvas —bromeé, dándole un empujón—. Aitor quizás, pero las niñas no.
En medio del caos del equipaje, Tolo se fue a ayudar a Eva y Richi empezó a vacilar a los mellizos, exigiéndoles que la casa tuviera minibar. Me quedé a solas con Mario.
—¿Qué tal por aquí con los chicos? ¿Cuándo llegaste?
—Tus mellizos son unos fieras, Vasco. Me lo organizaron todo. Llevo aquí tres días con ellos. Y tengo que decirte... que saben mucho.
—¿Mucho de qué? —fruncí el ceño.
—De todo —respondió, guiñándome un ojo.
Lo dijo con esa mirada de zorro viejo que sabe más de lo que dice. Antes de que pudiera contestar, se dio la vuelta y se fue a abrazar a Nerea. Con Mario nunca sabías si había descubierto tu mayor secreto o si solo se tiraba un farol.
Nos dirigimos a la recepción al aire libre, con sofás blancos, ventiladores gigantes y una barra de bar. Silvia se subió a un escalón.
—Bienvenidos a Villa Queen Mary. Soy Silvia y junto a mi odioso hermano, hemos preparado este complejo para vosotros.
—¿Habéis cerrado un hotel entero? —preguntó Tolo, asombrado por el lujo.
—Ya no es un hotel —aclaró Silvia con una sonrisa —. Es un conjunto privado de cinco macrovillas de lujo. Las hemos preparado para que cada familia tenga la suya.
—¡Joder, hermano! —gritó Richi, dándome un codazo—. ¡Esto que has alquilado es una maravilla!
Silvia nos guió por las zonas comunes: spa con vistas al mar, tres piscinas infinitas, pistas de tenis. Y, finalmente, el embarcadero privado.
Tolo, apasionado del mar, se quedó con la boca abierta. Amarradas a los pilotes de madera había dos planeadoras ultrarrápidas y un yate espectacular para veinte personas.
Yo también aluciné. Eso no estaba en el presupuesto que aprobé. Era obra de los mellizos.
—Joder, qué barbaridad de barcos —dijo Tolo, acariciando la caoba—. ¿Podemos usarlos?
Silvia sonrió de oreja a oreja.
—Por supuesto, Mateo. Úsalos como si fueran tuyos.
Yo sabía perfectamente por qué Silvia sonreía así. Porque eran nuestros. Nada era alquilado. Todo formaba parte de mi plan encubierto para convencerlos de que Panamá era un buen lugar para exiliarse.
Al final del recorrido, llegamos a una zona de servicio más modesta donde nos esperaban cuatro personas de pie, impecablemente vestidas.
—Y bueno, os presento a la familia Vergara —anunció Silvia—. Cecilio es el padre, Clementina la madre, y su hija Milagros, aunque todos la llamamos Mili. Y este de aquí —dijo señalando a un chico de unos veinte años que no paraba de sonreír— es Dilan.
Les dimos la mano a todos. Su amabilidad era genuina. —Ellos son los encargados del mantenimiento, la cocina y el cuidado de las villas —continuó Silvia—. Cualquier problema o capricho, le decís a Cecilio.
—Por supuesto, señores —dijo Cecilio, con un marcado acento panameño y una sonrisa cálida—. Cualquier cosa que necesiten a la hora que sea, mi familia y yo estaremos encantados de servirles.
Nos instalamos. Cecilio preparó una barbacoa monumental de marisco y carne como bienvenida. Mientras las familias comían, acorralé a los mellizos detrás de las parrillas.
—A ver, contadme. ¿Cómo va el plan?
Tecla habló con la boca medio llena de costillas.
—Jugada maestra, jefe. Las villas fueron una compra de última hora.
Este complejo era de un inversor gringo que quebró Lo adquirimos a través de las sociedades de la agente literaria por un precio de risa.
Con lo que sobró compramos los barcos, los todoterrenos, y aún tenemos millones en las cuentas. El dinero no es un problema.
—Y hay otra cosa —añadió Silvia, sacando unas pequeñas tarjetas de su bolsillo—. Tenemos permisos de armas. Para todos.
Me quedé mirando los plásticos.
—¿Permisos de armas? Chicos, esto no es España. Os dije que quería olvidar todo eso. Estamos aquí para retirarnos.
—Jefe —me interrumpió Tecla, muy serio—. Usted nos dijo que preparáramos aquí una infraestructura por si la serie nos explotaba en la cara. Y lo hemos hecho.
Tenía razón. Me estaba mintiendo a mí mismo. Sonreí con amargura y asentí.
—Vale. Buen trabajo. Pero no era necesario arriesgarse tanto.
—No nos arriesgamos —intervino Silvia—. Con los contactos de Mario, fue cuestión de soltar unos miles de dólares. Sin sobornos ni hackeos.
—Está bien, chicos. Bien hecho.
Los vi alejarse. Sentí un orgullo inmenso; mis chicos eran unos putos fenómenos.
Cuando cayó la noche, AK y Diana se llevaron a los niños a la sala de cine, cumpliendo su palabra de canguros.
Los adultos nos reunimos en el bar del muelle, una palapa de madera sobre el agua con luces tenues y música chill out.
En la barra, los hermanos Mili y Dilan no daban abasto.
Mientras Nerea, Eva y Catalina estaban tiradas en los sofás riendo y bebiendo unos cócteles tropicales espectaculares y muy vistosos, yo me acodé en la barra.
Pedí un whisky solo con hielo. No quería sombrillitas de colores.
Estaba a doce horas de soltar la bomba y necesitaba sentir el alcohol rasparme la garganta.
Se me acercaron Richi y Mario.
—¡Ey, capullín! —me gritó Richi, apoyándose en la barra con su clásica postura chulesca—. ¿Ya te has aburrido de nosotros? O espera... ya sé lo que le pasa a mi colega.
—Ilumíname, máquina.
—Quieres gasolina, ¿a que sí? Pues tranquilo, tu hermanito Richi ha conseguido traer este regalito, gracias a mi fantástica novia —dijo, mirando hacia el sofá donde Catalina se reía a carcajadas.
Metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó una pequeña bolsita blanca. O mejor dicho, un preservativo anudado. Dentro había una bolsa con unos cinco gramos de cocaína.
—Mirad cómo le ha cambiado la cara al cabrón —se burló Richi, señalándome.
Siempre habíamos consumido. Desde que éramos unos críos y empezamos a robar, estuvimos muy enganchados. La dejamos durante años, o al menos lo controlamos, pero nunca del todo. De vez en cuando, Nerea y yo solíamos consumir un poco en privado. Y joder, pensé, estábamos de vacaciones.
—Cómo me conoces, cabrón —dije, con media sonrisa.
Catalina se acercó a la barra, sacó la bolsita y empezó a prepararse unas rayas sobre el mármol negro sin pudor.
Tolo, que venía del baño, se acercó corriendo.
—¡Qué cojones estáis haciendo! —susurró—. ¡No me jodas! ¿Has sido tú, Mario? Te has traído un souvenir de Colombia.
Mario negó con la cabeza, divertido.
—No, Tolo. Esos cinco gramitos los ha traído Catalina en el cuerpo. Una proeza pasar eso, mis dieces. Pero yo te conozco, Mateo. Sé que esa nariz tuya es un pozo sin fondo. Y por eso...
Mario se agachó, abrió la cremallera de su pesada mochila de cuero y sacó un bloque rectangular, prensado y envuelto en cinta americana amarilla, del tamaño de un ladrillo.
—Esto sí es lo que yo he traído —sentenció, con una sonrisa gélida.
Y entonces, se desató la locura.
El alcohol, la cocaína purísima, la música y el reencuentro hicieron el resto. Nos olvidamos de que éramos padres, capos o empresarios. Volvimos a ser la pandilla de salvajes de hace veinticinco años.
Sobre las tres de la madrugada, el ruido me saturó. Me aparté con el vaso en la mano y caminé hasta el final del embarcadero. Me senté dejando los pies colgando sobre el agua oscura, escuchando las olas.
Unos segundos después, el crujido de las tablas me avisó. Mario se sentó a mi lado y brindamos en silencio.
—¿Y qué? ¿Ya ha explotado o qué? —preguntó Mario, mirando al horizonte.
Me quedé helado. Lo miré de reojo.
—¿Explotado el qué?
—No me jodas, Vasco. Supongo que estamos aquí porque el Viejo se ha enterado. Y si no lo ha hecho todavía, se va a enterar pronto. —Su voz era seria, sin rastro de burla.
Tragué saliva.
—¿Leíste los libros?
—Pues claro, tato. Leo todo lo que pillo —dio un sorbo a su copa—. Me llegó una copia de Italia. Tardé dos capítulos en saber que eras tú.
—¿Y por qué no me dijiste nada?
—¿Para qué? —se encogió de hombros, encendiéndose un cigarrillo—. Sabía que esa bomba iba a explotar tarde o temprano. Era tu problema. Hasta hoy, claro.
Giró la cabeza hacia la palapa. A lo lejos, Richi bailaba y Tolo reía a carcajadas con Nerea y Eva.
—¿Lo saben? —preguntó.
—Aparte de Nerea, no. Aún no.
Mario expulsó el humo por la nariz, asintiendo.
—No me gustaría estar en tu lugar. Sobre todo por Tolo. Le encanta el sur. Es el jefe que siempre quiso ser, y tú le vas a pedir que renuncie a su reino para esconderse aquí porque te dio por jugar a ser Vargas Llosa. Lo vas a tener muy jodido.
—¿Y Richi?
Mario se rio por lo bajo.
—Richi es como las ratas. Si el barco del Viejo se hunde, es el único que quedará en pie. Se adaptará.
—Coincido —dije, dándole un golpe en la rodilla—. Mañana necesito que me apoyes, Mario.
Me miró, esperando el resto de la frase.
—Mañana, en el desayuno, voy a contarles la verdad. Voy a decirles por qué estamos realmente aquí. Y por qué no podemos volver a España.