La mentira del paraíso Capítulo 5 La Coartada del Luto #2
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Capítulo 5 La Coartada del Luto #2

—No se preocupe, José María. Le haré llegar el planning completo.

La reunión se dio por terminada.

Mientras caminábamos a paso rápido por la explanada hacia nuestros coches, apartados ya de la seguridad del Viejo, Richi me pellizcó el brazo con fuerza.

—¿Qué cojones, Diego? —siseó, mirando a los lados—. ¿Qué es esta mierda del aniversario?

Llegamos junto a mi BMW. Tolo me paró en seco, interponiendo su masa muscular en mi camino.

—Eso digo yo. ¿Qué puta celebración te has inventado?

—Nos vamos de vacaciones, Tolo. No gruñas, cabrón —respondí—. He conseguido un mes en Panamá a gastos pagados para los cuatro. Con todas las familias.

—¿Un mes? —Tolo abrió mucho los ojos, mostrando sus dientes blancos—. ¡Estás loco! ¿Y los negocios? El sur está que arde ahora mismo.

—Por eso le he pedido permiso delante de todos. El Viejo tendrá que ordenar que cubran nuestros puestos. Está todo pensado y autorizado.

Tolo dio un paso al frente, acortando la distancia.

—¿Qué estás tramando, Diego? —preguntó, apretando la mandíbula.

—Unas vacaciones —respondí, sosteniéndole la mirada.

—Tú no te vas un mes de vacaciones. Nunca.

—Esta vez sí.

—Qué cabronazo... —murmuró Richi, esbozando una sonrisa de admiración—. Un mes de vacaciones en el Caribe. Yo me apunto.

—Yo no puedo, de verdad, Diego. Eva me mata si saco a los niños del colegio ahora —insistió Tolo, negando con la cabeza y aferrándose a la primera excusa que encontró.

—Mario también viene —sentencié, mirándolo fijamente.

La mención de Mario fue el golpe de gracia. Tolo dejó de dudar. Sabía que si el fantasma de Colombia salía de la selva para ir a Panamá, aquello no eran unas simples vacaciones. Algo gordo pasaba. Tolo se rió por lo bajo y asintió.

—Vale. Me apunto.

Les hice un gesto a AK y a Diana. Diana bajó del coche, abrió una mochila negra y les entregó una pequeña caja precintada a cada uno.

—Estos teléfonos han sido encriptados por mis chicos —les expliqué—. Solo, y repito, solo se usan para hablar de las «vacaciones». Para organizarnos. Nada más.

Richi y Tolo miraron las cajas y asintieron.

—¿Cuándo nos vamos? —preguntó Tolo, guardando la caja en el bolsillo de su abrigo.

—En siete días, hermanito —contesté, con una sonrisa.

El regreso a Vizcaya se me hizo eterno. Quería llegar y decírselo a Nerea para que pudiera respirar tranquila.

La primera parte del plan había salido de puta madre.

Había conseguido sacar a toda la tropa de España con el sello de aprobación del Viejo.

La segunda parte... bueno, la segunda parte era sobrevivir cuando estallara la bomba de la serie.

Al abrir la puerta de casa, Nerea estaba esperándome en el pasillo. Me recibió con un abrazo apretado. No hacía falta decirle nada; al ver la expresión de mi cara, supo que el primer paso estaba dado y habíamos ganado tiempo.

Los días siguientes fueron una locura de preparativos.

Las llamadas a tres bandas con los teléfonos seguros eran un lujo que La Organización rara vez nos permitía.

Nos pasábamos horas hablando de vuelos, hoteles y excursiones.

Solo hablábamos de vacaciones, pero escuchar sus voces relajadas era suficiente.

Tenía unas ganas inmensas de estar con ellos en Panamá, pero a la vez, el estómago se me retorcía de miedo al pensar en cómo reaccionarían cuando los sentara en una mesa y les dijera: «Chicos, he escrito un puto libro sobre cómo murió Miguel, y lo que hicimos después con el visto bueno del Viejo,

van a hacer una serie mundial, y no podemos volver nunca más a España».

Por fin, llegó la víspera del viaje. Llamé a AK y a Diana a mi despacho en la conservera.

—Chicos, tengo una misión táctica para vosotros en este viaje.

AK se enderezó al instante, sacando pecho. Ya se imaginaba haciendo un reconocimiento perimetral en la selva o neutralizando sicarios locales.

—Sí, jefe. Lo que sea —dijo AK, con los ojos brillando de anticipación.

—Veréis, en este grupo hay muchos... civiles. Muchos menores —continué, manteniendo el tono muy serio.

AK frunció el ceño.

—No... No, jefe... —balbuceó, pillando al segundo por dónde iban los tiros.

—Sí. Efectivamente. Haréis de canguros tácticos de la tropa —dije, soltando una carcajada al ver su cara de decepción absoluta—.

Y hablo muy en serio. Quiero que este grupo de niños no sufra ni un puto contratiempo.

No los perderéis de vista en las playas, ni en las piscinas, los tendréis vigilados. Son responsabilidad y custodia vuestra.

AK resopló, mirando al techo, mientras Diana se partía de risa a su lado, dándole codazos.

—Ok, jefe —murmuró AK, derrotado—. Seremos los putísimos mejores canguros del Pacífico.

El día D, nos montamos en una furgoneta privada que nos llevó al aeropuerto de Loiu, y de allí volamos a Madrid. Habíamos quedado todos en la T4 para coger el vuelo transoceánico directo a Panamá.

Al llegar a la zona VIP, el caos era maravilloso.

Tolo llegó empujando dos carritos de maletas, sudando, seguido por su mujer, Eva, y su ejército particular: Rachel, la hija mayor de quince años, pegada a sus auriculares; los trastos de Raúl y Hugo, de diez y doce; y la pequeña María, de cinco, sentada encima de las maletas.

Y entonces apareció Richi.

Pensé que llegaría solo. Me equivoqué. Llegó de la mano de una chica espectacular, bastante más joven que él, que miraba a todos lados con una mezcla de curiosidad y desparpajo.

Tolo soltó los carritos y se acercó a ellos, abriendo los brazos.

—¡Richi, Richi! —exclamó—. ¿Tenías novia y no habías dicho nada? Qué pájaro estás hecho.

Tolo se giró hacia la chica y le tendió la mano con una sonrisa caballerosa.

—Hola, preciosa. Soy Mateo, el hermano mayor, más responsable y mucho más guapo de Richi.

La chica se echó a reír, divertida por el gigante, y le dio dos besos.

—Soy Catalina, encantada. Richi ya me había hablado mucho de sus «hermanos».

—Espero que solo te haya contado cosas buenas —dije yo, acercándome para saludar.

—Me ha dicho que sois los mejores tíos de España —respondió Catalina, guiñando un ojo.

El ambiente era fantástico. Todos reían, contaban historias cruzadas y se conocían. Las pocas veces que habíamos podido reunirnos en el pasado siempre fue por partes, nunca el grupo al completo.

Me alejé un poco del barullo para pedir un café.

Al girarme, me fijé en mi hijo mediano. Aitor estaba sentado en una butaca de la sala VIP, con el móvil caído en el regazo y la mirada perdida, fija en un punto concreto.

Seguí su línea de visión. Estaba mirando embobado a Rachel, la hija mayor de Tolo, que se estaba haciendo un selfie junto al ventanal.

Me acerqué en silencio y me senté a su lado.

—Un poco mayor para ti, ¿no, campeón? —le pregunté en voz baja, con media sonrisa.

Aitor ni siquiera parpadeó. Seguía en trance.

Le di un toquecito en el hombro.

—¡Eh, hijo! ¡Eh, Romeo!

Aitor dio un salto en el asiento, sobresaltado, y me miró rojo como un tomate.

—¿Qué haces, viejo? No me asustes así.

—Solo decía que me parece un poco mayor para ti, ¿no crees?

—¿De... de qué hablas? —balbuceó, agarrando el móvil a toda prisa—. Estaba comprobando la puerta de embarque.

Negué con la cabeza, riéndome por lo bajo.

—Sí, hijo, sí. La puerta de embarque. Claro que sí.

El vuelo a Panamá fue larguísimo. Por suerte, viajábamos de noche, así que después de la cena, casi todo el grupo cayó rendido. Las luces de la cabina se apagaron, dejando solo el suave zumbido de los motores.

Nerea bajó el reposabrazos, se acomodó a mi lado y apoyó la cabeza en mi hombro. Estaba agotada por la tensión de las últimas semanas.

—¿Crees que saldrá bien, Diego? —susurró, con los ojos cerrados.

Le besé el pelo, mirando hacia la oscuridad del Atlántico a través de la ventanilla.

—Eso espero, Nerea. No le des más vueltas. El primer paso ya está hecho. Ahora, intenta descansar.

Abracé a Nerea y cerré los ojos.

En siete días habíamos pasado de preparar nuestra jubilación a huir de nuestra propia historia.

Y lo peor era que todavía no habíamos contado a los demás por qué.