Capítulo 5 La Coartada del Luto
Mientras AK aparcaba el BMW en la explanada de gravilla, eché un vistazo rápido a través del cristal empapado.
Había demasiados coches. Demasiados escoltas fumando bajo los porches.
Las reuniones semestrales siempre eran tensas, pero aquel despliegue indicaba que el Viejo estaba especialmente paranoico.
Aquello no me gustaba.
Me abroché la chaqueta y miré a los chicos en los asientos delanteros.
—Quedaos en el coche. Ojos abiertos y boca cerrada.
—Oído, jefe —respondieron al unísono, adoptando al instante una postura marcial dentro del habitáculo.
Abrí la puerta y salí a la lluvia. Apenas di dos pasos, una carcajada rasgó el sonido del aguacero.
—¡Pero si es el capullín del norte! —gritó Richi, abriendo los brazos bajo el voladizo del porche—. ¿Qué te cuentas, Diego? No se te ve muy mal... ¿Entrenas todavía, o Nerea y las niñas ya te dejan KO en el salón?
Me eché a reír, sintiendo que una tonelada de tensión desaparecía de mis hombros de golpe. Con ellos no era el señor Vasco, ni el lobo alfa, ni el jefe.
Era Diego.
Veinticinco años.
Y seguíamos vivos los tres.
Subí los tres escalones y le di a Richi un abrazo de oso, palmeándole la espalda. Olía a colonia cara y a tabaco rubio.
Tolo se acercó justo detrás, sonriendo de oreja a oreja. Y entonces lo vi. Sus dientes. Eran jodidamente blancos. Blancos nucleares. Y... enormes. Se abalanzó para darme un abrazo, pero le puse una mano en el pecho, parándolo en seco.
—¡Quita, joder, no te acerques, que me vas a morder! —exclamé, entrecerrando los ojos—. ¿Qué cojones te has hecho en la boca, Mateo? Pareces un caballo de carreras fluorescente.
Richi se dobló por la mitad, apoyándose en la pared de piedra, riéndose a carcajadas.
—¡Te lo dije! ¡Te dije que cantaban a kilómetros, Tolo!
Tolo se cruzó de brazos, fulminando a Richi con la mirada, aunque la sonrisa no se le borraba.
—Joder, qué cabrón eres, puto Richi de mierda. Llevas toda la mañana diciéndome que me quedan de puta madre, y en cuanto llega este dices que son una mierda. Me he puesto carillas, Diego. Que en el sur hay mucho sol y hay que sonreír mucho.
—Pues con esa sonrisa puedes deslumbrar a las patrulleras de la Guardia Civil en el Estrecho, hermano —repliqué.
Los tres estallamos en carcajadas y, finalmente, nos fundimos en un abrazo a tres bandas. Llevábamos veinticinco años en la cuerda floja. Éramos lo único real que nos quedaba en aquel mundo de mierda.
A escasos diez metros, dentro del BMW, AK y Diana observaban la escena.
—Hazme caso, Diana —murmuró AK, sin apartar los ojos de los tres hombres que reían en el porche—. El jefe lo está viendo chungo. ¿Qué te apuestas a que acaba reuniendo al grupo y liándola parda?
—Ni en tus mejores sueños, AK —respondió Diana, reclinando el asiento—.
El jefe quiere marcharse y olvidarse de todo esto.
Sé que te pondría cachondo que empezaran una guerra interna como la de los libros para estar tú en primera línea.
La verdad es que a mí también me molaría, no te lo voy a negar...
—añadió con una sonrisa pícara—. Pero no va a pasar.
El jefe quiere que su familia y nosotros estemos seguros. Fin del debate.
Mientras tanto, en el porche, la pesada puerta de roble del caserío se abrió.
Una mujer alta, vestida con un traje de sastre gris impecable, apareció en el umbral. Era Mariena, más conocida en La Organización como «La Rubia». La consejera personal del Viejo.
Nos conocía a los cuatro desde el principio, desde los días en que no éramos más que unos críos hambrientos dispuestos a todo, pero hoy su actitud era distinta. Su postura era rígida y, al acercarnos, noté una tensión extraña en su mandíbula.
Nuestra relación con ella siempre había sido...
digamos, difícil. Aparte de nosotros cuatro y del propio Viejo, ella era la única persona viva que sabía qué ocurrió exactamente hacía veinticinco años.
Estuvo allí. Fue parte del secreto que nos ataba a todos, y por eso se había convertido en la sombra perpetua del jefe.
—Diego. Mateo. Ricardo —saludó, con una voz demasiado calculada, carente de cualquier emoción.
—Mariena, preciosa como siempre —respondió Richi, pasándose una mano por el pelo y disparando su encanto habitual.
Ella ni siquiera parpadeó. No le devolvió la sonrisa. En su lugar, sus ojos de color hielo pasaron de largo de Richi y de Tolo, y se clavaron directamente en mí. Fue una mirada demasiado larga, pesada y analítica, como si intentara leerme el pulso a través de la chaqueta.
—Don José María os está esperando —dijo por fin, dando un leve paso a un lado, pero sin apartar los ojos de los míos.
El ambiente cambió drásticamente. Las sonrisas desaparecieron. Volvíamos a ser los ejecutores.
Entramos al caserío y recorrimos el largo pasillo principal. Las paredes estaban forradas de madera oscura y repletas de fotografías antiguas, retratos de rostros de otro tiempo. Y allí, en el centro, la vi. La foto de Miguel.
Mi amigo muerto.
El quinto miembro de nuestra pandilla. En la imagen, Miguel sonreía junto a un hombre mayor que le pasaba el brazo por los hombros: su padre. José María.
El Viejo.
Tragué saliva, aparté la vista de la foto y entré en el salón principal.
Era inmenso, dominado por una mesa de caoba maciza.
En la cabecera estaba sentado el Viejo. Su aspecto engañaba; parecía un abuelo inofensivo, pero sus ojos seguían siendo dos pozos de agua helada.
A su derecha estaba sentada Svetlana, su mujer, una rusa gélida y escultural con la que se había casado hacía unos veintidós años.
Pero lo que realmente me revolvía el estómago estaba a su izquierda. Sus dos hijos. Fruto de su matrimonio con la rusa.
Eran dos veinteañeros que daban absoluta grima. Mientras el Viejo era cuidadoso y jamás hacía ostentación de su riqueza, estos dos payasos llevaban gorras hacia atrás, cadenas de oro grueso sobre camisetas de diseño y relojes de diamantes que delataban a qué se dedicaban a kilómetros de distancia.
Estos dos parecian gilipollas.
El problema era que uno de ellos no lo era.
—Hombre... si están aquí los niños bonitos —soltó Dimitriv, el mayor de los hermanos, masticando chicle con la boca abierta—. Los que menos trabajan de toda La Organización.
Lo normal hubiera sido el estallido de Tolo, con su envergadura de bestia parda, que podría haberle arrancado la cabeza de un bofetón. Richi, que jamás era capaz de mantener la puta boca cerrada, tenía la lengua lo bastante afilada para hundirlo en la miseria. Pero no hubo respuesta.
Al igual que yo, todos callamos. Ni un músculo. Ni un solo sonido. Por el rabillo del ojo, noté cómo mis dos hermanos cruzaban una mirada tan breve como glacial hacia los herederos. No hacía falta telepatía; los tres estábamos pensando exactamente lo mismo.
—Calla, Dimitriv —escupió el Viejo, sin siquiera mirarlo. Luego nos miró a nosotros con un tono casi de disculpa—: No les hagáis caso. Son unos críos imbéciles.
—Buenas tardes, don José María —dije, acercándome y tendiéndole la mano, ignorando olímpicamente a los chavales.
El Viejo se levantó despacio y nos cogió las manos a cada uno, envolviéndolas con las suyas. Nos saludó con un respeto profundo que hizo que sus dos hijos torcieran el gesto con asco.
Al sentarnos, me quedé mirando a Dimitriv por el rabillo del ojo. Eran una puta mierda de herederos. Me asaltó una duda repentina: si yo no pedía la jubilación, ¿realmente el Viejo respetaría el pacto?
«Bueno, eso ahora es irrelevante», me dije. «El plan de Panamá ya está en marcha».
La reunión transcurrió con la frialdad habitual. Dimos parte de las rutas, cuadramos cifras, analizamos posibles acciones policiales en el sur y acordamos la fecha para la siguiente cumbre semestral. Todo perfecto. Todo en orden.
Y entonces, llegó el momento.
Carraspeé, apoyé las manos en la mesa y me levanté.
—Don José María, pido la palabra.
Richi y Tolo se tensaron a mis lados. Me miraron de reojo, asustados pero sin mover un músculo facial.
Las sorpresas delante del Viejo solían acabar con gente enterrada en cal viva.
Pasé mi mano izquierda por detrás de la espalda, fuera de la vista de la mesa, y les hice un gesto con los dedos para que se calmaran. Confiad en mí.
—Dime, Vasco —respondió el Viejo, juntando las yemas de los dedos—. ¿Qué problema tienes?
—Ningún problema, jefe. Es solo que... —Bajé la voz, dándole un tono solemne y pausado—. Este año es el vigésimo quinto aniversario.
El ambiente en la sala se congeló. A un lado de la mesa, un ruido seco rompió el silencio repentino: clack.
El pesado bolígrafo metálico que Mariena sostenía se le acababa de escurrir de los dedos, rebotando contra la caoba.
Lo recogió al instante, apretando la mandíbula y clavando la vista en sus apuntes para ocultar el temblor de sus manos, pero el gesto la delató.
La imperturbable consejera también sangraba por aquella herida.
En la cabecera de la mesa, el Viejo cambió de expresión al instante. La sangre pareció abandonarle el rostro. Dimitriv abrió la boca para hacer un comentario gracioso, pero su padre levantó un dedo tembloroso hacia él, silenciándolo con una mirada que prometía la muerte.
—Sí... —susurró el Viejo, con la voz rota—. Dime, Vasco. Continúa.
—Los chicos y yo hemos pensado en reunirnos —mentí, manteniendo el contacto visual—. Con nuestras familias. Irnos lejos. Juntarnos para recordar, brindar y hablarles a nuestros hijos de... de Miguel. Para que las nuevas generaciones no olviden quién era.
El silencio fue absoluto. El Viejo apretó los labios y, por un instante fugaz, vi cómo reprimía una lágrima traicionera que amenazaba con escapar de su ojo derecho. Parpadeó varias veces, intentando mantener la compostura de capo.
—¿Recordarlo? —Dudó durante unos segundos, mirando al vacío. Luego suspiró, clavando sus ojos en mí, llenos de un dolor antiguo que yo conocía muy bien—. Pues claro, chicos. Podéis... podéis recordarlo. Me parece un gesto noble.
Levantó la mano y me hizo una seña para que me acercara. Me incliné sobre la mesa.
—¿Cuántos vais a ser? ¿A dónde vais y cuánto tiempo? —preguntó en voz baja—. Quiero todos los detalles por motivos de seguridad.