Capítulo 4 Los Fantasmas de la Cúpula
El despacho de la inmobiliaria de Nerea estaba cerrado al público, con las persianas bajadas a cal y canto.
Estaba sentado en la silla de confidente, con la cabeza entre las manos, sintiendo cómo el pulso me latía en las sienes.
Nerea paseaba de un lado a otro de la sala, con los brazos cruzados y el teléfono móvil sobre la mesa de cristal. Hoy no había ido a sus citas de trabajo. Nadie podía trabajar con una bomba de relojería latiendo bajo los pies.
—¿De verdad no hay manera de parar esa serie? —preguntó ella por tercera vez, deteniéndose frente a mí. Su voz sonaba firme, pero conocía lo suficiente a mi mujer como para notar la grieta de pánico en su tono.
—Marga dice que no. Que el contrato ya está firmado por la sociedad pantalla y que los americanos han hecho la primera transferencia de derechos.
—¿Cuánto? —quiso saber Nerea.
Suspiré, frotándome los ojos cansados.
—Millones, ha dicho. No he querido ni escuchar la cifra exacta. ¿Sabes lo que significa una serie, Nerea? Los millones no paran las balas.
Justo en ese momento, la puerta trasera del local se abrió con un chasquido metálico. Los cuatro chicos entraron en tromba, con los rostros tensos y la respiración agitada. Los habíamos convocado de urgencia.
—¿Qué pasa, jefe? —disparó AK, escaneando la habitación como si esperara encontrar a un equipo de sicarios—. ¿Ha habido algún problema con el envío? ¿El búlgaro ha cantado?
—¿Alguien nos sigue? —adió Diana, instintivamente llevándose la mano a la cintura, donde ocultaba la Glock.
—No, chicos, tranquilos. Nada de eso —dije, levantando las dos manos para frenarlos—. Sentaos. Esto es serio.
Se acomodaron en los sofás de la sala de espera, sin relajarse del todo. Miré a Nerea, que asintió con gravedad, y luego clavé mis ojos directamente en los mellizos. En los cerebros digitales de mi operación.
—Vosotros dos... —empecé, con una voz tan baja y fría que los cuatro se tensaron—, ¿disteis los permisos de los derechos audiovisuales para que se hiciera una puta serie?
Silvia y Tecla se miraron durante una fracción de segundo. Sus expresiones de alarma absoluta se transformaron, en un parpadeo, en sonrisas inmensas.
—¡No jodas! —saltó Tecla, levantándose del sofá de un brinco—. ¡No me jodas, jefe! ¿Una serie? ¡Eso es de puta madre!
—¡Te lo dije! —le gritó Silvia a su hermano, chocando los cinco en el aire—. Sabíamos que el algoritmo de subasta iba a picar si lo movíamos por los foros de showrunners en Estados Unidos.
—¡Es que la historia es buenísima, coño! —añadió AK, contagiado por la euforia y frotándose las manos—. ¡Van a flipar en todo el mundo cuando vean lo que el jefe y los suyos hicieron! Va a ser la hostia...
—¡Silencio, joder! —rugí.
El grito rebotó en las paredes de la inmobiliaria. Di un puñetazo sobre la mesa de cristal que hizo temblar los bolígrafos. Los cuatro se congelaron en el sitio, con las sonrisas borradas de un plumazo. Nunca les levantaba la voz. Nunca perdía los papeles.
Me puse en pie, acercándome a ellos hasta invadir su espacio vital.
—¿Sabéis la que habéis preparado? —siseé, clavando la mirada en cada uno de ellos—. Una puta serie. A nivel mundial. ¿Lo entendéis? Se traducirá a treinta idiomas. Se venderá la trilogía en España. Y nos joderán. Si eso se emite, nos matan. A todos. También a vosotros.
El silencio en la sala se volvió espeso, asfixiante.
—En cuanto La Organización ate cabos y vea la serie, nos quitan de en medio —continué, marcando cada palabra con hielo—. Y si el Viejo se entera antes que ellos, nos despelleja él mismo. Nadie puede saber qué pasó hace veinticinco años. Nadie.
Los chicos tragaron saliva, palideciendo.
Acababan de darse cuenta de que estaban jodidos a nivel Dios.
Ellos conocían la historia de la novela de principio a fin.
Idolatraban a mis viejos amigos, los personajes de mi libro.
Siempre habían querido llegar a ser como nosotros.
Pero hasta ese segundo no habían comprendido que la ficción era un informe de culpabilidad detallado.
—Jefe... nosotros pensábamos que si lo hacíamos a través de las pantallas americanas... —balbuceó Tecla, al que le temblaba ligeramente el pulso.
—Se acabó pensar —le corté—. Tenemos que activar el plan de mi jubilación. Hoy mismo. Pero con algunos cambios.
—¿Qué cambios? —preguntó Silvia, recuperando su compostura operativa.
—El destino sigue siendo el mismo: Panamá. Pero hay que buscar una ubicación ligeramente más grande. Una donde quepamos todos.
Y así fue como mi vida se aceleró de cero a cien.
Transcurrieron tres semanas de asfixia y planificación milimétrica. Tres semanas. Tres semanas de sonrisas falsas, reuniones a puerta cerrada y llamadas que nunca podían hacerse desde un teléfono normal.
Mientras manteníamos la fachada de Conservas Cantábrico funcionando como un reloj, la retaguardia echaba humo. Tecla y Silvia volaron a Ciudad de Panamá como avanzadilla, encargados de mover las cuentas cifradas y comprar propiedades a través de testaferros.
AK y Diana se quedaron en Vizcaya. Ellos me acompañarían a la reunión semestral de La Organización. El evento más peligroso del calendario. Allí vería a la cúpula. Y, lo más importante, me reencontraría con mis hermanos.
A Mario lo veía solo cada dos años; él operaba como un fantasma en Colombia, encargado de la parte de los «pedidos» y los laboratorios. Pero a los otros dos los veía cada seis meses.
La mañana del viaje amaneció lloviendo, como casi siempre en esta tierra. Bajé a la cocina con el petate al hombro. AK estaba sentado en la isla, engullendo un tazón de cereales, y Diana apuraba un café doble apoyada en la encimera.
—Buenos días, jefe —saludó ella.
AK hizo un sonido ininteligible, asintiendo con la cabeza sin dejar de masticar.
—Buenos días, chicos. ¿Estáis preparados? Tenemos bastantes horas de viaje.
—Nacimos preparados, jefe —respondió AK, tragando por fin—. ¿Cuál es el plan cuando lleguemos a la finca?
—Poco a poco, AK. Poco a poco.
En ese momento, Be entró en la cocina arrastrando los pies y ajustándose la mochila de la universidad. Al ver a los dos guardaespaldas en su territorio, soltó un resoplido divertido.
—Buenos días. Anda, si ya están aquí los hijos preferidos del aita.
—Buenos días, enana —le guiñó el ojo Diana.
—Los preferidos y los consentidos, sí —replicó AK, mostrándole una sonrisa llena de dientes—. Así que pícate, niña. A nosotros nos lleva de viaje y a ti te toca ir a clase de economía.
—Vale ya, chicos, no la chincheis —cortó Nerea, entrando tras nuestra hija mayor y entregándole unas llaves—. Venga, Be, arranca que llegas tarde. Y lleva tú a Lidia y a Aitor al colegio, que te pilla de paso.
Cuando las puertas se cerraron y el ruido del motor se alejó, nos quedamos solos. A Nerea se le cayó la máscara de madre todoterreno. Se acercó a mí y me agarró por las solapas de la chaqueta. Estaba aterrorizada.
—Diego... ¿y si no sale bien? —susurró, con los ojos brillantes—. ¿Y si te dice que no?
Le acaricié la mejilla, sintiendo un nudo de plomo en el estómago, pero forzando mi mejor sonrisa.
—No creo que lo haga, cariño. El Viejo sabe lo mucho que nosotros queríamos a Miguel. Jugaré esa carta. Creo que cederá.
Nerea asintió, aunque la tensión no abandonó su mandíbula. Le di un beso largo y profundo. AK y Diana se acercaron y le dieron un abrazo rápido y protector.
—No te preocupes por nada, Nerea —le susurró Diana al oído—. Si la cosa se pone fea o el Viejo se cruza, AK y yo la liamos a tiros y lo sacamos de allí. Prometido.
Nerea soltó una risa suave, nerviosa pero agradecida, y asintió.
Salimos por la puerta trasera y entramos en el garaje. Antes de subir al coche, cumplimos el ritual sagrado: apagamos nuestros tres teléfonos móviles personales y los encerramos en la caja fuerte de la pared. Incomunicados con el mundo real.
Me senté en la parte trasera del BMW. AK se puso al volante y Diana de copiloto.
Mientras dejábamos atrás Vizcaya y nos metíamos en la autopista bajo el aguacero, los chicos empezaron a debatir acaloradamente sobre quién había tardado más en abrir el paracaídas en su último salto de entrenamiento.
Sus voces se convirtieron en un murmullo lejano.
Apoyé la cabeza contra el cristal frío de la ventanilla y dejé que mi mente volara hacia la vieja foto de mi despacho.
Hacia ellos.
Pensé en Mario. El lobo solitario. La última vez que lo vi fue hacía dos años en un aeropuerto secundario.
Estaba igual. Flaco, fibroso, con la mirada de quien ha visto demasiado.
En los viejos tiempos, Mario era el único con el que podía hablar de temas profundos; era todo un filósofo con un rifle de francotirador.
Una sonrisa triste se me dibujó en el rostro al recordarlo.
Luego estaba Mateo. «Tolo», como le llamábamos nosotros.
El Viejo lo había mandado al sur, a Cádiz, a controlar las lanchas rápidas y preparar los envíos de hachís por el Estrecho.
Tolo era un gigante, un armario empotrado de cien kilos, pero todo lo que tenía de grande lo tenía de buen tipo.
Era el único de mis amigos que, como yo, había formado una familia; tenía cuatro críos preciosos.
Pero Tolo era, sobre todo, nuestro mártir.
Él fue quien pagó el pato de lo que hicimos hace veinticinco años.
Se chupó siete años en aislamiento en el penal de Puerto III, en el Puerto de Santa María, sin abrir la boca.
Aquel sacrificio nos salvó la vida a todos, y le sirvió para forjarse un nombre legendario.
Cuando el Viejo lo mandó definitivamente al sur, Tolo ya era conocido en esos lares.
Y, por último, Richi. El fiera. Él no había cambiado un ápice.
Siempre fue el alma de la fiesta, un sociópata encantador incapaz de estarse quieto.
El Viejo se aprovechó de esa aura magnética que tenía para la noche y lo mandó a Dénia.
Allí regentaba un club nocturno de alto standing que funcionaba como embajada neutral, donde las mafias de toda Europa cerraban tratos con La Organización entre champán y luces de neón.
Al igual que Mario, Richi no estaba casado.
Eran espíritus libres atados por un pacto de sangre.
—Jefe. Estamos a cinco minutos.
La voz cortante de Diana me sacó de mis pensamientos. Asentí, enderezándome en el asiento y ajustándome los puños de la camisa.
Llegamos a la primera parada: el Motel El Descanso. Un agujero de carretera de mala muerte, cerrado por temporada. Ese era el protocolo. Aparcamos el BMW en la parte trasera, lejos de las miradas, y nos bajamos bajo la llovizna.
Allí nos esperaba un Audi Q7 negro, propiedad de La Organización. Antes de siquiera tocar la manilla, AK revisó el vehículo con el escáner de frecuencias. Los bajos, los pasos de rueda, el interior del salpicadero. En este negocio nunca te puedes fiar de nadie. Especialmente de los tuyos.
—Limpio —anunció AK, guardando el aparato.
Nos montamos en el todoterreno y retomamos la marcha.
Fueron dos horas interminables por carreteras de montaña secundarias, serpenteando entre bosques cerrados de pinos y niebla baja, subiendo cada vez más hacia el corazón de la nada.
Y entonces, tras tomar el último desvío de tierra, lo vi.
Entre los árboles asomaba el inmenso tejado de pizarra negra del caserío fortificado del Viejo. AK detuvo el coche frente a las barreras de seguridad de la explanada principal.
A través del limpiaparabrisas rítmico, distinguí dos figuras esperándome bajo el voladizo del porche, fumando en silencio. Uno era una montaña humana; el otro, un tipo trajeado que no paraba de moverse.
Mis hermanos.
Tolo y Richi.