La mentira del paraíso Capítulo 3 El Guardián y la Bomba
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Capítulo 3 El Guardián y la Bomba

El teléfono vibró en mi bolsillo interior. Lo saqué con disimulo: un mensaje de Marga, mi agente literaria: «¡Llámame cuando puedas! ¡Notición!».

Suspiré, silencié el aparato y lo devolví a la chaqueta. Las buenas noticias editoriales tendrían que esperar.

Teníamos tres millones de euros en cocaína a punto de salir por la puerta.

Nerea se limpió los labios con una servilleta, miró su reloj y se puso en pie.

—Bueno, familia, me marcho. Tengo que recoger a Lidia de kárate o el sensei me pondrá a hacer flexiones.

—Oye, Nerea —la interrumpió Diana, apoyando los codos en la mesa—. ¿Pasaréis luego por la casa a tomar algo? Haremos una pequeña fogata en la terraza.

Nerea me miró de reojo, pasándome la pelota.

—Si el «jefe» no llega muy cansado, igual nos pasamos —dijo ella, con una sonrisa cómplice.

—Bueno, ya veremos —gruñí, haciéndome el duro—. Que vosotros estáis todos tarados y siempre nos acabáis liando hasta las tantas. Mañana hay colegio, os recuerdo.

La mesa entera se echó a reír. Nerea me dio un beso rápido, se despidió de los chicos con la mano y desapareció por la puerta blindada.

Me quedé a solas con mi equipo. Todavía teníamos un par de horas de trabajo por delante, pero cuando la comida desapareció, volvieron a convertirse en máquinas.

El ritmo era frenético pero silencioso. Ensamblaron, sellaron y etiquetaron.

Para cuando terminaron, los palés estaban perfectamente embalados y cargados de nuevo en el remolque frigorífico.

Silvia cerró la pesada cerradura del contenedor con un golpe seco.

El chófer llegó a la hora prevista. Un búlgaro inmenso que no hacía preguntas y cobraba en efectivo. Mientras el hombre enganchaba la cabeza tractora al remolque, llamé a AK y a Silvia con un gesto.

—Vosotros dos hacéis la escolta.

El protocolo era sencillo: seguir al camión hasta cruzar las barreras del puerto de Bilbao. Una vez dentro del recinto aduanero, la mercancía pasaba a ser problema de otra gente de La Organización.

Asintieron en silencio y me siguieron hasta mi despacho. No el oficial para recibir a los inspectores de Sanidad, sino el verdadero. Detrás de una estantería de roble, una puerta acorazada daba a una pequeña sala de seguridad.

El frío allí dentro calaba los huesos. Abrí la caja fuerte y saqué dos chalecos ligeros y dos pistolas Glock. Se las tendí. Se equiparon con la naturalidad de quien se pone un abrigo para salir a la lluvia.

—Silvia, tú conduces. AK, mil ojos a todo. No quiero ni medio susto —les advertí, entregándoles un pequeño dispositivo negro del tamaño de un paquete de tabaco—. A la mínima anomalía, contactáis conmigo por aquí.

Era una radio satelital con frecuencia encriptada por Tecla. Mis chicos usaban móviles de última generación para su vida normal, pero para La Organización la regla inquebrantable seguía en pie: cero móviles.

Me coloqué un miniauricular inalámbrico en la oreja izquierda, los miré y asentí. Estaban listos.

Cinco minutos después, el inmenso tráiler salía de Conservas Cantábrico, seguido muy de cerca por un coche discreto en el que AK y Silvia viajaban con una concentración absoluta.

De vuelta en el despacho oculto, Tecla encendió una de las pantallas de la pared, donde un punto verde parpadeante nos mostraba la ubicación del coche escolta en tiempo real. Diana y yo nos cruzamos de brazos detrás de él, observando el mapa.

Llevaba diez años con ellos. Los conocí cuando eran unos críos problemáticos que surfeaban para escapar de hogares rotos.

Primero les di trabajo legal en la fábrica.

Pagué a los mejores abogados para limpiar sus antecedentes y quitarles de encima los pequeños delitos que arrastraban. Quería ver de qué pasta estaban hechos.

Cuando demostraron ser leales, inquebrantables y no hacer preguntas estúpidas, les abrí la puerta de La Organización.

Se sacaron licencias de armas, el TIP y toda clase de cursos de escolta.

Lo que no sabían al principio era que las fincas privadas donde entrenaban pertenecían al cártel.

La Organización tiene en este país una infraestructura que asustaría al Ministerio de Defensa.

Mis chicos pasaron las pruebas tácticas, de conducción evasiva y de tiro sin despeinarse.

Al terminar la instrucción, ya sabían perfectamente que aquello no era para escoltar a políticos.

Como recompensa, La Organización les puso la casa: un chalet espectacular a pie de playa donde llevaban viviendo ocho años. Eran mi guardia pretoriana. Mi familia elegida.

La vigilancia hasta el puerto duró exactamente cuarenta minutos. Quitando un pequeño atasco y un par de semáforos en rojo, fue un paseo. Cuando el punto verde marcó que el camión había cruzado el control portuario, Silvia dio la vuelta y el coche regresó a la nave.

Bajé al muelle para despedirlos. Los cuatro se amontonaron en su viejo todoterreno 4x4, cargado de tablas de surf en la baca, y arrancaron con la música a todo volumen.

Mientras los veía alejarse por la carretera de la costa, un pensamiento cristalizó en mi cabeza: se merecían quedarse con el negocio.

Estaban listos. Yo ya estaba preparado para dar un paso a un lado, jubilarme y vivir de los libros.

Lo hablaría esa misma noche con Nerea, y más adelante con Be. Estaba decidido.

Cerré el despacho real, activé la alarma perimetral y salí a la zona legal. La maquinaria ya estaba apagada. A esas horas solo quedaban la señora de la limpieza y, cómo no, Manolo.

Me crucé con la mujer en el pasillo de las oficinas.

—Buenas tardes, Carmen. ¿Qué tal sigue el perro?

—Ay, don Diego, mejorando muchísimo. Le agradezco en el alma que me recomendara a ese veterinario. Le ha salvado la pata.

—Me alegro mucho. Dele un apretón de mi parte.

Seguí caminando y encontré a Manolo revisando unos albaranes cerca de la salida.

—Manolo, ¿cómo es que sigues aquí?

—Me daba cosa irme sin que usted cerrara, don Diego —respondió, encogiéndose de hombros, con esa lealtad perruna que le caracterizaba.

—No te preocupes más por mí y vete con tu mujer. Muchas gracias por todo, de verdad.

Me monté en el BMW, arranqué y vinculé el teléfono del coche. Marqué el número de Nerea.

—Estoy fuera. ¿Qué hacéis?

—En casa, rey —respondió, con ese tono cálido que me reiniciaba el alma—. Lidia hace los deberes y Aitor se está duchando. Be ha escrito que llegará tarde. Para variar.

—Ya, cariño, ¿qué le vamos a hacer? Nosotros también tuvimos diecinueve años. Voy para casa.

La tarde transcurrió con esa normalidad deliciosa por la que estaba dispuesto a matar. Ayudé a Lidia con las multiplicaciones, descifré un amasijo de cables del proyecto de tecnología de Aitor y jugué a la consola con él, dejándome ganar disimuladamente. Acabamos pidiendo pizzas.

Be apareció por la puerta pasadas las once de la noche.

Se tiró en el sofá, agotada, y empezó a hablar por los codos.

A Be le encantaba que la escucháramos, y a nosotros escucharla a ella.

Nos contó que las clases teóricas la aburrían soberanamente, que ella y unas amigas tenían una idea de negocio revolucionaria, y dejó caer, con muy poca sutileza, que igual necesitaba un coche nuevo para «moverse mejor».

Nerea y yo nos miramos, aguantando la risa.

Después de una hora, los pequeños ya estaban en la cama y Be se quedó en el salón viendo la televisión. Nerea y yo subimos a la habitación. Me estaba desabrochando la camisa cuando ella me clavó esa mirada. Cómplice, brillante e inconfundible.

—¿Qué tramas? —le pregunté, con media sonrisa.

—Dijiste que si no estabas muy cansado, bajábamos a la casa de los chicos...

—¿Te apetece ir ahora? Están locos, a saber qué tienen montado.

—Anda, vamos un rato —insistió, acercándose para ajustarme el cuello de la camisa con una sonrisa pilla—. Me apetece fumar un poco de eso que tienen...

No pude decirle que no. Nos vestimos con ropa cómoda y salimos a pie.

La casa de los chicos estaba a unos diez minutos de la nuestra.

El último tramo transcurría por un camino de arena oscuro y solitario, desde donde ya se escuchaba la línea de bajo de una canción de reggae flotando en la brisa nocturna.

Al llegar, la terraza era exactamente lo que esperaba: tablas apoyadas en la pared, luces de verbena colgadas de la pérgola y el olor inconfundible a marihuana dulce. Los chicos estaban allí con varios invitados. Surferos de la zona, algún vecino y un par de chicas de la escuela de buceo.

—¡Jefe! ¡Ha venido! —exclamó AK desde la barbacoa, levantando una pinza al vernos—. ¿Quieres tomar algo? ¿Cerveza, cóctel, agua?

—Una cerveza está bien, AK. Gracias.

Nerea, en su salsa, se marchó directamente hacia la zona de la playa con Diana y Silvia. Yo me senté en unos sofás de palés con los chicos. Todos los presentes me sonreían con un respeto casi reverencial. Me admiraban.

Mantuve un perfil bajo. La conversación fluyó sobre mareas, el campeonato de surf de Mundaka y el precio de la gasolina.

Cero trabajo. Sabía perfectamente que había forasteros escuchando.

En mi posición, si te vas de fiesta, tienes que ser inteligente.

No eres un narco, eres un empresario conservero simpático que patrocina a los chavales locales. Ese era mi papel, y merecía un Óscar.

Pasamos allí un par de horas excelentes. Nos reímos, nos fumamos nuestro porro de rigor y nos despedimos antes de que la cosa se desmadrara.

De camino a casa, caminando bajo las estrellas, pensé en contarle a Nerea mi decisión.

Quería decirle que íbamos a dejarlo todo.

Que cedería el testigo a los chicos y viviríamos en paz.

Pero la miré y la vi tan feliz, riéndose sola por el efecto de la hierba, jugueteando con la arena, que decidí que no era el momento de hablar de cárteles ni del Viejo. Podía esperar a mañana.

Qué equivocado estaba.

Por la mañana, el lado de la cama de Nerea ya estaba vacío. Me desperecé, me lavé los dientes y bajé a la cocina siguiendo el olor a café.

Justo cuando echaba el azúcar en la taza, sonó el teléfono. Marga.

—Buenos días, Marga. Qué madrugadora.

—¡Uy, sí...! —su voz sonó aguda, atropellada, al borde de la hiperventilación—. ¡Es normal madrugar cuando hay buenas noticias!

—¿Qué buenas noticias? ¿El mensaje de ayer?

—¡Lo he logrado, Vasco! ¡Lo hemos logrado! La trilogía... la serie...

—Marga, tranquila. Respira —le pedí, frunciendo el ceño—. ¿Qué pasa con la trilogía?

En la encimera, Nerea dejó de preparar el bocadillo de Aitor y se giró. Me miró con extrañeza, preguntando en silencio qué pasaba. Levanté el dedo índice, pidiendo un segundo.

—¡He conseguido vender la trilogía a una plataforma digital americana! —chilló Marga al otro lado de la línea—. ¡Eres literalmente millonario, Vasco! Quieren hacer tres temporadas de golpe. Y si funciona, quieren los derechos de esos otros dos libros de la saga que te negabas a publicar.

Durante un segundo no entendí las palabras.

Después entendí una sola: serie.

El mundo se detuvo. El café me supo a ceniza.

—Espera, espera, Marga —dije, bajando la voz, sintiendo que el corazón me bombeaba plomo—. ¿Qué coño de serie? Nadie habló nunca de una puta serie.

—Sí, claro que sí. Los chicos lo sabían, era una posibilidad que barajamos en los foros para darle valor a los derechos.

—Diles que no. Marga, me niego. Cancélalo.

—Eh... eh... Diego, esto es irreversible —titubeó la agente, perdiendo de golpe la euforia—. Ya tienen los derechos. El contrato está firmado por la sociedad pantalla. Tú me autorizaste a gestionar el patrimonio audiovisual, ¿recuerdas?

Me froté la cara con la mano libre. Estaba atrapado. Un libro de nicho en otro idioma era una cosa. Una serie de tres temporadas en una plataforma global era un foco del tamaño del puto sol apuntando directamente a mi pasado. Directo a la nuca del Viejo.

—Vale, Marga... —logré articular, con la garganta seca—. Déjame mentalizarme y te llamo luego. ¿Cuánto tiempo hay hasta que la serie salga a la luz?

—Por lo menos un año, Diego. Tienen que escribir guiones, casting...

—Hablamos, Marga. Un abrazo.

—Sí, sí, Diego... otro.

Colgué. El silencio en la cocina era aplastante.

Nerea me estaba mirando fijamente, con el cuchillo del pan en la mano. Ni rastro de la sonrisa de la noche anterior. Había notado el cambio en mi voz.

Guardé el teléfono en el bolsillo y tomé aire.

—Tenemos que reunirnos con los chicos —dije—. Ya. Ahora mismo.