La mentira del paraíso Capítulo 2 La Cantera Pasada por Agua #2
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Capítulo 2 La Cantera Pasada por Agua #2

—Pásame el siguiente bloque —pidió AK, ajustándose los guantes de nitrilo y accionando la válvula de aire comprimido de la prensa.

Sin embargo, el manómetro hizo un extraño ruido de succión.

¡Pffff!

Un escape de presión reventó una de las bolsas antes de tiempo, disparando una pequeña nube de polvo blanco que le dio a AK de lleno en la cara.

La nave se quedó en un silencio sepulcral durante un segundo. Desde la pasarela, tensé la mandíbula. Un accidente con material puro podía ser un problema gordo.

Pero AK parpadeó, se miró en el reflejo de la mesa de acero con la punta de la nariz y la mejilla teñidas de blanco nuclear, y soltó una carcajada enorme.

—¡Jódete! —exclamó, señalándose la nariz manchada—. ¿Lo veis? Si es que ella sola sabe dónde tiene que ir. Tiene radar.

La tensión se esfumó. Silvia puso los ojos en blanco, Diana soltó una carcajada y Tecla le lanzó un trapo húmedo a la cabeza. Yo no pude evitar reírme desde arriba, apoyando los codos en la barandilla.

—Límpiate esa cara, chaval, que pareces cualquier cosa —le dije—. Y menos bromas, que esa mierda vale más que nuestra vida.

—Tranquilo, jefe —respondió Tecla, sin dejar de sellar latas—. Si a AK le da un infarto, le pagamos un corazón nuevo con los derechos de este mes. Por cierto, acabo de revisar las listas... estamos ya en el Top 20 global.

Sonreí y di un sorbo a mi café.

Tecla no hablaba de la droga.

Hablaba de mis libros.

La historia venía de lejos. Hacía veinte años, cuando La Organización terminó de consolidarse, el Viejo tomó una decisión que me rompió por la mitad: separarnos.

A mis cuatro amigos y a mí, los tipos que lo habíamos puesto en la cima, nos dispersó para cuidar del negocio.

A mí me envió a Vizcaya para montar la logística del norte.

Lejos de los míos, aislado y metido de golpe en aquella jaula de lluvia, frío y cielo gris, caí en un pozo. Ansiedad, principio de depresión... o yo qué sé. Nunca supe ponerle nombre.

Obviamente, nunca se lo dije a nadie. En este negocio, la tristeza se huele como la debilidad, y la debilidad atrae a los buitres.

Mi única válvula de escape fue un teclado. Me dediqué a vaciar todo lo que llevaba dentro en las madrugadas en blanco.

Así nació la trilogía.

Escribí nuestra propia historia.

Cómo empezamos. Cómo matamos. Cómo pusimos al Viejo en la cima.

Había cambiado nombres, ciudades y fechas. Había retorcido algunos acontecimientos y exagerado otros. Pero la columna vertebral de la historia era nuestra.

La mía.

La de ellos.

Hasta que, hace siete años, los chicos lo encontraron por accidente.

Lo leyeron a escondidas, se lo pasaron a Nerea, y entre todos me acorralaron.

Me convencieron de que era un crimen dejar que aquello se pudriera.

Decidimos publicarlo bajo seudónimo. El maldito invento triunfó de tal manera que tuvimos que contratar a Marga, una agente literaria de primer nivel.

Pero yo sabía que no habría vendido ni un ejemplar o, peor aún, habría acabado con una bala en la nuca, de no ser por mi cantera.

Tecla y Silvia se encargaron del resto. Convirtieron al escritor en un misterio, fabricaron una campaña alrededor del seudónimo y consiguieron que todo el mundo quisiera saber quién coño había escrito aquellos libros.

Pero su trabajo más importante no fue venderlos. Fue esconderme.

Borraron mi rastro digital, blindaron los cobros y levantaron una muralla alrededor del seudónimo. Por orden mía, cualquier intento de publicar o traducir la trilogía al español encontraba un muro antes de llegar a ninguna parte.

Nadie tenía que saber quién era yo. Y, sobre todo, nadie en España.

—Hablé ayer con Marga —les comenté desde la pasarela, sintiendo un cosquilleo de orgullo—. Me dijo que este mes los derechos han rozado los treinta mil. A este ritmo, chicos, me jubilo antes de lo pensado y os quedáis vosotros con este chiringuito.

Todos rieron, pero la palabra «jubilación» se me quedó enganchada en la garganta.

Me quedé mirando el remolino de polvo blanco sobre la mesa de acero. Sobre el papel, el plan era perfecto. Podía pedir mi retiro, recoger mi parte de la caja, cederles la nave a los chicos y marcharme con Nerea a vivir de las rentas a algún paraíso fiscal.

Pero en La Organización las cosas no eran tan sencillas. El Viejo no era de los que dejaban cabos sueltos. ¿De verdad me dejaría marchar sin más? ¿Al tipo que conocía exactamente todos los cadáveres que cimentaban su silla?

De pronto, una luz roja parpadeó sobre la puerta de seguridad del muelle, sacándome de mis pensamientos. Era casi la hora de comer.

Bajé por la escalerilla y me acerqué a la puerta blindada. Tras introducir mi huella digital, crucé un pequeño pasillo insonorizado que servía de esclusa y abrí la segunda puerta.

Allí estaba Nerea, impecable con su traje de chaqueta, sosteniendo tres enormes bolsas de comida para llevar del mejor restaurante del puerto. A su lado estaba Manolo, el encargado de planta, mirándola con adoración.

—Tu bocadillo de calamares y tu cerveza sin alcohol, Manolo —le dijo Nerea, entregándole una pequeña bolsa de papel con una sonrisa brillante—. Y dile a tu mujer que la semana que viene la llamo para lo del teatro.

—Es usted un ángel, doña Nerea. Muchas gracias —respondió el gigantón, asintiendo hacia mí antes de desaparecer de vuelta hacia la zona legal de la fábrica.

Nerea siempre había sido así. Llegaba cuando tenía que llegar, decía lo que tenía que decir y jamás hacía una pregunta que no necesitara respuesta.

A veces pensaba que aquella capacidad suya para vivir con un pie en cada mundo era incluso mayor que la mía.

Nerea cruzó la esclusa y entró al Muelle 4. Se quedó mirando a los cuatro chicos, que seguían cortando bloques de droga, y sonrió como quien ve a sus sobrinos haciendo manualidades.

—Hola, chicos. ¿Qué tal va eso? —saludó con total naturalidad, dejando las bolsas sobre un par de cajas vacías—. He traído comida, que luego os quedáis en los huesos. Venga, parad diez minutos.

Los cuatro se quitaron los guantes y se acercaron como lobos hambrientos. Improvisamos un comedor en una mesa de herramientas, a escasos dos metros de varios millones de euros en cocaína pura.

Mientras dábamos cuenta de las raciones de pulpo y los chuletones troceados, Diana señaló a Nerea con el tenedor.

—¿Te ha contado el jefe lo del Top 20 de ventas? —le preguntó, masticando—. Tienes que ver las noticias, Nerea. Ha vuelto a pasar. Esta vez en Italia.

—¿Qué me dices? —respondió Nerea, abriendo mucho los ojos con auténtica diversión.

—Te lo juro —se rio Diana—. Una familia de la Camorra en Nápoles ha tiroteado la pizzería de un clan rival porque dicen que la novela es, literalmente, su historia. Se creen que el autor es uno de los suyos que se ha ido de la lengua.

La mesa entera estalló en carcajadas.

—Es que es un no parar —añadió Tecla, limpiándose la boca con una servilleta de papel—.

El año pasado, la mafia marsellesa juraba que el libro hablaba de ellos.

Y hace dos años, tuvimos que bloquear foros en Turquía porque un cártel de heroína ofrecía una recompensa por la cabeza del escritor.

¡A este paso, vas a provocar la Tercera Guerra Mundial del crimen, jefe!

Volvieron a reír, pero yo tragué saliva junto con el trozo de carne.

Llevaba años leyendo ese tipo de noticias. Diferentes grupos criminales alrededor del mundo usaban la trama de mi trilogía para acusar a sus líderes de traición, viendo reflejados sus propios orígenes en mis páginas.

Se ve que la historia de un grupo de jóvenes matando y traicionando para llegar a la cima era tristemente «universal». Algunos quitaban un detalle aquí, ponían otro allá, pero todos acababan ajustando mi novela a su propia realidad.

Miré a Nerea, que sonreía divertida, ajena a mis fantasmas.

Suspiré, dando un trago a mi agua. Mientras el libro no saliera de sus ediciones en alemán, inglés o italiano... Mientras no se publicara en español ni cruzara nuestras fronteras, yo podía estar relativamente tranquilo. El Viejo no leía ficción, y mucho menos en otros idiomas.

«Mientras se quede fuera de España, no hay peligro», me repetí a mí mismo.