La mentira del paraíso Capítulo 2 La Cantera Pasada por Agua
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Capítulo 2 La Cantera Pasada por Agua

8:35 a. m.

El Cantábrico estaba oscuro, helado y picado, con la mala leche habitual de las mañanas de otoño. A unos doscientos metros de la costa, flotando entre la bruma y la espuma blanca, cuatro figuras enfundadas en trajes de neopreno negro se balanceaban sobre sus tablas.

—Oye, AK, mueve el culo —gritó Diana, escupiendo el agua salada de una ola que acababa de romperle en la cara—. Tenemos que irnos, llegamos justos. Son y media pasadas.

—Joder, Diana, deja de meterme prisa —gruñó AK. Estaba sentado sobre su tabla, escudriñando el horizonte con el ceño fruncido. El ojo derecho lo tenía completamente morado e hinchado, lo que le daba un aire de mapache cabreado—. Esperamos unos minutos más. La serie buena está a punto de entrar.

—Dejadlo ya, chicos —intervino Silvia, remando un par de metros para acercarse al grupo. Siempre era la voz de la razón—. Vámonos ya. El puto camión llega a y cuarto.

Alexi, al que todos en el equipo llamaban «Tecla», estaba tumbado boca abajo en su tabla, flotando junto a Silvia.

—Relájate, hermanita —dijo Tecla, sacudiéndose el pelo mojado—. Deja de darnos el parte horario y dale a AK cinco minutos de margen. Ya sabes cómo es el jefe. Se tira veinte minutos pasando el escáner de frecuencias. No se fía ni de su sombra. Tenemos tiempo.

—No me llames «hermanita», pedazo de imbécil —replicó Silvia, salpicándole agua a la cara—. Solo soy diez minutos menor que tú. ¡AK! ¡Joder, vámonos ya!

Pero AK ya no escuchaba. Sus ojos se habían clavado en una masa de agua oscura que empezaba a levantarse a su izquierda. Una ola de dos metros, rápida y violenta.

Se tumbó sobre el pecho y empezó a remar con unos brazos que parecían pistones hidráulicos.

El agua hervía a su alrededor. Se posicionó, tensó la espalda, hizo el amago de ponerse en pie justo cuando la ola empezaba a coronar...

y el labio de espuma se cerró antes de tiempo, pasándole por encima y dejándolo atrás.

—¡Puta mierda, joder! —rugió AK, golpeando la superficie del agua con el puño cerrado—. ¡Cinco minutos más! ¡Solo pido cinco minutos!

Diana soltó una carcajada limpia que resonó por encima del ruido del mar. Lo miraba con esa sonrisa burlona que a AK le volvía tan loco como le cabreaba.

—Déjalo ya, machito, que estás picadísimo —se mofó ella—. He pillado la mejor ola del día y te jode admitirlo. Y te has picado por lo de ayer. Supéralo, fue sin querer.

—Era un sparring suave, Diana —apuntó Tecla, riéndose también—. Le metiste un viaje que casi lo reinicias de fábrica. Mírale el ojo.

—¡Se acabó la tontería! —sentenció Silvia.

Miró hacia la costa, evaluando la pared de agua oscura y las corrientes traicioneras que los separaban de la fábrica. Durante un segundo recuperó su habitual expresión seria. Después, una sonrisa afilada le cruzó el rostro.

—Son menos diez. Tenemos veinte minutos largos de nado a contracorriente y con mar de fondo. Un calentamiento perfecto. El último en tocar el embarcadero limpia las cubas.

AK bufó, quitándose el pelo mojado de la cara buena, y se tumbó en la tabla, rindiéndose a la evidencia.

Diana remó hasta colocarse a su lado.

—¿Te duele mucho?

AK la miró de reojo.

—¿El ojo?

—No. El orgullo.

—No tengo orgullo.

—Eso explica muchas cosas.

AK sonrió pese al dolor.

—Ayer te dejé ganar.

Diana soltó una carcajada.

—Claro.

—Te dejé.

—Por supuesto.

—Yo me hago el trayecto en dieciocho minutos —la retó.

—No te lo crees ni tú, listillo —respondió Diana, con un brillo salvaje en los ojos.

Sin decir una palabra más, los cuatro hundieron los brazos en el agua helada y empezaron a remar, sorteando olas y corrientes en dirección a Conservas Cantábrico.

Avanzaban juntos, como una máquina perfecta, entrando y saliendo del oleaje mientras el frío les mordía las manos a través de los guantes.

Los piques, las risas y las apuestas habían desaparecido.

Ya solo quedaban cuatro sombras cortando el mar como si hubieran hecho aquel recorrido un centenar de veces.

Porque lo habían hecho.

Y tenían que llegar antes que el camión.

A las nueve y doce minutos, cuatro figuras empapadas treparon por la escalerilla metálica del embarcadero privado.

Abrieron la puerta trasera y entraron de golpe en la fábrica.

Con las tablas bajo el brazo, descalzos y goteando agua salada sobre las baldosas inmaculadas, los cuatro atravesaron el pasillo principal de la zona de producción.

A un lado, la maquinaria rugía y las latas de conserva tintineaban en las cintas.

A otro, los veinte operarios con redecillas y batas blancas los miraron pasar de reojo.

Nadie dijo nada. Nadie hizo preguntas. En Conservas Cantábrico, los caprichos de «los chicos del jefe» formaban parte del paisaje.

Llegaron al fondo de la nave y desaparecieron tras la puerta del vestuario privado.

Tres minutos después, la puerta volvió a abrirse.

La transformación era absoluta. Habían desaparecido los trajes de neopreno y las tablas.

En su lugar, salieron cuatro profesionales fríos y concentrados.

Vestían ropa de trabajo oscura, botas con punta de acero y guantes de nitrilo negros ajustados hasta las muñecas.

El pelo mojado recogido y las mandíbulas tensas, como si al cruzar el umbral de aquel vestuario hubieran cambiado de personalidad. El juego había terminado.

Caminaron a paso rápido hacia el Muelle 4, llegando justo en el instante en que la gigantesca persiana metálica terminaba de bajar, golpeando el suelo con un estruendo seco. ¡CLAN!

Dentro de la zona de carga, ya no había rastro de la cabeza tractora del camión ni del conductor. Se había marchado dejándoles el «regalo». Solo quedaba el enorme remolque frigorífico blanco, aislado en la penumbra del muelle.

De pie frente al contenedor, con un escáner de frecuencias negro en la mano, estaba yo. Tenía el rostro serio, impenetrable, perfilado por la fría luz fluorescente.

Los cuatro se detuvieron frente a mí en formación.

—Justo a tiempo —anunció AK, respirando aún un poco agitado por la carrera.

Me bajé lentamente la manga de la chaqueta para mirar el reloj. Nueve y dieciséis. Levanté la vista y la clavé directamente en el ojo derecho de AK, morado, hinchado y con un corte en la ceja. Mi expresión se endureció aún más.

—No me jodas que otra vez habéis tenido jaleo —solté, con un tono bajo que resonó en las paredes del muelle.

AK, que apenas cinco minutos antes estaba rugiéndole al mar y golpeando el agua con rabia, se encogió ligeramente. Siempre le pasaba lo mismo. En la calle era un animal, pero al hablar conmigo, su voz cambiaba, volviéndose suave y extremadamente respetuosa.

—No, no, jefe, para nada —se apresuró a contestar, casi disculpándose—. Todo tranquilo. Fue solo un pequeño accidente entrenando con los chicos.

—Bueno, realmente fue con la chica —intervino Tecla, dando un paso al frente con una sonrisa delatora—. Exactamente con Diana, que casi lo deja KO.

Giré los ojos hacia Diana. La miré de arriba abajo, muy serio, manteniendo el silencio durante un par de segundos que se les hicieron eternos. Diana tragó saliva, borrando su sonrisa.

Y entonces, no pude aguantar más y se me rompió la comisura de los labios.

—¿Casi? —pregunté, alzando una ceja—. ¿No pudiste con él o qué? Joder, Diana, si lo tenías hecho ya.

La tensión se esfumó de golpe y el muelle se llenó de carcajadas. Hasta AK soltó una risa nasal, llevándose una mano al ojo magullado. Los miré con un brillo de orgullo paternal. Eran mis chicos. Mis salvajes.

—Bueno, basta de bromas. Empezamos —ordené, dándome la vuelta hacia el remolque y encendiendo el escáner de frecuencias, cuya pantalla empezó a emitir un parpadeo verdoso—.

Mientras le paso el bicho a esta lata gigante, que alguno me traiga un café de la máquina.

Y desayunad algo rápido antes de abrir. Ah, y que no sea una de esas putas bebidas de mierda energéticas que tomáis, que se os va a derretir el cerebro.

—Oído, jefe —respondió Silvia—. Tecla, encárgate de los cafés. Diana, AK, preparad las mesas de corte y la sierra radial. Yo voy abriendo el teclado del candado.

Silvia introdujo un código de ocho cifras en el teclado del candado. Un pitido agudo confirmó la apertura y el pesado cierre metálico cedió con un chasquido.

AK y Diana tiraron de las puertas del remolque, dejando escapar una nube de vapor gélido que olía intensamente a sal y escarcha. En el interior descansaban cuatro palés de cubas de pescado congelado, exactamente iguales a las que Conservas Cantábrico procesaba todos los días.

Pero la magia estaba al fondo.

Allí había un contenedor más pequeño, de metal reforzado.

Silvia lo abrió, revelando el material que convertía nuestra operación en un reloj suizo indetectable.

Sacaron planchas de hojalata para latas grandes, de una aleación que nunca utilizábamos en la línea legal.

No quería que una inspección pudiera comparar materiales y encontrar una coincidencia.

Junto a las planchas, había rollos de etiquetas pertenecientes a tres empresas pesqueras diferentes; empresas que Silvia había creado y que solo existían en registros de papel de paraísos fiscales.

Por último, descargaron media docena de bidones negros con un aceite sintético.

Tenía un componente químico indetectable para el olfato humano, pero que volvía completamente inútil el hocico del mejor perro aduanero.

Subí por la escalerilla metálica hasta la pasarela de observación, apenas a dos metros de altura. Lo justo para tener una visión general de la cadena de montaje y poder hablar con ellos sin tener que gritar por encima de la maquinaria.

Abajo, el espectáculo era hipnótico. Eran cirujanos.

Diana y Silvia rajaban el vientre del pescado congelado y extraían los paquetes sellados al vacío.

AK los abría, desmenuzaba los bloques puros de cocaína sobre una mesa de acero inoxidable y vertía el polvo en una prensa cilíndrica.

La máquina escupía discos perfectos, compactos y blancos, cortados al milímetro para encajar en las nuevas latas.

Tecla recogía los discos, los metía en los envases, los rellenaba con el aceite inhibidor y los pasaba por la selladora.

Todo estaba medido. Nada quedaba al azar.