La mentira del paraíso Capítulo 1 El Lobo Alfa
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Capítulo 1 El Lobo Alfa

y el Pescado de Galicia

El despertador sonó con la misma estridencia odiosa de todas las mañanas.

Boca abajo contra la almohada, solté un gruñido.

A mi lado, el colchón se movió. Nerea ya estaba en pie.

Fresca, despierta y completamente funcional, como si las siete de la mañana fueran una hora razonable para existir.

Se estaba terminando de anudar la bata mientras, con la otra mano, revisaba un fajo de facturas sobre la cómoda, marcando algo con un bolígrafo rojo.

—Venga, arriba —dijo, sin levantar la vista de los papeles—. Los del banco han vuelto a meter una comisión de mantenimiento absurda en la cuenta de ahorros. Luego les llamo y les aprieto las tuercas.

—Un poco más... —mascullé, aferrándome a la cama como si fuera un salvavidas—. Ahora bajo.

—Vale, rey —contestó, dejando los papeles y mirándome divertida desde el quicio de la puerta—. Pero no tardes.

—Voy... Cinco minutos.

Me levanté arrastrando los pies sobre el parqué de roble macizo.

La calefacción por suelo radiante era uno de esos pequeños lujos a los que uno se acostumbra demasiado rápido.

Mientras caminaba por el pasillo, esquivé un par de zapatillas de deporte y pisé casi sin querer una mochila tirada de cualquier manera frente a la puerta de Aitor, mi hijo mediano.

En el baño, Nerea se perfilaba los ojos frente al espejo con la precisión de un francotirador.

—Aitor ya se ha ido, ha dejado una nota en la nevera pidiendo dinero para la excursión de mañana —comentó sin girarse—. Le he dicho que hasta que no recoja la leonera que tiene por cuarto, no hay fondos. ¿Vas a recoger tú hoy a Lidia de kárate?

—Hoy me es imposible, tengo lío en la fábrica —le dije, echando pasta de dientes en mi cepillo.

—Pues me toca hacer malabares otra vez.

Veinte minutos después, bajé a la cocina todavía medio dormido.

—¿Otra vez el último, aita? —disparó Lidia sin siquiera levantar la vista de sus cereales.

Tenía diez años, pero la lengua tan afilada como un abogado del Estado.

—Siempre estás presumiendo de que tienes el sueño ligero. De que te despiertas al mínimo ruido porque eres el «lobo alfa» de la casa... —Lidia negó con la cabeza mientras mojaba la cuchara en la leche—. Veinte minutos tarde. Qué vergüenza de lobo, de verdad.

Nerea y Belinda, mi hija mayor, de diecinueve años, a la que todos llamábamos Be, ahogaron una carcajada.

—Qué graciosa es mi niña —respondí, dándole un beso en la coronilla mientras me servía un café—. Y qué bien educada. ¿No le dices buenos días a tu padre? Esto me suena a que este fin de semana alguien se queda sin paga.

—¡Jo, aita! Así no vale. Siempre haces el mismo chantaje.

—Es broma, enana.

—¿Aitor ya se ha ido? —pregunté al ver la silla de mi hijo mediano vacía.

—Ya te lo he dicho arriba, rey. Han venido a buscarle los amigos para ir a clase. Tienes su nota en la nevera —respondió Nerea, resoplando y poniendo los ojos en blanco con un pequeño gesto de resignación, más que acostumbrada a que a esas horas de la mañana yo solo procesara la mitad de las cosas.

Me senté a la mesa y eché un vistazo alrededor. Me giré hacia Be, que no soltaba el móvil.

—Y tú, señorita universitaria, ¿a qué hora llegaste anoche? Porque escuché la puerta del garaje bastante pasada la una.

Be no despegó los ojos de la pantalla, pero esbozó una media sonrisa.

—A la una y diez, aita. Estábamos terminando un trabajo de macroeconomía. Y por cierto, el depósito del coche pequeño está en reserva. De nada por avisar.

—Tu generosidad me abruma —repliqué, dándole un sorbo al café—. La próxima vez que uses el coche para «estudiar macroeconomía» de madrugada, échale diez euritos de gasolina, que no te vas a arruinar.

—La gasolina está por las nubes, papá. Soy una pobre estudiante.

Nerea intervino desde la encimera, negando con la cabeza:

—Dejad de discutir, los dos. —Se ajustó la chaqueta, impecable y lista para salir.

—¿Mucho jaleo hoy? —le pregunté.

—Bastante —suspiró ella—. Tengo que ir a hacer visitas a dos casoplones en la otra punta. Me llevará toda la mañana, pero cuando termine me acerco a comer contigo. ¿Tú qué tienes?

—Hoy llega el pescado de Galicia.

La palabra «pescado» flotó en el aire de la cocina.

Por un segundo, casi imperceptible, la espalda de Nerea se tensó. El tintineo de su cucharilla contra la taza de porcelana se detuvo en seco.

Be dejó el móvil boca abajo sobre la mesa. Se levantó despacio, cogió su mochila y se la colgó al hombro. Caminó hacia la puerta, pero en lugar de salir, se apoyó en el marco, cruzándose de brazos. Nos miró con los ojos entrecerrados.

—Qué raros os ponéis cada vez que llega el dichoso «pescado de Galicia» —soltó, con una calma que me heló la sangre.

—Son cosas de la logística, cariño —intenté excusarme, forzando mi mejor sonrisa de padre aburrido—. Problemas con los proveedores, ya sabes.

—Claro. La logística —replicó ella, ladeando la cabeza.

Tragué saliva. Nerea no movía ni un músculo en la encimera.

—Y bueno, estudio economía, papá —continuó Be, encogiéndose de hombros—. Las mates son lo mío. Empecé a hacer números por pura curiosidad y... las cifras no cuadran. O tienes criptos, o dentro de esas latas metéis caviar iraní recubierto de oro.

Me quedé mudo, con la taza a medio camino de los labios. Be me sostuvo la mirada un par de segundos dejándome claro que no era ninguna idiota. Luego, suspiró y se acomodó la correa de la mochila.

—Si tan malos son los problemas con ese proveedor, dadle puerta. Es sencillo —remató, dándose la vuelta—. Bueno, me voy a la uni.

—Sí, hija, sí —balbuceé, cuando al fin recuperé el aliento—. Algo haré. Pero, por favor, marcha ya, que llegas tarde.

En cuanto escuchamos la puerta principal cerrarse, el teatro terminó.

—Lidia, cariño, ponte la chaqueta y coge la mochila, que nos vamos —ordenó Nerea.

Mientras la pequeña desaparecía por el pasillo quejándose, mi mujer se acercó a mí. Bajó la voz y clavó en mí esa mirada que reservaba para los problemas serios:

—Be ya no es una niña, Diego. Y no es tonta. Tenemos que andar con cuidado.

Asentí, limpiándome el sudor frío de las manos en los pantalones.

«Joder si no es tonta», pensé.

Nerea me dio un beso rápido en los labios. Lidia volvió corriendo, lista para irse al colegio, y le puse la mano en la cabeza a modo de despedida.

—¡Jo, aita, que me despeinas! —protestó, apartándose.

—Perdona, cariño. Portaos bien.

De pronto, la casa se quedó en silencio. Estaba solo.

Me quedé un momento apoyado en la encimera, rodeado del caos de un martes cualquiera: tazas manchadas de leche, cereales derramados, la nota de Aitor junto a la nevera, un recibo de la luz encima del microondas y el olor a tostadas flotando en el ambiente.

Sonreí. Esto era exactamente lo que siempre había querido. Una vida normal. Una casa fantástica en una buena zona, un matrimonio que funcionaba como un reloj y tres hijos que solo se preocupaban por llegar tarde a clase, las excursiones o por quedarse sin gasolina.

Miré mi taza. El café ya estaba frío, pero me lo bebí de un trago de todas formas, sintiendo el amargor rasparme la garganta.

Entré en mi pequeño despacho para coger el reloj, la cartera y las llaves del coche, que colgaban de un adorno con forma de moto clásica. Alargué la mano hacia las llaves, pero mi vista se clavó en el viejo marco. Cinco caras. Cinco sonrisas de críos que no sabían lo que les esperaba.

Una foto gastada.

En ella estábamos mis cuatro amigos y yo.

Mis hermanos.

Los tipos con los que crecí, con los que me manché las manos de sangre y con los que llegué a ser quien era ahora.

Me quedé mirando a Miguel. Él siempre fue el más listo. El que nos sacaba de los apuros.

El que ya no está.

Seguí un segundo más frente a la foto. Luego apagué la luz y cerré la puerta.

Salí al garaje y me monté en el coche. Un BMW. Un buen coche, alemán, seguro, pero de un color discreto y sin extras absurdos. Nada ostentoso. Lo justo para ir cómodo sin llamar la atención de Hacienda ni de la policía.

Así había vivido los últimos veinte años. Sin lujos, sin excesos vulgares, pero sin ninguna carencia material. Había construido el refugio ideal para mi familia.

Suspiré, arranqué el motor y agarré el volante de cuero. Lo que nadie te cuenta cuando entras en este negocio es que una jaula, por muy de oro que sea, sigue siendo una puta jaula.

Metí la primera y salí a la calle. El trayecto hasta la costa era el mismo de siempre. Conocía cada curva, cada semáforo, cada bache de la carretera.

Mientras bordeaba la ría, bajé la ventanilla para dejar entrar el aire frío y salado del Cantábrico.

Al pasar junto a la vieja gasolinera, el dueño, un tipo con el mono manchado de grasa, levantó la mano a modo de saludo.

Le devolví el gesto con un leve toque de claxon.

Un par de calles más allá, el panadero que descargaba su furgoneta frente al bar del puerto me hizo un gesto con la cabeza, y hasta la pareja de policías municipales aparcada en la rotonda me dedicó un asentimiento amistoso al reconocer el coche.

El señor Vasco. Un empresario respetable.

El teléfono móvil personal que llevaba en el bolsillo de la chaqueta vibró. Un mensaje del grupo de padres del colegio de Lidia. Lo ignoré. Era el único aparato que llevaba encima.

En La Organización no utilizábamos teléfonos para trabajar. Nunca. Veinticinco años y la norma seguía siendo la misma: si tenías algo que decirle a uno de los nuestros, cogías el coche y se lo decías a la cara.

Podíamos tener una cuenta bancaria al otro lado del mundo, empresas con media docena de abogados y negocios moviéndose por tres países, pero para una conversación importante seguíamos necesitando un coche y un asiento frente al otro.

Era una de esas reglas que nadie debatía. Las reglas que habían permitido que siguiéramos vivos durante veinticinco años no se discutían.

Conduje unos kilómetros más hasta que la carretera empezó a serpentear hacia el mar.

Repasé mentalmente la agenda. A las nueve menos diez estaría aparcando en la nave.

A las nueve y cuarto llegaría el camión procedente de Galicia con el proveedor mensual.

A las diez, la cadena de producción empezaría el trabajo.

A lo lejos, perfilada contra el gris del horizonte y a escasos metros de las olas, apareció por fin la silueta de mi empresa: Conservas Cantábrico.

Reduje la marcha, giré el volante hacia la entrada principal y vi cómo el viejo guarda de seguridad levantaba la barrera con una sonrisa, dándome los buenos días. Aparqué en mi plaza reservada, apagué el motor y me ajusté la chaqueta.

Al empujar la puerta de cristal de las oficinas, el habitual olor a salitre, vinagre y pescado me golpeó el rostro. Para muchos sería desagradable; para mí, era el aroma de la tapadera perfecta.

—Buenos días, don Diego —me saludó Rosa, la jefa de administración, asomando la cabeza por encima de una montaña de facturas—. Los del aceite de oliva dicen que nos suben el precio un tres por ciento el mes que viene. Y Sanidad nos ha mandado el certificado de la última inspección.

—Diles a los del aceite que si suben un céntimo, me llevo el contrato a Jaén. Y déjame lo de Sanidad sobre la mesa, lo reviso luego.

Crucé la zona de oficinas asintiendo a un par de contables que tecleaban sin descanso. Abrí la pesada puerta batiente que separaba las oficinas de la zona de producción y el ruido ensordecedor de la maquinaria me dio la bienvenida.

La nave principal era gigantesca, iluminada por potentes focos industriales y revestida de azulejos blancos.

Veinte operarios, vestidos con batas impermeables, guantes de nitrilo y redecillas azules en la cabeza, trabajaban a destajo en las cintas transportadoras.

El vapor de las calderas de cocción se mezclaba con el ruido rítmico de las enlatadoras y el choque metálico de las latas vacías cayendo por las tolvas.

Caminé por el pasillo central, esquivando palés de bonito del norte y caballa.

—¡Ese jefe! —me gritó uno de los operarios de las carretillas elevadoras.

Le levanté el pulgar. Me paré un segundo junto a la línea de limpieza de pescado.

—¿Qué tal la nieta, Carmen? —le pregunté a una mujer mayor que manejaba un cuchillo fileteador.

—¡Preciosa, don Diego! Ya gatea y todo. A ver si le traigo una foto mañana.

—No te olvides. Y dile a Manolo que te rote al puesto de sellado luego, nada de horas de pie en el mismo sitio.

Me gustaba que me respetaran. Pagaba por encima del convenio y respetaba los descansos.

Al llegar a la zona de cámaras frigoríficas, el ambiente se volvió gélido.

Allí me estaba esperando Manolo, el encargado de planta.

Estaba afilando un cuchillo deshuesador con movimientos secos y mecánicos.

Era un tipo recio, de pocas palabras y una lealtad absoluta.

Él era la fina línea que separaba mis dos mundos.

—Jefe —me saludó Manolo, guardando el cuchillo—. Por cierto, mi mujer me ha dicho que le dé las gracias a doña Nerea por las entradas para el teatro de las crías.

—Se lo diré, Manolo. ¿Cómo vamos de espacio?

—He despejado el Muelle 4. A los operarios de esa línea les he dicho que hay revisión de extractores esta mañana y que nadie se acerque por ese lado —respondió, mirándome a los ojos—. Las cámaras de ese sector entran en mantenimiento en un par de minutos.

Asentí. Ese era el acuerdo. Ninguno de mis veinte trabajadores sabía nada. Solo sabían que don Diego tenía ciertos negocios privados y que el Muelle 4 era una zona ciega y prohibida un día al mes.

Miré hacia la pequeña puerta que daba al embarcadero privado, en la parte trasera de la nave, donde el mar rompía contra los pilones de hormigón.

—Por cierto, ¿dónde están los chicos? —pregunté.

Manolo esbozó media sonrisa torcida, algo raro en él, y señaló con el pulgar hacia la puerta que daba al exterior.

—¿Dónde van a estar? Las olas hoy están de metro y medio, la hostia.

Me acerqué un par de pasos hacia la puerta del embarcadero y miré a través del cristal empañado por el salitre.

El Cantábrico estaba oscuro, embravecido, escupiendo espuma blanca contra los pilones de hormigón con una violencia sorda.

Negué con la cabeza. Había que estar completamente loco, o tenerle muy poco apego a la vida, para meterse ahí con un trozo de fibra de vidrio.

El reloj de mi muñeca marcó exactamente las nueve y cuarto.

Justo en ese segundo, un claxon grave y potente resonó en el exterior de la zona de carga, sacándome de golpe de mis pensamientos. El rugido de un motor diésel de gran tonelaje hizo vibrar los azulejos de las paredes.

El camión procedente de Galicia acababa de llegar.

Me acerqué a los mandos del Muelle 4 y pulsé el botón verde. La inmensa persiana metálica empezó a subir con un chirrido estridente, revelando poco a poco la parte trasera de un tráiler frigorífico.

Miré de reojo hacia el embarcadero.

Ni rastro de los chicos.

Sonreí para mis adentros.

El camión ya estaba dentro y ellos todavía debían de estar partiéndose la cara contra las olas.

Negué con la cabeza y volví la vista hacia las puertas del tráiler.

No había albaranes pegados en las puertas ni logotipos de ninguna empresa. Solo un enorme candado de seguridad con un teclado numérico.

Me ajusté el cuello de la chaqueta.

Era la hora de preparar el pescado.