La mentira del mar (Las huellas de la tierra 3) Capítulo 36 #2
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Capítulo 36 #2

—Supuestamente.

—También una furgoneta que sale después de las nueve sin servicio registrado y cuya llave fue retirada con tu credencial.

—Que pudo usar cualquiera.

Iria no contestó. Colocó sobre la mesa la cronología preparada el día anterior.

Desde donde estaba Elena, la secuencia parecía menos espectacular que cuando la habían armado por primera vez. Eran horas, registros y referencias cruzadas. La fuerza estaba precisamente en que no necesitaban una interpretación emocional.

Iria recorrió el documento con el dedo.

—Xoán termina con Óscar a las 16:31. Llega a Porto do Corvo antes de las seis y media.

Entre las 19:02 y las 19:09 tenemos una grabación altamente compatible con Nave 4.

La lesión que lo mata se produce cuando está vivo y antes de llegar al agua.

Poco después de las nueve sale una furgoneta de mantenimiento sin servicio documentado.

La llave se retira con tu credencial. El cuerpo aparece después en O Coído con un equipo cuyo supuesto fallo no se sostiene técnicamente.

Samuel permaneció inmóvil.

Iria siguió.

—Y, paralelamente, hemos confirmado un sistema prolongado de servicios ambientales mal certificados, inflados o inexistentes dentro de tu área, precisamente el tipo de documentación que Xoán estaba revisando.

—Eso no prueba que lo matara.

—No hemos dicho que una sola cosa lo pruebe.

—Entonces no tenéis nada directo.

Elena escuchó la frase y comprendió que Samuel seguía buscando una pieza única que pudiera derribar. Una cámara que lo mostrara atacando a Xoán. Una huella perfecta. Una confesión grabada. Algo que permitiera discutir un elemento y salvar el resto.

El caso no se había construido así.

—Tienes razón en una cosa —dijo.

Samuel volvió hacia ella.

—Yo no puedo decir cómo empezó la discusión ni qué objeto concreto produjo la compresión. Tampoco puedo afirmar quién aflojó la conexión del equipo de buceo ni quién conducía la furgoneta solo por el registro de la llave.

Samuel abrió las manos.

—Entonces.

Elena no terminó la frase por él.

—Lo que sí puedo defender es que Xoán no murió donde apareció.

El supuesto accidente de buceo fue una escena posterior.

Antes había estado en un entorno portuario protegido y la última grabación que tenemos presenta una alta compatibilidad con Nave 4 después de la hora que tú diste.

El problema ambiental que investigaba existe y la documentación que estaba revisando contiene irregularidades reales bajo el área que dirigías.

Samuel sostuvo su mirada.

—Eso sigue sin decir que yo lo matara.

—Esa atribución corresponde a la investigación policial.

Elena apartó sus papeles.

Hasta ahí llegaba su trabajo.

Iria parecía haber esperado ese momento.

Cerró la carpeta y miró a los dos agentes próximos a la puerta. No hubo movimientos bruscos. Uno de ellos se acercó lo suficiente para quedar junto a Samuel.

—Samuel Pardo, a partir de este momento quedas detenido por tu presunta relación con la muerte de Xoán Leira. Se te informará formalmente de tus derechos y de las diligencias que se te atribuyen.

Samuel tardó unos segundos en reaccionar.

—¿Presunta relación?

—Sí.

—¿Con esto?

Señaló las hojas.

—Con el conjunto de indicios de la investigación.

Samuel se levantó despacio.

—Estáis cometiendo un error.

Iria no discutió.

Uno de los agentes empezó a explicarle el procedimiento. Samuel pidió un abogado y no volvió a dirigirse a Elena.

Ella recogió únicamente sus documentos técnicos.

La actuación continuó sin ella.

Fuera, el puerto tenía el mismo aspecto que la primera vez que había recorrido aquellos muelles.

El viento arrastraba olor a gasóleo, sal y metal húmedo entre las naves.

Desde alguna zona de trabajo llegaba el golpeteo de una herramienta neumática y, más lejos, el motor de una embarcación mantenía un régimen bajo junto al pantalán.

Xabier salió unos minutos después.

—¿Ya está?

Elena miró hacia Nave 4.

—Mi parte, sí.

—¿Crees que encontrarán la conexión con Pedra?

—Creo que ahora saben exactamente qué tienen que buscar.

Durante la reunión, Iria había solicitado ya que se aseguraran el sistema de drenajes, el depósito intermedio y las líneas antiguas antes de una inspección técnica completa.

También iban a preservar los equipos de control y ampliar el análisis de las validaciones documentales.

Nada de aquello necesitaba a Elena esperando frente a una puerta mientras la Guardia Civil trabajaba.

—¿Y la furgoneta? —preguntó Xabier.

—La seguirán revisando.

—Puede que no quede nada.

—Ha trabajado varios días desde entonces.

Caminaron hacia el extremo del muelle. La marea estaba más baja que por la mañana y dejaba visible una franja oscura en los bloques de piedra. Elena observó el nivel durante unos segundos por costumbre, no porque esperara encontrar otra pista.

Había empezado en A Barda intentando averiguar por qué una contaminación que parecía llegada del mar se acumulaba como si hubiera nacido desde tierra.

Ahora sabía que la misma infraestructura que permitía ocultar residuos había proporcionado también una referencia temporal para desmontar la muerte que habían intentado convertir en accidente.

La bomba no había registrado un homicidio.

Había registrado agua entrando en un foso.

La marea tampoco había señalado a un culpable. Solo había condicionado cuándo ese foso necesitaba vaciarse.

Había sido necesario unir ambas cosas al vídeo de Xoán para convertir un ruido ordinario en una contradicción.

Iria salió del edificio y se acercó a ellos.

—Van a registrar Nave 4 y el área de mantenimiento con autorización judicial. También ampliaremos la documentación de los gestores y las cuentas vinculadas a los servicios.

—¿Necesitas que me quede? —preguntó Elena.

—Hoy no. Si aparece algo que requiera interpretación ambiental, te aviso.

—Bien.

Iria miró el agua.

—Todavía puede negarlo todo.

—Eso ya es asunto vuestro.

—Lo sé.

Permanecieron unos instantes mirando el puerto.

Una gaviota descendió hasta una rampa donde el agua había dejado restos de algas y volvió a elevarse casi enseguida.

—Mañana tendrás que cerrar el informe —dijo Iria.

—La parte principal.

—¿Y A Barda?

—Habrá que mantener el cierre hasta saber qué queda en el sedimento y qué puede recuperarse con seguridad.

La contaminación no desaparecía con una detención. Los mariscadores tampoco recuperaban un banco porque la investigación hubiera encontrado una explicación.

Ese sería el trabajo del día siguiente.

Elena se guardó las manos en los bolsillos de la chaqueta.

Ya no tenía ninguna razón para volver a escuchar el audio.

El sonido había hecho todo lo que podía hacer.

Lo demás correspondía ahora a la Guardia Civil y a un puerto que tendría que explicar durante mucho tiempo dónde habían ido realmente sus residuos.