La mentira del mar (Las huellas de la tierra 3) Capítulo 36
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Capítulo 36

Samuel tardó en responder.

Tenía delante su declaración, el registro de la bomba y la curva de marea. Desde donde estaba sentada, Elena veía también la imagen detenida del vídeo de Xoán: suelo mojado, una manguera oscura y el borde de una pared que seguía sin tener nada extraordinario.

—Ya he dicho que pude equivocarme con la hora —dijo al fin.

Iria apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Eso es distinto de lo que dijiste entonces.

—Han pasado días.

—Entonces estabas seguro.

—Creía estarlo.

Elena dejó la discusión entre ellos. Su trabajo no consistía en decidir si Samuel recordaba mal o estaba modificando ahora su versión. Bastaba con establecer qué hora podían sostener los datos sin depender de su memoria.

Acercó el registro.

—La bomba de Nave 4 tuvo una secuencia de actividad entre las 19:02 y las 19:09.

Samuel miró la hoja.

—¿Y?

—El vídeo de Xoán contiene un sonido mecánico compatible con ese tipo de bomba. En todo el día encontramos dos secuencias que se ajustan razonablemente al patrón de la grabación. Una corresponde a la mañana, cuando Xoán estaba documentado en otro trabajo. La otra está aquí.

Señaló la franja.

—Alrededor de las siete y cinco.

—Compatible —repitió Samuel—. La palabra que lleváis utilizando toda la mañana.

—Porque es la correcta.

—Entonces también puede ser otra bomba.

—Se revisaron las bombas de diafragma y los equipos pulsantes registrados en el puerto. La del muelle no funcionaba en esa franja. La de la otra nave presenta un patrón diferente y el equipo portátil capaz de producir algo parecido estaba asignado a otro servicio.

Samuel se volvió hacia Iria.

—¿Eso demuestra dónde estaba Xoán?

La teniente no contestó inmediatamente.

Elena sí.

—El audio, por sí solo, no. El controlador tampoco. Y la marea mucho menos. Lo importante es que los tres llegan a la misma franja por vías independientes.

Xabier abrió la gráfica utilizada el día anterior.

—Yo analicé los ciclos sin conocer la hora que usted había dado —explicó—.

En los días de control, el foso muestra más actividad cuando la infiltración responde a determinados niveles de marea.

Hay desfase y hay interferencias por trabajos interiores, pero el comportamiento se repite.

El día de la muerte de Xoán, la secuencia de las siete entra dentro de esa ventana de respuesta.

Samuel lo escuchó sin interrumpir.

—¿Eso significa que la bomba solo podía funcionar entonces?

—No —respondió Xabier—. Significa que su funcionamiento en esa franja tiene una explicación física coherente y no exige una entrada excepcional de agua.

El técnico de audio añadió:

—Y la estructura temporal del sonido del vídeo encaja mejor con esa secuencia que con las alternativas examinadas.

Samuel extendió una mano.

—Mejor. Encaja mejor. Sigue sin ser una identificación.

—Correcto —dijo Elena.

La respuesta pareció irritarlo más que una contradicción.

—Entonces ¿qué pretendéis?

Elena juntó las hojas.

—Comprobar si tu versión puede mantenerse sin necesitar una explicación diferente para cada dato que la contradice.

Samuel no respondió.

Iria abrió otra carpeta.

—Vamos con el vehículo.

El cambio de tema produjo por primera vez una variación visible en Samuel. Apenas una tensión alrededor de la boca, pero Elena la percibió porque llevaba días observando la misma calma profesional.

La teniente colocó dos fotografías de las cámaras de acceso.

—La furgoneta de mantenimiento sale del recinto poco después de las nueve de la noche y regresa menos de una hora después.

Samuel miró las imágenes.

—Las furgonetas salen.

—Esa noche no tiene ningún servicio exterior registrado.

—Eso no significa que no hubiera uno.

—No consta aviso, recogida, compra, avería ni traslado de material.

—Entonces faltará el parte.

Iria sacó otra hoja.

—La llave se retiró del armario electrónico con tu credencial.

Samuel levantó la cabeza.

—Eso no significa que condujera yo.

—No he dicho que lo hicieras.

—Pero es lo que queréis insinuar.

—Quiero saber por qué tu credencial abre el armario antes de la salida y vuelve a abrirlo después del regreso.

Samuel se reclinó en la silla.

—En mantenimiento usamos las cosas entre varios.

—¿Las credenciales también?

—A veces alguien coge una tarjeta que está encima de una mesa.

Iria lo observó.

—¿Dejabas la tuya al alcance de cualquiera?

—No he dicho eso.

—Entonces ¿quién la utilizó?

Samuel tardó.

—No lo sé.

Iria dejó la pregunta sin rematar y pasó al siguiente bloque.

Elena reconoció las facturas revisadas el día anterior. Algunas llevaban marcas nuevas después del cruce con los gestores externos.

—También faltaban partes de esto —dijo Samuel antes de que Iria hablara.

—En algunos casos, sí. En otros ya sabemos que no.

La teniente escogió uno de los servicios.

—Esta retirada figura realizada y facturada desde el puerto. El gestor dice que no existe.

Samuel miró la referencia.

—Puede estar mal asignado el proveedor.

Iria colocó la respuesta de otro gestor.

—Tampoco está aquí.

Otro expediente.

—En este se retira una cantidad real inferior a la que después se certifica internamente.

Samuel repasó la hoja.

—Las cantidades de los partes son estimadas.

—La diferencia no está solo en un parte. Está en la certificación sobre la que se tramita el pago.

—Eso lo lleva administración.

—Administración factura sobre datos técnicos validados desde mantenimiento.

Samuel dejó el papel.

—Yo no hago las facturas.

—Tampoco hemos dicho eso.

Elena reconoció el mismo movimiento de toda la mañana. Cada pieza admitía una explicación particular: una hora mal recordada, una bomba parecida, una tarjeta prestada, un proveedor equivocado, una cantidad estimada.

El problema ya no estaba en ninguna por separado.

Iria abrió un expediente donde figuraba Leira Servizos Subacuáticos.

—Este trabajo incluye a la empresa de Xoán.

—Había colaborado muchas veces con nosotros.

—No ese día.

—Eso dice su hermana.

—Y su contabilidad. Y su agenda. Y no hay factura emitida por Leira Servizos ni pago recibido.

Samuel miró el documento más tiempo que los anteriores.

—Puede haberse usado una plantilla antigua.

—Dos veces.

—Entonces alguien hizo mal su trabajo.

—¿Quién?

Samuel levantó la vista.

—No lo sé.

Elena había oído aquella respuesta muchas veces desde el principio del caso, pronunciada por personas que escondían deudas, errores de procedimiento o miedo a una aseguradora.

En Samuel tenía otro peso porque las anomalías ya no rodeaban una mentira periférica.

Rodeaban precisamente aquello que Xoán había empezado a revisar antes de morir.

Iria reunió las hojas.

—Xoán sabía que su empresa aparecía en servicios que no reconocía.

—Eso no lo sé.

—Se lo dijo a Berta.

—A mí no.

—Preguntó por gestión de residuos. Revisó Pedra Fendida. El día de su muerte vino aquí y estuvo en una nave bajo tu área después de la hora en que dijiste que se había marchado.

Samuel negó.

—Eso último no lo habéis demostrado.

Elena acercó la fotografía del vídeo.

—¿Reconoces este lugar?

—No.

—¿La manguera?

—Hay cien iguales.

—¿La pared?

—Igual.

—¿El sonido?

Samuel la miró.

—Ya me lo preguntasteis.

—Te lo pregunto ahora sabiendo qué bomba estamos comparando.

—Podría ser la de Nave 4.

Elena esperó.

Samuel añadió:

—O podría no serlo.

—Sí.

Iria la miró un instante.

La reunión no estaba produciendo la ruptura dramática que una versión más sencilla del caso habría exigido. Samuel no confesaba ni se contradecía de manera espectacular.

Simplemente necesitaba cada vez más explicaciones distintas para conservar intacta su versión.

Elena volvió al plano del puerto.

—Hay algo que todavía no hemos podido seguir físicamente de extremo a extremo: la conexión interior entre el sistema de mantenimiento y Pedra Fendida.

Samuel aprovechó enseguida.

—Porque no existe.

—Eso todavía no lo sabemos.

—Pues lleváis toda la mañana hablando como si sí.

—No. Sabemos que Pedra Fendida recibió una mezcla compatible con residuos de mantenimiento. Sabemos que una parte de esos residuos no tiene retirada externa real. Y sabemos que el sistema antiguo conserva líneas que no están completamente reflejadas en los planos actuales.

—Y queréis que yo haya construido una tubería secreta.

—No hace falta que la construyeras tú.

Samuel quedó callado.

Elena señaló el plano antiguo.

—La infraestructura ya estaba allí. La pregunta es quién la aprovechó.

Samuel conocía mejor que nadie, según sus propias explicaciones durante la primera visita, las reformas, los achiques y las configuraciones temporales del sistema de Nave 4.

Iria abrió entonces su declaración inicial.

—También dijiste que Pedra Fendida llevaba años sin uso.

—Eso creía.

—Y, sin embargo, tenía circulación reciente.

—Si alguien la utilizó, no tenía por qué decírmelo.

—Eras responsable de mantenimiento.

—No vigilaba cada tubería del puerto veinticuatro horas.

—Pero sí validabas trabajos relacionados con residuos que después no aparecen retirados.

—Algunos.

—Y Xoán estaba cuestionando esos trabajos.

Samuel se inclinó hacia la mesa.

—¿Vais a detenerme porque alguien puso mal dos facturas y una bomba sonaba parecida?

Iria no cambió el tono.

—No.

La respuesta lo detuvo.

—Entonces ¿qué hacemos aquí?

—Terminando la reconstrucción.

La teniente apartó las carpetas económicas y sacó el informe forense.

—La hipótesis policial es que Xoán sufrió fuera del agua la lesión torácica que acabó matándolo durante un enfrentamiento relacionado con lo que había descubierto, y que después se construyó la escena de O Coído para hacer pasar la muerte por un accidente.

Falta establecer la mecánica exacta y atribuir cada acto posterior.

Samuel permaneció quieto.

Iria continuó:

—Lo que sabemos con seguridad es que sufrió una compresión torácica grave cuando estaba vivo. No murió ahogado en O Coído. Su equipo presenta alteraciones compatibles con intervención manual y conserva sedimentos que encajan mejor con un entorno protegido que con la cala.

Samuel apartó el informe.

—Eso ya me lo habéis contado.

—Y ahora tenemos una ventana que lo mantiene con alta probabilidad en Nave 4 después de las siete.