La mentira del mar (Las huellas de la tierra 3) Capítulo 37
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Capítulo 37

A Barda olía menos a gasóleo que cuando Elena llegó.

Lo notó antes de alcanzar el borde del banco marisquero, aunque sabía que el olor no servía como medida. Había aprendido hacía tiempo que el cuerpo humano podía acostumbrarse demasiado deprisa a unas sustancias y detectar otras en concentraciones mínimas. La nariz no era un instrumento.

Aun así, la diferencia estaba allí.

El agua de la ensenada seguía mostrando manchas oscuras entre las piedras y, en algunas zonas, una película fina alteraba el reflejo del sedimento cuando la luz caía de lado. No era el paisaje limpio anterior al episodio, pero tampoco el que había encontrado el primer día.

Uxía Varela la esperaba cerca del acceso.

Llevaba botas de agua y una chaqueta impermeable que había visto mejores inviernos.

—Hoy tienes mejor cara —dijo Elena.

—Porque hoy no vienes a cerrarme media ría.

—Solo una parte.

Uxía soltó una risa breve.

—Algo hemos avanzado.

Caminaron hacia la zona donde se habían tomado las primeras muestras. La marea bajaba y empezaban a quedar al descubierto las superficies más interiores del banco.

Dos mariscadoras trabajaban cerca de unas balizas provisionales, retirando restos y revisando puntos de control. Todavía no recogían producto para venta.

—¿Cuánto falta? —preguntó Uxía.

Elena miró la hoja que llevaba en la carpeta.

—Depende de las próximas analíticas y de cómo evolucione el sedimento. No voy a darte una fecha porque no la tengo.

—Eso ya me lo sé.

—Entonces vamos bien.

Uxía señaló hacia las mujeres.

—Ellas quieren una.

—Lo entiendo.

—Y yo quiero dársela.

—También.

Elena se agachó junto a uno de los puntos de muestreo.

Habían recibido aquella mañana los últimos resultados preliminares de Alba.

La concentración en agua había descendido con claridad respecto a los primeros días.

En el sedimento, sin embargo, seguían apareciendo restos que obligaban a mantener prudencia, sobre todo en las zonas más protegidas.

—El agua está mejor —dijo—. El sedimento va más despacio.

—Siempre va más despacio.

—Sí.

Uxía observó la ensenada.

—¿Y el marisco?

—Hay mortalidad localizada y una parte del banco necesitará seguimiento antes de reabrir. No todas las zonas están igual de afectadas.

—¿Se recuperará?

—Una parte, probablemente sí.

La respuesta pareció bastarle. No era una promesa, pero era más de lo que habían tenido una semana atrás.

Caminaron unos metros.

—La Guardia Civil estuvo ayer otra vez —dijo Uxía.

Elena la miró.

—¿Aquí?

—No. En Porto do Corvo.

—Lo sé.

—Han corrido rumores.

Eso era inevitable. En un lugar pequeño, una detención en el puerto no podía permanecer mucho tiempo dentro de una diligencia judicial.

—¿Qué se dice?

—De todo.

Elena no preguntó más.

Los rumores podían servir para saber qué necesitaba creer un pueblo. Para establecer hechos, seguían siendo una mala fuente.

—¿Samuel sigue detenido? —preguntó Uxía.

—Sí.

—¿Y ya está todo demostrado?

—No.

Uxía frunció ligeramente el ceño.

—Entonces nunca decís que algo está terminado.

—Porque una detención no es una sentencia.

—Ya.

Elena guardó la hoja.

—Pero el caso ha cambiado. Ya no se investiga una muerte accidental.

—Eso sí podéis decirlo.

—Sí.

Uxía asintió despacio.

—Berta vino ayer.

Elena levantó la vista.

—¿Aquí?

—Sí. Estuvo un rato mirando el banco.

—¿Dijo algo?

—Que Xoán habría odiado todo esto.

—¿La contaminación?

—La atención.

Elena sonrió.

Aquello sí sonaba probable.

—También.

Uxía cogió una piedra y la dejó en el mismo sitio.

—¿Vas a verla?

—Antes de irme.

—Bien.

Continuaron hacia el extremo de la ensenada.

Elena quería revisar dos puntos más antes de cerrar el trabajo de campo. No esperaba encontrar nada nuevo. Simplemente una investigación ambiental no terminaba porque hubiera un detenido.

El daño seguía allí. El banco no sabía nada de homicidios, y el sedimento tampoco.

Berta estaba en el taller de Leira Servizos Subacuáticos cuando Elena llegó.

La puerta permanecía abierta y dentro hacía frío. Había una mesa despejada, varias cajas cerradas y parte del equipo de Xoán colocado en las estanterías.

Berta levantó la cabeza.

—Pensé que te marchabas esta mañana.

—Esta tarde.

—Entonces has venido a despedirte.

—Entre otras cosas.

Berta cerró una carpeta.

—Eso lo dices mucho.

Elena aceptó el comentario.

—¿Cómo estás?

Berta se apoyó en el borde de la mesa.

—Ya no sé qué contestar a eso.

—No hace falta.

Durante unos segundos ninguna habló.

La primera vez que Elena había estado allí, el taller le pareció detenido por la muerte. Seguía teniendo algo de eso, aunque ahora había pequeñas señales de movimiento: cajas etiquetadas, documentos clasificados, herramientas que ya no ocupaban exactamente el mismo lugar.

—¿Vas a seguir con la empresa? —preguntó.

Berta miró las estanterías.

—No como estaba.

—¿Cerrarás?

—Probablemente una parte. Algunas cosas puedo liquidarlas. Otras no sé.

—Tómate tiempo.

Berta sonrió sin alegría.

—Eso me dice todo el mundo.

Elena no añadió nada. Era un consejo fácil cuando no era uno quien tenía que decidir.

Berta abrió un cajón y sacó una memoria USB.

—La Guardia Civil me devolvió una copia de lo que ya no necesitaban conservar de esa manera.

—Bien.

—Quería preguntarte algo.

—Dime.

—¿Xoán sabía que se estaba metiendo en algo peligroso?

Elena tardó en responder.

No quería convertirlo en un hombre que hubiera avanzado conscientemente hacia su muerte.

—Sabía que había cosas que no cuadraban.

—Eso ya lo sé.

—Y estaba molesto.

—También.

—Pero no tengo ninguna razón para pensar que esperara que alguien fuera a matarlo.

Berta bajó la vista.

—Yo tampoco.

—Si hubiera pensado que estaba en peligro, quizá habría hecho las cosas de otra manera.

—O no.

Elena no discutió. No podían saberlo.

Berta guardó la memoria.

—¿Entonces murió por unas facturas?

La pregunta parecía demasiado pequeña para lo ocurrido y, sin embargo, se acercaba bastante.

—Murió porque empezó a unir cosas que alguien necesitaba mantener separadas.

Berta la miró.

—Los residuos que no salían donde decían los papeles. Los trabajos atribuidos a su empresa. Una conducción que no debía estar funcionando. Él empezó a ver que no eran problemas independientes.

—Samuel.

—La investigación de la Guardia Civil está centrada en él.

—Pero tú crees que fue él.

Elena no necesitaba esconderse detrás de una fórmula vacía.

—Creo que la evidencia apunta hacia él con mucha fuerza.

Berta respiró hondo.

—Eso es casi un sí.

—Es lo más lejos que puedo llegar.

Berta miró una fotografía de Xoán sobre la estantería. No era una imagen preparada. Aparecía con el pelo mojado, sujetando una botella de buceo y mirando fuera de cámara.

—Me habría gustado que tuviera miedo.

Elena no esperaba aquello.

—¿Por qué?

—Porque igual se habría ido.

La frase quedó en el taller.

Elena no intentó responderla.

Berta se pasó una mano por el pelo.

—Y ahora me siento fatal por pensar eso.

Elena sostuvo su mirada.

—Querías que hubiera hecho algo que lo sacara de allí.

Berta tragó saliva.

—Sí.

—Eso es distinto.

Berta no contestó enseguida.

Después asintió.

Elena se acercó a la puerta.

—La Guardia Civil puede volver a llamarte.

—Lo sé.

—Y el procedimiento será largo.

—También.

—No sigas buscando cosas por tu cuenta.

Berta la miró.

—Eso sí suena a consejo.

—Lo es.

—Haré caso.

Elena no estaba segura de que lo hiciera.

Antes de salir, Berta la llamó.

—Elena.

Se volvió.

—¿Tú has terminado?

La pregunta admitía más de una lectura.

—Aquí, sí.

—¿Y con él?

Elena miró el taller.

—También.

No sabía si era completamente cierto, pero bastaba.

La última reunión fue con Iria Castro.

La teniente tenía ojeras y una mesa todavía peor organizada que dos días antes. Había nuevas carpetas, copias de diligencias y un plano de Porto do Corvo con varias zonas marcadas.

—Llegas tarde —dijo.

—Estoy de salida.

—Peor todavía.

Elena dejó el informe preliminar sobre la mesa.

—Aquí tienes la parte ambiental consolidada.

Iria abrió la primera página.

—¿Incluyes la conexión con Pedra?

—Hasta donde podemos sostenerla.

—Sabía que ibas a decir eso.

—Entonces no preguntes.

Iria pasó varias hojas.

—Han encontrado que una de las líneas antiguas del sistema tiene continuidad física hacia un tramo anterior a Pedra Fendida.

Elena levantó la vista.

—¿Completa?

—Todavía no. Hay una zona intervenida y siguen el trazado.

—Entonces mi informe no cambia aún.

—Eres desesperante.

—Cuando esté documentado, se incorpora.

Iria dejó la carpeta.

—También han asegurado más registros de mantenimiento y validaciones vinculadas a Samuel.

—Eso ya es vuestro.

—Sí.

—¿La furgoneta?

—Sin milagros.

Elena esperó.

—Nada limpio. Después de tantos días de uso, tampoco confiaba en encontrar gran cosa. Hay restos mezclados, suciedad de trabajo, fibras... Nada que pueda cerrar por sí solo el traslado.

—Era lo esperable.

Iria la miró.

—Casi pareces contenta.

—No. Solo prefiero eso a convertir cualquier resto ambiguo en la prueba que necesitábamos encontrar.

La teniente apoyó la espalda.

—Samuel no ha confesado.

—No esperaba que lo hiciera.

—Su abogado cuestionará el audio.

—Debe hacerlo.

—La marea.

—También.

—Y la credencial.

—También.

Iria la miró con resignación.

—¿Te parece bien que discutan todo?

—Me parece bien que sepamos exactamente qué sostiene cada pieza y qué no.

Iria volvió al informe.

—El conjunto sigue siendo fuerte.

—Sí.

Esta vez Elena no añadió ningún matiz, porque lo era.

La reconstrucción no dependía de una única prueba frágil. Había nacido de líneas distintas que habían terminado convergiendo en el mismo lugar.

—¿Y el vertido grande posterior a la muerte? —preguntó Iria—. ¿Qué ponemos?

Elena tardó unos segundos.

—Que es compatible con una liberación de residuos acumulados desde el sistema clandestino en los días posteriores. La motivación concreta no está demostrada.

—¿Vaciar capacidad antes de una limpieza?

—Posible.

—¿Eliminar parte del residuo?

—Posible.

—¿Las dos cosas?

—También.

Iria hizo una anotación.

—Me vas a llenar el informe de «posible».

—Para eso existe la palabra.

—Ya.

Hubo un silencio cómodo.

Elena recogió la copia que debía conservar.

—Me marcho.

—¿A Porto Xabre o de verdad?

—De verdad.

Iria se levantó.

—Ha sido un caso raro.

—No tanto.

—Una bomba, mareas, una conducción vieja, facturas falsas y un muerto vestido de accidente. A mí me parece bastante raro.

—La gente improvisa peor de lo que cree.

—Eso sí te lo compro.

Caminaron juntas hasta la puerta.

Antes de salir, Iria se detuvo.

—¿Volveremos a trabajar juntas?

Elena la miró.

La pregunta era natural y la respuesta también tenía que serlo.

—No lo sé.

Iria asintió.

No hubo promesa de reencuentro. Era mejor así.

—Buen viaje.

—Gracias.

Elena hizo una última parada en A Barda antes de coger la carretera.

No había avisado a nadie.

La marea estaba bastante más baja que por la mañana y el banco se extendía bajo una luz gris, sin dramatismo. Las balizas seguían en su sitio. También los carteles de cierre.

Se quedó cerca del borde.

El primer día había visto una película iridiscente y había pensado en un vertido llegado desde el mar. La interpretación había sido razonable, pero estaba equivocada.

La contaminación había salido desde tierra.

Había recorrido una vía que alguien consideraba lo bastante olvidada como para utilizarla sin llamar la atención. Después la marea había hecho el resto: sacar la mezcla, redistribuirla y devolver una parte a la ensenada hasta que el daño dejó de poder ocultarse.

Xoán había llegado antes que ella al mismo problema.

No había tenido todos los datos, solo los suficientes para saber que algo no encajaba.

Elena miró el sedimento oscuro entre las piedras.

El territorio no había explicado por sí solo la muerte. Había hecho algo más útil: contradecir la historia construida alrededor de ella.

Sacó el cuaderno y repasó las primeras notas del caso.

Distribución.

Marea.

Entrada desde tierra.

Pedra Fendida.

Muchas páginas después aparecían Nave 4, Xoán, la bomba, la furgoneta y Samuel.

El recorrido parecía lógico ahora.

No lo había sido mientras avanzaba por él.

Cerró el cuaderno.

A lo lejos, una de las mariscadoras levantó una mano al reconocerla. Elena respondió con el mismo gesto.

Después volvió al coche y antes de arrancar miró una vez más hacia A Barda. Todavía quedaba trabajo allí pero ya no quedaba una mentira sobre lo que le había ocurrido.

El caso ha terminado. La tierra todavía guarda muchas historias.

Elena Sánchez recorre distintos paisajes de España investigando anomalías del territorio que esconden crímenes humanos.

Continúa con la serie Las huellas de la tierra .