La mentira del mar (Las huellas de la tierra 3) Capítulo 35
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Capítulo 35

—Quiero empezar por A Barda.

Samuel Pardo había llegado preparado para hablar de Porto do Corvo.

Se notaba por la carpeta que llevaba bajo el brazo y por las copias de planos que había dejado sobre la mesa antes de sentarse.

La reunión se celebraba en una sala de las dependencias portuarias elegida por Iria porque permitía reunir a las personas necesarias sin convertir desde el principio la revisión técnica en un interrogatorio policial.

Estaban Xabier Louro, el técnico de audio, Iria y dos agentes.

Alba Riveiro intervendría más tarde por videollamada si necesitaban precisar algún aspecto analítico.

Samuel ocupaba uno de los extremos de la mesa.

Elena permanecía de pie junto a un plano de la costa.

—¿A Barda? —preguntó él.

—Sí.

—Pensé que íbamos a revisar la nave.

—Llegaremos.

Samuel no respondió. Conservaba la actitud que había mantenido durante casi toda la investigación: atención profesional, cierta impaciencia cuando las preguntas se prolongaban y una disposición suficiente para que su colaboración resultara natural.

Elena prefería que siguiera así.

No necesitaba verlo nervioso. Necesitaba comprobar si sus explicaciones resistían los hechos.

Señaló la ensenada.

—El episodio que nos trajo aquí empezó con una película aceitosa concentrada en remansos, mortandad de marisco y aves afectadas. La primera posibilidad razonable era un aporte desde el mar: combustible, sentina, una descarga desde una embarcación.

Samuel asintió.

—Eso pensó todo el mundo.

—Y tenía sentido al principio.

Elena desplazó el dedo hacia la boca de la ensenada.

—El problema apareció al estudiar la distribución.

La contaminación no ocupaba la costa como cabría esperar de un vertido exterior entrando con el mar.

Había concentraciones interiores y una redistribución que encajaba mejor con una salida desde tierra durante la vaciante y un retorno parcial con la creciente.

Miró a Xabier.

—Ese mecanismo sigue siendo el que mejor reproduce lo observado —dijo él—. No exige una corriente excepcional. Con la fase de marea y el viento de esos días, una descarga costera podía salir, dispersarse parcialmente y volver a introducir una fracción en A Barda.

Samuel apoyó los antebrazos en la mesa.

—Pero puede ocurrir con más de una salida.

—Sí —dijo Elena.

No pretendía convertir una explicación plausible en exclusiva.

—Por eso revisamos distintas entradas posibles y llegamos a Pedra Fendida.

En la pantalla apareció una fotografía del interior de la conducción: humedad persistente, un canal central menos colmatado que los laterales y depósitos desplazados hacia la boca.

—Se nos dijo que estaba fuera de uso. La inspección mostró que no estaba completamente inerte. Después, los análisis del sedimento interior indicaron exposición repetida a hidrocarburos y tensioactivos, más marcada que en el exterior inmediato.

Samuel inclinó ligeramente la cabeza.

—Eso tampoco os dice de dónde venían.

—No por sí solo.

Elena cambió la imagen.

Apareció el resumen analítico de Alba.

—La mezcla de A Barda contenía hidrocarburos degradados, aceites ligeros y tensioactivos. No encajaba bien con un simple derrame de combustible. Era más compatible con aguas de lavado y residuos de mantenimiento.

—Compatible —repitió Samuel.

—Sí.

—No identificada.

—Correcto.

Elena dejó la palabra donde estaba.

Habían tardado días en construir aquella conclusión precisamente porque cada dato aislado admitía alternativas. Exagerarlo ahora habría debilitado el conjunto.

—Después revisamos la gestión de esos residuos en Porto do Corvo.

Iria abrió una carpeta, aunque siguió sin intervenir.

—Aquí se generan mezclas de ese tipo. Eso no es irregular.

El problema está en que una parte de las retiradas declaradas no coincide con los registros de los gestores externos.

Algunas no existen allí. Otras presentan cantidades distintas.

También hay servicios facturados cuya generación previa no puede reconstruirse y trabajos internos que deberían producir residuos sin una retirada posterior equivalente.

Samuel la observó.

—Ya expliqué que la documentación del puerto no siempre se cierra el mismo día.

—Y lo tuvimos en cuenta.

—Se agrupan servicios.

—También.

—Hay cantidades estimadas.

—También.

Elena se acercó a la mesa.

—Si habláramos de una factura, cualquiera de esas explicaciones podría bastar. Incluso si fueran varias. Lo que tenemos es un patrón sostenido durante más de un año y cruces externos que confirman que determinadas retiradas no pueden darse por realizadas como dicen los documentos.

Samuel miró a Iria.

—¿Esto es una inspección fiscal ahora?

—Es una investigación —respondió la teniente—. Sigue con Elena.

Él volvió hacia ella.

—Aunque los papeles estén mal, eso no demuestra que algo se tirara por Pedra Fendida.

—No.

Samuel dejó escapar una respiración breve.

—Entonces estamos dando vueltas.

Elena no tuvo prisa en responder.

—Solo si esperamos que una única pieza haga todo el trabajo.

Desplegó el plano de las instalaciones.

—Tenemos residuos producidos en el puerto que no siempre aparecen respaldados por una retirada externa real.

Tenemos un sistema de almacenamiento y drenajes modificado durante años, con líneas antiguas y un depósito intermedio.

Tenemos una conducción costera declarada inactiva que muestra circulación reciente y exposición repetida a una mezcla químicamente compatible con esos residuos.

Y tenemos una dinámica de marea que explica cómo una descarga desde ese punto puede terminar afectando A Barda.

Samuel negó despacio.

—Seguís sin tener la tubería entre una cosa y la otra.

—El recorrido interior completo, no.

La respuesta pareció sorprenderlo.

Era más fácil discutir con alguien que afirmaba haber demostrado demasiado.

—La parte que todavía no podemos seguir físicamente de extremo a extremo sigue sin estar demostrada —añadió Elena—. Eso no invalida lo demás.

Xabier se movió en la silla.

Samuel lo miró.

—¿Y tú estás de acuerdo con esto?

—Con la dinámica costera, sí. Sobre el sistema interior del puerto no puedo ayudarte. No es mi campo.

Cada especialista conservaba su límite.

Elena continuó.

—Hay otra cuestión. El episodio de A Barda es posterior a la muerte de Xoán.

Samuel guardó silencio.

—Eso significa que la contaminación que encontramos no puede ser el motivo inmediato de su muerte tal como nosotros la vimos. Xoán ya estaba investigando un problema anterior.

Mostró una imagen extraída de uno de sus vídeos de Pedra Fendida.

—Había inspeccionado la conducción. Había anotado sedimento reciente. Había preguntado por limpiezas y por registros anteriores. Consultó a Nerea Souto cómo podía desplazarse una descarga puntual y si una mezcla de aceites y productos de limpieza debería aparecer en los controles de una depuradora.

Samuel apartó la vista hacia el plano.

—Xoán preguntaba por todo.

—Es posible.

—Era su trabajo.

—En parte.

Elena cambió de documento.

—También revisaba servicios atribuidos a Leira Servizos que su propia empresa no podía respaldar.

Samuel volvió a mirarla.

—Eso ya es otra cuestión.

—Exacto.

Era importante que la separación apareciera incluso en su respuesta.

—Son dos cuestiones distintas: qué se hacía con determinados residuos y qué se hacía con los documentos. Xoán estaba acercándose a ambas.

Iria permanecía callada.

Elena retiró el plano costero y desplegó otro, mucho más pequeño.

O Coído Vello.

La cala había ocupado demasiado espacio al comienzo de la investigación. Ahora, sobre el papel, resultaba casi marginal.

—Vamos a la muerte.

Samuel cambió ligeramente de postura.

—Yo no sé nada de cómo murió Xoán.

—Todavía no te estoy preguntando eso.

Elena señaló el lugar donde había aparecido el cuerpo.

—La primera interpretación era coherente con un accidente de buceo. Xoán era profesional, llevaba equipo, apareció en una cala y la botella tenía poca presión. Había abrasiones y traumatismos que podían parecer compatibles con golpes contra las rocas.

—Eso dijeron.

—Era una hipótesis razonable con la información inicial.

Pasó a la fotografía del equipo.

—Después dejó de serlo.

El sedimento fino adherido y parte de las incrustaciones encajaban mal con el sustrato dominante de O Coído.

El conjunto se explicaba mejor por un entorno protegido, de baja energía, como una zona portuaria.

El muelle de Óscar justificaba una parte de los residuos, pero no todos; las muestras interiores de Porto do Corvo eran compatibles con otras fracciones.

—Compatible otra vez —dijo Samuel.

Elena lo miró.

—Sí.

—Todo es compatible.

—En ciencia forense, muchas veces es la palabra correcta.

—Y también una forma de no demostrar nada.

Antón no estaba en la sala, pero su informe sí.

Elena abrió la copia.

—El equipo aporta algo más. La conexión de baja presión estaba parcialmente aflojada y una pieza de retención había cambiado de posición de forma relativamente reciente.

El regulador funcionaba. No había un fallo súbito que explicara por sí solo un accidente durante el uso, y una fuga importante habría sido detectable para alguien con la experiencia de Xoán.

Samuel no respondió.

—El especialista no concluye que una persona concreta manipulara el equipo. Concluye que su estado no sostiene bien la explicación de un fallo accidental durante la inmersión y que algunas alteraciones son compatibles con una intervención manual.

Samuel miró el documento.

—¿Cuándo?

—No puede fijarlo con esa precisión.

Elena dejó el informe y colocó sobre la mesa el de Eva Moure.

—Y la autopsia cambia el resto.

Samuel no tocó las hojas.

—Xoán sufrió una compresión torácica grave cuando todavía estaba vivo. El ahogamiento no explica la causa primaria de la muerte. Las abrasiones de O Coído pueden ser reales, pero son compatibles con un contacto posterior del cuerpo con el agua y las rocas.

Samuel frunció el ceño.

—Entonces ¿decís que lo tiraron allí?

Iria iba a responder, pero Elena se adelantó.

—Decimos que O Coído no explica dónde se produjo la lesión mortal.

—Eso es distinto.