Capítulo 33
La furgoneta aparecía dos veces en la cámara de salida.
Iria detuvo la grabación en la primera imagen.
El vehículo cruzaba el acceso principal de Porto do Corvo poco después de las nueve de la noche, con las luces encendidas y la matrícula suficientemente visible para identificarlo como una de las furgonetas asignadas al área de mantenimiento.
La cámara no mostraba con claridad al conductor.
—¿Y vuelve? —preguntó Elena.
—Sí. Menos de una hora después.
La segunda secuencia era igual de poco espectacular: el mismo vehículo entraba de nuevo en el recinto y desaparecía hacia la zona de talleres.
Elena había aprendido a desconfiar de las imágenes que parecían explicar demasiado.
Una furgoneta saliendo de un puerto por la noche podía significar un traslado urgente, una compra, una avería, una recogida de material o cualquier otro trabajo ordinario.
Lo importante no era que se hubiera movido, sino si aquella salida tenía un motivo documentado.
Iria colocó junto al ordenador una hoja de asignación de vehículos.
—Ese día estaba adscrita a mantenimiento.
—¿A Samuel?
—Al departamento. No de forma exclusiva.
—Entonces todavía no tenemos conductor.
—Todavía no.
Elena volvió al fotograma. El lateral llevaba el logotipo pequeño del puerto y una franja reflectante cerca de la parte baja. Nada permitía saber qué transportaba.
—¿Consta algún servicio exterior?
—No.
—¿Recogida de material?
—Tampoco.
—¿Aviso de avería?
—Nada registrado.
Iria pasó otra hoja.
—Y no hay orden de salida nocturna para esa franja.
Eso mejoraba la pregunta, pero no daba una respuesta.
—¿Quién podía utilizarla?
—Samuel y otros dos trabajadores de mantenimiento. Uno había terminado el turno antes. El otro dice que salió del puerto por la tarde y tenemos una entrada suya en un establecimiento de Porto Xabre bastante después.
—¿Confirmada?
—Estamos cerrándolo. De momento, es consistente.
Elena no preguntó qué hacía allí. Esa parte pertenecía a la investigación policial y podía acabar siendo irrelevante.
—¿Samuel estaba trabajando esa noche?
—Eso dice.
—¿Dónde?
—En el puerto. Revisando documentación y una incidencia menor.
—¿Hay alguien que lo sitúe?
—Hasta cierta hora sí. Después, no de forma continua.
Iria cambió de carpeta.
—Pero antes de meternos en eso quiero que veas otra cosa.
Sobre la mesa aparecieron copias de facturas que Elena reconoció del análisis del día anterior. La Guardia Civil había empezado a recibir respuestas de los gestores externos y a cruzar los documentos de Porto do Corvo con los registros originales de retirada.
La primera coincidía.
La segunda también.
En la tercera faltaba una retirada que el puerto daba por realizada.
—¿No existe? —preguntó Elena.
—El gestor dice que no tiene ese servicio en su sistema.
—¿Puede estar facturado por otra empresa?
—Eso estamos comprobando.
Había una cuarta entrada con un problema diferente. El gestor sí había enviado un vehículo, pero la cantidad recogida era muy inferior a la que después aparecía integrada en una factura interna del puerto.
—¿La factura externa está bien?
—Eso parece.
—Entonces la diferencia se genera aquí.
Iria asintió.
La siguiente serie era todavía más clara.
Varias retiradas que en los documentos de Porto do Corvo aparecían como servicios separados habían sido agrupadas internamente de una forma que inflaba volúmenes o duplicaba conceptos.
Las anomalías no eran idénticas, y precisamente por eso Elena tardó unos minutos en aceptar que ya no estaban ante una simple suma mal hecha.
—¿Quién certificaba estos servicios?
—Depende del documento.
Iria fue señalando códigos y validaciones. Algunas correspondían al área administrativa; otras, a mantenimiento. En varios casos, la aprobación técnica necesaria para que el servicio siguiera adelante pertenecía al área de Samuel.
—¿Su firma?
—A veces. En otras, su usuario de validación.
Elena levantó la vista.
—¿Puede usarlo otra persona?
—Estamos comprobándolo.
—¿Terminal compartido?
—Hay ordenadores comunes, pero las credenciales no deberían compartirse.
No bastaba para atribuir cada irregularidad a Samuel. Una cuenta profesional podía ser utilizada por otro, una validación podía aprobar un trabajo documentado después de forma incorrecta y una factura inflada podía generarse sin conocimiento del responsable técnico.
Aun así, el contexto había cambiado.
Durante más de un año, el sistema había permitido que servicios ambientales sin correspondencia limpia con retiradas reales terminaran pagándose como si la trazabilidad estuviera completa. Y Samuel ocupaba el punto operativo por el que pasaban muchos de esos trabajos.
—¿Cuánto dinero? —preguntó Elena.
Iria le entregó un resumen.
El cálculo era provisional. Algunas partidas seguían pendientes de confirmar y otras podían tener justificación contractual. Incluso descontando las más dudosas, la cifra no era pequeña.
—No necesito el total todavía —dijo Elena—. Me interesa cómo se produce.
—¿La mecánica?
—Sí.
Cogió una hoja en blanco y trazó una secuencia simple:
Trabajo de mantenimiento.
Residuo generado.
Retirada externa.
Certificación.
Factura.
Después empezó a colocar debajo las irregularidades comprobadas.
En algunos casos, el trabajo existía y la retirada no.
En otros, la retirada existía, pero se facturaba por encima de lo documentado.
Y en al menos dos aparecía Leira Servizos como apoyo técnico sin que Berta hubiera encontrado un trabajo equivalente en la empresa de Xoán.
Iria siguió la hoja.
—¿Qué te dice?
—Que no hay un único truco.
—Eso complica demostrarlo.
—También hace más difícil que sea un error repetido.
Elena comparó las fechas. Las anomalías no estaban concentradas en un mes ni vinculadas a un único proveedor. Aparecían de manera irregular durante más de un año.
Eso encajaba con lo visto en los documentos: un sistema lo bastante desordenado para que cada diferencia admitiera una explicación individual y lo bastante persistente para que, al reunirlas, dejaran de parecer accidentales.
—Xoán pudo verlo igual —dijo Iria.
—Con menos documentación que nosotros.
—Pero vio su empresa donde no debía.
—Eso sí.
Y había reaccionado como alguien que conocía bien el trabajo que se hacía con su nombre. Había revisado registros, preguntado por limpiezas, consultado cómo podía desplazarse una descarga y hablado con Berta de servicios que no reconocía. Después había ido a Porto do Corvo para hablar con alguien.
La ventana del vídeo lo situaba con alta probabilidad en Nave 4 después de la hora en que Samuel había dicho que se había marchado.
Ahora aparecía una segunda línea: un fraude económico ligado precisamente al área que Samuel dirigía.
Seguían siendo líneas distintas.
Elena quería que continuaran siéndolo hasta que algo pudiera unirlas sin forzar la conclusión.
—¿La salida de la furgoneta se relaciona con alguno de estos trabajos?
—Oficialmente, no.
—¿Y con una retirada de residuos?
—Tampoco.
—¿Puede transportar residuos esa furgoneta?
—Herramientas, bidones pequeños, material. No es un vehículo de gestor autorizado.
—Entonces no debería aparecer como retirada.
—Exacto.
Iria volvió al vídeo de la cámara.
—Pero sí puede transportar otra cosa.
Elena entendió la dirección antes de que terminara.
—Eso ya es una hipótesis policial.
—Sí.
No necesitaba añadir qué podía ser esa otra cosa.
La autopsia establecía que Xoán había sufrido la compresión torácica antes de entrar en el agua.
El sedimento y los organismos adheridos al equipo encajaban mal con O Coído Vello como único entorno relevante de sus últimas horas.
Si el vídeo lo situaba probablemente en Nave 4 después de las siete, alguien había tenido que trasladarlo más tarde hasta la cala.
Una furgoneta de mantenimiento sin servicio documentado salía del puerto esa misma noche.
La relación era evidente.
La atribución, no.
—¿Podemos saber por dónde circuló?
—Estamos pidiendo cámaras de carretera y accesos. Hay pocas.
—¿GPS?
—El vehículo no llevaba seguimiento continuo.
—¿Peajes?
Iria negó.
—No en ese trayecto.
—Entonces la salida demuestra que salió.
—Y que volvió.
—Nada más.
Iria sonrió con cansancio.
—Empiezo a saber qué vas a decir antes de que lo digas.
—Eso es preocupante.
—Para ti o para mí.
Elena dejó a un lado la hoja de la furgoneta.
—Si aparece en una cámara cerca de O Coído, será distinto.
—La estamos buscando.
No quiso convertir la falta de una ruta completa en un obstáculo mayor del que era.
En una zona de carreteras pequeñas y accesos costeros, esperar una secuencia continua de cámaras habría sido poco realista.
La fuerza podía venir de otros lugares: horario de salida, acceso al vehículo, posibles restos y coherencia con la cronología.
—¿Se ha preservado la furgoneta?
—Sí.
—¿La han examinado?
—Está en ello Policía Judicial. No puedo adelantarte resultados.
—No hace falta.
Le interesaba otra cuestión.
—¿Se utilizó después de aquella noche?
—Mucho.
Eso reducía el valor de cualquier resto superficial. Habían pasado días de trabajo, limpieza y movimiento antes de que el vehículo adquiriera importancia.
—Entonces no esperaría una prueba limpia.
—Yo tampoco.
Elena regresó al resumen económico.
—¿Quién tenía capacidad para ordenar una retirada externa?
—Samuel podía solicitarla desde mantenimiento. Administración tramitaba después el servicio.
—¿Y certificar que se había hecho?
—Podía validar la parte técnica.
—¿Podía generar él solo una factura falsa?
—No.
Aquello importaba.
—Entonces, si hay fraude, ¿necesita cómplices?
Iria negó con cautela.
—No necesariamente conscientes. Si alguien certifica un trabajo o una cantidad y administración factura sobre esa certificación, quien procesa el documento puede hacerlo sin saber que el dato de origen es falso.
Elena asintió.
—Eso explica el circuito.
—Y evita inventarnos una red cuando quizá haya una sola persona aprovechando un sistema.
Era una hipótesis más sencilla y, de momento, mejor sostenida.