Capítulo 30
La bomba empezó a funcionar mientras Samuel explicaba otra cosa.
Dejó de atender a Samuel.
No porque hubiera reconocido una máquina concreta. Aquella nave tenía motores, bombas, herramientas y sistemas auxiliares suficientes para producir ruidos parecidos. Lo que la detuvo fue el ritmo.
Tres impulsos algo más rápidos.
Una pausa.
Después, una secuencia más larga.
Samuel siguió hablando hasta darse cuenta de que Elena había apartado la atención.
—¿Pasa algo?
Ella señaló hacia el fondo.
—¿Qué acaba de arrancar?
Samuel miró en la misma dirección.
—El achique.
—¿Dónde está?
—En el foso. Debajo de esa zona.
Avanzó por un pasillo lateral y Elena lo siguió.
Iria Castro iba unos pasos detrás con otro agente.
La visita se había organizado para revisar físicamente varios puntos relacionados con la documentación del día anterior: el depósito intermedio, las recogidas de aguas de limpieza y las conexiones actuales de la nave.
Samuel había accedido sin dificultades y llevaba casi media hora explicándoles circuitos, llaves y operaciones habituales.
Elena no había vuelto allí para buscar la pared del vídeo.
Se lo había repetido antes de entrar.
Ahora necesitaba repetírselo por otra razón.
Samuel levantó una rejilla metálica que permitía ver un hueco rectangular bajo el nivel del pavimento. Había agua en el fondo, oscura por falta de luz, y dos conducciones descendían hacia ella.
—Es un sumidero de recogida —dijo—. Aquí entra infiltración y parte del agua que acaba en esta zona. Cuando sube el nivel, la bomba salta.
Elena escuchó.
La máquina se había detenido.
—¿Automática?
—Sí.
—¿Por nivel?
—Sí. Lleva una boya.
—¿Siempre funciona así?
Samuel asintió.
—Mientras no esté en manual por mantenimiento.
Iria miró hacia Elena.
Ella no respondió a la mirada. Se inclinó lo suficiente para observar el interior sin acercarse demasiado a la abertura.
—¿Qué tipo de bomba es?
—De diafragma.
El nombre encajaba con el sonido. Las bombas de diafragma podían producir una cadencia pulsante por su propio mecanismo, de modo que no había nada extraño en ello.
—¿El agua del foso de dónde viene exactamente?
Samuel señaló dos direcciones.
—De filtraciones de la zona baja y de estos drenajes. Cuando limpiamos aquí puede llegar algo también, dependiendo de dónde se trabaje.
—¿Y después?
—Se bombea al circuito interior.
—¿Al depósito que aparece en los planos?
—Parte acaba allí.
Elena miró la conducción visible y luego el esquema que llevaba doblado dentro de la carpeta.
—¿Parte?
—Hay varias configuraciones.
Samuel cogió el plano.
—Esto se modificó hace años. Aquí tienes una derivación y aquí otra. Según el trabajo, podemos aislar una parte o mandar el agua al depósito.
La explicación no contradecía de forma evidente lo que habían visto en la documentación. Tampoco resolvía la posible relación con Pedra Fendida. El trazado real seguía necesitando una revisión específica, sobre todo en los tramos antiguos que ya no aparecían con claridad en los planos actualizados.
Elena señaló la bomba.
—¿Con qué frecuencia arranca?
—Depende.
—¿De qué?
—De lo que entre.
—¿Solo del trabajo que hagáis dentro?
Samuel negó.
—También de la infiltración.
—¿Marea?
—Puede influir.
Elena levantó la vista.
—¿Cuánto?
—No sabría decirte. Estamos cerca del agua y hay momentos en que entra más. Nunca me he puesto a relacionarlo con una tabla de mareas.
La bomba volvió a arrancar.
Esta vez Elena estaba esperando.
Desde allí, los primeros impulsos se oían con claridad: el golpe de la membrana, una vibración breve transmitida por la estructura y una pausa desigual antes de que el ciclo continuara.
El ruido no era idéntico al que recordaba del vídeo de Xoán.
Allí el micrófono había estado lejos o cubierto por ropa, había otros sonidos superpuestos y la acústica podía haberlo deformado.
Pero la cadencia se parecía.
Lo suficiente para justificar una comparación.
Iria se acercó.
—¿Es eso?
La pregunta resultaba demasiado directa delante de Samuel.
Elena no apartó la atención del foso.
—Es una bomba.
Samuel miró de una a otra.
—¿Buscáis alguna en concreto?
Iria dejó que Elena respondiera.
—Tenemos una grabación con ruido mecánico de fondo.
—¿De dónde?
—Eso estamos intentando averiguar.
Samuel pareció pensarlo un instante.
—Pues aquí tenéis máquinas para aburrir.
La frase sonó natural. Elena no encontró motivo para darle otro significado.
—¿Esta bomba tiene registro de funcionamiento?
—Supongo.
—¿Supone o lo sabe?
Samuel se encogió ligeramente de hombros.
—El cuadro registra alarmas y ciclos. No sé cuánto tiempo guarda el histórico.
—¿Podemos verlo?
—Ahora mismo no sé si desde aquí. El control está en el armario eléctrico.
Iria intervino.
—No hace falta tocar nada todavía.
Elena agradeció la decisión. Si existía un histórico, prefería que se extrajera de forma documentada y no mediante una consulta improvisada con Samuel abriendo menús delante de ellas.
La bomba se detuvo de nuevo.
—¿Cuánto tiempo lleva instalada? —preguntó Elena.
—Años.
—¿La misma bomba?
—Se cambió una vez, pero el sistema es antiguo.
—¿Cuándo se sustituyó?
Samuel pensó.
—Dos años, quizá algo más.
—Necesitaré el parte.
—Si existe, estará archivado.
Elena volvió a mirar el foso.
En su primera visita a Nave 4 también había oído una bomba.
Entonces apenas le había prestado atención.
Habían ido a comprobar drenajes, limpiezas y la relación histórica con Pedra Fendida, y el arranque de una máquina de achique dentro de un espacio portuario había sido tan ordinario que no mereció más que una pregunta rápida.
Ahora el sonido llegaba después de haber escuchado cuarenta y siete segundos grabados por Xoán el día de su muerte.
Eso cambiaba la atención de Elena.
No el valor de la prueba.
—¿Podéis dejar la rejilla como estaba?
Samuel la bajó con ayuda del agente.
Continuaron la visita.
El depósito intermedio estaba en una estancia contigua, protegido por un cerramiento metálico.
Samuel explicó que recogía mezclas procedentes de determinadas operaciones de limpieza y mantenimiento antes de su retirada o tratamiento.
La instalación permitía aislar entradas según el trabajo, aunque algunas modificaciones antiguas no figuraban con detalle en el plano que Elena llevaba.
—Esto es justo lo que necesito documentado —dijo.
Samuel miró el esquema.
—Habrá planos viejos.
—Los quiero también.
—Tendré que buscarlos.
Iria tomó nota.
Elena recorrió con la vista las conducciones. Algunas estaban identificadas con etiquetas recientes; otras conservaban pintura desgastada y cambios de diámetro que delataban reformas sucesivas. Una instalación modificada durante años no siempre podía entenderse a partir de un solo plano.
—¿Esta línea? —preguntó.
Samuel siguió su dedo.
—Lavado.
—¿A dónde va?
—Al colector interior.
—¿Y esta otra?
—Esa es más vieja. Creo que se dejó fuera de servicio.
—¿Crees?
Samuel se acercó.
—No la usamos.
Elena observó la válvula. No parecía reciente, aunque tampoco mostraba nada que permitiera afirmar un uso actual.
—¿Está anulada físicamente?
—Tendría que mirarlo desde el otro extremo.
—Entonces la anotamos como línea antigua sin uso declarado.
Samuel la miró un segundo.
—Vale.
Elena siguió adelante.
No quería que toda la visita empezara a girar alrededor de la bomba.
La semejanza auditiva podía ganar peso simplemente porque la había escuchado después de conocer el vídeo.
Necesitaba saber si otros equipos del puerto producían una cadencia parecida, si el patrón de aquel sistema tenía características comparables y, sobre todo, si existía una forma independiente de relacionar sus ciclos con el momento en que Xoán había estado allí.
El sonido regresó casi veinte minutos después.
Para entonces estaban fuera de Nave 4, junto a uno de los accesos laterales. Llegó más amortiguado, aunque Elena reconoció los pulsos.
Se volvió hacia Iria.
—¿Lo oyes desde aquí?
—Sí.
—En el vídeo parece más lejano que cuando estábamos junto al foso.
—También puede haber una pared entre la cámara y la bomba.
—O puede ser otra máquina.
Iria asintió.
Samuel estaba unos metros por delante hablando con el agente y no parecía escuchar la conversación.
—¿Quieres que grabemos una muestra? —preguntó la teniente.
Elena lo pensó.
—Sí, pero no con un móvil sin más.
—¿Por qué?
—Porque, si después queremos comparar, necesitamos saber dónde estaba el micrófono, la distancia, las condiciones y qué estaba haciendo la bomba. Y aun así solo será una referencia.
—Puedo pedir que venga alguien.
—Mejor.
Iria sacó el teléfono.
—¿El técnico de audio de ayer?
—Sí. Y quiero también a Xabier.
—¿Para la bomba?
—Para la marea.
Iria dejó de marcar un instante.
—¿Ya estás relacionándolo?
—Estoy preguntándome si existe relación.
Elena señaló la nave.
—Samuel dice que la entrada al foso puede variar con la marea. Si la bomba se activa por nivel y existe un registro de funcionamiento, quizá podamos saber si algunos ciclos dependen de esa infiltración.
—Y cruzarlo con el vídeo.
—Si antes podemos sostener que el sonido es compatible.
—Eso podría darnos una hora.
—Una ventana.
Iria sonrió apenas.
—Siempre una ventana.
—La hora exacta no está en el archivo.
Volvieron al interior.
Samuel las esperaba junto a la salida de la nave.
—¿Necesitáis algo más?
Elena miró el reloj. Llevaban allí más de una hora.
—Los planos antiguos, si los encuentras. Los partes de sustitución y mantenimiento de la bomba de achique. Y cualquier documentación del sistema de control.
—Eso son bastantes papeles.
—Sí.
Samuel miró a Iria.
—¿Los queréis por requerimiento?
—Te diremos cómo entregarlos —respondió la teniente—. De momento, no manipules ni borres registros del sistema.
El tono cambió ligeramente la escena. Samuel dejó de comportarse únicamente como un técnico que ayudaba a una perita y prestó más atención a Iria.
—No iba a borrar nada.
—Perfecto.
No hubo más.
En el exterior, el viento había aumentado y levantaba pequeñas gotas desde la superficie del puerto.
Elena se detuvo antes de llegar al coche.
Desde allí, Nave 4 parecía una construcción corriente entre talleres, almacenes y embarcaciones.
Nada en su aspecto exterior la distinguía de otros lugares donde Xoán podía haber trabajado aquel día.
Sacó el teléfono.
Tenía guardada una copia de trabajo del audio que Iria le había autorizado a escuchar. No la reprodujo.
—Quiero volver dentro cuando esté el técnico.
—¿Hoy?
—Si puede.
Iria hizo una llamada.
El técnico tardaría alrededor de una hora.
Xabier, algo más.
Durante ese tiempo, Elena y la teniente se instalaron en una cafetería cercana al puerto con las notas de la visita. Elena evitó escuchar una y otra vez el vídeo. La memoria auditiva podía deformarse con facilidad, sobre todo después de haber encontrado un sonido que parecía encajar.
En lugar de eso escribió dos descripciones por separado.
Primero, lo que había oído en el archivo de Xoán: impulsos mecánicos irregulares, secuencias separadas por pausas, ruido amortiguado y fuente sin identificar.
Después, lo que había escuchado en Nave 4: bomba de diafragma, funcionamiento automático por nivel, ciclos pulsantes, pausas variables y transmisión del sonido a través de la estructura.
Iria leyó ambas.
—Se parecen bastante.
—Descritas así, sí.
—¿Y eso te preocupa?
—Me preocupa que las haya escrito la misma persona después de oír las dos cosas.
Iria dejó la hoja sobre la mesa.
—Entonces que compare otro.
—Eso quiero.
El técnico llegó a Porto do Corvo poco después de las cinco.
No necesitó conocer la hipótesis de Elena. Iria le explicó que debían registrar el funcionamiento de una bomba y comparar después sus características generales con una grabación previa. Preparó un micrófono y pidió que nadie manipulara el sistema para obligarlo a arrancar.
Esperaron.
Pasaron casi doce minutos sin que ocurriera nada.
Samuel ya no estaba con ellos. Iria había preferido que un operario de turno les facilitara el acceso mientras él buscaba la documentación solicitada.
—¿Y si no arranca? —preguntó Iria.
—Esperamos un poco más.
—Qué emocionante.
Elena sonrió.
Cinco minutos después, la bomba se activó.
El técnico levantó una mano para pedir silencio.
La secuencia llenó la nave con los mismos golpes separados que Elena había oído por la tarde. El micrófono registró el ciclo completo hasta que el nivel descendió y el sistema se detuvo.
—¿Otra vez? —preguntó Iria.
—Si arranca sola, sí —dijo el técnico—. Cuantas más muestras naturales tenga, mejor.
Registraron dos ciclos.
Después salieron.
Xabier llegó cuando la luz empezaba a caer sobre el puerto. Elena le explicó únicamente el funcionamiento que Samuel había descrito y le enseñó la posición aproximada del foso respecto al muelle.
—Si hay infiltración marina, puede variar con la marea —dijo él—. Pero no asumiría una relación directa sin ver niveles y registros.
—Eso es lo que necesito.
—¿Tenéis los ciclos de la bomba?
—Los hemos pedido.
—Entonces, cuando lleguen, puedo compararlos con las mareas de esos días.
—Sobre todo con el día de la muerte de Xoán.
Xabier la miró.
—¿Por el vídeo?
Elena asintió.
Iria ya le había adelantado que existía una grabación.
—La cámara no nos da una hora fiable —dijo Elena—. Si el sonido fuera esta bomba y su funcionamiento dependiera de una condición ligada a la marea, quizá podamos estrechar el momento.
Xabier no se dejó llevar por la idea.
—Son dos «si».
—Lo sé.
—Primero sonido. Después funcionamiento. Después marea.
—En ese orden.
—Bien.
Elena agradeció que no intentara avanzar más deprisa.
El técnico guardó el equipo y se llevó las muestras para compararlas con el archivo original preservado por la Guardia Civil.
No prometió una identificación. Solo dijo que podría valorar semejanzas de patrón, frecuencias dominantes y características del ciclo, teniendo en cuenta que las condiciones acústicas de ambas grabaciones eran distintas.
Cuando terminó, Iria cerró la furgoneta en la que habían transportado el material.
—¿Qué necesitas mañana?
Elena repasó lo que todavía faltaba.
—El análisis de audio. Los registros de activación de la bomba, si existen. Las mareas del día de la muerte y de algún día de control. Y saber exactamente qué entra al foso y desde dónde.
—¿Todo para saber si Xoán estuvo aquí?
—Para saber si el vídeo pudo grabarse aquí.
Iria la miró.
—¿No es lo mismo?
—Todavía no.
Xoán ya estaba situado en Porto do Corvo aquella tarde por otros datos. El vídeo podía convertirse en algo mucho más preciso: una grabación hecha dentro o junto a Nave 4 después de la hora a la que Samuel afirmaba que se había marchado.
Pero todavía no tenían eso.
Elena abrió el cuaderno y añadió bajo las anotaciones del día anterior:
«Nave 4: bomba de diafragma automática por nivel. Cadencia auditivamente similar.»
Debajo escribió:
«Comparar. No identificar todavía.»
Guardó el cuaderno.
La semejanza ya justificaba la siguiente prueba.
Nada más.