La mentira del mar (Las huellas de la tierra 3) Capítulo 29
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Capítulo 29

El vídeo duraba cuarenta y siete segundos y, visto sin contexto, no parecía contener nada útil.

Elena lo reprodujo por tercera vez mientras Iria permanecía de pie junto a la mesa.

La imagen temblaba ligeramente, enfocaba mal y durante casi todo el tiempo mostraba una superficie de hormigón mojado, la parte inferior de una pared y una manguera oscura cruzando el suelo.

En dos momentos apareció algo en el borde del encuadre, quizá una bota o la pierna de alguien, pero desapareció antes de que pudiera distinguirse con claridad.

No había un rostro ni una discusión. Ni siquiera resultaba evidente por qué Xoán había empezado a grabar.

—Otra vez —dijo Elena.

Iria pulsó el inicio.

El archivo había aparecido durante la revisión forense del disco externo que Berta entregó días atrás.

No estaba oculto ni protegido. Había quedado entre copias parciales de vídeos, fotografías técnicas y carpetas de trabajos portuarios, con un nombre automático que no permitía distinguirlo de decenas de archivos semejantes.

Hasta que la Guardia Civil cruzó las fechas con los últimos días de Xoán, nadie había tenido motivos para detenerse en aquellos cuarenta y siete segundos.

Elena volvió a mirar.

Primero, un movimiento brusco. Después, el suelo, una franja de pared baja y gris con humedad cerca de la base, la manguera y, al fondo, una estructura metálica desenfocada que podía ser casi cualquier cosa.

En el segundo diecinueve la cámara pareció elevarse un poco. La imagen barrió una zona más amplia y durante un instante apareció un espacio despejado antes de volver a caer hacia el suelo.

—Páralo ahí.

Iria obedeció.

La imagen congelada empeoraba lo que ya era malo. Los píxeles convertían los bordes en manchas y una fuente de luz situada fuera de cuadro quemaba parte del fondo.

—¿Qué ves? —preguntó la teniente.

—Todavía no lo sé.

Elena se acercó.

Había algo parecido a un zócalo o un murete de obra, una conducción flexible y quizá el lateral de algún equipo. Podía ser una zona portuaria, un almacén, un pantalán cubierto o cualquier espacio de mantenimiento expuesto al agua.

—¿Podría ser Pedra Fendida? —preguntó Iria.

—No con lo que vemos.

—¿El interior de la conducción?

—No me parece.

—¿Por qué?

—Parece haber demasiado espacio y el suelo da la impresión de ser transitable. Pero con esta imagen ni siquiera afirmaría eso.

Iria dejó que el vídeo continuara.

En el segundo treinta y uno hubo un movimiento rápido. Algo pasó delante del objetivo. La imagen perdió por completo el foco y durante un instante quedó casi tapada. Después volvió el hormigón.

El vídeo terminó sin transición.

Elena se apartó de la pantalla.

—¿Eso es todo?

—Todo.

—¿De dónde lo han recuperado exactamente?

Iria abrió el informe preliminar del análisis digital.

—Del disco de Xoán. Había una copia dentro de una carpeta de descarga de la cámara que utilizaba para algunos trabajos. El original ya no está en la tarjeta que apareció con sus cosas.

—¿Borrado?

—Todavía no pueden decirlo. La tarjeta se reutilizó bastante. Puede haberse sobrescrito.

—¿Y la copia del disco?

—Íntegra.

Elena tomó el informe.

La fecha correspondía al día en que Xoán había muerto.

La hora era otra cuestión.

—Aquí pone que el reloj de la cámara no era fiable.

—Eso dice informática.

—¿Hasta qué punto?

Iria consultó otra página.

—Había sufrido una pérdida de alimentación días antes. Después del cambio de batería, el reloj interno quedó mal configurado. En varios archivos aparece una hora que no coincide con trabajos cuya cronología conocemos por otras vías.

—¿Y el día?

—Ese pueden sostenerlo mejor. Por el orden de los archivos, la carpeta de copia y otros vídeos tomados con la misma cámara aquel día. Lo que no pueden hacer es decir que esto se grabó a la hora que figura dentro del archivo.

Elena volvió a mirar la pantalla.

—Entonces tenemos fecha, no hora.

—De momento.

—¿Berta conocía el vídeo?

—Dice que no.

—¿Lo ha visto?

—Todavía no. Preferí enseñártelo primero por si reconocías algo del entorno.

Elena negó.

—No voy a reconocer un lugar por una pared húmeda.

Iria sonrió apenas.

—Por probar.

—Podemos enseñárselo después. Ella conoce mejor los trabajos de Xoán.

Reprodujeron el archivo una cuarta vez.

Esta vez Elena dejó de mirar el centro y se fijó en los bordes. La cámara no parecía estar montada. El encuadre cambiaba con demasiada libertad. Xoán probablemente la llevaba en la mano o colgada de alguna forma que no la mantenía orientada hacia aquello que pretendía registrar.

—¿Crees que estaba grabando a propósito? —preguntó Iria.

—No puedo saberlo.

—La cámara estaba encendida.

—Eso sí.

—¿Por qué iniciar una grabación y apuntar al suelo?

Elena miró el último fotograma.

—Puede haberla activado sin colocarla bien. Puede haber querido registrar sonido. Puede haber empezado a grabar antes de entrar en algún sitio. O simplemente llevarla encendida mientras hacía otra cosa.

—Muchas posibilidades.

—Porque la imagen permite muchas.

Iria se sentó.

—Quería que eligieras una.

—Todavía no tengo una mejor que las demás.

Elena volvió a reproducir el vídeo, esta vez con el volumen algo más alto.

Hasta entonces había prestado más atención a la imagen porque era lo que parecía exigir el archivo.

Al elevar el sonido aparecieron capas que antes se confundían con ruido general: roce de ropa o plástico cerca del micrófono, algún golpe amortiguado, agua en un punto cercano y un sonido mecánico que entraba y desaparecía bajo el resto.

Dejó correr los cuarenta y siete segundos.

—¿Qué es eso?

Iria miró la pantalla.

—¿Qué?

—El ruido de fondo.

Volvieron al principio.

Durante los primeros segundos apenas se distinguía. Después aparecía una sucesión irregular, una especie de funcionamiento a pulsos que no llegaba a convertirse en un zumbido continuo. Sonaba durante unos instantes, aflojaba y reaparecía.

—Puede ser cualquier máquina —dijo Iria.

—Sí.

Elena subió un poco más el volumen.

Había pasado por demasiados espacios industriales y portuarios durante aquella semana como para sorprenderse por el ruido de un motor. Bombas, compresores, ventilación, herramientas eléctricas y sistemas de achique formaban parte de aquellos lugares.

Aun así, la cadencia era peculiar: irregular, distinta del funcionamiento continuo de un motor estable.

—¿Informática ha limpiado el audio? —preguntó.

—Solo una copia básica. No querían modificar demasiado antes de preservar el original.

—Bien.

—¿Quieres que lo analicen?

—Quiero saber primero si merece la pena.

Iria señaló la pantalla.

—Lo acabas de escuchar cuatro veces.

—Porque todavía no sé qué estoy escuchando.

Elena volvió al fotograma del segundo diecinueve.

La manguera podía pertenecer a un sistema de lavado. El suelo mojado también. La pared baja no decía nada y el sonido, aislado, tampoco.

Lo importante era no asignar el vídeo a Porto do Corvo simplemente porque ya sabían que Xoán había estado allí. Si empezaban por la conclusión, cualquier tubería se convertiría en la correcta y cualquier máquina en la que necesitaban encontrar.

—Quiero que Berta lo vea —dijo—. Pero sin decirle dónde creemos que puede estar.

—De acuerdo.

—Y quizá Antón después, si hay algo del equipo o del tipo de instalación que reconozca.

—¿Del equipo de buceo?

—O de instalaciones portuarias. Ha trabajado en suficientes como para saber si algo resulta común o extraño.

Iria tomó nota.

Elena siguió escuchando los últimos segundos.

El sonido mecánico regresaba cerca del final. Dos o tres impulsos, una pausa y otra secuencia algo más larga. No sabía si procedía de la misma estancia, del otro lado de una pared o incluso del exterior.

—¿Hay voces?

—Nada inteligible.

—¿Ni una?

—Los técnicos creen que puede haber voz humana en dos momentos, pero no pueden recuperar ninguna palabra con fiabilidad.

Iria abrió el audio por separado.

Un espectrograma ocupó la pantalla. Elena lo observó sin fingir que podía interpretar más de lo que sabía.

—Esto ya se sale de mi campo.

—El técnico puede venir esta tarde.

—Sí. Pero quiero darle una pregunta concreta.

—¿Cuál?

Elena volvió a escuchar.

—Si ese sonido responde a un funcionamiento continuo o a activaciones separadas.

—¿Qué diferencia hace?

—Un motor continuo puede funcionar durante horas y no decirnos nada sobre el momento. Algo que se activa por ciclos puede depender de una condición concreta.

Iria siguió la idea.

—Nivel de agua.

—Por ejemplo. O presión. O algún automatismo.

—O alguien encendiéndolo.

—También.

Elena cerró el archivo.

Todavía era pronto.

Al mediodía, Berta llegó a las dependencias de la Guardia Civil.

No preguntó por qué la habían llamado. Desde que la investigación había cambiado de naturaleza, parecía haber dejado de intentar anticipar cada noticia.

Iria le explicó únicamente que habían encontrado un vídeo entre las copias de trabajo de Xoán y querían saber si reconocía algo.

—¿Es del día que murió?

—Sí —respondió Iria.

Berta miró la pantalla.

Elena observó su reacción mientras empezaba la reproducción.

No hubo sobresalto, solo atención.

Cuando terminó, Berta frunció el ceño.

—No sé qué estoy viendo.

—Eso nos pasa también —dijo Elena.

Lo reprodujeron otra vez.

—¿Reconoces la manguera?

—No.

—¿La pared?

Berta negó.

—Podría ser cualquier sitio donde trabajara.

—¿Y la cámara?

—La pequeña. La llevaba muchas veces.

—¿Grababa trabajos completos?

—A veces. O trozos. Si quería acordarse de una pieza o enseñar luego algo al cliente.

—¿También grababa sin enfocar lo que le interesaba?

Berta miró a Elena.

—Sí. Bastante. Xoán no hacía vídeos bonitos. La encendía y luego se olvidaba de que la llevaba.

La mala orientación perdía así parte de su aparente significado. No implicaba que la grabación fuera clandestina ni que Xoán estuviera ocultando la cámara.

—¿Reconoces algún sitio? —preguntó Iria.

Berta pidió verlo una tercera vez.

—No.

Elena subió el volumen.

—Escucha el fondo.

Berta acercó un poco la silla.

El sonido mecánico apareció.

—Eso sí me suena.

Elena levantó la vista.

—¿A qué?

Berta volvió a escucharlo.

—No sé. A cosas del puerto.

Iria esperó.

—Bombas, supongo —añadió Berta—. Xoán trabajaba entre ese ruido todo el día.

—¿Una bomba concreta?

—No.

La pista recuperaba su tamaño real.

Un sonido familiar para alguien del sector no identificaba un lugar.

—¿Xoán solía grabar audio de máquinas para diagnosticarlas?

—Alguna vez. Si un cliente decía que algo hacía un ruido raro, podía mandarlo a alguien que supiera más.

—¿Y esa vez?

—No tengo ni idea.

Berta señaló la pantalla.

—¿Esto demuestra dónde estaba?

—Todavía no —dijo Elena.

—¿Pero creéis que tiene que ver con su muerte?

Iria respondió.

—Sabemos que el archivo es del mismo día. Por ahora, nada más.

Berta miró otra vez la imagen detenida.

—¿Y si es simplemente uno de sus trabajos?

—También puede serlo.

Esa posibilidad debía permanecer abierta hasta que pudieran descartarla.

Después de que Berta se marchara, Elena volvió al informe digital.

La Guardia Civil ya estaba cruzando los archivos de Xoán con la cronología de aquel día.

Los vídeos anteriores correspondían a trabajos identificables.

Uno era del barco de Óscar. Otro mostraba una revisión subacuática antigua que Xoán había copiado a la misma carpeta.

El archivo de cuarenta y siete segundos quedaba entre ambos bloques sin ninguna etiqueta útil.

—¿Podemos saber si se grabó después del trabajo de Óscar? —preguntó.

Iria señaló la limitación horaria.

—Con el reloj de la cámara, no.

—¿Por el orden de archivos?

—Eso están mirando.

—El nombre es secuencial.

—Sí, pero Xoán copiaba cosas de varias tarjetas y algunas numeraciones se reinician.

Elena apoyó los brazos en la mesa y observó las miniaturas.

La grabación no les daba un culpable ni siquiera un lugar. Pero existía antes de que nadie empezara a construir una hipótesis alrededor de la muerte de Xoán. Él mismo la había guardado, quizá sin saber que aquellos segundos acabarían examinados por otras personas.

Elena abrió el cuaderno y anotó únicamente lo que podían sostener.

«Vídeo · día de la muerte.»

Debajo:

«Imagen: hormigón mojado / pared baja / manguera / movimiento.»

Y una tercera línea:

«Audio mecánico intermitente. Origen sin identificar.»

Dejó espacio bajo las tres anotaciones.

Iria leyó por encima.

—¿Nada de Porto do Corvo?

—Todavía no.

—Estuvo allí.

—Eso lo sabemos por otras vías. El vídeo tiene que ganarse el lugar por sí mismo.

Iria cerró la carpeta digital.

—Entonces mañana volvemos al puerto.

Elena miró una vez más el fotograma detenido.

—Sí. Pero no para buscar esta pared.

—¿Qué buscamos?

—Nada concreto al principio.

Iria arqueó una ceja.

—Eso no suena muy eficiente.

—Si entramos buscando que el vídeo sea de Porto do Corvo, lo encontraremos aunque no lo sea. Prefiero volver a mirar las instalaciones y escuchar.

La palabra quedó en el aire porque, por primera vez desde que habían abierto el archivo, era la parte de la grabación que más le interesaba.

La imagen mostraba poco.

El sonido quizá todavía no habían aprendido a escucharlo.