Capítulo 28
Las cifras empezaron a repetirse antes de que Elena encontrara una explicación para ellas.
Habían extendido sobre dos mesas la documentación de Porto do Corvo correspondiente a los últimos catorce meses.
Iria había conseguido copias completas de los partes internos de mantenimiento, justificantes de retirada, facturas de gestores externos y órdenes de servicio que hasta entonces habían llegado de forma fragmentaria.
Elena trabajaba con una hoja propia en la que reducía cada documento a cinco datos: qué trabajo se había hecho, qué residuo podía haber generado, dónde constaba almacenado, cuándo figuraba como retirado y qué cantidad terminaba facturándose.
Durante la primera hora, el resultado parecía más desordenado que sospechoso.
Un puerto pequeño no tenía por qué llevar sus registros como una instalación industrial sometida a otra rutina documental.
Había trabajos realizados por personal propio, otros encargados fuera, residuos acumulados durante varios días antes de su retirada y conceptos facturados conjuntamente.
Compararlo línea por línea con Conservas Carballo habría producido diferencias incluso si todo se hubiera hecho correctamente.
Por eso Elena dejó de buscar documentos idénticos y empezó a buscar continuidad.
—¿Qué necesitas que cuadre exactamente? —preguntó Iria.
—No una cifra perfecta. Una cadena que tenga sentido.
Señaló un servicio de limpieza en una zona de mantenimiento.
El parte interno describía el trabajo y mencionaba la recogida de agua contaminada del suelo.
Tres días después aparecía una factura de un gestor externo por una mezcla oleosa.
Entre ambos documentos faltaba el registro que permitiera saber cuánto se había almacenado temporalmente, pero la secuencia era posible.
—Esto puede estar mal documentado y ser real.
Marcó la línea con lápiz, sin destacarla como anomalía.
Más abajo había otro servicio parecido. Esta vez constaba una cantidad estimada en el parte interno, una retirada externa superior y una factura que agrupaba aquel residuo con otros trabajos de la semana.
—También puede explicarse —dijo Iria.
—Sí.
La tercera entrada era distinta.
Figuraban una limpieza de equipos, una retirada de mezcla oleosa y un servicio ambiental facturado como apoyo externo. El problema aparecía al buscar el origen: no existía un parte interno de trabajo que justificara el volumen retirado ni una anotación previa de almacenamiento.
Iria se inclinó sobre la hoja.
—Puede faltar el parte.
—Puede.
Elena marcó la línea con otro símbolo.
Dos meses después apareció una combinación semejante.
Luego otra.
La lluvia golpeaba de forma irregular los cristales de la sala.
Desde allí apenas veían una franja gris del cielo y el patio húmedo de las dependencias, pero Elena llevaba ya suficientes días en Porto Xabre para imaginar el agua bajando por los muelles, mezclándose con sal, grasa y suciedad antes de alcanzar las rejillas.
En un puerto, el agua de limpieza no era una abstracción contable.
Tenía volumen, arrastraba materiales y necesitaba acabar en algún sitio.
Volvió a la tabla.
—¿Cuántas llevamos?
Iria contó las marcas.
—Siete sin soporte completo.
—De momento.
—¿En catorce meses?
—Sí.
—¿Eso ya es mucho?
Elena negó.
—Solo significa que faltan documentos o que todavía no los hemos encontrado.
Siguieron.
La diferencia empezó a cambiar de forma cuando dejaron de mirar únicamente las retiradas y añadieron las órdenes de mantenimiento.
Había semanas con trabajos capaces de generar más residuo del que después constaba almacenado.
En otras sucedía lo contrario: aparecían retiradas externas de volúmenes que los registros internos no permitían reconstruir.
Una diferencia aislada podía deberse a una estimación. Varias también.
Lo difícil era explicar por qué el desajuste cambiaba de sentido según el documento.
Elena agrupó los datos por periodos de dos meses y pidió a Iria una calculadora.
—¿Vas a sacar balances?
—Aproximados. No quiero fingir una precisión que estos papeles no tienen.
Usó intervalos cuando las cantidades eran estimadas y separó los residuos claramente identificados de las mezclas descritas de forma genérica.
Incluso con ese margen, la secuencia no mejoró.
Las retiradas facturadas por el gestor externo superaban en varios periodos lo que el puerto podía respaldar con sus registros de almacenamiento; en otros, los trabajos documentados sugerían una generación de residuos que no reaparecía después en ninguna salida externa.
Iria siguió el cálculo desde el otro lado de la mesa.
—Entonces unas veces sobra residuo en las facturas y otras falta.
—En los papeles.
—Eso no puede ser las dos cosas a la vez.
—Sí puede, si estamos mezclando errores distintos.
Elena apartó la calculadora.
Un sistema desordenado podía producir exactamente aquel aspecto: partes incompletos, estimaciones deficientes, conceptos agrupados, anotaciones retrasadas. Necesitaban algo que permitiera distinguir el desorden de un patrón.
Buscó las fechas.
—Vamos a quitar los importes.
Iria levantó la vista.
—¿Por qué?
—Porque el dinero quizá nos está haciendo mirar donde no toca.
Ordenaron los servicios únicamente por día, tipo de trabajo y retirada asociada. Sin cantidades económicas, la secuencia resultaba más sencilla.
Algunos servicios externos aparecían después de mantenimientos importantes, como cabía esperar.
Otros figuraban en días sin ningún trabajo previo que los justificara.
Y había una tercera categoría: trabajos internos documentados para los que no aparecía una retirada equivalente en los días siguientes.
Elena anotó las tres posibilidades en la cabecera y empezó a clasificar.
La distribución dejó de parecer aleatoria.
—Mira los meses de invierno.
Iria acercó la silla.
—Hay más trabajos.
—Y más diferencias.
—Puede deberse a que haya peor tiempo y más mantenimiento.
—Puede.
Elena revisó el resto.
—Pero no aumentan todos los documentos de la misma forma. Aumentan las órdenes de servicio y las facturas externas. Los registros intermedios no lo hacen en la misma proporción.
—¿Qué implica?
—Que el volumen de trabajo que se factura y el que podemos seguir físicamente no guardan una relación estable.
Iria permaneció callada mientras Elena comprobaba otra vez los periodos.
Era una formulación menos satisfactoria que «hay facturas falsas», pero era la que podían sostener.
De momento.
Encontraron el nombre de Leira Servizos Subacuáticos cerca del mediodía.
No era la primera vez que aparecía en la documentación. Ya sabían que dos servicios del puerto figuraban asociados a la empresa de Xoán sin respaldo en los registros de Berta. Esta vez, al disponer de un conjunto mayor, podían ver dónde encajaban.
Una de las órdenes describía la comprobación de una conducción sumergida y la limpieza de un acceso. La empresa de Xoán figuraba como apoyo técnico.
—Esta era una de las que Berta no reconocía —dijo Iria.
—Sí.
La fecha coincidía con la revisada días atrás.
Elena buscó los documentos asociados.
Había una factura de mantenimiento general, un parte de intervención y una referencia posterior a retirada de residuo líquido. Ninguno llevaba una firma inequívoca de Xoán. El nombre comercial aparecía incluido dentro de la descripción, como si su participación hubiera formado parte del trabajo.
—¿Puede ser un error de facturación? —preguntó Iria.
—Una vez, sí.
—¿Y dos?
—También.
Elena encontró el segundo servicio.
El formato era diferente, pero el problema se repetía: Leira Servizos aparecía como apoyo en una certificación interna que Berta no tenía registrada. En la contabilidad de la empresa tampoco constaba ningún ingreso por aquel trabajo.
—Si utilizaron su nombre sin que estuviera allí, ya no hablamos solo de una retirada de residuos mal apuntada —dijo Iria.
—Todavía hay que demostrar que no estuvo.
—Berta dice que no.
—Berta dice que no existe respaldo en la empresa. No es exactamente lo mismo.
Iria aceptó la corrección.
Elena comparó las fechas con la agenda conocida de Xoán. Una coincidía con un trabajo documentado en otro puerto durante parte de la jornada. No bastaba para descartar cualquier presencia posterior, pero reducía el margen. La otra continuaba abierta.
—Pedid movimientos de la furgoneta y teléfonos si podéis. Y cualquier correo o parte que supuestamente generara Leira Servizos.
—Lo haré.
En el margen de una de las órdenes figuraba una referencia de validación interna.
Elena reconoció el departamento antes de encontrar el nombre.
Mantenimiento.
—¿Quién gestionaba esto?
Iria revisó la relación de responsabilidades que habían recibido de Porto do Corvo.
—Samuel Pardo era el responsable de mantenimiento.
El nombre no cambió de inmediato la lectura de Elena. Samuel aparecía de forma natural en buena parte de los documentos porque ese era precisamente su trabajo. También había sido quien les explicó la red de drenaje, las limpiezas recientes y las intervenciones auxiliares durante la visita a Nave 4.
—¿Firmaba personalmente?
—Aquí no.
La validación correspondía al área, con un código interno.
—Entonces no le atribuyamos el documento.
—No lo hago.
Iria siguió revisando.
—Pero estaba bajo su responsabilidad.
—Eso sí.
La diferencia importaba. Un responsable podía desconocer un error administrativo, una factura emitida por otra persona o una carga incorrecta en el sistema. Si convertían cada documento del departamento en un acto personal de Samuel, estarían construyendo una conclusión con demasiada facilidad.
Elena buscó qué documentos llevaban realmente su nombre.
Aparecieron varios partes de mantenimiento ordinario, autorizaciones de acceso y dos solicitudes a proveedores. Nada, por sí solo, resultaba irregular. Samuel había trabajado allí durante años y era lógico que dejara rastro.
Una de las solicitudes correspondía a la limpieza de un depósito intermedio.
Elena se detuvo.
—¿Qué depósito es este?
Iria leyó la referencia.
—No lo sé.