La mentira del mar (Las huellas de la tierra 3) Capítulo 27
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Capítulo 27

Óscar había mentido sobre el motivo de la inspección, pero las cámaras no mentían sobre el tiempo.

Iria había reunido en una sola pantalla las imágenes del acceso al muelle, el registro de apertura del almacén y dos secuencias recuperadas de una cámara interior.

La calidad seguía siendo mediocre, aunque ya no necesitaban distinguir rostros.

Bastaba con reconocer vehículos, posiciones y movimientos.

Elena se sentó a su lado.

—¿Lo habéis cuadrado todo?

—Casi. Quería que vieras la secuencia antes de cerrar esta parte.

En la primera grabación, la furgoneta de Xoán entraba a las 16:12. Aquello ya lo conocían. Diecinueve minutos después volvía a aparecer camino de la salida.

Iria detuvo la imagen.

—Dieciséis treinta y uno.

—Con el desfase corregido.

—Sí.

La siguiente cámara cubría parte de la puerta del almacén.

Óscar entraba poco después de que Xoán se marchara y volvía a salir varios minutos más tarde con una caja de herramientas.

El vídeo no permitía saber qué hacía fuera de plano, pero una tercera secuencia lo mostraba de nuevo dentro del recinto.

—¿Hasta cuándo? —preguntó Elena.

—Tenemos imágenes suficientes para situarlo aquí hasta después de las cinco y media.

—¿Sin salir por otro acceso?

—No hay otro para vehículos.

—¿A pie?

—Podría salir por el pantalán o por una puerta lateral, pero no tenemos nada que indique que lo hiciera. Además, dos trabajadores lo sitúan aquí.

Elena revisó las declaraciones impresas que Iria había dejado sobre la mesa. Eran breves y coincidían en lo esencial: Óscar había estado con ellos revisando una pieza del aparejo, después había hablado con un proveedor y más tarde permaneció en la zona del almacén.

No necesitaban reconstruir cada minuto de su tarde. Bastaba con comprobar si existía una posibilidad razonable de que hubiera seguido a Xoán inmediatamente después de la inspección.

Los datos no apuntaban a eso.

—¿A qué hora sabemos que Xoán llega a Porto do Corvo?

Iria consultó otra hoja.

—Todavía tenemos una horquilla, pero encaja bien con el desplazamiento desde aquí.

—¿Y Óscar seguía en el muelle?

—Sí.

Elena pasó a la página siguiente.

La falsa línea había funcionado porque contenía suficientes elementos verdaderos: un trabajo oculto, una mentira inicial, una relación económica no documentada y un hombre que había visto a Xoán pocas horas antes de morir. Mirados desde fuera, podían sostener una sospecha durante bastante tiempo.

Una vez aclarados, sin embargo, dejaban de avanzar.

—Entonces podemos sacarlo del tramo entre el muelle y Porto do Corvo.

—Eso pienso.

—Y tampoco tenemos relación entre Óscar y Pedra Fendida.

—Ninguna que vaya más allá de conocer la zona.

—¿Ni con los documentos de residuos?

—No.

Iria recogió las hojas.

—Quiero hablar con él una vez más. No para preguntarle lo mismo, sino para cerrar exactamente qué sabía de Xoán cuando se marchó.

Elena la miró.

—¿Quieres que esté?

—Sí. Esta vez puede afectar a lo que Xoán llevaba en la cabeza antes de llegar al puerto.

Óscar apareció cuarenta minutos después.

Entró en la sala con menos resistencia que en las entrevistas anteriores.

Llevaba la misma chaqueta impermeable de la primera vez, aunque seca, y se sentó sin esperar a que se lo pidieran.

—¿Qué falta ahora?

Iria giró hacia él una captura de las cámaras.

—Poco.

Óscar miró la imagen.

—Ya os dije que se fue sobre esa hora.

—Y ahora podemos comprobarlo.

—Pues mejor.

El fastidio seguía ahí, aunque había perdido parte de la tensión.

Iria señaló la siguiente captura.

—Después de que Xoán se fuera, tú te quedaste aquí.

—Sí.

—Hasta después de las cinco y media.

—Sí.

—¿Saliste a algún sitio?

—No.

—¿Seguro?

—Seguro.

—Tenemos dos personas que dicen lo mismo.

Óscar se encogió de hombros.

—Entonces ya lo sabéis.

Iria no insistió. Cambió de hoja.

—Quiero que recuerdes los últimos minutos con Xoán.

Óscar frunció el ceño.

—Ya los he contado.

—Cuéntalos otra vez, pero sin hablar del barco. Eso ya está aclarado.

Aquello pareció desconcertarlo.

Elena entendió lo que buscaba Iria. Durante las primeras entrevistas, la inspección clandestina había contaminado todas las respuestas de Óscar. Cada pregunta pasaba por el miedo a la aseguradora. Ahora que ese secreto estaba fuera, podía intentar recordar la despedida sin necesidad de protegerlo.

—Terminó de mirar el eje —dijo Óscar—. Subió, se quitó parte del equipo y me dijo que no veía nada serio.

—¿Se quedó mucho?

—No.

—¿Cinco minutos? ¿Quince?

—Diez, quizá.

—¿Recogió él solo?

—Sí.

—¿Usó el teléfono?

Óscar pensó.

—Creo que miró un mensaje.

—¿Lo respondió?

—No sé.

Elena intervino.

—¿Cambió su actitud después de mirar el teléfono?

Óscar volvió la vista hacia ella.

—No sabría decirte.

—¿Estaba ya de mal humor?

—Sí.

—¿Por la inspección?

—No. Eso estaba bien.

—Entonces ¿por qué?

—Ya os dije que parecía cabreado con otras cosas.

Elena dejó que buscara el recuerdo.

—¿Dijo algo concreto?

—Que tenía que ir al puerto a hablar con alguien.

Iria levantó la vista.

—¿Dijo «al puerto» o «a Porto do Corvo»?

—Porto do Corvo, creo.

—¿Y «hablar con alguien»?

—Eso sí.

Elena escribió la formulación con una marca de incertidumbre.

—¿Sabes con quién?

—No.

—¿Le preguntaste?

—Le dije si tenía otro trabajo.

—¿Qué respondió?

Óscar tardó unos segundos.

—Algo como que ojalá fuera trabajo.

Iria lo miró.

—¿Eso no lo habías contado antes?

—No me acordaba.

Varios días atrás, la respuesta habría podido parecer una revelación oportunista. Elena prefirió valorar primero cuánto peso real tenía.

—¿Estás seguro de que dijo eso?

—Seguro no. Han pasado días.

—Entonces no lo tratemos como una frase exacta.

Óscar pareció agradecer la precisión.

—La idea era esa. Que no iba por un encargo normal.

—¿Estaba preocupado? —preguntó Iria.

—Molesto.

Era la misma descripción que se repetía en quienes habían visto a Xoán durante sus últimos días.

—¿Asustado? —preguntó Elena.

Óscar negó.

—No.

—¿Te pidió que guardaras algo?

—No.

—¿Te dejó documentación?

—No.

—¿Te enseñó fotos?

—No.

—¿Habló de la tubería?

—No.

—¿De residuos?

Óscar pensó.

—Dijo algo de papeles que no cuadraban.

Elena esperó antes de escribir.

—¿Qué papeles?

—No lo sé. Pensé que serían facturas. Él llevaba semanas quejándose de que tardaban en pagarle.

—¿Dijo que fueran suyas?

—No.

—¿Mencionó trabajos que no había hecho?

Óscar negó.

Aquello no añadía una información completamente nueva, pero ayudaba a fijar el estado de Xoán antes de llegar a Porto do Corvo. La cuestión documental ya venía con él.

Iria volvió a las cámaras.

—Después de marcharse, ¿volviste a hablar con él?

—No.

—¿Llamadas?

—No.

—¿Mensajes?

—No.

—¿Cuándo te enteraste de su muerte?

—A la mañana siguiente.

—¿Y por qué ocultaste la inspección cuando hablamos contigo?

Óscar soltó aire.

—Otra vez.

—Una última vez.

Se inclinó sobre la mesa.

—Porque había rozado el barco y no quería meter a la aseguradora.

Xoán me hizo el favor de mirar si había daños.

Cuando murió, pensé que si decía que había estado buceando para mí unas horas antes alguien iba a empezar a preguntarse si el equipo había fallado aquí, si se había golpeado con el casco o si yo había escondido un accidente. Y no quería ese problema.

—Así que negaste el trabajo.

—Sí.

—Aunque sabías que podía ser importante para reconstruir sus últimas horas.

Óscar bajó la vista.

—Sí.

No intentó justificarse.

Elena observó la diferencia con la primera entrevista. Entonces había respondido como alguien empeñado en mantener una versión. Ahora parecía limitarse a asumir las consecuencias de una decisión que sabía equivocada.

—¿La inspección causó algún daño al equipo de Xoán?

Óscar levantó la cabeza.

—No que yo viera.

—¿Tuvo algún problema con el regulador?

—No.

—¿Se quejó del aire?

—No.

—¿Alguna fuga?

—No.

Las respuestas no sustituían el análisis de Antón, pero coincidían con un dato importante: Xoán había terminado aquella inmersión sin mostrar un fallo evidente del equipo.

—¿Lo viste comprobar la botella al salir?

—No.

—¿Escuchaste una fuga?

—No.

Elena dejó el bolígrafo sobre la mesa.

No necesitaba más.

Iria cerró la carpeta.

—Para nosotros, tu mentira queda explicada. Eso no significa que estuviera bien.

—Ya lo sé.

—Si necesitamos algo más, te llamaremos.

Óscar se levantó.

Antes de llegar a la puerta se detuvo.

—¿Sabéis ya qué le pasó?

Iria no respondió de inmediato.

—Sabemos que no fue el accidente que parecía al principio.

Óscar permaneció inmóvil.

—¿Lo mataron?

—Estamos investigando su muerte como posible homicidio.

La expresión de Óscar cambió de una forma que Elena no intentó interpretar. Sorpresa, miedo, quizá la comprensión tardía de por qué cada hora y cada mentira habían adquirido tanto peso.

—Yo no sabía nada.

—Eso es lo que indican por ahora los datos que tenemos —respondió Iria.

Óscar asintió una vez y salió.

Elena esperó a que se cerrara la puerta.

—¿Lo das por cerrado?

Iria volvió a sentarse.

—Como foco principal, sí.

—Yo también.

Óscar seguía formando parte de la cronología porque había sido el último trabajo confirmado de Xoán antes de Porto do Corvo. Pero su mentira tenía una causa verificable y sus movimientos posteriores no invadían el tramo en el que la investigación empezaba a necesitar respuestas.

Iria colocó entonces una carpeta nueva sobre la mesa.

Era mucho más gruesa que la de Óscar.

—Entonces podemos volver a esto.

En la portada figuraban varias referencias a retirada de residuos, mantenimiento, servicios externos y facturas de Porto do Corvo.

Elena abrió la primera hoja.

A un lado tenía las copias que Lidia había facilitado el día anterior: cantidades generadas, fecha de retirada, identificación del gestor, justificante y factura. Una cadena documental sencilla.

En la documentación del puerto, en cambio, el orden era menos limpio.

Algunos trabajos de limpieza tenían una retirada asociada días después. Otros aparecían agrupados. Varias cantidades eran estimadas. Había facturas de servicios ambientales cuyo detalle no permitía saber con facilidad qué volumen real se había retirado ni de qué zona procedía.

Elena pasó varias páginas sin hablar.

—¿Qué ves? —preguntó Iria.

—Que todavía no puedo comparar totales.

—¿Por qué?

—Porque usan criterios distintos según el documento.

Una hoja hablaba de horas de servicio, otra de volumen estimado, otra de retirada de mezcla oleosa y una cuarta reunía varios conceptos bajo una sola línea.

—Primero necesito normalizarlo —dijo—. Trabajo realizado, residuo generado, almacenamiento, retirada y factura. Si no ponemos cada cosa en su sitio, una diferencia puede ser solo una forma distinta de registrar lo mismo.

Iria señaló la documentación de Conservas Carballo.

—Por eso querías esto.

—Sí. No para exigir que el puerto use exactamente el mismo sistema, sino para recordar qué debería poder seguirse si la gestión es real.

Empezaron por los meses que Xoán había revisado antes de morir.

La primera media hora no produjo ninguna cifra espectacular. Aparecieron huecos pequeños, descripciones vagas y varias referencias que necesitaban documentación de respaldo.

En una de ellas figuraba una retirada externa de residuo líquido tras trabajos de mantenimiento.

Elena buscó el justificante.

No estaba en la carpeta.

—Puede faltar la copia —dijo Iria.

—Puede.

Marcó la línea.

En otra aparecía una cantidad retirada superior a la reflejada en el parte interno de almacenamiento temporal.

—También puede haber acumulación de días anteriores.

—Sí.

Otra marca.

Aún no había una prueba de fraude.

Pero, por primera vez desde que Xoán había entrado en la investigación, Elena estaba viendo el mismo tipo de discordancia que él había intentado ordenar.

Continuó pasando hojas.

Óscar ya no necesitaba ocupar espacio en la hipótesis.

Los documentos sí.