La mentira del mar (Las huellas de la tierra 3) Capítulo 26
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Capítulo 26

Lidia Carballo no intentó negar el préstamo.

Elena lo supo antes de sentarse.

La mujer las había recibido en una oficina pequeña situada sobre la zona de producción de la conservera.

A través de una ventana interior se veían tuberías de acero, superficies lavables y parte de una línea detenida mientras dos trabajadores limpiaban el suelo con mangueras.

El olor salino del pescado se mezclaba con detergente y vapor.

Berta había aceptado acompañarla.

No estaba allí para acusar a nadie. Elena le había pedido que acudiera porque conocía los movimientos de Xoán mejor que ella y podía confirmar fechas y cantidades sin obligarlas a reconstruir después cada transferencia.

Iria Castro sabía de la reunión y había autorizado que Elena revisara los aspectos relacionados con su peritación y con los últimos movimientos profesionales de Xoán.

Lidia miró primero a Berta y después a Elena.

—Supongo que vienes por el dinero.

No hubo más saludo del necesario.

—Entre otras cosas —dijo Elena.

—Entonces te ahorro tiempo. Sí, Xoán me prestó dinero. Sí, todavía le debía una parte. Y sí, le pedí que no se lo dijera a mi pareja.

Berta cruzó los brazos.

—Eso ya lo sabemos.

Lidia la miró.

—Tú no lo sabías cuando pasó.

—No.

—Por eso se lo pedí.

La tensión entre ambas tenía más historia de la que Elena conocía, pero no necesitaba reconstruirla entera.

—Quiero entender por qué necesitaste el préstamo.

Lidia apoyó una carpeta sobre la mesa.

—Tuvimos una avería.

—¿En producción?

—En una bomba del circuito de lavado. Nos dejó una zona parada y tuvimos que reparar deprisa antes de perder varios pedidos.

—¿No podía asumirlo la empresa?

—La empresa sí. Yo, en ese momento, no quería que pasara por la empresa.

Berta dejó escapar una respiración seca.

—Eso tiene mucho sentido.

Lidia la ignoró.

—Mi pareja y yo llevábamos semanas discutiendo por inversiones. Él quería aplazar la reparación y trabajar con una solución temporal. Yo no. Pedí presupuestos, vi que podíamos arreglarlo enseguida y busqué el dinero por mi cuenta.

—¿Por qué Xoán?

—Porque era amigo.

Berta la miró de frente.

—Era cliente.

—También amigo.

Elena no sabía cuál de las dos palabras describía mejor la relación. Tampoco necesitaba decidirlo para comprobar la deuda.

—¿Había algo sentimental entre vosotros?

La pregunta no gustó a ninguna.

Lidia respondió primero.

—No.

Berta permaneció callada.

—¿Alguna relación que tu pareja pudiera interpretar de otra manera?

—No.

—Entonces ¿por qué tanta insistencia en ocultarlo?

Lidia apoyó las manos en la mesa.

—Porque no quería que supiera que había pedido dinero fuera después de que él dijera que esperáramos. No por Xoán. Por mí.

Elena miró a Berta. Seguía seria, pero ya no parecía sorprendida.

—¿La reparación se hizo?

—Sí.

—¿Y eso fue lo que enseñaste en las fotografías que mandaste a Xoán?

Lidia frunció el ceño.

—¿Qué fotografías?

Elena abrió una copia autorizada de los mensajes. Tres imágenes mostraban tuberías, un desagüe de suelo y agua acumulada junto a un equipo.

—Estas.

Lidia las reconoció.

—Eso fue después.

—Berta pensó que podía estar relacionado con la misma avería.

—No. Era otra cosa.

Elena esperó.

—Teníamos agua acumulándose junto a una línea después de una limpieza. Pensé que una tubería perdía o que el desagüe estaba parcialmente obstruido. Xoán entendía bastante de instalaciones porque llevaba media vida entrando en puertos, barcos y naves. Le pregunté si podía echar un vistazo.

—Y luego le dijiste que no hacía falta.

—Porque vino mantenimiento y lo solucionó.

—¿Quién?

—La empresa que nos lleva la instalación. No Porto do Corvo, si eso es lo que estás pensando.

Elena aún no había llegado a ningún nombre concreto.

—¿Tienes el parte?

—Sí.

Lidia abrió la carpeta que había dejado sobre la mesa. Dentro había una orden de intervención y una factura. El problema constaba como obstrucción parcial de un drenaje interior y ajuste de una unión. La fecha coincidía con los mensajes.

Elena leyó la descripción.

—¿Hubo vertido al exterior?

—No.

—¿Residuo de limpieza?

—Agua de lavado normal de la instalación. Entró al sistema que corresponde.

—¿Aceites?

—No en esa zona.

—¿Productos de limpieza?

—Claro. Es una conservera.

La presencia de detergentes, por sí sola, no acercaba aquel episodio a A Barda. Casi cualquier instalación industrial de limpieza podía contener tensioactivos.

—¿Qué productos utilizasteis esos días?

Lidia le pasó una ficha.

Elena reconoció algunos componentes generales, pero el perfil no coincidía bien con la combinación descrita por Alba. Faltaba la fracción de hidrocarburos ligeros y aceites asociada al mantenimiento portuario.

—¿Xoán vino finalmente?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Hay cámaras?

Lidia señaló hacia el exterior de la oficina.

—En los accesos.

—¿Conserváis imágenes de aquellos días?

—No sé cuánto tiempo. Puedo preguntarlo.

Elena anotó el dato, aunque por el momento no parecía necesario.

Berta seguía mirando la carpeta.

—Entonces el préstamo fue solo para la bomba.

—Sí.

—¿Por qué no me lo dijo?

Lidia la miró.

—Eso tendrás que preguntárselo a él.

La frase cayó mal.

Lidia se dio cuenta enseguida.

—Perdona.

Berta apartó la vista.

—Da igual.

Elena dejó pasar unos segundos antes de volver a la deuda.

—¿Cuánto habías devuelto cuando murió Xoán?

Lidia abrió otra hoja.

—Esto.

Las transferencias coincidían con los mensajes que Berta había revisado. Quedaba una parte importante, pero no toda la cantidad.

—¿Por qué retrasaste los últimos pagos?

—Porque tuvimos otro gasto.

—¿Y Xoán empezó a presionarte?

Lidia hizo una mueca.

—«Presionar» suena peor de lo que fue.

—¿Qué hizo?

—Me escribió varias veces. Me pidió una fecha concreta y dijo que necesitaba ordenar sus cuentas.

—¿Te amenazó?

—No.

—¿Dijo que se lo contaría a tu pareja?

—No.

—¿Te reclamó intereses?

—No.

—¿Discutisteis?

—No.

Elena sacó la copia de los mensajes.

—Aquí dices: «No quiero que esto salga ahora».

Lidia asintió.

—Por mi pareja.

—Y Xoán responde que no va a decir nada.

—Sí.

—Entonces ¿por qué te preocupaba tanto?

Lidia guardó silencio.

Berta la miró.

—Eso me gustaría saberlo a mí también.

Lidia se apoyó en el respaldo.

—Porque estaba cansada de que todo se convirtiera en una discusión en casa. Si él sabía que había pedido dinero a Xoán después de decirme que esperáramos, no iba a importarle que la reparación hubiera funcionado. Solo iba a ver que hice lo que quise.

—¿Te daba miedo? —preguntó Elena.

Lidia negó enseguida.

—No así.

—¿Entonces?

—Me daba pereza. Vergüenza. No sé.

La última palabra salió con menos firmeza.

Elena no la ayudó.

—¿Vergüenza de qué?

Lidia miró a Berta antes de responder.

—De que la empresa de mi familia estuviera tan justa como para necesitar dinero prestado y de haberlo ocultado en casa. ¿Te vale?

Berta bajó un poco la mirada.

La explicación no volvía irrelevante la deuda, pero sí le daba otra escala.

—¿Xoán sabía que te avergonzaba?

—Sí.

—¿Se aprovechó de ello?

—No.

—¿Te pidió algo a cambio del dinero?

—Nada.

—¿Algún favor profesional?

—No.

—¿Información sobre el puerto?

Lidia frunció el ceño.

—¿Qué información?

Elena no respondió de inmediato.

—Xoán estaba revisando trabajos de Porto do Corvo y la gestión de ciertos residuos. Quiero saber si habló contigo de eso.

Lidia tardó unos segundos antes de responder.

—Me preguntó una vez quién nos recogía algunos residuos de mantenimiento.

—¿Cuándo?

—No recuerdo el día. Poco antes de morir.

Elena abrió el cuaderno.

—¿Por qué te lo preguntó?

—No me lo dijo.

—¿Qué residuos?

—Aceites usados, envases contaminados, cosas así. Nosotros tenemos gestor autorizado.

—¿Le diste el nombre?

—Sí.

—¿Te preguntó cantidades?

—Creo que no.

—¿Por facturas?

—No.

La conversación parecía formar parte de la búsqueda general de Xoán: entender cómo se gestionaban correctamente unos residuos que no debían acabar en una conducción costera.

—¿Te preguntó por Porto do Corvo?

—Sí.

Elena levantó la vista.

—¿Qué exactamente?

—Si los residuos de mantenimiento de allí los recogía la misma empresa que venía aquí.

Berta se volvió hacia Lidia.

—¿Y qué le dijiste?

—Que no lo sabía. Que algunas empresas de la zona trabajan para varios puertos e industrias, pero yo no llevo esa parte.

Elena anotó la respuesta.

—¿Lo viste preocupado?

—Cabreado.

La descripción se repetía.

—¿Dijo con quién?

—No.

—¿Mencionó a Samuel Pardo?

—No.

—¿Pedra Fendida?

—Tampoco.

Elena cerró el cuaderno un momento.

La deuda no había generado amenazas. La consulta de mantenimiento de la conservera tenía una explicación documentada y Lidia no había necesitado a Xoán para ocultar ningún problema ambiental. Su secreto pertenecía a otra escala: dinero, orgullo y una relación doméstica que prefería no tensar más.

—¿Cuándo pensabas devolverle el resto? —preguntó Berta.

La pregunta no era de Elena.

Lidia la miró.

—El viernes.

—Eso pone en los mensajes.

—Sí.

—Pero murió antes.

—Sí.

Berta permaneció callada.

Lidia abrió un cajón y sacó un sobre.

—Tengo el dinero.

Berta la miró con sorpresa.

—¿Qué?

—Lo que quedaba.

—No quiero efectivo.

—No te estoy diciendo que te lo lleves ahora. Te estoy diciendo que no tenía intención de quedármelo.

Berta no respondió.

Lidia volvió a guardar el sobre.

Elena observó el intercambio. Aquel detalle no habría bastado por sí solo para descartar un conflicto por la deuda, pero todo lo demás apuntaba en la misma dirección: pagos parciales, ausencia de amenazas, una fecha acordada y una cantidad que Lidia había reservado.

—¿Puedes demostrar de dónde sale ese dinero?

Lidia arqueó una ceja.

—Sí.

—Hazlo.

Berta miró a Elena.

—¿Hace falta?

—Si queremos cerrar esta línea, sí.

Lidia abrió la aplicación bancaria y mostró una transferencia recibida de un cliente dos días después de la muerte de Xoán, seguida de una retirada coincidente con la cantidad pendiente.

No demostraba una intención anterior al fallecimiento, pero encajaba con el calendario de pagos que había descrito.

Elena anotó las fechas.

—¿Tienes algún mensaje previo diciendo que esperabas ese cobro?

—Sí.

Encontró un correo enviado a Xoán varios días antes. Explicaba que pagaría cuando un cliente liquidara una factura pendiente. La fecha prevista coincidía aproximadamente con el viernes.

La deuda perdía todavía más peso como motivo criminal.

Berta leyó el correo en silencio.

—Podías habérmelo dicho.

Lidia se encogió de hombros.

—Tú estabas enfadada porque él me había prestado el dinero.

—Claro que estaba enfadada.

—Pues por eso.

—No es una razón.

Lidia la miró.

—Para evitar otra discusión, sí.

Elena reconoció el mismo patrón que había aparecido durante toda la semana: decisiones pequeñas tomadas para evitar conversaciones incómodas que, después de la muerte de Xoán, parecían mucho más graves.

No necesitaba intervenir entre ellas.

Volvió a la parte que sí afectaba a la investigación.

—¿Sabías que Xoán creía que su empresa estaba apareciendo asociada a trabajos que no había hecho?

Lidia negó.

—No.

—¿Te comentó algo de facturas falsas?

—No.

—¿De servicios ambientales que no le cuadraban?

Lidia tardó unos segundos.

—Una vez dijo que en el puerto había gente cobrando por mover mierda de un lado a otro sin que nadie supiera muy bien qué se había movido.

Elena sostuvo el bolígrafo sin escribir todavía.

—¿Esas fueron sus palabras?

—Más o menos.

—¿Cuándo?

—La última vez que me reclamó el dinero en persona.

—¿Dónde?

—Aquí fuera. Coincidimos cuando vino a buscar unas cajas que le había guardado.

—¿Qué quería decir?

—No lo sé. Estaba enfadado con papeles del puerto.

—¿Te enseñó algo?

—No.

—¿Dijo un nombre?

—No.

Elena anotó la frase indicando que era un recuerdo aproximado, no una cita literal.

—¿Podría referirse a vuestro problema de mantenimiento?

—No tendría sentido.

No lo tenía.

La gestión de residuos de la conservera estaba documentada y el problema de drenaje había sido resuelto por otra empresa. La irritación de Xoán seguía apuntando hacia Porto do Corvo y hacia servicios que existían sobre el papel de una forma que él no reconocía en la realidad.

La reunión terminó sin necesidad de dramatizar el cierre.

Lidia entregaría copias de las facturas y justificantes del gestor de residuos de Conservas Carballo.

No porque Elena sospechara de la empresa, sino porque podían servir como ejemplo de cómo debía verse una cadena documental normal: generación, almacenamiento temporal, retirada, cantidades y factura.

Antes de salir, Berta se detuvo junto a la puerta.

—El dinero.

Lidia levantó la vista.

—Te haré una transferencia a la cuenta que corresponda cuando me digas cómo lo está gestionando la asesoría.

Berta asintió.

No hubo reconciliación ni ningún gesto especial, solo una deuda que dejaba de necesitar secretos.

En el aparcamiento, Elena guardó las copias en la carpeta.

Berta caminó junto a ella.

—Entonces Lidia tampoco.

—Su deuda tiene una explicación coherente y documentada.

—No te he preguntado eso.

Elena la miró.

—No veo nada que la relacione con la muerte de Xoán.

Berta tardó un momento en responder.

—Gracias.

Elena no supo si agradecía la conclusión o la forma de llegar hasta ella.

—Todavía tendremos que comprobar los documentos del gestor.

—Claro.

Berta miró hacia la nave de la conservera.

—Xoán siempre decía que cuando faltaba dinero todo parecía más grave de lo que era.

—A veces lo es.

—Ya.

Elena abrió el coche.

Antes de entrar repasó las notas.

Berta había ocultado dificultades de tesorería y movimientos entre cuentas para proteger la imagen y la continuidad del negocio; Lidia había escondido un préstamo por orgullo, vergüenza y por evitar un conflicto con su pareja; Óscar había mentido por miedo a seguros y trámites, y Nerea por temor a las consecuencias profesionales de un fallo de procedimiento.

Las cuatro ocultaciones eran reales, pero ninguna explicaba la compresión torácica que había matado a Xoán.

Lo que seguía sin explicación estaba en otra parte: en los residuos que Porto do Corvo decía retirar, en los servicios que figuraban como realizados y en el dinero pagado por trabajos que quizá nunca habían existido.

Elena colocó sobre el asiento del copiloto las facturas de Conservas Carballo.

Por primera vez, una documentación correcta podía ser tan útil como una falsa.

Le daría algo con lo que comparar.