La mentira del mar (Las huellas de la tierra 3) Capítulo 25
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Capítulo 25

Nerea pidió hablar con Elena a solas antes de que Iria se marchara de la EDAR.

La petición sorprendió a las dos.

—No voy a contarte nada que no pueda repetir después —aclaró—. Solo prefiero empezar contigo.

Iria miró a Elena.

—Te espero fuera.

Cuando la puerta se cerró, Nerea permaneció unos segundos de pie junto a la mesa. Llevaba una carpeta fina bajo el brazo, aunque no parecía haberla traído para enseñar documentación. La dejó sobre una silla y se sentó.

—Ayer dijiste que mi mentira tenía una explicación comprobable.

—Sí.

—No te conté todo.

Elena no abrió el cuaderno de inmediato.

—¿Qué falta?

Nerea miró hacia la ventana.

—Que ya había tenido otro problema antes. Un control que entregué tarde. Me equivoqué con una hoja de seguimiento y el responsable tuvo que rehacer parte del informe antes de enviarlo. Quedó como una advertencia interna.

—¿Cuándo?

—Unos dos meses antes.

—¿Está documentado?

—Sí.

Esta vez respondió sin resistencia.

—¿Y por eso pensaste que un segundo incumplimiento podía costarte el puesto?

—No sé si despedirme, pero sí cargarme a mí el problema. Aquí todo acaba teniendo un nombre y un apellido cuando alguien de arriba necesita explicar algo.

Elena abrió entonces el cuaderno.

—¿Tu nombre?

Nerea asintió.

—Soy la más nueva del equipo técnico. Y la que menos margen tenía.

—¿Alguien te dijo eso?

—No con esas palabras.

—¿Qué te dijeron?

Nerea pensó antes de responder.

—Que tenía que ser más cuidadosa. Que otro fallo de trazabilidad sería difícil de justificar. Que no bastaba con hacer bien el trabajo si después no quedaba bien registrado.

Elena anotó la formulación.

No era una amenaza directa. Tampoco resultaba extraño que un responsable técnico exigiera trazabilidad. El miedo de Nerea podía haber crecido más de lo que justificaba la advertencia, pero tenía una base concreta.

—Cuando perdiste la ventana del martes, ¿qué pensaste?

Nerea sonrió sin humor.

—Que volvía a meterme en lo mismo.

—¿Antes de saber nada de A Barda?

—Sí.

—¿Cuándo modificaste la fecha?

—El miércoles, después de hacer la toma.

—¿Antes de saber que había problemas en la costa?

Nerea dudó.

—Antes de que se hablara de contaminación como tal. Había comentarios de mariscadoras, pero nada oficial.

Elena levantó la vista.

—¿Estás segura?

—Sí.

—El historial registra la hora.

—Lo sé.

Aquella precisión podía cerrar una parte importante de la línea. Si la modificación se había hecho antes de que el episodio de A Barda adquiriera dimensión oficial, sería mucho más difícil interpretarla como un intento de encubrir la contaminación.

—¿Por qué no lo contaste ayer?

Nerea se encogió ligeramente de hombros.

—Porque cuanto más explicas una mentira, peor suena.

—A veces.

—Y porque me daba vergüenza.

La palabra encajaba mejor que otras.

—¿Por haber cambiado la fecha?

—Por haberlo hecho sabiendo que estaba mal y luego seguir diciendo que seguramente había sido un error.

Apoyó las manos sobre la mesa.

—En ese momento me pareció una tontería. El control salió bien. La planta funcionaba bien. Pensé que estaba arreglando un problema de papel que no había afectado a nada.

—Hasta que apareció A Barda.

—Sí.

—Y entonces la fecha empezó a parecer otra cosa.

Nerea la miró.

—Exactamente.

Elena entendió mejor la resistencia de los primeros días.

Una infracción administrativa pequeña podía transformarse dentro de una investigación ambiental en algo mucho más grave de lo que había sido en origen.

Nerea no temía únicamente las consecuencias de haber alterado un registro; temía que esa alteración pareciera destinada a esconder una descarga.

—¿Por eso ocultaste la conversación con Xoán?

—Sí.

—¿Porque podía hacer que alguien mirara la EDAR?

—Que alguien mirara todo.

—Incluida tu fecha.

Nerea asintió.

—Cuando vino preguntando por una descarga puntual pensé que, si seguía tirando del hilo, acabaría pidiendo registros. Y si alguien encontraba el cambio justo entonces, nadie iba a creer que no tenía relación.

Elena dejó el bolígrafo.

—Pero no sabías que estaba investigando Pedra Fendida.

—No.

—¿Ni que había visto movimiento allí?

—No hasta que me lo contasteis.

—¿Ni que revisaba trabajos del puerto?

—Tampoco.

La respuesta llegó sin el exceso de cautela de las entrevistas anteriores. Nerea parecía haber renunciado a construir una versión segura.

—¿Te pidió que hicieras algo?

—No.

—¿Que modificaras o borrases datos?

—No.

—¿Que comprobaras una salida concreta?

—No.

—¿Que hablaras con alguien del puerto?

—No.

La conversación con Xoán seguía teniendo la forma de una consulta técnica.

Había inspeccionado una conducción, comparado lo que veía con trabajos anteriores, preguntado por la dinámica de las mareas y tratado de entender qué tipo de agua podía contener aceites y productos de limpieza. No había ido a buscar a Nerea como aliada ni como adversaria.

Había ido buscando una explicación.

—¿Por qué has querido hablar hoy? —preguntó Elena.

Nerea miró hacia la carpeta que había dejado sobre la silla.

—Porque anoche pensé que, si seguía guardándome cosas, iba a parecer que cada vez que encontráis algo tengo preparada otra explicación.

—Eso también es posible.

Nerea aceptó el golpe.

—Ya.

—¿Hay algo más?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

Elena sostuvo su mirada.

—Entonces se lo contarás igual a Iria.

—Sí.

La teniente regresó unos minutos después y escuchó la misma versión casi sin interrumpir. Nerea habló de la incidencia anterior, de la advertencia interna y de su miedo a que un segundo fallo de procedimiento terminara convertido en responsabilidad personal por algo mucho mayor.

Iria tomó notas.

—Vamos a comprobar la hora exacta de modificación.

—Bien.

—Y pediremos también la incidencia anterior.

—Bien.

—Si coincide con lo que dices, explicará el contexto. No elimina que alteraras el registro.

—Lo sé.

La frase ya no llevaba defensa.

Iria cerró la libreta.

—¿Tenías alguna relación personal con Xoán?

Nerea negó.

—Profesional. Alguna consulta. Nada más.

—¿Deudas, discusiones, conflictos?

—No.

—¿Con Berta?

—Tampoco.

—¿Con Samuel Pardo?

La pregunta llegó sin énfasis.

Elena miró a Nerea.

—Lo conocía del puerto —respondió—. Como a más gente de mantenimiento.

—¿Habíais discutido alguna vez?

—No.

—¿Te pidió modificar datos?

—Nunca.

—¿Te habló de Pedra Fendida?

—No.

Su tono no cambió.

Iria continuó con varias preguntas de control y después dio por terminada esa parte de la entrevista.

Elena pidió consultar una vez más el historial electrónico.

La hora de modificación figuraba con claridad.

Miércoles, 11:47.

El aviso formal de la cofradía sobre el episodio de A Barda se había producido más tarde.

Elena comprobó ambas referencias.

—Esto ayuda.

Nerea miró la pantalla.

—¿Porque lo hice antes?

—Porque reduce mucho la posibilidad de que cambiaras la fecha para encubrir una contaminación que todavía no sabías que iba a investigarse.

Iria asintió.

—No te exime de haber alterado un registro.

—Lo sé.

—Pero separa las cosas.

Nerea respiró despacio.

—Eso era lo que intentaba explicar.

No exactamente, pensó Elena.

Al principio había intentado evitar cualquier explicación. Había hablado de errores de transcripción, dicho que no recordaba la modificación y ocultado la conversación con Xoán. Solo cuando los registros habían reducido su margen había empezado a contar la verdad.

Ahora, al menos, esa verdad podía comprobarse.

Y por eso podía cerrarse.

—¿Crees que Xoán sospechaba de ti? —preguntó Elena.

Nerea pareció sorprendida.

—No.

—¿Ni de la EDAR?

—Creo que al principio estaba intentando descartarla.

—¿Por qué?

—Porque me preguntó qué debería aparecer en los controles si la mezcla viniera de aquí. Cuando le dije que aceites y productos de limpieza no cuadraban y que los valores estaban bien, empezó a preguntarme por las mareas y por una entrada puntual.

Elena recordó la conversación anterior.

—Entonces no buscaba confirmar que la EDAR fuera responsable.

—No me lo pareció.

—Buscaba eliminarla como explicación.

—Sí.

Aquello encajaba con la forma de trabajar de Xoán que habían ido reconstruyendo. No parecía haber partido de una acusación. Había ido descartando posibilidades.

Elena anotó el dato y continuó.

—¿Te dijo qué pensaba hacer después?

Nerea tardó un momento.

—Preguntar por una limpieza.

—Eso aparece en su libreta.

—Sí. Dijo algo parecido. Que si el agua de mantenimiento no debía estar entrando al mar, quería saber dónde se estaba gestionando.

Elena levantó la vista.

—¿Usó «gestionando»?

—Creo que sí.

—¿Mencionó un depósito?

—No.

—¿Un gestor externo?

—No recuerdo.

Iria escribió la frase.

—¿Algo sobre facturas?

—No.

La línea documental seguía separada de la consulta técnica. Xoán todavía no había compartido con Nerea lo que había encontrado en sus propios papeles.

—¿Te pidió que no dijeras nada? —preguntó Elena.

—No.

—Entonces ¿por qué no hablaste de esta conversación desde el principio?

Nerea la miró con cansancio.

—Por mí. No por él.

Aquello bastaba.

Elena guardó los documentos.

Antes de marcharse, Nerea se levantó también.

—¿Ya no soy sospechosa?

Iria fue quien respondió.

—No trabajamos de esa manera. Hay líneas que pesan más y otras menos según lo que aparezca.

Nerea miró a Elena.

—¿Y para ti?

Elena se tomó un momento antes de contestar.

—Tu mentira tiene un motivo que encaja con los documentos y con la cronología. Para mí, eso importa.

Nerea esperó algo más, pero Elena no añadió nada.

No necesitaba absolverla de todo.

Solo colocarla en el lugar que correspondía.

Salieron de la EDAR cerca del mediodía.

En el aparcamiento, Iria revisó el teléfono antes de guardar la libreta.

—La hora de modificación nos viene bien.

—Mucho.

—¿Damos por cerrada esta línea?

—La alteración del registro, sí. Lo que Xoán nos deja a través de Nerea, no.

—Eso pensaba.

Caminaron hacia el coche.

Nerea desaparecía del centro de la investigación, pero dejaba detrás una pieza útil.

Xoán había entendido que la contaminación no se comportaba como una salida continua de la depuradora.

Buscaba un aporte intermitente relacionado con aguas de mantenimiento y, además, quería saber cómo se gestionaban esos residuos.

Elena abrió la puerta del coche.

—El siguiente paso está en las retiradas.

Iria se detuvo.

—¿Los justificantes del puerto?

—Sí. Si Xoán quería saber dónde se gestionaba el agua de mantenimiento, lo lógico era comprobar cuánto residuo se generaba y cuánto salía realmente de allí.

Iria asintió.

—Eso nos devuelve a los documentos.

Elena entró en el coche.

Era exactamente donde Xoán había estado antes de morir.