La mentira del mar (Las huellas de la tierra 3) Capítulo 24
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Capítulo 24

El historial de modificaciones era menos espectacular que la confesión de Nerea.

Una lista de accesos, horas y cambios de campo ocupaba varias páginas impresas sobre la mesa de la EDAR.

Elena las había revisado antes de que llegara Iria, comparándolas con los partes de turno y los resultados del laboratorio.

La alteración aparecía exactamente donde Nerea había dicho: una fecha corregida después de realizar el control fuera de la ventana prevista.

Nada más.

Los valores analíticos permanecían intactos. No había resultados sustituidos, caudales retocados ni incidencias eliminadas del sistema. La toma se había hecho el miércoles y Nerea había modificado el día para que figurara como si se hubiera cumplido el programa del martes.

Elena pasó a la página siguiente.

No apareció una segunda anomalía.

Ni una tercera.

A esa hora de la mañana, la sala de control estaba casi vacía.

Desde la ventana se veía parte del tratamiento biológico y una pasarela húmeda por la llovizna.

Los olores variaban cada vez que se abría una puerta: materia orgánica, humedad, un rastro químico más difícil de separar del conjunto.

Ninguno tenía relación con la mezcla de aceites ligeros y tensioactivos encontrada en A Barda.

Iria dejó un café junto a ella.

—¿Qué tenemos?

—Lo que dijo Nerea.

La teniente se sentó.

—Eso suena decepcionante.

—Solo si esperabas otra mentira.

Elena le acercó las hojas.

—El martes se pierde la ventana. El miércoles se toma la muestra y después modifica la fecha. Los resultados originales son los mismos y no hay rastro de edición posterior de parámetros.

Iria recorrió el historial.

—¿Puede haber borrado algo de otro modo?

—El sistema permite varias cosas, pero los registros de laboratorio independientes coinciden con los valores que figuran aquí. Para fabricar una salida falsa tendría que haber alterado más de un sitio y no veo señales de que lo hiciera.

—¿La planta pudo descargar algo que no aparezca en esos controles?

—En teoría siempre puedes construir una excepción, pero no es lo que indican los datos. Y aunque hubiera habido una incidencia en la EDAR, seguimos teniendo el problema de la composición y de la dinámica costera. No es la explicación que mejor encaja.

Iria dejó las páginas sobre la mesa.

—Entonces Nerea mintió para esconder un fallo de procedimiento.

—Eso parece.

—Y Xoán dio con ella justo cuando estaba preguntando por una descarga.

—Sí.

Esa coincidencia era precisamente lo que Elena quería revisar antes de cerrar la línea. Nerea tenía un motivo para evitar preguntas y Xoán había aparecido con preguntas técnicas. Era fácil convertir aquel cruce en algo mayor de lo que realmente demostraba.

Los documentos permitían separarlo.

—Quiero hablar con ella otra vez —dijo Elena.

—¿Por qué?

—Porque ayer terminó respondiendo cuando ya no tenía salida. Quiero saber qué intentaba proteger antes de que empezáramos a enseñarle registros.

Iria la observó.

—¿Cambia algo?

—Puede cambiar cómo interpretamos lo que hizo cuando Xoán habló con ella.

No tardaron en localizarla.

Nerea llegó a la sala unos quince minutos después con una carpeta bajo el brazo y una expresión distinta a la del día anterior. Seguía incómoda, pero ya no parecía calcular cada respuesta.

Se sentó sin que nadie se lo indicara.

—He traído la copia del parte original.

—Ya la tenemos —dijo Iria.

Nerea dejó la carpeta sobre la mesa.

—Vale.

Elena giró hacia ella el historial de modificaciones.

—Hemos comprobado lo que contaste ayer.

Nerea miró la primera página y apartó enseguida la vista.

—Ya.

—El cambio afecta a la fecha. Los resultados no se modificaron.

—Eso dije.

—Sí.

Nerea esperó.

Elena había pensado durante el trayecto cómo formular la pregunta sin repetir la acusación del día anterior.

—Dijiste que te preocupaba que Xoán pidiera los registros.

—Sí.

—Quiero saber qué creías que podía pasar si los pedía.

Nerea frunció el ceño.

—¿No está claro?

—Prefiero que me lo digas tú.

Miró unos segundos hacia las instalaciones.

—Que encontrara el retraso.

—¿Y después?

—Que preguntara.

—¿A quién?

—A quien fuera. A la cofradía, al ayuntamiento, a vosotros si ya estabais investigando... No lo sé.

—Entonces todavía no lo conocíamos —dijo Elena.

—Ya.

—¿Pensabas que podía relacionar ese retraso con una contaminación?

—Eso era lo que me daba miedo.

Elena dejó que siguiera.

—La planta estaba bien. Yo sabía que el control del miércoles iba a salir normal. Pero si alguien veía que el martes no se había hecho, ya tenía una explicación fácil: no controlaron cuando tocaba y después apareció un problema en la costa.

—Aunque no hubiera relación.

—Aunque no la hubiera.

La respuesta era más precisa que las del día anterior.

Iria intervino.

—Por eso cuando Xoán te preguntó por una descarga puntual no le contaste lo del retraso.

—Sí.

—¿Intentaste que dejara de mirar la EDAR?

Nerea tardó un poco.

—Le dije que una mezcla con aceites y detergentes no era lo normal en nuestra salida.

—Eso era verdad —dijo Elena.

—Sí.

—¿Y algo más?

—Que sin una analítica no podía saber de dónde venía.

—También era verdad.

Nerea la miró.

—No le mentí en eso.

Elena repasó las notas de la entrevista anterior. La diferencia importaba. Nerea había ocultado un fallo propio, pero no había dado a Xoán una explicación técnica falsa para apartarlo de la EDAR.

—¿Le dijiste que los controles estaban completos?

Nerea bajó los ojos.

—Sí.

Ahí estaba la mentira.

Más pequeña de lo que habría parecido encontrada de forma aislada y mucho más comprensible ahora que conocían su contexto.

—¿Qué respondió? —preguntó Elena.

—Que entonces la depuradora no le servía.

—¿Usó esas palabras?

—Algo así. Dijo que buscaba un sitio donde pudiera entrar agua con restos de mantenimiento sin aparecer como un vertido continuo.

Elena se inclinó ligeramente hacia delante.

—¿Agua con restos de mantenimiento?

—Sí.

—¿Dijo de qué tipo?

—Lavados. Aceites. Productos de limpieza.

La descripción coincidía con el perfil que Alba había establecido después. Xoán había llegado a esa posibilidad por su propia investigación.

—¿Te dijo dónde había visto algo así?

—No.

—¿Te enseñó una muestra?

—No.

—¿Una fotografía?

—Tampoco.

—¿Mencionó una conducción antigua?

Nerea pensó antes de negar.

—No recuerdo que lo hiciera.

Elena no insistió.

—¿Cuánto duró la conversación?

—Cinco minutos. Diez como mucho. Yo estaba trabajando.

—¿Volvisteis a hablar?

—No.

Iria consultó sus notas.

—Xoán murió al día siguiente.

Nerea apretó la boca.

—Lo sé.

—Y cuando te preguntaron por él no mencionaste esta conversación.

—No.

—¿También por el control?

—Sí.

La respuesta salió más deprisa.

—Si decía que Xoán me había preguntado por la salida de la EDAR, alguien iba a mirar los registros. Era justo lo que no quería.

Elena había oído ya varias versiones de la misma lógica.

Óscar había negado una inspección para ocultar una maniobra que temía declarar al seguro.

Berta había movido dinero entre cuentas y escondido un préstamo por miedo a que una dificultad de tesorería acabara convertida en rumor de quiebra.

Lidia había pedido discreción sobre una deuda privada.

Nerea había ocultado un fallo de procedimiento porque temía que cualquier investigación lo transformara en responsabilidad por una contaminación que no había causado.

Las mentiras importaban.

Pero no significaban lo mismo.

—¿Sabes qué me preocupaba ayer? —preguntó Elena.

Nerea negó.

—Que la fecha falsa pudiera estar tapando una salida anómala de la planta.

—No la tapaba.

—Ahora tenemos más razones para pensar que no.

Nerea esperó.

—Pero cambiar la fecha sigue siendo un problema —añadió Elena—. Una cosa no borra la otra.

—Lo sé.

—Y ocultar la conversación con Xoán también ha retrasado la reconstrucción.

—También lo sé.

Iria permaneció callada.

Nerea pasó un dedo por el borde de la carpeta que había traído.

—¿Entonces qué vais a hacer conmigo?

—Eso dependerá de cómo se tramite la alteración del registro —respondió Iria—. No voy a prometerte que no tenga consecuencias.

—Vale.

—Pero ahora estamos intentando averiguar quién mató a Xoán y quién estaba vertiendo en A Barda. Son cuestiones distintas.

Nerea la miró con una mezcla de alivio y temor que no llegó a convertirse en agradecimiento.

Elena volvió a la conversación técnica.

—Cuando Xoán dijo que buscaba una entrada intermitente de aguas de mantenimiento, ¿por qué te preguntó por las mareas?

—Porque quería saber si algo soltado cerca de la costa podía salir primero y volver después.

—¿Te dio una hora?

—No.

—¿Una distancia?

—Tampoco.

—¿Le dijiste que era posible?

—Le dije que dependía de cuándo se descargara y de cómo estuviera el viento. Si algo salía durante la vaciante, podía alejarse y luego parte volver con la siguiente subida si la geometría ayudaba.

Elena reconoció el mecanismo que Xabier había considerado viable.

Xoán no había llegado a él mediante un modelo completo. Había formulado la pregunta correcta a una persona capaz de orientarlo.

—¿Te pareció que ya tenía un sitio en mente?

Nerea meditó la respuesta.

—Sí.

—¿Por algo que dijo?

—Por cómo preguntaba. No quería una explicación general sobre contaminación. Me preguntaba si una secuencia concreta podía funcionar.

Elena anotó la diferencia.

—¿Le preguntaste por qué?

—Sí.

—¿Qué contestó?

Nerea recordó.

—Que había visto una cosa que no debía estar funcionando.

La frase se parecía a la que Manuel había referido en A Barda: movimiento donde no debía haberlo.

—¿Nada más?

—Que primero quería comprobarlo.

Aquello encajaba con lo que habían reconstruido de Xoán. Había detectado una anomalía, la había comparado con registros anteriores, había preguntado por mareas y composición y quería revisar documentación antes de llevar el asunto más lejos.

—¿Parecía tener miedo? —preguntó Elena.

Nerea negó.

—Estaba molesto. Como cuando crees que alguien te está tomando por tonto.

—¿Mencionó que su empresa aparecía en trabajos que no reconocía?

—No.

Elena dejó el bolígrafo.

La conversación servía para reconstruir lo que Xoán sabía, pero no añadía una persona ni una acusación nueva. Eso era útil. Una investigación no mejoraba por acumular sospechosos, sino por reducir explicaciones que exigían demasiadas excepciones.

Nerea respiró más despacio.

—¿Puedo preguntarte una cosa?

—Sí.

—¿La depuradora queda fuera?

Elena no respondió con la contundencia que Nerea probablemente esperaba.

—Como origen principal de la mezcla de A Barda, los datos apuntan en otra dirección.

—Eso significa que sí.

—Significa exactamente lo que he dicho.

Nerea sonrió por primera vez, apenas.

—No eres de regalar frases fáciles.

—Luego acaban copiadas en informes.

Iria dirigió a Elena una mirada que casi era una sonrisa.

Nerea abrió entonces la carpeta que había traído.

—Hay una cosa que quizá os sirva.

Sacó una hoja con varias anotaciones técnicas.

—Después de que Xoán me preguntara por la descarga, miré por mi cuenta los horarios de marea. No hice un estudio. Solo quería saber si lo que decía tenía sentido.

Elena cogió la hoja.

Había dos ventanas aproximadas marcadas a mano y una anotación junto a una de ellas:

«Vaciante fuerte / retorno posible con creciente.»

—¿Cuándo hiciste esto?

—Ese mismo día.

—¿Se lo enviaste?

—No. Pensé hacerlo, pero se me pasó.

—¿Puedes explicar cómo calculaste las ventanas?

—Con las tablas de marea y el viento previsto. Muy básico.

Elena revisó las horas.

No eran una prueba ni sustituían el trabajo posterior de Xabier. La hoja tenía otro valor: confirmaba que Nerea había considerado técnicamente razonable la pregunta de Xoán.

—¿Esto se ha modificado después?

—No.

Iria fotografió la hoja y pidió el original.

—Lo incorporaremos con tu declaración.

Nerea se lo entregó.

Elena comparó mentalmente aquellas ventanas con la secuencia ambiental de A Barda.

No tenía sentido reconstruirla allí; disponían ya de datos mejores.

La anotación demostraba otra cosa: Xoán no hacía preguntas vagas por curiosidad.

Había llevado a una especialista a considerar un mecanismo concreto de descarga y retorno.

Cuando salieron de la EDAR, la lluvia se había detenido. El agua permanecía sobre el asfalto formando láminas finas que corrían hacia las rejillas.

Iria abrió el coche, pero no entró.

—¿Nerea queda fuera?

—De la contaminación principal, cada vez más.

—¿Y de la muerte?

—No tenemos nada que la sitúe en los movimientos de Xoán ni un motivo relacionado con lo que estaba investigando. Su mentira tiene una explicación comprobable.

—Podría tener dos motivos.

—Podría.

Iria esperó.

—Pero si conservamos a cada persona como sospechosa porque quizá oculte además otra cosa, no cerramos ninguna línea.

La teniente asintió.

—Eso antes te habría costado más.

Elena reconoció la observación sin discutirla.

Durante años había aprendido a tratar las contradicciones como lugares donde insistir. Seguía haciéndolo. Lo que empezaba a cambiar era otra cosa: ya no necesitaba que todas terminaran en el crimen principal para considerarlas resueltas.

La mentira de Nerea tenía consecuencias profesionales y quizá administrativas. Había retrasado la investigación y ocultado una conversación relevante.

Pero su miedo tenía un objeto concreto.

Y podían comprobarlo.

Elena guardó en la carpeta la copia del historial de cambios. Después colocó junto a ella la nota de mareas de Nerea.

Una hoja explicaba por qué había mentido.

La otra mostraba qué estaba intentando comprender Xoán.

Por primera vez desde que habían llegado a la EDAR, ambas cosas podían leerse por separado.