La mentira del mar (Las huellas de la tierra 3) Capítulo 23
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Capítulo 23

La EDAR de Porto Xabre estaba más ordenada de lo que Elena había imaginado.

No porque una instalación de tratamiento tuviera que ser caótica, sino porque desde fuera esperaba un lugar dominado por tuberías, depósitos y ruido. En la zona de control, al menos, todo respondía a una lógica precisa: pantallas, registros, carpetas de seguimiento y horarios.

Nerea Souto las recibió en una sala acristalada desde la que se veía parte de las instalaciones.

—Supongo que venís por los datos de aquellos días.

Elena dejó la carpeta sobre la mesa.

—Entre otras cosas.

Nerea miró a Iria Castro.

—¿Esto tiene que ver con Xoán?

La pregunta llegó antes de que se sentara.

Iria respondió con calma.

—Estamos revisando todo lo que pueda ayudar a reconstruir los días anteriores a su muerte.

Nerea ocupó una silla frente a ellas.

—Yo ya declaré.

—Lo sé —dijo Iria—. Hoy queremos aclarar una cuestión técnica con Elena.

Aquello no pareció tranquilizarla del todo. Juntó las manos sobre la mesa, sin llegar a entrelazarlas.

Elena abrió sus notas.

—Quiero revisar los controles de la EDAR durante la semana anterior a la aparición de la contaminación en A Barda. No porque crea que el origen esté aquí, sino porque necesitamos cerrar alternativas.

Nerea se relajó un poco.

—La planta funcionó dentro de parámetros.

—Eso dicen los registros.

—Porque es lo que pasó.

—Quiero entenderlos, no discutirlos.

Elena le pasó una copia de una tabla.

Habían recibido datos de caudal, controles de salida, incidencias y varias anotaciones manuales. La mayor parte no tenía nada llamativo. Había oscilaciones normales y una parada breve de mantenimiento que, en principio, no guardaba relación con el episodio de A Barda.

Una línea, sin embargo, no terminaba de encajar.

—Este control está fechado aquí.

Nerea miró.

—Sí.

—Y en otra copia aparece un día distinto.

La bióloga tardó apenas un segundo.

—Será un error de transcripción.

—Puede ser.

Elena señaló ambas fechas.

—En una versión figura el martes. En la otra, el miércoles.

—Entonces alguien lo pasó mal.

—¿Quién introduce estos datos?

—Depende del turno.

—¿Ese control concreto?

Nerea bajó la vista.

—Yo.

La respuesta no tenía nada extraño por sí misma.

—¿Recuerdas cuándo lo hiciste?

—No con exactitud.

—¿Martes o miércoles?

—Ha pasado más de una semana.

Elena asintió.

—Por eso quiero mirar los registros auxiliares.

Nerea levantó la cabeza.

—¿Qué registros?

—Acceso, hoja de laboratorio, hora de toma, cualquier documento que no dependa de una sola fecha escrita.

La expresión de Nerea cambió apenas un instante, pero lo suficiente para que Elena lo notara.

—¿Hay algún problema? —preguntó Iria.

—No.

Nerea apartó la copia.

—Solo que estáis haciendo una montaña de una fecha.

—Puede ser una tontería —dijo Elena—. Si lo es, se aclara rápido.

—Ya te he dicho que será un error.

—Sí.

—Entonces no sé qué más quieres.

—Comprobarlo.

Nerea se apoyó en el respaldo.

Elena abrió otra carpeta.

Había pedido la trazabilidad de las muestras porque necesitaba descartar la EDAR como fuente primaria. Los resultados no mostraban un episodio compatible con la mezcla de hidrocarburos y tensioactivos encontrada en A Barda. Eso tenía valor.

Una fecha que no coincidía podía convertirse en ruido innecesario si no la aclaraban.

—Esta muestra aparece tomada a las ocho y veinte.

Nerea miró.

—Sí.

—El libro de laboratorio la registra a las nueve y diez.

—Eso pasa.

—¿Por qué?

—Porque una cosa es tomarla y otra procesarla.

—Correcto.

Elena pasó a la siguiente línea.

—Pero el martes no estabas de turno a las ocho y veinte.

Nerea se quedó quieta.

Iria no intervino.

—Había gente suficiente —dijo Nerea.

—No he dicho que no pudiera tomarla otra persona.

—Entonces.

—Necesito saber quién la tomó.

Nerea dejó escapar aire.

—No me acuerdo.

—¿Y el miércoles?

—¿Qué pasa con el miércoles?

—Ese día sí estabas.

Nerea la miró de frente.

—¿Qué intentas decir?

—Nada todavía.

—Pues parece bastante.

Elena cerró la carpeta.

—Solo quiero saber si la fecha correcta es martes o miércoles.

—La correcta es la que está en el sistema.

—¿Cuál de las dos versiones?

Nerea no respondió.

El silencio se prolongó unos segundos, acompañado por el ruido amortiguado de una bomba al otro lado del cristal.

Elena no necesitaba empujar más. La discrepancia ya estaba ahí.

—¿Quién puede modificar la fecha una vez introducida?

—El personal autorizado.

—¿Tú?

—Sí.

—¿Lo hiciste?

Nerea sostuvo la mirada.

—No recuerdo haberlo hecho.

No era lo mismo que negarlo.

Iria apoyó los antebrazos en la mesa.

—Nerea, necesito que seas precisa.

—Lo estoy siendo.

—No exactamente.

Nerea se volvió hacia ella.

—¿Me estáis acusando de falsificar registros?

—No —dijo Elena—. Estamos comprobando una discrepancia.

—Pues no lo parece.

Elena abrió otra hoja.

—La contaminación de A Barda no encaja bien con una descarga ordinaria de esta planta.

Nerea pareció sorprendida.

—Entonces ¿qué hacemos aquí?

—Descartarla bien.

—Pues ya está descartada.

—Técnicamente, casi.

—¿Casi?

—La mezcla encontrada incluye componentes que no encajan como una salida normal de tratamiento. Y el patrón de marea tampoco señala bien hacia aquí.

Nerea se irritó.

—Entonces no entiendo por qué seguís con una fecha.

—Porque si una fecha cambia, tiene que haber una razón.

—O un error.

—También.

—Pues eso.

Nerea se levantó, fue hasta un archivador y sacó una carpeta que dejó sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

—Aquí están los partes.

Elena no la tocó enseguida.

—Gracias.

Nerea volvió a sentarse.

—Mirad lo que queráis.

La carpeta contenía controles diarios, incidencias menores y hojas de turno. Elena fue directamente al día en cuestión.

En el martes figuraba una anotación manual.

Control no realizado en hora prevista.

Al lado había una rúbrica.

—¿Tuya?

Nerea miró.

—Sí.

—Entonces no se hizo a las ocho y veinte.

—No en ese momento.

—¿Cuándo?

Nerea tardó.

—Más tarde.

—¿Ese mismo día?

—No sé.

Elena mantuvo la mirada.

Nerea apartó la vista.

—Se hizo el miércoles.

—¿Lo hiciste tú?

Nerea se pasó una mano por la frente.

—Sí.

Iria escribió algo.

—¿Y cambiaste la fecha?

—Sí.

La respuesta fue, por fin, limpia.

No alivió la tensión.

—¿Por qué? —preguntó Iria.

Nerea volvió la vista hacia el cristal.

—Porque no quería que pareciera que habíamos dejado un control sin hacer.

—Pero lo dejasteis sin hacer.

—Durante unas horas.

—Un día.

—No afectó a nada.

Elena escuchó sin intervenir todavía.

—La planta estaba funcionando bien —continuó Nerea—. La incidencia no cambió los parámetros. Hicimos la toma después y salió normal.

—Pero la fecha no era correcta —dijo Elena.

—No.

—¿Quién lo sabía?

—Yo.

—¿Nadie más?

—No oficialmente.

Iria dejó el bolígrafo.

—¿Lo hiciste para ocultar una incidencia que pudiera relacionarse con A Barda?

—No.

—¿Seguro?

Nerea se giró hacia ella.

—Seguro.

—Entonces ¿qué estabas protegiendo?

Nerea tardó más esta vez.

—Mi trabajo.

La frase salió baja, pero Elena la oyó con claridad.

—Explícalo.

—Habíamos tenido otra observación unas semanas antes por un retraso de control. Nada grave, pero el responsable me dejó claro que otro fallo de procedimiento me iba a caer a mí.

—¿Aunque la planta funcionara bien?

—Da igual que funcione bien si el papel dice que no hiciste lo que tocaba.

—Y decidiste que el papel dijera otra cosa.

Nerea bajó la vista.

—Sí.

Elena repasó mentalmente la secuencia. La falsedad protegía un fallo profesional, no ofrecía por sí misma una explicación para el vertido.

—¿Xoán sabía esto? —preguntó.

Nerea levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué?

—Que el control se había hecho tarde.

—No.

—¿Hablaste con él esos días?

La resistencia regresó.

—Sí.

—¿Sobre Pedra Fendida?

—No exactamente.

—¿Sobre qué?

Nerea dudó.

—Me preguntó si una descarga puntual podía verse varios kilómetros más allá después de una marea.

Elena se quedó quieta.

—¿Cuándo?

—El día antes de morir.

Iria dejó de escribir.

—¿Por qué no dijiste esto en tu primera declaración?

—Porque no pensé que fuera importante.

—Xoán te pregunta por una descarga puntual y luego aparece muerto —dijo Iria—. Era importante.

—En ese momento hablábamos de un accidente.

—Y ahora no.

Nerea miró a Elena.

—Yo no sabía nada de su muerte. Ni de lo que estaba mirando.

—¿Qué le respondiste?

—Que dependía del punto, de la marea, del viento y de la cantidad. Que sin datos no podía decirle nada.

—¿Mencionó Porto do Corvo?

—No.

—¿Pedra Fendida?

Nerea negó.

—¿La EDAR?

—Sí.

Elena frunció el ceño.

—¿Qué dijo?

—Que si una depuradora tenía una salida correcta, una contaminación con aceites y productos de limpieza tendría que notarse en los controles.

La pregunta tenía lógica.

—¿Y tú qué le dijiste?

Nerea miró la carpeta abierta.

—Que sí, en principio.

—¿Le hablaste del control retrasado?

—No.

—¿Por qué?

Nerea soltó una risa breve y amarga.

—Porque no quería que nadie mirara ese día.

La frase daba sentido a su actitud. Había minimizado una conversación técnica de Xoán no porque la relacionara con su muerte, sino porque temía que condujera hacia su propia alteración del registro.

—¿Pensaste que podía descubrir la fecha falsa? —preguntó Elena.

—Pensé que podía pedir registros.

—¿Y eso te preocupaba más que la contaminación?

Nerea no respondió.

No hacía falta.

—¿Cambiaste algún dato más? —preguntó Elena.

—No.

—¿Resultados?

—No.

—¿Parámetros?

—No.

—¿Solo la fecha?

—Sí.

Elena miró a Iria.

—Eso se puede comprobar.

Nerea asintió.

—Comprobadlo.

El tono ya no era desafiante, sino cansado.

Iria recogió las copias que necesitaba.

—Tendremos que incorporar esto.

Nerea cerró los ojos un instante.

—Ya.

—La alteración de un registro no desaparece porque no tenga relación con el homicidio.

—Lo sé.

—Y tampoco vamos a convertirla en otra cosa si no lo es.

Nerea miró hacia Elena.

—¿Tú crees que no tiene relación?

Elena eligió las palabras.

—Creo que la fecha falsa se explica mejor por miedo profesional que por el vertido.

Nerea respiró con algo menos de tensión.

—Eso es.

—Pero todavía quiero comprobar una cosa.

La calma se perdió de nuevo.

—¿Qué?

—Por qué Xoán te preguntó por una descarga puntual justo después de inspeccionar Pedra Fendida.

—No lo sé.

—¿Te enseñó algo?

—No.

—¿Te habló de sedimento?

—No.

—¿De trabajos atribuidos a su empresa?

—No.

—¿De alguien del puerto?

—No.

Elena observó su rostro. No percibió una resistencia nueva y clara. Nerea podía estar ocultando algo más o simplemente temer que cualquier respuesta volviera a complicarle la situación.

—¿Te dijo que iba a denunciar?

—No.

—¿Parecía asustado?

Nerea tardó unos segundos.

—No.

—¿Enfadado?

—Sí.

—¿Con quién?

—No lo dijo.

Iria guardó la carpeta.

La entrevista había producido dos resultados distintos: una mentira demostrada y una conversación de Xoán que acercaba aún más sus preguntas al problema ambiental.

Elena se levantó.

—Necesitaremos copias de los registros originales y del historial de modificaciones.

Nerea asintió.

—Os los preparo.

—Y la hora real del control del miércoles.

—También.

Antes de salir, Nerea la llamó.

—Elena.

Ella se volvió.

—Si hubiera dicho desde el principio que cambié la fecha, ¿habría cambiado algo?

La pregunta no parecía técnica.

—Habríamos perdido menos tiempo.

Nerea bajó la vista.

—Ya.

Elena abrió la puerta.

En el exterior, el aire olía a humedad y a tratamiento biológico. Caminó con Iria hacia el coche sin hablar durante unos metros.

—Otra mentira —dijo la teniente.

—Sí. Pero ahora sabemos qué estaba protegiendo.

Iria abrió el coche.

—Eso complica bastante el trabajo.

—También evita algunos errores.

Antes de entrar, Elena miró una vez más hacia la instalación.

La EDAR acababa de perder peso como posible origen de la contaminación, pero Nerea había aportado algo que sí importaba: el día antes de morir, Xoán estaba haciendo preguntas técnicas sobre cómo podía desplazarse una descarga puntual y si una salida normal de depuradora debía reflejar aceites y productos de limpieza en sus controles.

Ya no bastaba con saber que había visto algo en Pedra Fendida.

Había empezado a intentar entender cómo podía llegar hasta A Barda.