Capítulo 22
La forense había separado las lesiones en dos grupos antes de que Elena e Iria llegaran.
No por gravedad, sino por el momento en que podían haberse producido.
Sobre la mesa había fotografías, esquemas anatómicos y varias páginas del informe ampliado. La doctora se llamaba Eva Moure y hablaba con una calma que no suavizaba lo que estaba diciendo. Más bien impedía confundirlo.
—La primera revisión partía de una hipótesis razonable —explicó—. Buzo profesional, cuerpo recuperado en una cala, equipo puesto y posibilidad de un accidente durante una inmersión. Eso no determinó la autopsia, pero sí daba un contexto.
Iria se sentó frente a ella.
—Y ahora ese contexto no encaja.
—Una parte importante, no.
Elena dejó la carpeta del laboratorio junto a su silla. Había llevado la comparación ambiental y el resumen técnico de Antón, aunque no sabía cuánto iba a necesitarlos Eva. Su función allí era entender qué consecuencias tenía el nuevo análisis para la secuencia que llevaba días reconstruyendo.
La forense abrió el informe.
—Voy a empezar por lo que podemos decir con bastante seguridad. Xoán sufrió un traumatismo torácico grave cuando todavía estaba vivo.
Ninguna de las dos preguntó de inmediato.
Eva señaló un esquema del tórax.
—Hay lesiones internas compatibles con una compresión intensa. No con un golpe menor contra una roca ni con una contusión superficial. Hablamos de una fuerza importante aplicada sobre el pecho.
—¿Una caída? —preguntó Iria.
—Puede producirse compresión en determinados accidentes. Una caída con atrapamiento, un aplastamiento entre objetos, el impacto de una estructura pesada... Hay varios mecanismos posibles. Lo que no puedo hacer es identificar el objeto concreto a partir de las lesiones.
Elena miró el dibujo.
—¿Podría provocarlo el mar contra las rocas de O Coído?
Eva negó con prudencia.
—No es la explicación que mejor encaja con el patrón principal.
—¿Por qué?
—Porque las lesiones que atribuimos al contacto con el entorno costero son distintas. Hay abrasiones superficiales, pequeños traumatismos y marcas que sí pueden haberse producido después, durante el movimiento del cuerpo en el agua o contra las rocas. La lesión torácica grave tiene otro carácter.
Iria pasó una hoja.
—¿Y ocurrió antes de entrar en el agua?
Eva la miró.
—Sí.
La respuesta llegó sin énfasis.
Durante varios días habían acumulado indicios que deterioraban la historia del accidente sin terminar de romperla. El equipo no encajaba bien con un fallo real, los sedimentos explicaban mal O Coído y las adherencias apuntaban a un ambiente más protegido. Todo aquello aún admitía alternativas.
Esto reducía mucho más el margen.
—¿Cómo puedes establecerlo? —preguntó Elena.
Eva giró hacia ella parte de la documentación.
—Por la respuesta vital de los tejidos y por el conjunto de hallazgos. No voy a convertir esto en una clase de patología, pero las lesiones principales presentan características de haberse producido con circulación activa. Xoán estaba vivo cuando sufrió la compresión.
—¿Podía seguir vivo al entrar en el agua?
Eva apoyó un dedo en otra página.
—Eso es lo siguiente.
Iria levantó la vista.
—¿Hay signos de ahogamiento?
—No suficientes para sostener el ahogamiento como causa primaria de muerte.
Elena se fijó en la formulación.
—¿Eso significa que no aspiró nada de agua?
—No. Un cuerpo puede presentar agua en vías respiratorias o hallazgos asociados al medio acuático sin que la persona haya muerto ahogada. Hay que valorar el conjunto. Aquí no encontramos un cuadro que justifique explicar la muerte por ahogamiento.
—¿La lesión torácica sí?
—Es suficiente para explicar un deterioro grave y rápidamente mortal.
Iria dejó la hoja sobre la mesa.
—¿Puedes decir que estaba muerto cuando entró en el agua?
Eva guardó silencio unos segundos.
—Puedo decir que la muerte se produjo antes de que el medio acuático actuara como causa principal. Con los datos que tenemos, la secuencia más coherente es que Xoán sufriera la lesión torácica grave fuera del agua y que después fuera introducido en el medio marino.
La diferencia entre ambas formulaciones era pequeña en apariencia y enorme en un informe.
Elena entendió por qué Eva elegía la segunda.
—¿Existe alguna posibilidad de que recibiera la compresión junto a la cala y después cayera al agua?
—Existe en abstracto. La medicina forense no puede decirme dónde ocurrió. Si hubiera habido un accidente terrestre junto a O Coído con un mecanismo capaz de producir esa compresión, tendríais que encontrar una explicación externa compatible.
Elena recordó la cala: bloques, grava, agua entrando entre las rocas, ausencia de estructuras pesadas.
—En el punto donde apareció no vimos nada que lo explique bien.
—Eso ya pertenece a vuestra reconstrucción —respondió Eva—. Yo puedo decir aproximadamente cómo se produjo la lesión, no dónde.
Era la misma frontera que Alba y Antón habían mantenido en sus respectivos campos. Ninguna prueba debía hacer más trabajo del que podía sostener.
Iria abrió la carpeta del equipo.
—Antón considera que el estado del regulador no respalda bien un fallo accidental durante el uso. Hay alteraciones compatibles con una intervención relativamente reciente.
Eva asintió.
—Lo he leído.
—¿Eso cambia tu interpretación?
—La refuerza, pero no la origina. Aunque el equipo estuviera perfecto, seguiríamos teniendo que explicar una lesión torácica grave producida en vida y la falta de un cuadro de ahogamiento primario.
Elena abrió entonces el informe de Alba.
—Y el equipo conserva sedimentos y adherencias que encajan peor con O Coído que con un entorno portuario protegido.
Eva lo revisó por encima.
—Eso puede ayudaros a reconstruir por dónde estuvo el equipo. Tampoco cambia la lesión.
Las tres líneas empezaban a tocarse sin convertirse todavía en una sola prueba.
Eva tenía el cuerpo.
Antón, el equipo.
Alba, los restos ambientales.
Por primera vez, las tres cuestionaban aspectos distintos de la misma historia inicial.
—¿Qué parte de las lesiones pudo confundirse al principio con daños de la cala? —preguntó Elena.
Eva pasó a las fotografías externas.
—No se confundió exactamente. Había múltiples lesiones y era necesario ordenar cuáles podían relacionarse con el medio.
Las abrasiones superficiales de brazos, espalda y piernas son compatibles con roce contra roca después de entrar en el agua.
Algunas contusiones también. El problema era determinar si el traumatismo torácico formaba parte del mismo episodio.
—Y ya no lo consideras probable.
—No.
—¿Porque la compresión requiere otro mecanismo?
—Por eso y porque el patrón interno no corresponde bien a simples impactos repetidos contra una costa rocosa.
Elena no pidió detalles anatómicos que no necesitaba. Para su reconstrucción bastaba con la separación temporal: primero la compresión grave; después, el agua y los roces.
Iria se inclinó ligeramente hacia delante.
—¿Cuánto tiempo pudo pasar entre la lesión y la entrada en el agua?
Eva negó.
—No puedo darte un intervalo útil con la precisión que queréis. Puede ser relativamente corto y aun así no permitir establecer minutos.
—¿Horas?
—No voy a excluir ni afirmar una cifra sin base suficiente.
Iria aceptó la limitación.
Elena pensó en la cronología. Xoán había salido del muelle de Óscar hacia las 16:31. Después se dirigió a Porto do Corvo. Su presencia allí estaba confirmada. Samuel sostenía que se había marchado antes de las 18:45. A partir de ese punto seguía existiendo un hueco.
La muerte ya no podía esconderse cómodamente dentro de una inmersión desconocida en O Coído.
Tenía que situarse antes.
—¿Podía caminar después de sufrir la lesión? —preguntó.
Eva consultó el informe.
—No puedo reconstruir una conducta exacta. Una compresión torácica severa puede incapacitar muy deprisa. En este caso, no consideraría razonable una actividad física normal posterior.
—¿Conducir hasta la cala? —preguntó Iria.
Eva no convirtió una probabilidad médica en una certeza narrativa.
—No me corresponde afirmar que no pudo conducir. Pero el cuadro lesional encaja mal con una persona que, después de sufrirlo, siga actuando con normalidad durante un periodo prolongado.
Eso bastaba para cambiar el peso de la cronología.
Si Xoán había llegado por sus propios medios a O Coído, tendría que haberlo hecho antes de sufrir la compresión. En ese caso, faltaba allí un mecanismo convincente para producirla.
Si la compresión había ocurrido en otro lugar, el cuerpo había tenido que llegar a la cala de otra forma.
Elena no verbalizó todavía ninguna de las dos opciones.
—¿Había lesiones defensivas? —preguntó Iria.
—Nada que me permita afirmar una agresión en ese sentido.
—¿Golpes de otra persona?
—La compresión puede ser accidental o producirse durante un forcejeo. La lesión no identifica intención.
—¿Podría ser un homicidio?
Eva sostuvo la mirada de la teniente.
—Podría. Y a estas alturas considero necesario investigarlo como tal. Pero medicina forense no os va a dar ni autor ni escenario.
La palabra entró por primera vez de forma explícita en la investigación.
Homicidio.
No como conclusión definitiva, sino como marco necesario.
Elena notó el cambio. Había llegado a Porto Xabre por una mortandad de marisco y aves.
Había seguido una película aceitosa que se acumulaba en los lugares equivocados, una conducción que no estaba tan inactiva como figuraba en los planos y una serie de documentos que Xoán había empezado a cuestionar.
Ahora la muerte del buzo ya no podía tratarse como un accidente paralelo.
Aun así, su función seguía siendo la misma: aportar aquello que el territorio y los materiales podían demostrar, sin ocupar el lugar de la policía.
Iria pareció llegar a una conclusión parecida.
—A partir de este momento vamos a ampliar las diligencias. La cronología, la furgoneta, los registros del puerto y las últimas personas que lo vieron pasan a tener otro valor.
Elena asintió.
—Yo puedo continuar con el origen del vertido y con las comparaciones ambientales.
—Y con cualquier dato que relacione a Xoán con las infraestructuras del puerto.
—Sí.
Eva cerró parte de la documentación.
—Hay una cosa más que conviene dejar bien formulada.
Las dos la miraron.
—Que el cuerpo apareciera en O Coído no significa que todas las lesiones se produjeran allí. Algunas sí son perfectamente compatibles con el contacto posterior con la cala. La escena puede haber añadido marcas reales.
Elena entendió enseguida la importancia.
—Eso hace que el lugar parezca más convincente.
—Exactamente.
Una escena falsa no tenía por qué componerse enteramente de pruebas falsas.
El agua y las rocas podían haber producido daños verdaderos después de que el cuerpo llegara allí.
Quien encontrara a Xoán vería un buzo, un equipo aparentemente problemático, una cala peligrosa y abrasiones compatibles con ese entorno.
La suma resultaba convincente porque varias piezas eran auténticas.
Solo estaban ordenadas en una secuencia incorrecta.
—¿Las lesiones de la cala pueden fecharse como posteriores a la muerte? —preguntó Elena.
—Algunas muestran poca o ninguna respuesta vital y son compatibles con producción post mortem. En otras prefiero mantener prudencia. Pero sí, hay lesiones externas que encajan con contacto después de la muerte o en una fase terminal.
Iria tomó nota.
—Eso irá en el informe ampliado.
—Con formulación técnica, sí.
La reunión terminó poco después.
En el pasillo, Iria no habló hasta que llegaron a una ventana desde la que se veía una franja de mar entre edificios. El cielo estaba claro sobre la costa, pero el agua seguía gris y movida.
—Se acabó el accidente —dijo.
Elena tardó un momento en responder.
—Se acabó como explicación suficiente.
Iria la miró.
—Para la investigación penal, eso es bastante.
—Para saber qué ocurrió, todavía no.
La teniente aceptó la diferencia.
Elena abrió su cuaderno. Bajo la cronología del día de la muerte añadió una nueva línea, sin adjudicarle todavía lugar ni hora:
«Compresión torácica grave, en vida, antes del agua.»
Después trazó una separación y escribió:
«O Coído: escenario posterior.»
No añadió «Nave 4». No tenía ninguna prueba para hacerlo.
A partir de aquel momento, cada minuto entre la llegada de Xoán a Porto do Corvo y la aparición de su cuerpo había cambiado de naturaleza.
Ya no estaban buscando cuándo ocurrió un accidente.
Tenían que averiguar dónde había muerto.