La mentira del mar (Las huellas de la tierra 3) Capítulo 21
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Capítulo 21

Antón Varela había desmontado el regulador solo hasta donde podía hacerlo sin perder la posibilidad de reconstruir su estado original.

Cuando Elena e Iria entraron en la sala técnica, varias piezas seguían colocadas sobre las mismas bandejas del primer examen. Otras estaban acompañadas por fotografías ampliadas, mediciones y un conjunto de prueba idéntico con el que Antón había reproducido distintas posiciones de la conexión.

—Ya puedo ser algo más preciso —dijo.

Elena dejó la carpeta del laboratorio sobre una silla.

—Eso suena prudente.

—Lo es.

Antón señaló el racor de baja presión que habían visto parcialmente aflojado dos días antes.

—Empecemos por esto. He probado un conjunto equivalente con distintos grados de apriete, presión de trabajo y carga. También he revisado la rosca, la junta y las superficies de contacto del original.

Iria se colocó al otro lado de la mesa.

—¿Y?

—Que se aflojara durante una inmersión hasta la posición en que apareció es posible en teoría, pero no es una buena explicación para este caso.

Elena observó la pieza. Seguía pareciendo insignificante: metal, una junta, unos milímetros de diferencia respecto a la posición correcta.

—¿Por qué?

Antón le mostró dos fotografías.

En la primera, tomada durante uno de los ensayos, la unión había sido sometida a una pérdida prolongada. Se apreciaban marcas en la junta y un patrón de desgaste alrededor de la zona de contacto. En la segunda aparecía el componente de Xoán.

—Si esta conexión hubiera trabajado durante bastante tiempo aflojada y con una fuga importante, esperaría más señales de movimiento bajo presión.

No tienen por qué ser idénticas a las de mi ensayo, pero aquí no veo un patrón que me permita defender con comodidad que se abrió sola mientras él buceaba.

—¿Puede haber una fuga menor sin dejar esas marcas? —preguntó Elena.

—Sí. Pero entonces volvemos al problema anterior: una fuga pequeña tarda más en reducir la botella y un buzo profesional tiene más tiempo para detectarla.

—¿Y una grande?

—La notaría.

Iria se inclinó hacia las fotografías.

—¿Por el sonido?

—Por el sonido, las burbujas, el consumo y el comportamiento del equipo. No hace falta ser un experto para notar una pérdida considerable. Xoán sí lo era.

Antón dejó las imágenes y tomó otra hoja.

—Además, el regulador principal funciona. No está perfecto, porque necesitaba mantenimiento, pero nada de lo que hemos reproducido explica un fallo súbito e inadvertido que deje al buzo sin aire de forma limpia.

Elena recordó la presión residual de la botella.

—Entonces seguimos sin saber cuándo perdió el aire que falta.

—Exacto.

—Pero sabemos que las piezas no justifican bien esa pérdida durante una inmersión.

—Eso puedo decirlo ahora con bastante más seguridad.

Iria cruzó los brazos.

—¿Y si la botella ya estaba parcialmente vacía antes de entrar?

Antón aceptó la posibilidad.

—También. Pero un profesional suele comprobar la presión antes de meterse al agua.

—Suele.

—Sí. No puedo convertir un hábito profesional en una certeza histórica.

La experiencia reducía ciertas posibilidades, pero no las eliminaba.

Antón pasó entonces a la pieza de retención desplazada.

La había fotografiado con aumento. En una de las caras se veía una zona más clara que había permanecido protegida durante algún tiempo por el contacto con otra superficie. Junto a ella aparecía una franja oscura y más expuesta.

—Esto sí es más interesante.

Elena se acercó.

—¿Puedes saber cuánto tiempo estuvo en una posición?

—No con precisión. Pero puedo comparar qué partes han permanecido protegidas y cuáles expuestas al agua, la sal y la suciedad.

Señaló la zona clara.

—La pieza estuvo asentada de forma bastante estable durante un periodo suficiente para que esta superficie quedara protegida. Después cambió de posición.

—¿Cuándo?

—Eso no puedo fecharlo. Pueden ser horas antes de recuperar el equipo o días. El material no lleva calendario.

—¿Podría haberse desplazado durante la supuesta inmersión en O Coído? —preguntó Iria.

Antón dudó.

—No encuentro un mecanismo convincente. No está rota y tampoco hay daños alrededor compatibles con un golpe fuerte que la sacara de sitio. El movimiento normal del equipo no debería dejarla así.

—¿Y una manipulación manual?

—Sí la explica.

La respuesta fue sencilla, pero Antón continuó antes de que adquiriera más peso del necesario.

—Que algo pueda explicarse por manipulación no significa que esté demostrada la intención ni quién lo hizo.

Xoán pudo tocar el equipo por mantenimiento, otra persona hacerlo después o la pieza quedar mal colocada tras una revisión anterior.

Lo que sí me cuesta defender es que terminara así como consecuencia normal de una inmersión.

Elena volvió a mirar la fotografía ampliada.

—¿Hay indicios de que cambiara de posición después de haber estado mojada?

Antón tardó un momento.

—Eso es más razonable.

—¿Por qué?

—Porque en la zona que quedó expuesta tras el desplazamiento hay menos depósito. No puedo decir cuánto menos tiempo estuvo expuesta, pero la diferencia existe.

Iria miró a Elena.

—¿Después de usarlo?

—Puede ser —respondió Antón—. Es compatible con eso. No me gustaría escribir «después de la inmersión», porque no sabemos cuál fue la última ni cuánto tiempo pasó entre una cosa y otra.

La cautela tenía sentido. El informe de Alba ya indicaba que el equipo había pasado por más de un ambiente y que O Coído no explicaba bien el conjunto. Hablar de «la última inmersión» como si supieran dónde ocurrió introduciría una certeza que todavía no tenían.

—Formula lo que sí puedes sostener —dijo Elena.

Antón consultó sus notas.

—La posición de la pieza no es coherente con desgaste normal ni con un desplazamiento provocado por el funcionamiento ordinario del equipo. La diferencia de depósito entre superficies es compatible con un cambio de posición relativamente reciente respecto al periodo de uso acumulado de la pieza.

—Eso no es exactamente lo mismo que decir que alguien la movió después —señaló Iria.

—No. Y por ahora no lo escribiría así.

Elena dejó que la explicación se asentara antes de volver a la conexión.

—¿Con el racor ocurre algo parecido?

—Menos. Ahí puedo decir que el estado encontrado no se explica bien por una fuga prolongada bajo carga. También puedo decir que puede colocarse manualmente en esa posición sin dejar marcas evidentes de herramienta.

—¿A mano?

—Sí, dependiendo del apriete previo.

Antón tomó el conjunto de prueba y reprodujo la posición despacio, con los dedos. Después abrió la válvula del sistema de ensayo.

El aire escapó con un siseo.

—Así puede dar una apariencia bastante convincente de problema técnico si alguien encuentra el equipo después y solo mira la presión residual y la conexión.

Iria frunció el ceño.

—¿Apariencia convincente?

—A primera vista. No en una revisión detallada.

Elena observó el manómetro del conjunto de prueba mientras la aguja descendía.

—¿Cuánto tardaría en perder una cantidad apreciable?

—Depende de cuánto se afloje. Puede ajustarse.

Antón cerró el suministro.

—Pero vuelvo a lo mismo: si un buzo está utilizando el regulador mientras esto ocurre, hay señales. Si el equipo está fuera del agua y nadie respira de él, puedes reducir presión sin que exista un usuario que lo note.

Aquello modificaba una secuencia posible, pero no la demostraba.

Hasta entonces, una botella con menos presión había contribuido a sostener una explicación sencilla: Xoán podía haberse quedado con poco aire o haber sufrido un fallo. Ahora esa misma presión también podía ser consecuencia de una alteración posterior.

—¿Puedes saber si la botella perdió aire dentro o fuera del agua? —preguntó Elena.

—No solo con esto.

—Entonces no lo inferimos.

—Bien.

Iria abrió la carpeta que llevaba.

—Tengo que decidir qué parte de todo esto cambia la investigación.

Antón apoyó ambas manos en la mesa.

—Yo diría que la hipótesis de un fallo accidental del equipo ha empeorado bastante.

—¿Bastante cuánto?

—Lo suficiente para que no la utilizara como explicación principal sin otra evidencia.

Elena repasó mentalmente lo que tenían.

El regulador funcionaba. La conexión estaba en una posición que no encajaba bien con una fuga prolongada durante el uso.

La pieza de retención había cambiado de posición en algún momento relativamente reciente y sin daños que explicaran un desplazamiento accidental.

El equipo conservaba, además, restos de un ambiente portuario protegido que O Coído explicaba mal.

Ninguno de esos datos establecía por sí solo cómo había muerto Xoán.

Pero la versión inicial exigía ya demasiadas condiciones independientes: un problema con el aire difícil de reproducir, una pieza desplazada sin causa clara y un equipo ambientalmente poco coherente con el escenario donde apareció.

—Quiero que veas esto —dijo Elena.

Abrió el informe preliminar de Alba y mostró a Antón la conclusión sobre sedimentos y biofilm.

El especialista leyó despacio.

—¿Porto do Corvo?

—Compatible con un entorno de ese tipo. No identificado de forma exclusiva.

—Entendido.

—Parte de los restos puede venir del muelle de Óscar, donde sabemos que buceó. Pero no todo.

Antón volvió la vista hacia el equipo.

—Eso complica bastante asumir que después hizo otra inmersión larga en una cala abierta.

—La complica. No la elimina.

—Claro.

Iria pasó una página de sus notas.

—Entonces tenemos dos problemas con la explicación original. El equipo no falla como esperábamos y el entorno final no deja la huella que esperaríamos.

—Sí —dijo Elena—. Pero siguen siendo dos problemas distintos.

—Hasta que encontremos algo que los una.

Elena no respondió. Esa unión era precisamente lo que todavía faltaba.

Antón señaló el ordenador de buceo.

—También he descargado lo que conserva.

Iria levantó la vista.

—¿Y?

—Muy poco útil para lo que queréis. Hay registros anteriores, pero el último no permite reconstruir una inmersión completa de manera fiable. El aparato sufrió exposición y la memoria tiene datos incompletos.

—¿Hora? —preguntó Elena.

—No confiaría en ella para fijar una cronología.

—Entonces no la usamos.

Antón sonrió.

—Sois las primeras personas que me dicen eso sin intentar convencerme de que rescate una hora igualmente.

—Una hora falsa nos haría perder más tiempo que no tener ninguna.

Elena se acercó a las bandejas.

Seguía faltando algo que ordenara la historia. Podían demostrar que la explicación mecánica era mala; todavía no tenían una alternativa capaz de sostenerse mejor.

—¿Hay alguna forma de saber si Xoán llegó a usar ese regulador después del trabajo de Óscar? —preguntó.

Antón negó.

—No de forma fiable solo con el equipo.

—Entonces necesitamos la cronología.

Iria cerró su carpeta.

—Samuel dice que salió de Porto do Corvo antes de las seis cuarenta y cinco.

El dato apareció en la conversación por primera vez desde que habían entrado.

Antón no reaccionó; para él era solo una hora.

Elena recordó la secuencia completa: salida del muelle de Óscar sobre las cuatro y media, desplazamiento hacia Porto do Corvo, presencia allí confirmada y una marcha situada por Samuel antes de las 18:45. Después, un tramo todavía sin reconstruir.

—¿Habéis encontrado algo más sobre esa salida? —preguntó.

—Todavía no.

—¿Cámaras del puerto?

—Hay registros parciales. Estamos revisándolos.

—¿La furgoneta?

—También.

Elena guardó el informe de Alba.

No era momento de convertir las anomalías del equipo en una acusación contra la última persona conocida que había visto a Xoán. Si existía una conexión, tendría que sostenerla la cronología.

Antón empezó a recoger el conjunto de prueba.

—Mi informe definitivo tardará un poco más, pero la conclusión técnica principal no va a cambiar mucho.

—¿Cuál sería, en una frase que estés dispuesto a firmar? —preguntó Iria.

Antón pensó antes de responder.

—El estado del equipo no respalda de forma satisfactoria un fallo accidental ocurrido durante el uso como explicación de la pérdida de presión y de las alteraciones observadas.

—¿Y la posibilidad de manipulación?

—Compatible, especialmente para la conexión y la pieza de retención. Pero yo hablaría de alteración o intervención sobre el equipo, no de sabotaje, porque no puedo establecer intención.

Elena estuvo de acuerdo.

La palabra importaba. «Sabotaje» obligaba a imaginar a alguien preparando un fallo antes de que Xoán entrara en el agua. «Alteración» dejaba abierta otra posibilidad: que las piezas hubieran sido tocadas cuando ya no se esperaba que él volviera a utilizarlas.

Todavía no podían saber cuál de las dos secuencias era la correcta.

Al salir de la sala, Iria recibió una llamada. Elena esperó junto a una ventana del pasillo mientras la teniente escuchaba casi sin hablar.

Cuando colgó, algo en su expresión bastó para que Elena supiera que la conversación no había sido rutinaria.

—Era la forense.

Elena esperó.

La investigación llevaba días acercándose a un límite que el equipo y los sedimentos no podían atravesar por sí solos.

—¿Tiene ya el informe ampliado? —preguntó al fin.

—Quiere vernos esta tarde. Hay aspectos de las lesiones que no encajan bien con la lectura inicial del accidente.

Elena guardó la carpeta bajo el brazo.

Antón acababa de quitar al equipo buena parte de su capacidad para explicar lo ocurrido.

Ahora tocaba comprobar si el cuerpo hacía lo mismo.