Capítulo 20
Alba había dispuesto las muestras en una secuencia que empezaba en O Coído Vello y terminaba en Porto do Corvo.
No las había ordenado por procedencia, sino por tamaño de partícula.
Elena tardó unos segundos en darse cuenta al entrar en el laboratorio.
A la izquierda estaban los materiales más gruesos: granos minerales, pequeños fragmentos de concha y restos de roca.
Hacia la derecha, las bandejas se oscurecían y el sedimento se volvía más fino hasta llegar a una fracción casi limosa que, a simple vista, parecía uniforme.
Entre ambos extremos estaban las muestras recuperadas del equipo de Xoán.
—Así es más difícil hacer trampas —dijo Alba.
Elena dejó la chaqueta sobre una silla.
—¿Qué trampas?
—Las que hacemos sin querer. Si te pongo delante una bandeja que dice «O Coído» y otra que dice «Porto do Corvo», empiezas a buscar diferencias porque ya sabes de dónde vienen. Prefiero enseñarte primero qué materiales se parecen físicamente.
Iria había llegado unos minutos antes y esperaba junto a una mesa auxiliar.
Aquella mañana había acompañado a Elena al puerto para recoger las referencias que Alba necesitaba.
Tomaron cuatro: una junto a la entrada, donde el intercambio con el mar era mayor; otra en el interior de la dársena; una tercera en un rincón protegido próximo a la zona de mantenimiento y la última sobre una superficie sumergida donde se acumulaban organismos adheridos.
Samuel les había facilitado el acceso y después había seguido con su trabajo.
Nada durante el muestreo había parecido extraordinario. Precisamente por eso las referencias eran útiles.
—Empieza por el sedimento —dijo Elena.
Alba señaló una bandeja correspondiente al material extraído de una hendidura del chaleco de Xoán.
—Esta es una de las fracciones mejor conservadas. Está protegida del lavado directo, así que me interesa más que lo que había sobre superficies expuestas.
Elena reconoció el depósito oscuro que había visto durante la revisión con Antón.
—¿Y?
Alba desplazó dos recipientes hacia ella.
—O Coído Vello tiene material fino. Ya lo vimos. En grietas y zonas resguardadas aparecen limo y materia orgánica. El problema no es que la cala carezca de partículas pequeñas.
—Es la mezcla.
—Exacto.
Le mostró los resultados básicos. La muestra adherida al equipo contenía una proporción de finos claramente superior a la de las referencias dominantes de la cala. La diferencia no era absoluta, porque una de las muestras recogidas bajo una roca de O Coído entraba parcialmente en el mismo rango.
—Si nos quedáramos solo con la granulometría, no excluiría la cala —dijo Alba—. Podrías encontrar un punto protegido y cargar material de allí.
—Pero no te quedas solo con eso.
—No.
Pasó a la fracción orgánica.
En el material del equipo aparecían restos degradados propios de un ambiente con mayor sedimentación y menor renovación.
Alba evitó convertir aquello en una etiqueta geográfica.
Lo explicó como una cuestión de energía: donde el agua removía continuamente el fondo, muchas partículas finas permanecían poco tiempo antes de dispersarse; en una dársena protegida podían asentarse, mezclarse con materia orgánica y formar depósitos más estables.
—Porto do Corvo tiene eso —dijo Iria.
—Porto do Corvo tiene varios puntos donde ocurre —respondió Alba—. También cualquier otro puerto pequeño, una ensenada muy protegida o una zona artificial con poca renovación.
Elena asintió.
—Entonces, de momento, hablamos de tipo de ambiente.
—Sí.
Alba acercó las muestras tomadas aquella mañana.
Las del acceso al puerto eran relativamente gruesas y se parecían poco a lo conservado en el chaleco.
Hacia el interior, las diferencias disminuían.
En el rincón protegido próximo a la zona de mantenimiento, la distribución de tamaños se aproximaba bastante más.
—¿Cuánto? —preguntó Elena.
—Lo suficiente para hablar de compatibilidad. No para decir que este grano salió de este metro cuadrado de fondo.
—¿Y el muelle de Óscar?
Alba buscó otro gráfico.
—También explica una parte, sobre todo los finos de superficies expuestas. Eso tiene lógica porque sabemos que Xoán estuvo allí ese día.
La comparación era útil precisamente porque aquel paso estaba confirmado.
Si el equipo había estado limpio antes de entrar en el agua junto al barco de Óscar, su muelle podía haber aportado una parte importante del sedimento.
Los restos retenidos en zonas protegidas, sin embargo, no se ajustaban por completo a aquellas referencias.
—¿Podrían ser antiguos? —preguntó Elena.
—Sí.
—¿De cualquier trabajo anterior?
—Sí.
Iria frunció el ceño.
—Entonces ¿cómo distinguimos lo que ocurrió ese día de lo que llevaba ahí desde una semana antes?
—No siempre podemos —respondió Alba—. Por eso no voy a darte una cronología basada en barro.
Elena recorrió las bandejas con la vista.
Aquella limitación no invalidaba la comparación; definía lo que podía obtenerse de ella. La pregunta útil no era cuándo había entrado cada partícula en el equipo, sino si el conjunto resultaba razonable para una supuesta inmersión final en O Coído.
—¿Qué pasa con las partes más expuestas? —preguntó.
Alba señaló una aleta y una zona exterior del chaleco que habían sido muestreadas por separado.
—Ahí la conservación es peor, pero hay algo interesante. Si el equipo hubiera pasado un periodo suficiente en una cala abierta con grava, arena gruesa y movimiento, esperaría más renovación superficial. Sin embargo, seguimos encontrando bastante fracción fina.
—¿Eso descarta una inmersión breve?
—No.
—¿Ni que el equipo acabara allí después?
Alba la miró.
—Tampoco.
La diferencia importaba. Un equipo podía llegar a una cala sin haber sido utilizado allí durante mucho tiempo, conservar material previo en zonas protegidas y recoger después parte del entorno nuevo.
Los análisis podían señalar mezclas y compatibilidades, pero no reconstruir por sí solos la secuencia física.
Iria se acercó a la mesa.
—¿Y las adherencias?
Alba sonrió ligeramente.
—Eso es más interesante.
En la pantalla apareció una serie de imágenes ampliadas. Había fragmentos de algas microscópicas, pequeños tubos calcáreos, restos de biofilm y otras estructuras que Elena no habría podido identificar sin ayuda.
—No voy a llevar esto a especie cuando no hace falta —dijo Alba—. Algunas identificaciones podrían hacerse y otras no están suficientemente conservadas. Lo útil es el conjunto ecológico.
Amplió dos imágenes.
—Estas adherencias proceden de zonas del equipo protegidas del roce. Tienen características compatibles con superficies sumergidas en aguas relativamente tranquilas, con acumulación de biofilm y menor exposición al oleaje.
—¿O Coído? —preguntó Iria.
—Puede contener algunas de esas formas en grietas protegidas. Lo que resulta menos convincente es encontrarlas combinadas con este sedimento fino y con una presencia relativamente baja de materiales propios de una exposición más enérgica.
Elena miró las fotografías tomadas en Porto do Corvo. Pilotes, caras inferiores de estructuras, paredes sumergidas. En varios puntos había visto películas orgánicas y pequeñas colonias que el oleaje exterior habría mantenido mucho más castigadas.
—¿Las referencias del puerto contienen lo mismo?
—Algunas cosas muy parecidas.
—¿En qué puntos?
Alba señaló el código, no el nombre.
Elena consultó su libreta.
La primera muestra correspondía al interior de la dársena. La siguiente, también compatible, procedía de la zona resguardada próxima a mantenimiento.
—¿Y la entrada del puerto?
—Menos.
El patrón tenía sentido: cuanto mayor era el intercambio con el mar abierto, menos se parecía el ambiente a lo retenido en el equipo.
—¿Y Óscar? —preguntó Elena.
—Hay coincidencias parciales, pero la comunidad que recogisteis allí era más pobre en algunos de estos elementos. Eso puede deberse a la profundidad, la superficie, una limpieza reciente o simplemente al punto donde tomasteis la muestra.
No podía convertir una diferencia ecológica en una localización concreta.
Elena se inclinó sobre la pantalla.
—Si no supieras nada de este caso y yo te diera únicamente el material del equipo, ¿qué ambiente describirías?
Alba se tomó unos segundos.
—Agua marina o salobre de costa, pero relativamente protegida. Sedimento fino disponible. Superficies artificiales o rocosas con tiempo suficiente para desarrollar biofilm. Menos energía que una cala abierta como O Coído.
—¿Un puerto?
—Un puerto encaja bien. No es la única posibilidad.
Era suficiente.
Alba pasó después a un grupo de muestras que Elena no había relacionado de inmediato con el equipo de buceo. Eran sedimentos de Pedra Fendida y de A Barda.
—Ya que estabais aquí, repetí algunas comparaciones.
Elena miró los códigos.
—¿Ha cambiado algo?
—No en la composición básica. La muestra interior de Pedra Fendida mantiene la señal de hidrocarburos degradados y tensioactivos que ya vimos. Lo nuevo es que la fracción fina presenta algunas similitudes con los depósitos portuarios que habéis traído.
—¿Porque la conducción recoge material del puerto?
—Eso ya sería una interpretación. Solo puedo decirte que no resulta incoherente.
—¿Puedes relacionarla con el equipo de Xoán?
Alba negó.
—No como una misma muestra. Hay demasiadas vías de contaminación cruzada y demasiados ambientes costeros compartiendo minerales y materia orgánica. Si intentara hacerlo, estaría dando más precisión de la que tengo.
Elena no necesitaba más.
La limitación ayudaba, de hecho, a mantener separadas dos líneas que podían tocarse sin ser idénticas: por un lado, Pedra Fendida y los residuos; por otro, el recorrido del equipo de Xoán.
Que ambas apuntaran hacia un entorno portuario aumentaba el interés de Porto do Corvo, pero no demostraba una única secuencia.
—¿Hay algo que pueda descartarse con seguridad? —preguntó Iria.
Alba negó con la cabeza.
—Con seguridad absoluta, no. Pero puedo formularlo de otra manera: O Coído Vello es una explicación peor para el conjunto que un ambiente portuario protegido.
—Eso sí puedes firmarlo.
—Con el lenguaje adecuado, sí.
Iria dejó escapar el aire lentamente.
Elena volvió a las imágenes de las aletas.
Durante días, la cala había funcionado como punto final de la historia porque allí apareció el cuerpo.
El problema era que el material conservado en el equipo no se comportaba como si aquel lugar hubiera sido también el único escenario relevante de sus últimas horas.
Todavía no necesitaba decidir por qué.
—Quiero comparar estos restos con más puntos del puerto —dijo.
Alba apoyó una mano en la mesa.
—Eso puede afinar el tipo de ambiente, pero ten cuidado con una cosa: cuantas más muestras tomes, más probable será que encuentres algún rincón que se parezca mucho.
—Lo sé.
—Y entonces tendrás la tentación de tratar una buena compatibilidad como identificación.
—No busco el metro exacto.
—Bien. Porque no te lo puedo dar.
Iria señaló los códigos de Porto do Corvo.
—¿Con lo que tenemos ahora basta para decir que el equipo estuvo allí?
Alba se volvió hacia Elena antes de responder, como si prefiriera dejar aquella distinción a quien estaba reconstruyendo la parte ambiental.
—Sabemos que Xoán estuvo en el puerto —dijo Elena—.
Tenemos su cronología, los trabajos que estaba revisando y la declaración de Samuel.
Esto aporta otra cosa: el equipo conserva materiales compatibles con un entorno como el interior de Porto do Corvo y menos compatibles con que O Coído explique por sí solo su estado final.
—¿Y si esos restos son de una inmersión anterior en el puerto?
—Entonces necesitaremos otras pruebas para ordenar cuándo llegaron ahí.
Alba cerró las imágenes microscópicas y abrió el informe preliminar.
—Eso es exactamente lo que voy a escribir.
Durante la siguiente media hora repasaron la redacción técnica.
Elena pidió cambiar dos expresiones que podían sonar más concluyentes de lo que los resultados permitían.
«Procedencia portuaria» pasó a «compatibilidad con ambiente portuario protegido».
«Incompatible con O Coído» se convirtió en «escasamente explicable por las referencias dominantes de O Coído Vello».
Iria observó la corrección.
—Cada vez que parece que tenemos una frase sencilla, la hacéis más larga.
—Porque luego una frase sencilla dura años en un informe —dijo Alba.
Elena sonrió.
Antes de marcharse pidió copias de las imágenes de biofilm y de los gráficos de granulometría. No las necesitaba para señalar a nadie, sino para sostener por qué la cala empezaba a perder peso como escenario de la supuesta inmersión.
En el aparcamiento, Iria se quedó junto a ella mientras guardaba la carpeta.
—¿Volvemos al puerto?
—Todavía no.
—Pensaba que querrías más muestras.
—Las tendremos. Pero antes quiero saber qué está diciendo Antón sobre el equipo.
Iria siguió la idea.
Hasta ese momento tenían dos anomalías que avanzaban en paralelo. Las conexiones del regulador no se comportaban como un fallo simple y los restos ambientales no encajaban bien con O Coído. Ninguna bastaba por separado para cambiar la naturaleza de la muerte.
Juntas empezaban a hacer más difícil conservar la explicación inicial sin someterla de nuevo a prueba.
—Le llamo —dijo Iria.
Elena guardó la carpeta en el coche.
El laboratorio no les había dicho dónde había muerto Xoán. Había hecho algo más útil por el momento: reducir los ambientes capaces de explicar razonablemente el estado de su equipo.