La mentira del mar (Las huellas de la tierra 3) Capítulo 19
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Capítulo 19

Berta había vuelto a ordenar la oficina.

La mesa donde dos días antes se amontonaban vídeos, facturas y carpetas estaba casi despejada, salvo por un portátil, una libreta y dos sobres de banco apartados junto a la impresora.

Elena no sabía si aquel orden respondía a una necesidad práctica o a una forma de recuperar algo de control después de la entrada de la Guardia Civil.

Berta tampoco parecía dispuesta a explicarlo.

—Me dijiste que querías revisar los últimos pagos de Xoán.

—Y cualquier movimiento que no encaje con el trabajo habitual.

—Eso abarca bastante.

—Podemos empezar por lo que te llamó la atención a ti.

Berta se sentó y abrió una hoja de cálculo.

—Lo que me llamó la atención fue que no me dejara nada claro.

—¿Sobre qué?

—Sobre el dinero.

Elena esperó.

—Xoán era desordenado, pero no irresponsable. Si sacaba dinero de la empresa para una reparación o adelantaba algo a un cliente, acababa diciéndomelo porque luego yo tenía que cuadrarlo. Las últimas semanas había movimientos que no me explicó bien.

—¿Cuánto dinero?

—No una fortuna.

Berta giró la pantalla.

Había transferencias pequeñas, pagos a proveedores y dos retiradas en efectivo. Ninguna cantidad destacaba por sí sola. Elena leyó las fechas.

—¿Estas dos?

—Sí.

—¿Para qué eran?

—No lo sé.

—¿Se lo preguntaste?

—Claro.

—¿Qué te dijo?

—Que ya me lo explicaría.

La frase era demasiado corriente para atribuirle valor por sí sola.

—¿Había algún problema de caja en la empresa?

Berta cerró la hoja de cálculo y apoyó las manos sobre la mesa.

—Ya te dije que íbamos justos.

—También dijiste que no estabais al borde del cierre.

—Y no lo estábamos.

Elena sacó el cuaderno.

—Necesito separar esas dos cosas.

Berta la miró con cansancio.

—No sé qué quieres que te diga.

—Que me expliques por qué ayer reaccionaste cuando pregunté por las cuentas.

La tensión apareció de inmediato.

—Porque mi hermano está muerto y cada vez que alguien ve una cifra piensa que detrás hay un motivo.

—Yo no he dicho eso.

—No hace falta.

Elena cerró el cuaderno.

—Entonces lo hacemos de otra manera. Dime qué parte de las cuentas te preocupa a ti.

Berta apartó la vista hacia la ventana. Durante unos segundos solo se oyó el zumbido del ordenador.

—Pedí un préstamo personal.

Elena no respondió.

—Hace meses —continuó Berta—. La empresa tuvo una racha mala. Dos clientes tardaron en pagar, tuvimos que cambiar una pieza cara del compresor y se juntó todo. Pedí el dinero a mi nombre y lo metí en la cuenta del negocio.

—¿Xoán lo sabía?

—Sí.

—¿Y había algún problema con eso?

—No legal. Pero no quería que mi madre se enterara. Ni algunos clientes. En un sitio pequeño basta con que alguien oiga que has pedido dinero para que al día siguiente ya estés cerrando.

La ocultación tenía una forma concreta. Desagradable para Berta, pero comprensible.

—¿Moviste dinero entre cuentas?

—Sí. Alguna vez saqué de una y metí en otra para que no quedara un descubierto justo antes de un cargo.

—¿Sin dejarlo anotado en el momento?

—Luego lo regularizaba.

—¿Xoán te había reprochado algo?

Berta soltó una risa seca.

—Todos los hermanos que trabajan juntos se reprochan algo.

—¿Por esto?

—Sí.

—¿Habíais discutido?

—No como estás pensando.

Elena volvió a abrir el cuaderno.

—No sabes lo que estoy pensando.

—Que teníamos problemas de dinero, que yo movía cuentas y que él murió. No hace falta ser muy lista.

—Lo que estoy pensando es que hay una parte de la contabilidad que no refleja de manera inmediata todos los movimientos. Eso afecta a cómo interpretemos cualquier pago de Xoán.

Berta se quedó callada.

—No te estoy preguntando si tenías un motivo para matarlo.

La palabra cambió el aire de la oficina.

Berta apartó la silla unos centímetros.

—La Guardia Civil todavía no me ha dicho que lo mataran.

—A mí tampoco.

Elena sostuvo la mirada.

—Por eso no voy a tratar un préstamo como si fuera una respuesta.

Berta permaneció inmóvil unos segundos y después abrió otra carpeta del ordenador.

—Hay algo más.

Elena esperó.

—Xoán prestó dinero.

—¿A quién?

Berta buscó entre varios correos antes de responder.

—A Lidia Carballo.

Elena reconoció el nombre. Conservas Carballo aparecía entre las empresas de la zona relacionadas con actividad portuaria y suministros, aunque hasta entonces no había surgido ningún vínculo directo con Pedra Fendida.

—¿Cuánto?

Berta le dio la cifra.

No era una cantidad enorme, pero sí suficiente para que dejara de parecer un favor menor.

—¿Desde la empresa?

—No. De su cuenta personal.

—¿Sabes por qué?

—Lo descubrí después.

—¿Después de qué?

—De que empezaran a llegarle mensajes.

Berta abrió una captura de pantalla.

—Esto estaba sincronizado en el ordenador.

Elena no se acercó todavía.

—¿Lo ha visto Iria Castro?

—Sí. Le di acceso a todo lo que estaba aquí. Me dijo que podía hablar contigo de lo que afectara al trabajo de Xoán, pero que los originales los conservaban ellos.

Elena asintió.

—Entonces enséñame solo lo necesario.

Los mensajes entre Xoán y Lidia eran cortos.

No había amenazas ni una intimidad evidente. Solo recordatorios de pago, una petición de más tiempo y dos respuestas de Xoán diciendo que no había problema mientras Lidia le confirmara una fecha realista.

El tono cambiaba algo en los mensajes más recientes.

Lidia pedía que no mencionara el dinero delante de su pareja.

Xoán respondía que no tenía intención de hacerlo.

—¿Quién es su pareja? —preguntó Elena.

—No lo sé bien. Sé que llevan la empresa juntos o que él entra y sale de allí.

—¿Por qué necesitó el dinero?

—Una avería.

—¿De la conservera?

—Eso dijo Xoán.

Elena leyó el mensaje otra vez.

—¿Tú lo sabías cuando ocurrió?

—No.

—¿Te molestó?

Berta sonrió sin humor.

—Mucho.

—¿Por el dinero o por ocultártelo?

—Por las dos cosas.

—¿Discutisteis?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Un par de semanas antes de que muriera.

Elena tomó nota.

—¿Qué te dijo?

—Que Lidia estaba pasando un momento malo y que se lo devolvería.

—¿Y tú?

—Que no éramos un banco.

La respuesta no necesitaba explicación.

—¿Le debía todavía dinero cuando murió?

—Sí.

—¿Todo?

—No. Había devuelto una parte.

Elena miró los mensajes.

Visto desde fuera, aquello podía convertirse fácilmente en un motivo: dinero prestado, un secreto de pareja, una deuda pendiente y una persona muerta. Precisamente por eso necesitaba comprobarlo antes de darle peso.

—¿Lidia sabía que Xoán estaba revisando Pedra Fendida?

—No tengo ni idea.

—¿Trabajaba su empresa con Porto do Corvo?

—Claro. Como muchas de la zona.

—¿Y Xoán hacía trabajos para ella?

—Alguno.

—¿Subacuáticos?

—Mantenimiento, inspecciones, alguna cosa puntual.

—¿Reciente?

Berta buscó.

Apareció una factura de meses atrás y otra más antigua.

Nada de la semana de la muerte.

—¿Xoán la vio esos días?

—No lo sé.

Elena repasó de nuevo los mensajes. Había uno especialmente breve enviado dos días antes de la muerte.

«Te lo doy el viernes. No quiero más retrasos.»

La respuesta de Xoán era sencilla:

«Vale. Avísame.»

—¿Viernes era después de su muerte?

—Sí.

—¿Lidia pagó?

—No que yo sepa.

Berta cerró la conversación.

—Y ahora seguro que parece horrible.

—Parece una deuda pendiente.

—Eso ya es suficiente para mucha gente.

Elena entendió la amargura.

—No para mí.

Berta la observó.

—Entonces ¿por qué preguntas?

—Porque una mentira puede esconder un motivo o puede esconder otra cosa. Necesito saber cuál de las dos.

La frase dejó a Berta callada.

Elena también reparó en lo que acababa de decir.

Hasta hacía poco, en un caso semejante cada ocultación habría tendido a ordenarse casi de manera automática: secreto, contradicción, posible culpabilidad.

Ahora empezaba a reconocer con más facilidad otro patrón.

La gente mentía para proteger dinero, vergüenza, reputación, relaciones y miedo.

Eso no volvía aquellas mentiras irrelevantes; las hacía más difíciles de interpretar.

—¿Qué sabes de Lidia? —preguntó.

Berta se encogió de hombros.

—Trabajadora. Orgullosa. La empresa es de su familia.

—¿Y su pareja?

—No me cae bien.

—Eso no me sirve mucho.

—Ya lo sé.

—¿Por qué no te cae bien?

—Porque habla como si todo lo hubiera hecho él.

Elena no anotó la opinión.

—¿Lidia tenía alguna razón para temer que Xoán contara lo del préstamo?

—Por lo que leo, no quería que se supiera.

—¿Xoán amenazó con decirlo?

—No.

—¿Le reclamó de forma agresiva?

—No.

—¿Habían discutido?

—Que yo sepa, no.

La línea tenía menos fuerza de la que había tenido Óscar. Existían un secreto, dinero y una deuda pendiente, pero no una escalada.

Aun así, había que comprobarla.

—Hablaré con ella.

Berta cerró el portátil.

—Hazlo.

El tono cambió ligeramente.

—¿Hay algo que quieras que le pregunte?

—Por qué aceptó el dinero si luego le daba tanta vergüenza devolverlo.

En la respuesta había más de hermana que de administradora.

Elena dejó pasar unos segundos.

—¿Te preocupa que alguien piense que tú también tenías un motivo?

Berta la miró de frente.

—Claro.

—¿Por la empresa?

—Por todo.

—¿Seguro de vida, cuentas, préstamo...?

—Eso.

Berta se levantó y caminó hasta una estantería.

—Mi hermano muere y de repente cada cosa fea de nuestra vida parece importante.

Elena tardó en responder.

Había algo cierto en aquella frase. Una muerte reorganizaba retrospectivamente los detalles y los convertía en posibles señales. Una discusión vieja pasaba a ser un conflicto. Un movimiento de cuenta, un motivo. Un préstamo, una presión.

—Por eso hay que separar lo que pasó de lo que ahora parece que podía haber pasado.

Berta se volvió hacia ella.

—¿Y puedes?

—Intento hacerlo.

—No parece fácil.

—No lo es.

Berta regresó a la mesa.

—Hay otra cosa de los mensajes.

—¿Con Lidia?

—Sí.

Abrió una conversación diferente, de unos días antes.

Lidia preguntaba a Xoán si podía acercarse a la conservera porque necesitaba que revisara algo «antes de que vinieran los del mantenimiento».

No especificaba qué.

Xoán había respondido que esa semana iba mal de tiempo y que, si era urgente, le mandara fotos.

—¿Fue? —preguntó Elena.

—No hay parte.

—¿Fotos?

Berta buscó en la conversación.

Había tres imágenes adjuntas.

Mostraban una zona de tuberías, un desagüe de suelo y una pequeña acumulación de agua junto a un equipo.

Elena amplió una de ellas.

—¿Esto es dentro de la conservera?

—Supongo.

—¿Sabes qué quería que mirara?

—No.

La petición podía ser completamente normal. Una pequeña industria alimentaria tenía conducciones, drenajes y problemas de mantenimiento, y que Xoán recibiera consultas informales no decía nada sobre Pedra Fendida.

Pero el contexto obligaba a comprobarlo.

—¿Esto se solucionó?

—No lo sé.

—¿Hay mensajes posteriores?

Solo uno.

Lidia había escrito: «Ya está. No hace falta que vengas.»

Elena leyó la fecha.

Era anterior a la muerte de Xoán.

—¿Nada más?

—Nada.

Elena guardó la referencia.

La suma de elementos dibujaba otra línea: préstamo oculto, reparación urgente, una relación profesional previa y una consulta que desaparecía sin intervención de Xoán. Podía ser un secreto financiero y nada más. También podía ocultar un problema de mantenimiento sin relación con A Barda.

Lo importante era no convertir la coincidencia en conexión antes de tiempo.

—Quiero una copia de los mensajes relacionados con el préstamo y con esa consulta.

—Te la preparo.

—Solo los que Iria haya autorizado.

Berta asintió.

Mientras imprimía, Elena miró los dos sobres de banco que seguían junto a la impresora.

—¿Qué hay ahí?

Berta siguió la dirección de su mirada.

—Mi préstamo.

—¿Quieres que lo revise?

—Prefiero que lo hagas tú antes de que alguien piense otra cosa.

Elena abrió los sobres con su permiso.

Las cantidades cuadraban con lo que Berta había explicado: entrada del préstamo personal, transferencias a la cuenta de la empresa y movimientos posteriores destinados a cubrir pagos. No era una auditoría completa, pero confirmaba el mecanismo descrito.

—Esto explica parte de los movimientos.

—¿Parte?

—No todos.

—Los de Xoán no.

—Exacto.

Berta señaló las retiradas de efectivo.

—Esas siguen sin explicación.

Elena anotó las fechas.

Una coincidía aproximadamente con el periodo del préstamo a Lidia.

—¿Puede ser eso?

—Puede.

—Pero no lo sabes.

—No.

Quedaba por comprobar de dónde había salido exactamente el dinero prestado.

Elena guardó las copias.

Antes de marcharse, miró de nuevo a Berta.

—Voy a preguntarte algo y necesito que respondas sin intentar adivinar por qué.

Berta esperó.

—¿Xoán tenía miedo?

La pregunta la sorprendió.

—¿De qué?

—De alguien. De meterse en un problema. De perder un cliente. De que la empresa quedara comprometida.

Berta tardó en contestar.

—Preocupado, sí.

—¿Asustado?

—No sabría decirte.

—¿Cambió alguna rutina?

—No.

—¿Dejó de ir a algún sitio?

—No.

—¿Te pidió que guardaras documentos?

—Me pidió que no tirara nada de los trabajos del puerto hasta aclarar las facturas.

—¿Algo más?

Berta negó.

Aquello encajaba mejor con un conflicto profesional que con alguien que creyera estar en peligro inmediato.

—¿Dijo que denunciaría?

—Dijo que, si habían usado nuestro nombre para trabajos que no hicimos, no iba a dejarlo pasar.

—¿A quién se lo dijo?

—A mí.

—¿Sabes si se lo dijo a alguien más?

—No.

Elena cerró el cuaderno.

Eso sí debía mantenerse dentro de la investigación, no como amenaza, sino como intención.

Si Xoán creía que su empresa estaba asociada a servicios que no había realizado, tenía una razón profesional para confrontar a quien correspondiera. Aquello acercaba las irregularidades documentales a sus últimos movimientos, aunque todavía no dijera nada sobre la causa de su muerte.

Cuando salió de Leira Servizos, empezaba a oscurecer. El cielo estaba limpio en algunas zonas y casi negro hacia el mar.

En el coche, Elena ordenó las notas antes de arrancar.

Berta: préstamo personal, movimientos entre cuentas para cubrir tesorería. Secreto económico real, pero explicado.

Lidia: préstamo de Xoán, devolución parcial, deuda pendiente y ocultación frente a su pareja.

Consulta de mantenimiento en la conservera: sin intervención final de Xoán.

Xoán: preocupado por trabajos atribuidos a su empresa que no reconocía; dispuesto a no dejarlo pasar.

Había más mentiras que culpables.

Y Elena empezaba a entender que esa diferencia podía ser tan importante como cualquier huella física.