La mentira del mar (Las huellas de la tierra 3) Capítulo 18
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Capítulo 18

O Coído Vello no parecía un lugar amable para dejar nada quieto.

Elena lo pensó al bajar por el sendero que conducía a la cala.

A cada golpe de mar, el agua entraba entre los bloques de roca, llenaba los huecos y retrocedía arrastrando grava con un ruido seco.

La marea estaba a media bajada y todavía quedaba suficiente franja de orilla para trabajar sin acercarse demasiado a las zonas donde rompía el oleaje.

Iria caminaba unos pasos detrás con dos bolsas de material y un agente que se ocuparía de documentar las muestras.

No habían ido a reconstruir la muerte de Xoán.

Al menos, no todavía. Elena había pedido algo más limitado: comprobar qué tipo de sedimento y organismos podían quedar adheridos a un equipo de buceo utilizado allí.

Antes de tocar nada, se detuvo a observar.

La cala se abría hacia el mar sin apenas protección.

En los laterales había paredes rocosas y, en la zona central, una mezcla de cantos, fragmentos de concha y arena gruesa que cambiaba de aspecto a medida que se acercaba al agua.

Los sectores más tranquilos acumulaban algo de material fino, pero incluso allí el movimiento era visible.

—¿Aquí apareció? —preguntó Elena.

Iria señaló una zona próxima al extremo norte.

—El cuerpo quedó retenido entre esas rocas. El equipo estaba con él.

Elena siguió la dirección de su mano.

—¿La primera hipótesis fue que había entrado al agua desde la cala?

—Sí.

—¿Se encontró su vehículo aquí?

—No.

Elena la miró.

—Estaba más arriba —añadió Iria—, en una zona donde se puede dejar una furgoneta y bajar andando. No es raro.

Tampoco probaba nada.

Elena sacó la libreta y dividió la página en tres sectores: entrada de agua, zona central y área próxima al punto del hallazgo.

No necesitaba reconstruir el recorrido de un cuerpo con las corrientes.

Quería saber qué materiales dominaban allí y cuáles tendrían más posibilidades de entrar en contacto con las aletas, el chaleco y los bajos del equipo.

Empezaron por la zona central.

Elena tomó una pequeña porción de sedimento superficial con una espátula limpia. Predominaban los granos gruesos, angulosos y claros, mezclados con fragmentos oscuros de roca y conchas trituradas. En los huecos más protegidos aparecía algo de arena fina, pero no formaba una capa continua.

—Esto ya es bastante distinto —dijo Iria.

—A simple vista, sí.

—El material del equipo era casi negro.

—Y más fino. Pero una cala no tiene un solo tipo de sedimento.

Avanzaron hacia un lateral donde el agua quedaba momentáneamente retenida entre las rocas. Allí Elena encontró una película de limo en el fondo de una poza estrecha y la recogió por separado.

—¿Ese podría parecerse? —preguntó Iria.

—Más.

—Entonces no tenemos nada.

—Tenemos una muestra.

Iria sonrió sin ganas.

—Contigo las victorias son pequeñas.

—Y más difíciles de deshacer después.

Elena etiquetó el recipiente con la posición exacta y continuó.

En el extremo donde había aparecido el cuerpo, el sustrato volvía a cambiar.

Los bloques eran mayores y entre ellos se acumulaban restos de algas arrancadas, pequeñas conchas y arena mezclada con materia orgánica.

El agua entraba y salía con fuerza suficiente para renovar continuamente las superficies expuestas.

Elena se agachó junto a una roca y observó una franja de organismos adheridos.

—Esto también me interesa.

Había lapas pequeñas, algas cortas y colonización típica de una zona abierta al oleaje. Algunas superficies estaban casi desnudas por el golpe del agua; otras, protegidas en grietas, presentaban una comunidad más densa.

—¿Qué buscas exactamente? —preguntó Iria.

—Comparación.

—Eso ya lo sé.

Elena señaló las rocas.

—En el equipo de Xoán había material fino en recovecos protegidos y unas adherencias que Antón no quiso identificar.

Si proceden de aquí, Alba debería encontrar compatibilidades razonables con este ambiente.

No necesito una coincidencia absoluta. Necesito saber si este lugar explica bien lo que tenemos.

—¿Y si no?

—Entonces el equipo estuvo antes en otro ambiente.

Iria miró hacia el punto del hallazgo.

—Eso cambia bastante la historia.

—Cambiaría el recorrido del equipo. La historia completa todavía no.

Elena tomó una muestra de biofilm en una superficie sumergida y otra del material fino acumulado bajo una roca. Después pidió al agente que fotografiara el conjunto antes de cerrar los recipientes.

No quería que el laboratorio comparase solo colores o texturas.

Alba tendría que mirar granulometría, materia orgánica y, si era posible, las comunidades biológicas adheridas.

Una cala abierta podía compartir especies con un puerto cercano, pero las proporciones y el tipo de sedimento retenido podían orientar.

Subieron unos metros para observar el acceso.

Desde allí, la cala parecía aún más expuesta. No había estructuras artificiales, paredes verticales protegidas ni zonas de agua permanentemente quieta. El fondo cambiaba mucho en pocos metros, pero el movimiento dominaba el conjunto.

—¿Había temporal esos días? —preguntó Elena.

—No uno fuerte. Mar movida, sí. Lo normal en esta época.

—¿Y el día que apareció el cuerpo?

—Algo menos que hoy.

Elena anotó la referencia.

—Quiero los datos de oleaje de esas horas.

—Te los consigo.

—Y la marea exacta del hallazgo.

Iria la miró.

—Eso ya lo tenemos.

—Entonces pásamelo.

No porque pretendiera reconstruir todavía cómo había llegado el cuerpo hasta las rocas. Necesitaba saber qué partes del fondo habrían quedado expuestas y cuáles cubiertas durante el intervalo previo.

Caminaron hacia el otro extremo de la cala.

Allí el sustrato era todavía más grueso. Elena levantó con cuidado una piedra plana y encontró debajo un depósito muy fino, casi negro.

Iria se agachó.

—Eso sí se parece.

Elena lo observó unos segundos.

—Sí.

Recogió una pequeña cantidad.

—¿Entonces?

—Entonces tenemos una referencia que puede servir tanto para confirmar como para descartar. Dependerá de lo que diga el laboratorio.

—No entiendo.

—Si este sedimento fino existe aquí, no podemos descartar la cala solo porque el equipo tuviera limo negro. Pero si la composición de lo que llevaba Xoán se parece poco a esto y mucho más a un ambiente abrigado, la diferencia gana valor.

Iria se incorporó.

—Porto do Corvo.

Elena no respondió de inmediato.

Era la comparación evidente, pero no quería convertirla en la única.

—Puede ser un puerto, otro abrigo o el muelle de Óscar. Primero comparemos O Coído.

No habían tomado muestras del muelle de Óscar durante la entrevista porque entonces todavía no conocían la importancia de los restos. Ahora tendrían que hacerlo.

Elena miró la hora.

—Quiero una muestra allí también.

—¿Hoy?

—Si podemos.

—Podemos.

La marea seguía bajando. Aprovecharon para recorrer una última vez el área del hallazgo. Elena buscó pequeñas zonas donde el agua pudiera haber depositado material fino sobre un objeto inmóvil.

Encontró dos.

En ambas, el depósito era superficial y discontinuo.

—¿Cuánto tiempo estuvo el cuerpo en el agua? —preguntó.

Iria tardó un poco en responder.

—La estimación exacta sigue abierta.

Elena no insistió. No necesitaba cruzar todavía el terreno con la medicina forense. Solo quería saber si el entorno era capaz de producir los restos observados.

Cuando terminaron, subieron por el sendero con las bolsas separadas. El viento había aumentado y las nubes bajas empezaban a cerrar el horizonte.

En el coche, Elena llamó a Alba.

—Te voy a mandar referencias de O Coído Vello.

—¿Las del equipo ya están en camino? —preguntó la química.

—Sí.

—Bien. ¿Qué quieres comparar?

Elena le explicó el problema con cuidado: tamaño de partícula, fracción orgánica, composición mineral básica y cualquier diferencia útil en las adherencias biológicas.

No necesitaba que el laboratorio le dijera «esto viene de tal sitio».

Necesitaba saber qué ambientes resultaban compatibles y cuáles lo eran mal.

—No te voy a dar una matrícula de sedimento —advirtió Alba.

—No te la estoy pidiendo.

—Te lo digo porque todo el mundo acaba queriéndola.

—Dime solo si lo del equipo se parece razonablemente a esta cala.

—Eso sí.

—Y si hay mezcla, sepárame lo que puedas.

Alba hizo una pausa.

—¿Crees que el equipo estuvo en otro sitio?

Elena miró a través del parabrisas hacia el mar.

—Creo que tenemos que comprobarlo.

Colgó.

Iria arrancó el coche.

—¿Muelle de Óscar?

—Sí.

Llegaron poco después de las cinco.

Óscar no estaba allí, pero Iria había avisado y un trabajador les permitió acceder a la zona donde Xoán había inspeccionado el casco. El barco seguía en el mismo amarre.

La diferencia en el agua se percibía incluso antes de agacharse.

Era más quieta.

Entre los pantalanes se acumulaba material fino que el oleaje abierto no removía con la misma facilidad. Había una película orgánica sobre algunas superficies sumergidas, sedimento oscuro junto a los pilotes y pequeñas colonias adheridas en zonas protegidas.

Elena tomó tres referencias: una del fondo accesible junto al pantalán, otra de un pilote a la altura que podía haber rozado el equipo y una tercera de una zona de agua algo más abierta.

No esperaba que el muelle de Óscar fuera la respuesta definitiva. Xoán había estado allí esa misma tarde y, por tanto, era lógico que su equipo conservara restos de aquel ambiente.

Precisamente por eso la comparación era necesaria.

—Si coincide con esto, no significará que la cala sea falsa —dijo Iria.

—Exacto. Puede corresponder simplemente al trabajo anterior.

—Y si no coincide ni con esto ni con O Coído...

—Entonces tendremos que buscar otro entorno.

Elena etiquetó la última muestra y se quedó un momento observando el agua entre los pilotes.

El problema no era que el equipo pudiera conservar huellas de más de un lugar. Era justo lo contrario: había que distinguir cuáles correspondían a un trabajo conocido y cuáles no.

Antes de marcharse pidió una fotografía general del muelle y otra de la posición del barco.

Durante el trayecto de vuelta, Iria recibió un mensaje.

—Alba puede empezar mañana por la mañana.

Elena asintió.

—Bien.

—¿Qué esperas que salga?

—No espero nada concreto.

Iria lanzó una mirada breve hacia ella.

—Eso no te lo crees ni tú.

Elena dejó pasar unos segundos.

—Espero que O Coído explique el equipo si la historia del accidente es correcta.

—Eso ya suena distinto.

—Porque es distinto.

Si Xoán había entrado al agua en aquella cala, pasado allí el tiempo suficiente para sufrir un accidente y quedado después a merced del oleaje, el entorno tenía que haber dejado alguna señal coherente.

No una marca perfecta ni una combinación exclusiva, pero sí una relación razonable entre el lugar y lo que todavía conservaban las piezas.

Al día siguiente, Alba llamó antes de las diez.

—Tengo una primera comparación.

Elena se apartó de la ventana de la pensión y cogió el cuaderno.

—Dime.

—La muestra más fina del equipo no se parece bien a las referencias dominantes de O Coído.

—¿Por granulometría?

—Por eso y por la fracción orgánica. La cala tiene material fino en refugios, como ya viste, pero la mezcla retenida en el equipo es más homogénea y presenta características de un ambiente de menor energía.

Elena escribió sin interrumpir.

—¿Puede proceder del muelle de Óscar?

—En parte, sí.

—¿En parte?

—Hay compatibilidad con algunas referencias del muelle, sobre todo en la fracción fina. Pero las adherencias me interesan más.

—¿Qué has visto?

—Todavía necesito confirmación, así que no lo conviertas en conclusión. En dos piezas del equipo hay restos biológicos asociados a superficies protegidas y aguas relativamente tranquilas. Son más fáciles de explicar en un puerto o una zona abrigada que en una cala abierta como O Coído.

—¿El muelle de Óscar los explica?

Alba tardó un instante.

—No del todo con lo que me has enviado.

Elena dejó de escribir.

—¿Qué significa «no del todo»?

—Que hay componentes compatibles, pero también una combinación distinta. Necesito más referencias antes de decirte algo útil.

—¿De Porto do Corvo?

—Sería el siguiente sitio lógico.

Elena miró el cuaderno.

No era una identificación ni una exclusión absoluta. O Coído Vello tenía pequeños refugios de sedimento fino y el equipo había estado antes en el muelle de Óscar. Ambas circunstancias impedían una lectura demasiado limpia.

Aun así, la cala no explicaba bien el conjunto de restos que seguían adheridos a varias piezas.

—Te mandaré muestras —dijo.

Cuando terminó la llamada, permaneció unos segundos junto a la ventana.

La hipótesis del accidente seguía siendo posible en términos generales. Nada de lo aprendido demostraba que Xoán no hubiera entrado al agua en O Coído Vello.

Sin embargo, el escenario que debía sostener esa historia empezaba a encajar peor con lo que conservaba el equipo.

Elena abrió el cuaderno y escribió una sola línea bajo las referencias de las muestras:

«O Coído no explica bien el conjunto.»

Debajo dejó espacio.

El siguiente lugar que necesitaba comparar era Porto do Corvo.