La mentira del mar (Las huellas de la tierra 3) Capítulo 17
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Capítulo 17

El regulador parecía demasiado limpio para ser el problema.

Eso fue lo primero que llamó la atención de Elena cuando el especialista lo colocó sobre la mesa, aunque sabía que aquella impresión servía de poco. Una pieza podía tener buen aspecto y fallar bajo carga; otra, cubierta de sal y golpes, podía seguir funcionando durante años.

El equipo de Xoán ocupaba varias bandejas separadas y etiquetadas dentro de una sala técnica que la Guardia Civil había habilitado para la revisión.

Botella, chaleco, reguladores, latiguillos, ordenador de buceo y algunas piezas menores se mantenían en el estado en que habían sido recuperados, salvo las comprobaciones ya documentadas.

El especialista se llamaba Antón Varela. Trabajaba habitualmente con material profesional de buceo y había intervenido otras veces en revisiones para aseguradoras y procedimientos judiciales. Antes de empezar dejó claro algo que Elena agradeció.

—Yo puedo decirte qué veo en el equipo. No puedo decirte qué le pasó a Xoán solo mirando estas piezas.

Iria Castro estaba a su lado.

—Eso es exactamente lo que necesitamos.

Antón señaló la primera etapa del regulador.

—La botella conservaba presión cuando se recuperó, aunque menos de la que cabría esperar por su capacidad y por el tipo de inmersión que se supone que realizó.

Elena se acercó.

—¿Cuánto menos?

Antón le dio la cifra y añadió:

—El número por sí solo no sirve. Una botella no llega siempre llena, no sabemos con precisión cuánto respiró ni cuánto tiempo estuvo bajo el agua. Lo que me interesa es que hay otras cosas que tampoco terminan de encajar con un agotamiento normal.

Separó uno de los latiguillos.

La conexión de baja presión presentaba una holgura mínima. A simple vista, Elena no habría distinguido nada extraño. Antón la hizo comparar con otra pieza equivalente y después mostró una fotografía tomada antes del desmontaje.

—Estaba parcialmente aflojada.

—¿Podría haberse soltado durante el uso? —preguntó Elena.

—Podría aflojarse, sí. Otra cosa es cómo.

Antón giró el racor entre los dedos y mostró la rosca.

—Cuando una unión se mueve bajo presión suelen quedar ciertas señales: desgaste, marcas irregulares, a veces deformación o restos del esfuerzo en la junta.

Aquí todavía quiero hacer una comprobación más fina, pero la posición en la que apareció no es la que más esperaría después de una fuga prolongada durante una inmersión.

Iria apoyó una mano en la mesa.

—¿Estás diciendo que alguien la tocó después?

—Estoy diciendo que no me gusta asumir que llegó a esa posición sola.

Elena agradeció la diferencia.

—¿Podría haberla dejado Xoán así antes de entrar al agua?

Antón negó con prudencia.

—Es posible en abstracto. La cuestión es si un buzo profesional no habría detectado la pérdida o el comportamiento anómalo durante las comprobaciones previas. Tendríamos que reconstruir qué efecto producía exactamente en esta configuración.

Pasó después al conjunto de sujeción del regulador.

—Aquí hay otra cosa.

Una pequeña pieza de retención estaba colocada fuera de su posición habitual. No faltaba ni estaba rota. Simplemente había quedado desplazada.

—¿Puede moverse con un golpe? —preguntó Elena.

—Dependiendo del golpe, casi cualquier cosa puede moverse. Lo que quiero comprobar es si puede hacerlo sin dejar otros daños asociados.

Iria miró ambas piezas.

—Tenemos una conexión aflojada y una retención desplazada.

—Tenemos dos anomalías —corrigió Antón—. Que formen parte de una misma acción hay que demostrarlo.

Elena dejó que siguiera.

En un accidente real, el equipo no tenía por qué fallar de una sola manera limpia.

Podían coincidir mantenimiento deficiente, desgaste, una manipulación del propio usuario o daños posteriores.

El riesgo estaba en escoger la explicación que mejor encajara con la historia y obligar al material a confirmarla.

Antón colocó la botella sobre un soporte.

—Hay otra cuestión con la presión residual. Si alguien quisiera que pareciera que el suministro había sido insuficiente, podría reducirla antes de que se examinara el equipo. Eso no requiere una avería.

—¿Se puede saber si ocurrió? —preguntó Iria.

—No directamente. El aire que ya salió no deja una firma diciendo cuándo salió. Lo que sí podemos comprobar es si las supuestas averías justifican esa pérdida.

—Y si no la justifican —dijo Elena—, la presión baja deja de explicar por sí sola un accidente.

—Exactamente.

Antón abrió una hoja con las primeras pruebas.

El regulador principal respondía dentro de parámetros razonables. La segunda etapa necesitaba mantenimiento, pero no mostraba un fallo capaz de impedir de forma súbita el suministro. Tampoco había encontrado una rotura que explicara una descarga completa e incontrolada.

—Todavía faltan pruebas —advirtió—. Sobre todo con la conexión tal como apareció y con el conjunto ya documentado. Quiero reproducir varias condiciones sin forzar una conclusión.

—¿Cuánto tardarás? —preguntó Iria.

—Un par de días para darte algo más sólido.

La respuesta dejaba esa cuestión abierta por el momento. Elena no tenía problema con esperar. Le interesaba otra bandeja que Antón todavía no había mencionado.

En ella estaban las aletas, una pieza del chaleco y parte de los bajos del equipo.

Sobre una superficie de goma permanecían adheridos restos oscuros.

—¿Eso estaba así cuando lo recuperaron?

Antón siguió la dirección de su mirada.

—Sí. Se conservó una parte para análisis antes de limpiar nada.

El material no se parecía a la arena gruesa que Elena recordaba de O Coído Vello. Allí el fondo estaba dominado por gravas, fragmentos de roca y sedimento móvil en las zonas más protegidas. Aquello parecía mucho más fino.

Se inclinó sin tocarlo.

—¿Hay muestras?

Iria señaló dos recipientes precintados.

—Ya están separadas.

—Quiero que Alba las vea.

Antón cogió una lupa de mano.

—Hay limo fino, algo de materia orgánica y varias adherencias en las partes que permanecieron más tiempo mojadas.

—¿Adherencias de qué tipo?

—Eso ya no es mi campo. Algunas parecen restos biológicos. Otras pueden ser simplemente suciedad acumulada.

Elena observó una de las aletas. Cerca de la zona de unión había una película oscura atrapada en una hendidura. En otra pieza aparecía una pequeña costra verdosa.

—¿El equipo estaba limpio antes de esa jornada?

Iria abrió una carpeta.

—Berta dice que Xoán era cuidadoso con el material, pero no podía garantizar cuándo hizo la última limpieza completa.

Era insuficiente para atribuir aquellos restos a una inmersión concreta.

—¿Y después del trabajo con Óscar? —preguntó Elena.

—Sabemos que salió del agua y guardó el equipo —respondió Iria—. No consta que lo lavara antes de irse.

Elena recordó el vídeo del casco. Parte del sedimento podía proceder del muelle de Óscar. También podía acumularse de trabajos anteriores.

—Necesitamos una referencia del punto donde inspeccionó el barco.

Iria asintió.

—Y de O Coído.

—Sí.

Hasta comparar materiales, la diferencia visual no bastaba.

Antón levantó una de las piezas del chaleco y señaló un recoveco protegido.

—Aquí me resulta más interesante.

En una junta interior había quedado atrapado un depósito muy fino, casi negro, mezclado con pequeños restos claros.

—Esto no se desprende fácilmente con una inmersión posterior —explicó—. Si entró aquí antes, puede permanecer varias jornadas.

—Entonces tampoco nos fecha nada —dijo Elena.

—No por sí solo.

Aquella limitación era importante. El equipo podía conservar una especie de historial parcial de los lugares por los que había pasado, pero las capas se mezclaban y algunas zonas retenían restos durante más tiempo que otras.

—¿Hay alguna parte donde un sedimento reciente sustituya al anterior? —preguntó.

Antón pensó unos segundos.

—En superficies expuestas puede lavarse y renovarse. En rincones protegidos es más complicado. Por eso no intentaría sacar una cronología solo con esto.

Elena fotografió las zonas que le indicaba, vinculando cada imagen con la referencia de la muestra.

Mientras trabajaba, volvió a fijarse en el contraste entre el equipo y la historia asumida hasta entonces.

La cala de O Coído Vello tenía energía suficiente para mover partículas relativamente grandes.

Si Xoán hubiera realizado allí una inmersión completa poco antes de morir, cabía esperar que al menos algunas partes expuestas del material reflejaran ese entorno.

Todavía no sabía si lo hacían.

Eso era precisamente lo que el siguiente contraste tendría que resolver.

Iria esperaba junto a la mesa.

—¿Te preocupa el sedimento más que el regulador?

—Son preguntas distintas.

—Explícamelo.

Elena señaló primero las conexiones.

—Si estas piezas fueron alteradas después de usar el equipo, la explicación del accidente cambia. Pero necesitamos que Antón descarte mejor el desgaste, el golpe o una configuración previa.

Después indicó las muestras.

—Y esto puede decirnos dónde estuvo el equipo, no cómo murió Xoán.

—Si el sedimento no es de la cala...

—Entonces habrá que averiguar de dónde procede.

Iria no completó la frase.

Antón volvió al regulador. Quería mostrarles cómo se comportaba la unión cuando se aflojaba ligeramente. Utilizó un conjunto de prueba distinto, no el original, y reprodujo una posición semejante.

El aire escapó con un siseo reconocible.

—Así sí tienes pérdida —dijo—. Pero un buzo con experiencia la notaría antes de entrar o muy poco después. Además, dependiendo de cuánto esté aflojada, el comportamiento cambia bastante.

Giró apenas la conexión. El escape aumentó.

—¿Podría vaciar una botella? —preguntó Iria.

—Con tiempo, sí.

—¿Sin que nadie se diera cuenta?

Antón sonrió sin humor.

—Si la persona que lleva el equipo está respirando de él, sería difícil no darse cuenta de que algo ocurre.

Elena miró la pieza original en su bandeja.

—¿Y después de la inmersión?

—Después puedes dejarla en casi cualquier posición si la manipulas.

La frase quedó unos segundos en el aire, pero Antón levantó una mano antes de que Iria sacara una conclusión.

—Eso no significa que alguien lo hiciera. Solo que técnicamente es posible.

Elena volvió a las fotografías iniciales.

—¿Hay marcas de herramienta?

—Nada concluyente. Y tampoco serían obligatorias. Algunas conexiones pueden moverse a mano.

—¿Con guantes?

—Depende de la fuerza con la que estuvieran apretadas.

Iria se apoyó en el respaldo de una silla.

—Entonces todavía no podemos hablar de sabotaje.

—Yo no usaría esa palabra —respondió Antón.

Elena tampoco.

Sabotaje implicaba intención antes de la inmersión. El equipo podía haber sido alterado después, incluso por una razón que todavía desconocían. La secuencia importaba tanto como el estado final de las piezas.

Antes de terminar, Antón les enseñó una última fotografía. En el conjunto de sujeción, la pieza desplazada mostraba una zona de contacto limpia junto a otra con depósito.

—Esto quiero mirarlo con aumento. Si una parte estuvo mucho tiempo en una posición y se movió después, a veces queda diferencia entre la superficie protegida y la expuesta.

—¿Puede decir cuándo se movió? —preguntó Elena.

—No con una hora ni con un día. Pero quizá podamos saber si llevaba tiempo así o si cambió de posición relativamente tarde.

Eso sí podía convertirse en una pista útil.

Iria acordó con él la siguiente revisión y Elena recogió las referencias de las muestras que viajarían al laboratorio de Alba. Antes de salir, se detuvo frente a la bandeja de las aletas.

Los restos oscuros seguían pareciendo demasiado finos para la cala, aunque había aprendido hacía tiempo que una impresión visual era una buena manera de empezar una pregunta y una mala manera de terminarla.

Alba tendría que comparar granulometría, composición y adherencias. Después harían lo mismo con muestras de O Coído Vello y, si era necesario, con zonas abrigadas de Porto do Corvo.

En el pasillo, Iria caminó junto a ella.

—Hasta ayer teníamos un accidente con preguntas.

—Seguimos teniéndolo.

—Ahora hay más preguntas.

—Eso sí.

La teniente guardó silencio unos pasos.

—¿Qué quieres hacer primero?

—Ir a O Coído.

Iria se volvió hacia ella.

—¿Por el equipo?

—Por el lugar. Quiero saber qué tendría que haber dejado esa cala en alguien que realmente hubiera buceado allí.

No necesitaban decidir todavía qué historia contaba el regulador.

Primero tenían que comprobar si el escenario contaba la misma.