Capítulo 16
La cámara del acceso al muelle no mostraba el pantalán.
Eso fue lo primero que comprobó Elena cuando Iria le enseñó las imágenes.
La grabación cubría la entrada de vehículos, parte del almacén y una franja de explanada donde se descargaban cajas y aparejos. No permitía ver el barco de Óscar ni el punto exacto en el que Xoán había trabajado, pero servía para algo más sencillo: fijar movimientos.
Iria había conseguido conservar el tramo correspondiente a aquella tarde.
—No esperes gran cosa —dijo—. La imagen no es buena y la hora lleva dos minutos de retraso respecto al sistema del almacén.
—¿Lo habéis comprobado?
—Con el registro de apertura de la puerta automática.
Elena asintió. No necesitaba una precisión absoluta, solo conocer el margen de error.
Estaban en una pequeña sala del puesto, frente a un monitor donde la imagen avanzaba a velocidad normal. La explanada permanecía vacía durante largos intervalos. Algún trabajador cruzaba cargando cajas, entraban dos furgonetas y una mujer empujaba un carro hacia el almacén.
A las cuatro y doce apareció la furgoneta de Xoán.
Iria detuvo la imagen.
—Matrícula confirmada.
Elena anotó la hora corregida.
—¿Entrada?
—Sí.
—Eso no contradice lo que dijo Óscar ayer.
—Dijo «las cuatro y algo». No que a esa hora se marchara.
Elena revisó sus notas. Iria tenía razón. Había sido ella quien había asociado mentalmente aquella referencia con el final del trabajo.
Corrigió la línea.
Entrada aproximada: 16:12.
—Sigue.
La furgoneta desapareció del encuadre. Durante los minutos siguientes no ocurrió nada relevante.
A las cuatro y treinta y uno volvió a aparecer, esta vez en dirección a la salida.
—Ahí lo tienes —dijo Iria.
Elena observó la secuencia dos veces antes de anotar.
—Con el margen del reloj, sobre las cuatro y media.
—Sí.
Aquello encajaba con la planificación que ya conocían: Xoán terminaba el trabajo de Óscar antes de dirigirse a Porto do Corvo. No hacía falta introducir una parada larga ni una actividad desconocida entre ambos puntos.
—¿Óscar estaba allí?
Iria adelantó unos minutos.
Poco después de la salida de la furgoneta, Óscar apareció desde la zona de los amarres y entró en el almacén.
—Sí.
—Entonces podemos volver a preguntarle con una hora delante.
—Eso vamos a hacer.
Óscar llegó media hora después.
Esta vez no eligió el muelle. Iria lo hizo pasar a una sala pequeña con una mesa, tres sillas y una ventana alta que daba a un patio interior. Elena permaneció allí porque seguían reconstruyendo un trabajo profesional de Xoán y la explicación podía afectar a la cronología que ella estaba siguiendo.
Iria no empezó por la mentira.
Giró el monitor hacia él.
—La furgoneta de Xoán entra a las cuatro y doce y sale sobre las cuatro y media.
Óscar miró la pantalla.
—Pues sería eso.
—Ayer dijiste que no sabías cuándo se había hecho la inspección.
—No lo sabía.
—Ahora ya lo sabemos.
Óscar cruzó los brazos.
Elena dejó sobre la mesa una copia del parte interno de Leira Servizos.
—También sabemos que Xoán grabó el casco y que el trabajo no se facturó.
—Ya hablamos de esto.
—Sí. Lo que no aclaramos fue por qué.
Óscar la miró con cansancio.
—Porque no era un trabajo.
—Veinte minutos bajo un casco con una cámara se parecen bastante.
—Era una comprobación.
—¿De qué?
Óscar apartó la vista. Esta vez tardó más en responder que el día anterior al negar el encargo.
—Había rozado el barco.
Iria no reaccionó.
Elena tampoco.
—¿Contra qué?
—El pantalán.
—¿Cuándo?
—Dos días antes.
—¿Daños?
—No visibles.
—Entonces ¿por qué llamar a Xoán?
Óscar apoyó los antebrazos en la mesa.
—Porque no estaba seguro de que no hubiera tocado también el eje o la hélice.
La explicación era mucho más sencilla que las posibilidades que había dejado abiertas con sus evasivas.
—¿Fue una mala maniobra? —preguntó Elena.
—Había viento lateral. Entré mal. Nada extraordinario.
—¿Hubo testigos?
—Siempre hay alguien mirando en un puerto.
—¿Y por qué ocultarlo?
Óscar soltó aire por la nariz.
—Porque si dices «golpe» delante de una aseguradora, lo siguiente es un parte, un perito y una semana de preguntas aunque no haya nada.
Iria intervino.
—Eso no explica por qué lo negaste cuando preguntamos por Xoán.
—Porque el barco no tenía nada.
—Pero lo comprobaste.
—Sí.
—Y Xoán murió ese mismo día.
Óscar la miró.
—Por eso precisamente no quería meter aquello en medio.
Elena entendió entonces qué protegía la mentira.
Óscar no estaba ocultando la inspección porque explicara la muerte de Xoán, sino porque reconocerla significaba admitir una maniobra que no quería declarar y una comprobación informal destinada a evitar que un incidente menor adquiriera una dimensión administrativa mayor.
—¿Le pagaste? —preguntó.
Óscar negó.
—Me dijo que, si no veía nada, ya arreglaríamos.
—¿Eso era habitual?
—Con gente que conoces, sí.
—¿Y si hubiera encontrado daños?
—Entonces habría factura, reparación y lo que hiciera falta.
Eso explicaba también por qué el trabajo aparecía en la cámara de Xoán pero todavía no había entrado en la administración de Leira Servizos.
—¿Te dijo qué había encontrado?
—Que no veía nada serio. Una marca superficial y poco más.
—¿Cuándo te lo dijo?
—Al salir.
—¿Estaba preocupado por otra cosa?
Óscar dudó.
—Estaba de mal humor.
—¿Sabes por qué?
—No.
—¿Te habló de Pedra Fendida?
—No.
—¿De Porto do Corvo?
—Dijo que tenía que pasar por allí.
Elena levantó la vista.
—¿Usó esas palabras?
—Más o menos. Que tenía otra cosa en el puerto.
—¿Cuándo te lo dijo?
Óscar miró la captura detenida en el monitor.
—Justo antes de irse. Si salió a las cuatro y media, sería entonces.
La secuencia empezaba a cerrarse.
Xoán había estado con Óscar hasta aproximadamente las 16:30. Después tenía previsto ir a Porto do Corvo. Eso reducía parte del espacio vacío sin necesidad de apoyarse en recuerdos demasiado imprecisos.
—¿Lo viste marcharse solo? —preguntó Iria.
—Sí.
—¿Con el equipo?
—Sí.
—¿Guardó todo en la furgoneta?
—Lo que yo vi, sí.
Elena anotó el dato. Más adelante habría que contrastarlo con el material recuperado y con el estado en que se encontró.
—¿Te habló de volver? —preguntó.
—No.
—¿Tenía prisa?
Óscar negó.
—No más que siempre.
Elena cerró el cuaderno.
La explicación de la mentira encajaba con el vídeo, con la ausencia de factura y con la naturaleza informal de la comprobación. No convertía a Óscar en irrelevante para cualquier cuestión futura, pero sí reducía mucho el peso que tenía como alternativa dentro de la cronología.
Iria pareció llegar a la misma conclusión.
—Necesito que formalices esto en una declaración.
Óscar torció el gesto.
—¿También lo del golpe?
—También.
—Ya sabía yo.
—El problema no es haber rozado un pantalán. El problema es negar un trabajo de una persona que aparece muerta unas horas después.
Óscar bajó la mirada.
—Lo sé.
Por primera vez desde que Elena había hablado con él, su incomodidad tenía una forma concreta.
No parecía miedo a que descubrieran algo relacionado con la muerte de Xoán, sino el fastidio de haber convertido una maniobra torpe y un intento de evitar papeleo en algo más serio precisamente porque había decidido ocultarlo.
Elena salió de la sala mientras Iria terminaba con la declaración.
En el pasillo volvió a revisar las horas.
16:12, entrada de Xoán en el muelle.
16:31 aproximadamente, salida.
Después, Porto do Corvo.
Samuel afirmaba que Xoán se había marchado de allí antes de las 18:45.
Entre ambos puntos seguía habiendo más de dos horas, pero ya no eran un vacío completo. La dirección general estaba clara y Óscar dejaba de ser una explicación capaz de absorber por sí sola ese tramo de la tarde.
Cuando Iria salió, cerró la puerta tras de sí.
—Ya tenemos una mentira menos interesante.
—No menos interesante —dijo Elena—. Mejor explicada.
Iria la miró.
—Para ti todo acaba en una categoría.
—No. Pero ayuda saber qué pregunta ya no merece el mismo peso.
Bajaron juntas hacia la salida.
Antes de llegar al coche, Iria recibió un mensaje y miró la pantalla.
—Han terminado la primera revisión técnica del equipo de buceo de Xoán.
Elena se detuvo.
—¿Hay algo?
—Quieren que veamos unas piezas con el especialista.
Aquello pertenecía ya a otra línea.
La mentira de Óscar había encontrado una explicación coherente: una mala maniobra, el miedo a los seguros y al papeleo, una inspección discreta y un horario que situaba a Xoán libre alrededor de las cuatro y media.
Ahora tocaba comprobar si el equipo recuperado junto a él contaba la misma historia que O Coído.