Capítulo 15
Óscar Veiga negó el encargo antes de que Elena sacara la copia del parte.
Estaban en una explanada junto al pequeño muelle donde trabajaban varias embarcaciones de bajura.
El viento entraba de costado, húmedo y frío, y traía olor a gasóleo, sal y redes mojadas.
Óscar había aceptado hablar allí porque, según dijo, no pensaba perder la tarde entrando y saliendo del puerto para responder preguntas sobre un trabajo que no existía.
—Xoán no me inspeccionó ningún barco ese día.
Elena lo dejó terminar.
Óscar rondaba los cincuenta y cinco, llevaba una chaqueta impermeable oscura y tenía las manos ásperas de alguien acostumbrado a seguir trabajando aunque ya no fuera él quien hiciera todo a bordo. No parecía nervioso. Más bien molesto.
Iria Castro se había quedado unos metros atrás, junto al coche.
Aquella primera parte de la conversación la dirigiría Elena porque el punto de partida seguía siendo un trabajo profesional de Xoán cuya naturaleza podía afectar a la cronología.
La teniente intervendría si la conversación cruzaba otra frontera.
—¿Cuándo fue la última vez que contrató a Xoán? —preguntó Elena.
Óscar miró hacia el muelle.
—Meses atrás. Una hélice.
—¿Y la semana pasada?
—No.
—¿No habló con él?
—Claro que hablé. Nos conocíamos.
—¿De trabajo?
—Puede ser. En un puerto se habla de trabajo hasta tomando café.
Había impaciencia en la respuesta, pero todavía no era una evasiva útil.
Elena sacó una hoja de la carpeta.
—Tenemos un vídeo grabado por Xoán el día que murió. Aparece el casco de una embarcación suya.
Óscar volvió la cabeza.
—¿Mía?
—Sí.
El cambio fue pequeño: una pausa antes de responder y la mandíbula algo más tensa.
—Pues sería otro día.
—La fecha del archivo corresponde a ese día.
—Las cámaras se desconfiguran.
—La hora puede hacerlo. La fecha es más estable, aunque también la comprobaremos por otras vías.
Óscar mantuvo la vista en ella.
—Entonces comprobadla.
Elena no abrió todavía el vídeo. Prefería que Óscar construyera primero su versión sin saber exactamente hasta dónde llegaban los datos.
—¿Estuvo su barco fuera del agua ese día?
—No.
—¿Atracado aquí?
—Sí.
—¿Xoán bajó al agua junto al casco?
—No que yo viera.
La respuesta ya no era la misma que al principio.
—¿Estuvo usted presente toda la tarde?
—No.
—Entonces pudo ocurrir sin que lo viera.
—Puede ocurrir cualquier cosa si lo planteas así.
Elena miró la embarcación amarrada unos metros más allá. No preguntó todavía si era aquella. La pintura del casco mostraba marcas normales de uso y una línea de sal seca algo más alta que la superficie actual.
—No estoy planteando cualquier cosa. Intento saber cuándo terminó el último trabajo conocido de Xoán antes de pasar por Porto do Corvo.
Óscar giró hacia ella.
—¿Qué tiene que ver Porto do Corvo conmigo?
—Nada, de momento.
—Pues lo parece.
—Solo necesitamos cerrar horarios.
Óscar soltó una risa breve, sin humor.
—Y para cerrar horarios venís dos personas a preguntarme por un vídeo.
Iria no se movió.
Elena dejó pasar unos segundos antes de continuar.
—Si el vídeo no corresponde a su embarcación, lo descartaremos.
—Ya te he dicho que no le encargué nada.
—Eso no es exactamente lo mismo.
Óscar la observó durante unos segundos. Después señaló con la barbilla hacia el barco.
—Enséñame el vídeo.
Elena abrió la copia autorizada que Iria le había facilitado.
Eran pocos segundos: el casco, una parte de la hélice, la cámara descendiendo hasta una zona del eje y volviendo después hacia una unión metálica.
No aparecía ninguna matrícula completa, pero la pintura, una reparación antigua cerca de la popa y la forma del soporte permitían identificar la embarcación al compararla con las fotografías de archivo de Leira Servizos.
Óscar vio el vídeo una vez.
—Ese es el mío.
—Entonces Xoán sí lo inspeccionó.
—He dicho que no le encargué una inspección.
Elena cerró la reproducción.
La precisión cambiaba la conversación.
—¿Quién se la encargó?
—No lo sé.
—¿Podía hacerlo por iniciativa propia?
Óscar tardó en responder.
—Xoán hacía favores.
—¿A usted?
—A mucha gente.
—¿Este era uno?
—No he dicho eso.
Elena no encadenó otra pregunta. Un motor arrancó al fondo y alguien arrastró una caja de plástico por el muelle. Durante unos segundos, el ruido se impuso a la conversación.
Cuando disminuyó, Óscar se apoyó contra una barandilla metálica.
—¿Qué buscáis de verdad?
—Saber qué hizo Xoán entre el trabajo de ese vídeo y su paso por Porto do Corvo.
—¿Y luego?
—Luego todavía tenemos un hueco.
Óscar bajó la mirada hacia el agua.
—Yo no sé qué hizo después.
—No le he preguntado eso todavía.
El comentario le molestó.
—Pues parece que ya lo tienes decidido.
—No tengo decidido nada. Por eso estoy aquí.
Óscar apartó las manos de la barandilla.
—Yo no maté a Xoán.
Iria levantó ligeramente la cabeza desde donde estaba.
Elena mantuvo el tono.
—No le he acusado de eso.
—No hace falta.
—Entonces no adelantemos una conversación que no estamos teniendo.
Óscar se quedó callado.
La frase había llegado demasiado pronto. Elena no sabía si nacía del miedo, de una culpa distinta o simplemente de los rumores que empezaban a circular sobre una muerte cuya explicación ya no parecía tan sencilla. Las tres posibilidades podían producir la misma reacción.
—Volvamos al barco —dijo—. ¿Había algún problema?
—Siempre hay alguno.
—¿Ese día?
—Nada importante.
—¿Con la hélice?
Óscar miró la pantalla apagada del teléfono.
—No.
—¿Con el eje?
—Tampoco.
—¿Una entrada de agua?
—No.
—Entonces ¿por qué Xoán grabó esa zona?
—Pregúntaselo a él.
La respuesta salió con más brusquedad de la necesaria. Óscar desvió enseguida la vista hacia los amarres.
Elena guardó el teléfono.
—¿Había tenido algún golpe el barco?
Óscar no contestó.
La pausa bastó para que Elena cambiara de enfoque.
—No estoy buscando sancionarle por una maniobra. Necesito saber si Xoán hizo un trabajo real y a qué hora terminó.
Óscar se pasó una mano por la cara.
—No hubo ningún accidente.
—No he dicho accidente.
—Ni golpe.
—Entonces sigo sin entender qué inspeccionaba.
Él apretó los labios.
Iria dio un paso hacia ellos, pero Elena levantó apenas una mano. No necesitaba convertir aquello en un interrogatorio policial.
—¿Había algún problema con el seguro? —preguntó.
Óscar la miró de frente.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Nadie.
—Pues no inventes.
—No estoy inventando. Hay un trabajo sin facturar y una negación inicial. Eso suele tener una razón: fiscal, personal, contractual, de seguro o cualquier otra. Si no quiere decirme cuál, tendré que dejarlo abierto.
—Déjalo abierto.
Elena asintió.
—De acuerdo.
La aceptación pareció desconcertarlo más que otra pregunta.
Elena cerró la carpeta.
—Solo necesito una cosa más. ¿Vio a Xoán después del trabajo del vídeo?
—Ya te he dicho que no sé cuándo fue eso.
—Le pregunto si lo vio ese día por la tarde.
Óscar dudó.
—Un momento.
—¿Dónde?
—Aquí.
—¿Antes o después de la inspección?
—Después.
—¿Hora aproximada?
—No sé. Las cuatro y algo.
Era demasiado impreciso para utilizarlo como referencia firme, pero al menos delimitaba un tramo.
—¿Se marchó desde aquí?
—Sí.
—¿Solo?
—Que yo viera.
—¿En su furgoneta?
—Sí.
Elena anotó la secuencia.
—¿Llevaba equipo de buceo?
Óscar frunció el ceño.
—Claro. Venía de meterse al agua.
—¿Todo recogido?
—Creo que sí.
—¿Parecía tener prisa?
—Xoán siempre parecía tener algo pendiente.
Elena no escribió eso. Era una impresión, no un dato.
—¿Dijo adónde iba?
—No.
—¿Mencionó Porto do Corvo?
Óscar negó.
—¿Pedra Fendida?
La reacción cambió.
Fue leve: una modificación en la postura y la mirada desviándose hacia el extremo del muelle.
—No.
Elena esperó.
Óscar añadió:
—No recuerdo.
Las dos respuestas no eran equivalentes.
—¿Conocía usted esa salida?
—Como la conoce cualquiera que lleve años aquí.
—¿Sabía que Xoán la había inspeccionado?
—No.
—¿Ni que estaba revisando conducciones antiguas del puerto?
—No.
Elena no insistió. Si mentía, todavía no tenía con qué demostrarlo. Si decía la verdad, seguir preguntando solo añadiría tensión sin producir información.
Iria se acercó entonces.
—Óscar, necesito confirmar una cosa. En su primera conversación con nosotros aseguró que no había encargado ningún trabajo a Xoán esa semana.
—Porque no lo encargué.
—Pero ahora sabemos que inspeccionó su barco.
—Eso no cambia lo que he dicho.
—Puede cambiar la interpretación. Por eso necesitamos que sea preciso.
Óscar la miró con cansancio y desconfianza.
—Ya he sido preciso.
—Entonces quedará así: niega haber realizado un encargo formal y reconoce que Xoán inspeccionó su barco. ¿Correcto?
Tras unos segundos, Óscar asintió.
—Correcto.
—¿Y mantiene que desconoce por qué lo hizo?
—Sí.
Iria no añadió nada.
Elena volvió la vista hacia el barco. Si Óscar decía la verdad, Xoán había realizado una inspección sin encargo formal y sin factura. Si mentía, ocultaba la naturaleza del trabajo. En ambos casos, el vídeo seguía sirviendo para una cuestión concreta: situar a Xoán allí aquella tarde.
—¿Tiene registros de entrada o salida del muelle? —preguntó Elena.
Óscar negó.
—No como los de un puerto grande.
—¿Cámaras?
—Una en el almacén, otra en el acceso.
Iria intervino.
—Las pediremos.
Óscar no respondió.
Elena miró la hora. La conversación ya no avanzaría mucho más sin transformar la insistencia en presión.
Tampoco necesitaba resolver aquel secreto en la primera visita.
Bastaba con conservar la contradicción sin deformarla: el trabajo existía, Óscar lo había negado y seguía sin querer explicar por qué.
—Gracias —dijo.
Óscar soltó una exhalación seca.
—No me des las gracias todavía.
—No era por haberlo aclarado.
Aquello estuvo cerca de arrancarle una sonrisa, pero desapareció enseguida.
Cuando Elena e Iria se alejaron hacia el coche, el viento había aumentado y el agua golpeaba con más fuerza contra los neumáticos del pantalán.
Iria abrió la puerta del copiloto.
—Está ocultando algo.
—Sí.
—¿Y no quieres saber qué?
—Claro que quiero.
—No lo parece.
Elena guardó el cuaderno antes de entrar.
—El vídeo demuestra que Xoán trabajó aquí. Óscar primero lo negó y ahora niega solo haberlo encargado. Esa contradicción ya es útil. Lo demás todavía no sabemos qué significa.
Iria apoyó un brazo en el techo del coche.
—¿Te preocupa que nos distraiga?
—Me preocupa decidir demasiado pronto qué protege una mentira.
Iria la observó un instante.
—Eso suena a que empiezas a conocer este caso.
Elena no respondió enseguida.
Durante los primeros días habría resultado fácil colocar aquella ocultación en la columna de los motivos. Ahora prefería dejarla donde correspondía: entre las preguntas pendientes.
Abrió de nuevo el cuaderno y anotó únicamente lo que podían sostener:
Xoán inspeccionó el barco de Óscar el día de su muerte.
Óscar negó inicialmente el trabajo.
Ahora niega el encargo, no la inspección.
Hora aproximada de finalización: por confirmar.
Después cerró el cuaderno.
La mentira seguía allí.
Todavía faltaba averiguar qué estaba protegiendo.