Capítulo 14
Iria Castro había colocado dos carpetas sobre la mesa cuando Elena llegó al puesto.
Una pertenecía a la muerte de Xoán Leira. La otra, mucho más delgada, reunía las copias que Elena había entregado sobre Pedra Fendida: fotografías de la conducción, notas de campo, resultados preliminares del sedimento y un resumen del patrón observado en A Barda.
Hasta aquella mañana habían sido dos historias distintas.
—Quiero que sigan separadas mientras podamos —dijo Iria.
Elena dejó la mochila junto a la silla.
—Yo también.
La teniente se sentó frente a ella. No había llamado a Berta ni a Marta.
Aquella reunión tenía un objetivo concreto: decidir qué parte de lo descubierto durante la peritación ambiental justificaba revisar la cronología de los últimos días de Xoán sin convertir una coincidencia profesional en una explicación de su muerte.
Iria abrió primero la carpeta de Pedra Fendida.
—Tenemos una conducción que figura fuera de servicio, pero muestra circulación y exposición repetida a una mezcla compatible con la contaminación.
—Compatible no significa que hayamos demostrado que A Barda saliera de allí.
—Lo sé.
—Y Xoán la inspeccionó poco antes de morir.
—Eso sí está claro.
Elena acercó la copia de la libreta de trabajo.
«Sedimento reciente.»
«Revisar registro anterior.»
«Preguntar por limpieza.»
Iria había hecho fotografiar las páginas antes de guardar el original con el resto del material.
—No escribió ningún nombre —dijo.
—Ni una acusación.
—Pero estaba siguiendo algo.
—Estaba comprobando una diferencia. Todavía no sabemos cuál.
Iria pasó a la otra carpeta.
—Entonces miremos lo que sabemos de su muerte sin meter la tubería dentro a la fuerza.
Era exactamente como Elena prefería hacerlo.
La reconstrucción inicial era sencilla. Xoán había realizado varios trabajos aquel día, entre ellos una inspección para Óscar Veiga que todavía no estaba facturada.
Más tarde había pasado por Porto do Corvo.
Después, su rastro profesional se volvía menos claro.
Su cuerpo apareció al día siguiente en O Coído Vello y la primera lectura había sido la de un accidente relacionado con el buceo.
—¿Había una orden de trabajo en la cala? —preguntó Elena.
—No.
—Berta dice que eso no era imposible.
—No lo era. Xoán hacía comprobaciones por su cuenta, inspecciones previas y trabajos que no siempre entraban en administración antes de realizarlos.
Iria pasó una hoja.
—Además, llevaba material de buceo. Eso hizo que la hipótesis inicial tuviera sentido.
Elena no necesitó más detalles. El equipo formaba parte de las diligencias y, dentro de lo que ella sabía, todavía no había ninguna razón técnica para discutir esa interpretación.
—¿Alguien lo vio buceando en O Coído?
—No tenemos un testigo directo de la inmersión.
—¿Y alguien lo vio dirigirse hacia allí?
Iria negó.
—Tampoco.
La ausencia de testigos no transformaba la escena. En una zona de costa donde un profesional podía desplazarse solo, trabajar sin compañía y acercarse a una cala sin pasar por un control, aquello seguía siendo perfectamente posible.
Iria abrió una declaración.
—Esto quiero que lo conozcas porque afecta a la cronología que estás reconstruyendo.
Elena reconoció el nombre antes de que se lo dijera.
Samuel Pardo.
La declaración se había tomado durante las primeras comprobaciones sobre los movimientos de Xoán. Samuel no figuraba como sospechoso; era una de las personas con las que había tenido contacto profesional aquel día.
—Samuel dijo que Xoán pasó por Porto do Corvo al final de la tarde —explicó Iria—. Hablaron de trabajo y Xoán se marchó.
—¿A qué hora?
Iria consultó la hoja.
—Sitúa la salida antes de las seis y cuarenta y cinco.
Elena abrió el cuaderno.
—¿Hora exacta o aproximada?
—Aproximada. Dice que no miró el reloj cuando se fue. La fija por las tareas que hizo después y porque recuerda que todavía no eran las siete.
Elena escribió: «Samuel: Xoán sale Porto do Corvo antes de 18:45. Hora declarada/aproximada».
No añadió nada más.
—¿Qué dijo que habían hablado?
—Una cuestión de mantenimiento. Nada importante, según él.
—¿Pedra Fendida?
—No aparece ese nombre en la primera declaración.
Elena levantó la vista.
—¿Se le preguntó?
—No había motivo.
Aquello importaba por una razón distinta a una contradicción. Cuando Samuel declaró, nadie sabía que Xoán había inspeccionado aquella conducción. La pregunta que ahora resultaba evidente todavía no existía entonces.
—¿Dijo adónde iba Xoán?
—Que entendió que se marchaba a hacer sus cosas. No asegura que fuera a O Coído Vello.
—Bien.
Iria dejó la hoja sobre la mesa.
—Quiero que esa hora se quede fijada. No porque piense que esté mintiendo, sino porque a partir de ahora vamos a reconstruir el resto desde ahí.
Elena anotó también esa precisión.
Desde su primera visita a Porto do Corvo, Samuel había sido una fuente útil.
Les había mostrado planos, conducciones, bombas, arquetas y documentación; había bajado con ellas a Pedra Fendida y facilitado la cámara de inspección.
Su nombre aparecía, además, como contacto natural en la revisión realizada ocho meses antes.
Nada de aquello convertía las seis y cuarenta y cinco en sospechosas.
Sí convertía esa hora en una referencia que ya no debía moverse después para adaptarse a una hipótesis.
—¿Tenéis confirmado que Xoán estuvo en Porto do Corvo? —preguntó.
—Sí. No depende solo de Samuel.
Iria no desarrolló la respuesta y Elena no se lo pidió. Si existían registros, cámaras o declaraciones que pertenecían a las diligencias policiales, le bastaba con saber que su presencia estaba contrastada.
—¿Y su hora de llegada?
—Todavía estamos afinándola.
Elena pensó en el trabajo de Óscar. La documentación de Leira Servizos permitiría probablemente acotar cuándo terminó aquella inspección. Entre ese momento y la salida declarada por Samuel se formaría una franja que necesitaban ordenar sin saltos.
—Quiero comprobar primero a Óscar —dijo—. Si sabemos cuándo termina ese trabajo, sabremos cuánto margen hay antes de Porto do Corvo.
Iria asintió.
—Era el siguiente punto.
Sacó otra hoja.
—Él negó inicialmente haber encargado una inspección reciente.
Elena recordó la reacción de Berta al encontrar el vídeo.
—Pero el archivo existe.
—Sí.
—¿Le habéis enseñado la grabación?
—Todavía no.
La respuesta le pareció lógica. Antes de confrontar una versión convenía saber exactamente qué demostraba el material. El vídeo acreditaba que Xoán había inspeccionado una embarcación vinculada a Óscar; aún faltaba establecer la naturaleza del encargo y por qué no se había facturado.
Iria juntó las dos carpetas sin mezclarlas.
—Hay otra cosa que quiero dejar clara. Que Xoán estuviera mirando Pedra Fendida no convierte automáticamente su muerte en consecuencia de esa inspección.
—De acuerdo.
—Y que tengamos una conducción con actividad no demuestra quién la utilizó.
—También.
—Pero ya no puedo tratar la coincidencia como irrelevante.
Elena observó las dos carpetas.
Eso era lo que había cambiado desde su llegada a A Barda.
La contaminación seguía teniendo que sostenerse por sí misma: patrón de marea, química, conducciones y sedimentos.
La muerte necesitaba su propia secuencia: últimos trabajos, desplazamientos, equipo y escenario.
La conexión entre ambas líneas solo sería válida si aparecían datos capaces de pertenecer a las dos sin necesidad de forzarlos.
—¿Qué sabéis del momento del accidente? —preguntó.
Iria apoyó un dedo sobre la carpeta de Xoán.
—Menos de lo que parecía al principio. Podemos situar el hallazgo y tenemos una reconstrucción general compatible con una inmersión previa. La hora real de la muerte no está fijada con una precisión que permita trabajar en minutos.
—¿La revisión forense sigue abierta?
—Sí.
Elena no insistió. Todavía no había una conclusión médico-legal nueva que necesitara conocer para su parte del trabajo.
—Entonces, de momento, la cronología profesional es más útil.
—Eso pienso.
Iria giró una hoja hacia ella. Había escrito una secuencia provisional:
Inspección de Óscar.
Porto do Corvo.
Salida antes de 18:45, según Samuel.
Periodo posterior sin reconstruir.
O Coído Vello.
Hallazgo.
Elena recorrió las líneas despacio.
—Aquí hay demasiado espacio vacío.
—Sí.
—Y ahora mismo cabe cualquier cosa dentro.
—También.
Elena señaló la primera línea.
—Por eso empezaría aquí. No por Samuel.
Iria esbozó una sonrisa.
—Me alegra oírlo.
—¿Esperabas otra cosa?
—Esperaba que la conducción empezara a tirar de todo lo demás.
Elena entendió a qué se refería. Cuando una investigación encontraba por fin una anomalía concreta después de varios días de incertidumbre, resultaba fácil reorganizar retrospectivamente cada dato alrededor de ella.
Pedra Fendida ofrecía ese riesgo: conducción supuestamente inactiva, sedimento reciente, residuos, notas de Xoán y una muerte ocurrida poco después.
La historia encajaba demasiado bien para aceptarla antes de comprobar las piezas incómodas.
—Si Xoán murió por un accidente sin relación con la tubería —dijo Elena—, la contaminación seguirá necesitando una explicación.
—Sí.
—Y si la muerte está relacionada, también.
—Exacto.
Iria señaló la frase de la libreta: «Preguntar por limpieza».
—Esto puede llevarnos a Samuel.
—O a cualquier persona que conociera los trabajos de mantenimiento.
—Incluido Samuel.
—Incluido.
La teniente no pareció molesta por la resistencia. Anotó algo al margen.
—Vamos a volver a hablar con él. Esta vez sí le preguntaremos por Pedra Fendida y por la limpieza.
—¿Quieres que esté?
Iria negó.
—No. Esa parte es nuestra.
Elena agradeció no tener que explicar el límite.
—Tú sigue con la documentación ambiental. Quiero saber si la limpieza que Xoán anotó puede relacionarse con el tipo de residuo que encontrasteis y si hay un hueco real entre lo generado y lo retirado.
—Eso sí puedo hacerlo.
—Y si necesitamos compartirte datos de los justificantes que obtengamos nosotros, lo haremos dentro de lo que corresponda.
La división de funciones quedaba clara.
Iria guardó de nuevo la declaración de Samuel.
—Para ti, ¿qué significa ahora esa hora?
Elena miró su anotación.
Antes de las 18:45.
—De momento, una frontera declarada. Xoán estaba en Porto do Corvo antes y, según Samuel, ya no estaba después.
—¿Nada más?
—Nada más.
Si más adelante aparecía un dato que situara a Xoán allí a las siete, aquella hora se convertiría en una contradicción. Si todos los registros la confirmaban, simplemente formaría parte de una cronología correcta.
Decidir su valor antes de tiempo solo contaminaría el resto.
Salieron del puesto poco después. El cielo estaba despejando por el oeste, aunque sobre el mar seguía acumulándose una franja gris. Elena se detuvo junto al coche para revisar las notas antes de guardarlas.
Su investigación había empezado con una película aceitosa acumulándose donde no debía. Ahora tenía una conducción que figuraba inactiva, una inspección que Xoán no había facturado y una hora aproximada fijada dentro de la cronología policial.
Todavía podían ser problemas distintos.
El siguiente paso consistía precisamente en comprobarlo.