Capítulo 13
Iria Castro llegó a Leira Servizos poco después del mediodía con otro agente y una bolsa de custodia para el disco externo de Xoán.
Berta había dejado el dispositivo exactamente donde estaba. Ni siquiera había vuelto a abrir el cajón.
Elena agradeció la precaución. Desde el día anterior, lo que estaban buscando había cambiado lo suficiente como para que cualquier material relacionado con los últimos días de Xoán exigiera una separación clara entre su peritación ambiental y la investigación que correspondía a la Guardia Civil.
Iria comprobó con Berta cuándo había visto el disco por última vez, quién podía haber tenido acceso y qué copias existían en el ordenador de la empresa. Las preguntas fueron breves y concretas. Después guardó la unidad sin encenderla.
—Esto nos lo llevamos.
Berta asintió.
—¿Y los vídeos que ya están copiados aquí?
—Podemos trabajar con los que tú misma tenías descargados antes de su muerte, siempre que no alteremos los originales —respondió Iria—. Quiero una copia exacta de los archivos y otra para que Elena revise lo relacionado con la conducción.
Miró hacia ella.
—Solo eso.
—Solo eso.
Elena no necesitaba el resto de la vida digital de Xoán.
Mientras el agente preparaba las copias, Berta abrió el primer vídeo que habían visto aquella mañana. Esta vez lo reprodujeron desde el principio y sin detenerse.
La grabación comenzaba bajo el agua, a varios metros de la boca de Pedra Fendida.
Xoán avanzaba despacio hacia la estructura de hormigón y mantenía la cámara orientada primero al fondo y después a las paredes del conducto.
La visibilidad era mediocre, aunque mejor de lo que sugería la miniatura.
En algunos momentos, pequeñas partículas suspendidas cruzaban el haz de luz.
El vídeo duraba dos minutos y dieciocho segundos.
Nadie hablaba.
Cuando terminó, Berta miró a Elena.
—¿Qué ves?
—Que está inspeccionando la salida.
—Eso ya lo sabíamos.
—Ahora sabemos cómo.
Elena pidió volver al comienzo.
Xoán no había grabado una inmersión general del entorno.
Había ido directamente a la conducción. Antes de enfocar la boca, descendía la cámara hasta el fondo y recorría una franja estrecha de sedimento.
Después mostraba el lateral inferior del hormigón y penetraba con la luz algo más de un metro en el tubo.
—¿Hacía eso cuando buscaba una avería? —preguntó Elena.
Berta observó la pantalla.
—Dependía de la avería.
—¿Y si solo tenía que comprobar el estado exterior?
—Con un vídeo de la boca habría bastado.
Elena dejó avanzar unos segundos.
En el interior se apreciaba una banda de sedimento más oscuro. No podía saber si era la misma que habían muestreado días después, aunque la posición parecía coincidir con el canal central que le había llamado la atención durante la inspección desde tierra.
—Para aquí.
Berta detuvo la imagen.
—¿Puedes ampliar sin modificar el archivo?
—La reproducción, sí.
La imagen perdió calidad al crecer, pero permitió distinguir una pequeña zona del fondo donde el depósito parecía interrumpido.
Iria se situó junto a ellas.
—¿Qué significa?
—De momento, que Xoán se fijó en el mismo sector que nosotros.
—¿Porque estaba limpio?
—Porque lo grabó con detalle. Lo demás sería interpretación.
La teniente aceptó la precisión.
Reanudaron el vídeo.
Unos segundos después, Xoán retiró la cámara, se desplazó hacia un lado y enfocó la roca situada bajo la salida. Allí la corriente levantaba partículas finas que volvían a caer unos centímetros más adelante.
Elena pidió otra pausa.
—Esto sí me interesa.
—¿Por qué? —preguntó Berta.
—Porque parece haber movimiento desde la boca hacia fuera.
No era una corriente fuerte. El agua marina podía producir algo parecido, sobre todo con oleaje y cambios de presión dentro de una conducción parcialmente inundada. Sin los datos de marea de aquella inmersión, no podía decidir qué dirección había predominado.
Anotó la hora interna del archivo.
—¿Esta hora es fiable?
Berta negó.
—No siempre. Xoán cambiaba baterías y alguna cámara perdía la configuración.
—¿La fecha?
—La fecha suele conservarse, pero no te garantizaría la hora.
Iria escribió algo en su libreta.
—La comprobaremos.
Elena volvió a mirar la imagen.
Eso impedía cruzar todavía el vídeo con una marea concreta, pero no anulaba lo importante: Xoán había documentado una salida que, días después, seguía mostrando indicios de circulación.
El segundo archivo era más corto.
La cámara aparecía ya dentro del conducto. La luz recorría una pared cubierta de depósitos oscuros y se detenía sobre una unión entre dos tramos de tubería. Xoán acercó la imagen hasta mostrar una zona donde el material adherido era más escaso. Después movió la cámara hacia el fondo.
No aparecía nadie.
Tampoco ninguna manguera, válvula abierta o chorro que permitiera atribuir una descarga a una persona o instalación concreta.
Berta dejó escapar el aire.
—Yo esperaba que hubiera grabado algo más claro.
—¿Más claro en qué sentido? —preguntó Iria.
—No sé. A alguien. Una avería. Lo que fuera que le preocupaba.
Elena entendía la frustración. El vídeo confirmaba que Xoán había visto algo digno de documentar, pero no explicaba por qué había vuelto sobre ello ni qué conclusión había sacado.
—¿Hay audio?
Berta subió el volumen.
Durante unos segundos solo se oyó un ruido amortiguado, deformado por la carcasa y el agua: golpes leves del equipo, respiración y el sonido irregular del movimiento submarino.
Nada que Elena pudiera interpretar.
—Déjalo así.
No tenía sentido buscar significados donde todavía no los había.
El tercer archivo correspondía a otra inmersión. La imagen mostraba el casco de una embarcación y parte de una hélice.
—Esto no es Pedra Fendida —dijo Elena.
Berta negó.
—No. Ese es otro trabajo.
Iria se acercó a la pantalla.
—¿Sabes cuál?
Berta consultó el nombre del archivo y después una agenda.
—Sí. Óscar Veiga.
Elena levantó la vista.
—¿Cuándo?
Berta dio la fecha.
Era el mismo día de la muerte de Xoán.
La información no convertía a Óscar en sospechoso. Solo añadía una pieza necesaria a la cronología.
—¿A qué hora terminó ese trabajo? —preguntó Elena.
—Tendría que mirar el parte.
Berta abrió otra carpeta del ordenador. Encontró un documento con una hora de inicio y una anotación aproximada de finalización. Xoán había inspeccionado el casco por la tarde.
—¿Está facturado? —preguntó Iria.
Berta negó casi de inmediato.
—No.
—¿Por qué?
—No lo sé.
Elena observó cómo se tensaba la mandíbula de Berta. Era la primera vez desde que habían empezado con los vídeos que su incomodidad parecía proceder de otra cosa.
—¿Óscar os encargaba trabajos con frecuencia?
—Alguna vez.
—¿Y los pagaba?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué este no está facturado?
Berta cerró la carpeta.
—Tendré que revisar si quedó pendiente.
Elena no insistió. La ausencia podía esconder un favor, un retraso administrativo, una irregularidad o cualquier otra explicación menor. Sin documentos, no tenía sentido convertirla en algo más.
Iria sí tomó nota.
—Necesitaremos hablar con él.
Berta no respondió.
Elena volvió al vídeo de Pedra Fendida.
Había una cuarta imagen fija asociada a la misma fecha de la inspección. Xoán había fotografiado el interior del conducto desde un ángulo que permitía ver una franja de pared y el fondo. En la esquina inferior aparecía una regla corta de medición.
—Estaba midiendo depósito —dijo Elena.
Berta se inclinó.
—Eso sí lo hacía cuando quería comparar.
—¿Comparar con qué?
—Con otra visita, normalmente.
Elena giró la fotografía hacia ella.
—¿Había inspeccionado Pedra Fendida antes?
Berta frunció el ceño.
—No lo recuerdo.
—Busca el nombre.
—Puede que no esté con ese nombre.
—Entonces busca salidas, conducciones, Porto do Corvo, cualquier código de trabajo relacionado.
Berta abrió el buscador del archivo de la empresa.
Aparecieron decenas de resultados. Algunos eran facturas antiguas; otros, presupuestos y partes de inmersión. Fueron descartando lo que no tenía relación hasta quedarse con cuatro trabajos realizados en el puerto durante los dos años anteriores.
En uno figuraba una revisión de conducciones sumergidas.
La fecha era de ocho meses atrás.
Berta abrió el parte.
—Aquí estuvo Xoán.
—¿En Pedra Fendida?
—No lo pone.
El documento solo mencionaba una inspección de salidas y elementos sumergidos en la zona antigua. No había fotografías adjuntas.
—¿Quién la encargó?
Berta leyó el encabezamiento.
—Porto do Corvo.
—¿Persona de contacto?
Pasó a la segunda página.
—Samuel.
Elena anotó el dato sin detenerse en él.
Era lógico que el responsable de mantenimiento apareciera como contacto en una inspección portuaria. Samuel ya les había explicado conducciones, arquetas y trabajos de servicio. Que hubiese tratado antes con Xoán no añadía sospecha por sí solo.
—¿Hay informe final?
Berta buscó.
—No aquí.
—¿Factura?
—Sí.
La factura estaba pagada y la cantidad no llamaba la atención.
Elena volvió a la fotografía reciente.
Si Xoán había inspeccionado la zona meses atrás, la regla podía tener una función sencilla: comparar el estado del depósito, la colonización o el desgaste con una referencia anterior.
—Necesitamos encontrar el material de aquella inspección.
Berta siguió buscando.
No apareció vídeo en el servidor principal. Encontró, en cambio, una carpeta con el número del trabajo y una lista de archivos que ya no estaban en la ubicación original.
—¿Borrados?
—O archivados en otro disco.
Iria señaló la bolsa donde habían guardado el soporte externo.
—Entonces esperaremos.
Elena estuvo de acuerdo.
No necesitaba acceder al resto del material para sostener lo que ya sabía: Xoán había trabajado antes en las conducciones del puerto y, la semana de su muerte, volvió a Pedra Fendida sin que existiera una orden de trabajo clara en la administración de su empresa.
Aquella diferencia sí tenía valor.
—¿Qué cambia entre una inspección y la otra? —preguntó Berta.
Elena miró los dos registros.
—La primera tiene encargo, parte y factura. La segunda no.
—Por eso te dije que era rara.
—Sí.
La ausencia no explicaba quién había pedido la segunda inspección ni por qué Xoán aceptó hacerla. Pero delimitaba mejor la pregunta.
Elena pidió a Berta una copia de la factura antigua y del parte. Iria autorizó que trabajara con esos documentos porque pertenecían a la contabilidad de la empresa y Berta los había entregado voluntariamente.
Mientras se imprimían, Elena revisó una vez más el primer vídeo.
Esta vez no se fijó en la boca del conducto, sino en el movimiento de la cámara. Xoán descendía, recorría el fondo, entraba parcialmente en la salida y después volvía hacia la roca exterior. La secuencia tenía la lógica de una inspección técnica: localizar, documentar, comparar.
No parecía estar buscando a una persona.
Buscaba el estado de una infraestructura.
Eso reducía una tentación que había empezado a formarse desde el día anterior.
Xoán no necesitaba haber descubierto a alguien vertiendo para que aquella inmersión importara.
Bastaba con que hubiera comprobado que una conducción supuestamente fuera de servicio presentaba señales distintas a las esperables.
—¿Puedes copiar estos dos vídeos para mi informe? —preguntó Elena.
Iria asintió.
—Con constancia de qué archivos son y de dónde salen.
—Eso necesito.
Berta se levantó para recoger las hojas de la impresora.
Cuando regresó, dejó también una libreta pequeña sobre la mesa.
—Esto estaba junto al ordenador de Xoán.
Iria la miró antes de tocarla.
—¿La habéis revisado?
—Yo sí. La Guardia Civil también la vio cuando recogió sus cosas, creo. No tiene nada personal.
Iria se puso guantes y hojeó las primeras páginas. Eran notas de trabajo: matrículas de embarcaciones, medidas, teléfonos, listas de material. Hacia el final aparecían varias anotaciones de los últimos días.
Elena no intentó leer por encima de su hombro.
—Hay una referencia a la salida —dijo Iria.
Giró la libreta lo suficiente para que Elena pudiera verla.
Xoán había escrito una fecha y debajo tres líneas:
«Sedimento reciente.»
«Revisar registro anterior.»
«Preguntar por limpieza.»
Nada más.
Elena leyó las palabras dos veces.
No había acusación, un nombre ni una amenaza. Tampoco una conclusión sobre contaminación. Era exactamente el tipo de nota que alguien podía escribir después de una inspección cuando algo difería de una visita anterior.
—¿Coincide con lo que vemos en el vídeo? —preguntó Iria.
—Puede coincidir. La referencia al sedimento, sí. Para saber qué significa «registro anterior» necesitamos el material de hace ocho meses.
—¿Y la limpieza?
Elena miró la copia de los partes que había revisado el día anterior.
—Tenemos un trabajo de limpieza en el puerto pocos días antes de la aparición de la película. Pero todavía no sabemos si Xoán hablaba de ese trabajo o de otro.
Iria cerró la libreta.
Aquello no resolvía la inspección, pero la hacía más concreta.
Xoán no había bajado a Pedra Fendida por casualidad. Había comparado el sedimento, quería revisar un registro previo y buscaba información sobre una limpieza.
Elena reunió sus copias y dejó que Iria se hiciera cargo del resto del material. Cuando salió de Leira Servizos, el cielo seguía bajo y el viento empujaba humedad desde el mar hacia las naves.
En el coche escribió tres preguntas en el cuaderno: qué había cambiado en Pedra Fendida desde la inspección anterior, qué limpieza quería comprobar Xoán y quién le había pedido que regresara allí.
Las tres podían tener respuestas independientes.
Antes de convertirlas en una sola historia, necesitaba demostrar que realmente estaban conectadas.