Capítulo 12
Leira Servizos Subacuáticos ocupaba la planta baja de una nave estrecha a las afueras de Porto Xabre.
En la fachada solo había un rótulo azul envejecido, dos ventanas altas y una puerta metálica abierta lo suficiente para dejar ver estanterías con cajas estancas, cabos, boyas y parte de un traje seco colgado de una percha.
Berta Leira esperaba dentro.
Elena la reconoció por la fotografía que Uxía le había enseñado la tarde anterior. Se parecía a su hermano en la forma de los ojos y en la mandíbula, aunque el cansancio borraba cualquier parecido inmediato. Llevaba un jersey gris, pantalones de trabajo y el pelo recogido sin demasiado cuidado.
—Soy Elena Sánchez.
—Ya sé quién eres. Uxía me llamó anoche.
No había hostilidad en el tono, pero tampoco cortesía innecesaria.
Berta apartó una caja de una mesa y señaló una silla.
—Me dijo que Xoán había estado mirando lo de la tubería.
—Pedra Fendida.
—Sí.
Elena dejó la mochila junto a sus pies.
—Quiero saber por qué estaba allí y qué trabajo estaba haciendo. Nada más, de momento.
Berta la observó unos segundos antes de sentarse frente a ella.
—Eso es lo que me gustaría saber a mí.
La respuesta no pareció preparada.
Sobre la mesa había un portátil cerrado, dos archivadores y una carpeta de plástico transparente. Detrás de Berta, un calendario seguía abierto por el mes anterior. Varias fechas estaban marcadas con bolígrafo y códigos que probablemente correspondían a trabajos.
Elena no empezó por ellos.
—¿Trabajabais siempre juntos?
—Yo llevo la administración, compras, facturas, seguros y permisos. Xoán hacía casi todo el trabajo de campo. Si era algo grande, contratábamos apoyo.
—¿Cuánto tiempo llevabais con la empresa?
—Doce años.
—¿Y Pedra Fendida?
Berta desvió la vista hacia el portátil.
—No era un trabajo normal nuestro.
—¿Quién lo encargó?
—Eso es lo que no tengo claro.
Elena esperó.
Berta abrió el ordenador y buscó una carpeta.
—Xoán solía dejarme una orden, un correo o al menos un mensaje con el nombre del cliente. No porque fuera especialmente ordenado, sino porque luego alguien tenía que cobrar.
—Y esta vez no.
—Esta vez me dijo que iba a mirar una salida vieja cerca del puerto. Nada más.
—¿No preguntaste para quién?
—Sí. Me dijo que todavía no había que facturar.
Podía tratarse de una comprobación preliminar, un favor profesional o una inspección previa a presupuesto. También de un trabajo que Xoán todavía no quería dejar documentado.
—¿Era habitual?
—Alguna vez hacía una inspección antes de presupuestar. Pero solía decirme para quién.
Berta abrió una carpeta con varios vídeos.
—Esto estaba en una de las cámaras.
Elena se inclinó lo suficiente para ver la pantalla. Había archivos fechados durante la semana anterior a la muerte de Xoán. Algunos llevaban nombres genéricos; otros, números de trabajo.
—¿Has revisado todo?
—Lo intenté.
—¿Después de que muriera?
Berta asintió.
—La Guardia Civil se llevó parte del material y copió lo que consideró necesario. Esto son duplicados que teníamos en el servidor y algunas tarjetas que ya estaban descargadas.
—¿Les hablaste de Pedra Fendida?
—No sabía que se llamaba así hasta ayer.
Elena volvió a mirar las carpetas.
—Pero sí sabías que había inspeccionado una conducción.
—Sí.
—¿Se lo dijiste?
—Les dije que había hecho trabajos de puerto esa semana. No sabía cuál podía tener importancia.
Hasta el día anterior, tampoco Elena habría sabido que aquella conducción podía tenerla.
—¿Qué buscabas cuando revisaste los archivos?
La pregunta pareció incomodar a Berta más que las anteriores.
—Entender qué había hecho los últimos días.
—¿Por el accidente?
Berta apretó los labios.
—Porque nadie sabía explicarme por qué estaba buceando en O Coído Vello.
Elena mantuvo la mirada sobre ella.
Era la primera vez que alguien cercano a Xoán cuestionaba, aunque fuera solo por falta de una explicación, la versión conocida de su muerte.
—¿No tenía trabajo allí?
—No registrado.
—¿Podía ir por su cuenta?
—Claro.
—¿Lo hacía?
—Sí, pero no de esa forma.
Elena dejó la respuesta donde estaba. La muerte de Xoán no era todavía su investigación y no quería convertir una anomalía administrativa en una teoría criminal.
—Volvamos a Pedra Fendida. ¿Qué encontraste en los archivos?
Berta seleccionó un vídeo sin abrirlo.
—Este está grabado en esa zona. Lo reconocí después de que Uxía me mandara una foto anoche.
—¿Hay más?
—Dos vídeos cortos y varias fotografías.
—Quiero verlos, pero antes necesito saber qué hizo Xoán con ellos.
Berta abrió uno de los archivadores.
—Dos días antes de morir se sentó aquí conmigo y empezó a revisar facturas antiguas.
—¿De Pedra Fendida?
—No exactamente. De trabajos de mantenimiento del puerto.
Sacó varias hojas sujetas con una pinza. Eran copias de facturas, órdenes de servicio y correos impresos. Elena reconoció el nombre de Porto do Corvo en varias cabeceras.
—¿Por qué las revisaba?
—Porque había visto referencias a servicios que no recordaba haber hecho.
—¿Servicios de qué tipo?
—Inspecciones, apoyo subacuático, revisiones de tomas y salidas. Cosas que nosotros hacemos.
—¿Facturadas por vuestra empresa?
Berta negó.
—Eso es lo raro. Algunas no eran nuestras facturas. Eran documentos de otros proveedores o relaciones de trabajos donde aparecía nuestro nombre asociado de alguna manera.
Elena cogió una de las hojas.
Una descripción mencionaba asistencia subacuática durante una operación de mantenimiento. En otra figuraba Leira Servizos como empresa interviniente, pero el documento que tenía delante no era una factura emitida por ellos.
—¿Esto significa que alguien estaba cobrando por un trabajo vuestro?
—No necesariamente.
Berta respondió demasiado deprisa y pareció darse cuenta.
—Puede ser una referencia incorrecta. O que nos incluyeran porque habíamos trabajado allí otra vez. Xoán quería saberlo.
—¿Y encontró algún servicio que negara haber realizado?
—Me señaló dos.
—¿Cuáles?
Berta buscó entre los papeles y separó dos copias.
Una correspondía a una inspección de conducciones. La otra, a apoyo durante una retirada y limpieza.
Las fechas eran de meses anteriores.
—¿Tú recuerdas esos trabajos?
—No.
—¿Eso basta para decir que no se hicieron?
—No. Tenemos temporadas con muchos encargos pequeños. Pero si hubiéramos intervenido debería existir algo: una orden, un parte, combustible, material, una factura nuestra.
—¿Y existe?
—Yo no lo encontré.
Elena dejó los documentos sobre la mesa.
Aquello todavía no demostraba un fraude. Había dos referencias administrativas que la empresa señalada como participante no podía respaldar con sus propios registros.
—¿Xoán habló con alguien de esto?
—Conmigo. Y supongo que con quien llevara el mantenimiento del puerto.
—¿Samuel Pardo?
Berta encogió un hombro.
—Seguramente. Xoán trataba con él bastante.
El nombre apareció sin énfasis y Elena lo dejó así.
—¿Viste alguna conversación entre ellos?
—No.
—¿Mensajes?
—En su teléfono habría. Yo no tengo acceso.
Si el dispositivo se había recuperado, aquella comprobación correspondía a Iria Castro.
Elena señaló los dos documentos.
—¿Puedo llevarme copia?
—Sí.
Berta ya las había preparado.
El detalle llamó la atención de Elena.
—¿Sabías que iba a preguntarte por esto?
—No. Pero era lo que Xoán estaba mirando antes de morir. Pensé que acabaría interesándole a alguien.
La frase quedó entre ambas junto a los papeles.
Elena abrió el cuaderno.
—Cuéntame cómo fue esa revisión.
Berta apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Llegó por la tarde, descargó la cámara y me pidió las facturas del puerto del último año. Estaba molesto.
—¿Enfadado?
—Más bien irritado. Xoán se enfadaba rápido y se le pasaba rápido. Ese día no se le pasó.
—¿Dijo por qué?
—Porque había cosas que no le cuadraban.
—¿Usó esas palabras?
—Dijo que alguien estaba mezclando trabajos distintos y que al final nos iban a meter en un problema que no era nuestro.
Elena anotó la frase.
—¿Qué problema?
—No lo explicó.
—¿Le preguntaste?
—Claro.
Berta se levantó y fue hasta una estantería. Cogió una botella de agua, aunque no la abrió.
—Me dijo que primero quería comprobarlo.
Elena reconoció la lógica. Antes de acusar, comprobar.
—¿Volvió a hablarte del asunto?
—Al día siguiente por la mañana. Me pidió que buscara todos los trabajos donde aparecieran conducciones, salidas o limpieza de la zona vieja del puerto.
—¿Pedra Fendida?
—No utilizó el nombre.
—¿Y los encontraste?
—Algunos.
Berta abrió otra carpeta.
Había facturas de Leira Servizos, presupuestos, partes de inmersión y documentos acumulados durante varios años.
La empresa parecía pequeña de verdad, no porque Berta lo afirmara, sino porque cada gasto tenía un peso visible.
Una factura aplazada, una reparación de equipo o una semana sin encargos podían notarse en aquellas cuentas.
Elena pasó varias hojas.
—¿Tenéis problemas económicos?
Berta dejó la botella sobre la mesa.
—¿Eso qué tiene que ver?
La reacción fue inmediata, más intensa que las anteriores.
—Todavía no lo sé.
—Una empresa de dos personas siempre tiene problemas económicos.
—No he dicho deudas.
—Pero lo estabas pensando.
Elena levantó la vista.
—Estoy intentando entender si Xoán revisaba esos documentos por un perjuicio para la empresa, por un cobro que faltaba o por otra razón.
Berta sostuvo la mirada un instante antes de sentarse de nuevo.
—No nos sobraba el dinero. Eso no significa que estuviéramos a punto de cerrar.
—No he dicho eso tampoco.
—Bien.
Elena no insistió. Había algo que Berta no quería desarrollar, pero aún no tenía una relación demostrada con Pedra Fendida y mucho menos con la muerte de su hermano. Lo dejó como una cuestión pendiente, no como una respuesta.
—¿Xoán tenía seguro de vida?
Berta tardó un segundo.
—Sí.
—¿Vinculado a la empresa?
—En parte. Había una póliza por accidente profesional y otra personal.
—¿Beneficiaria?
—Mi madre en la personal. La empresa en una cobertura pequeña.
El tono de Berta se enfrió.
—Te lo pregunto porque alguien lo preguntará si la muerte deja de parecer sencilla.
—Ya lo han preguntado.
Elena cerró esa línea.
—Volvamos a los vídeos.
Berta abrió el primero.
La imagen tembló durante unos segundos bajo el agua hasta estabilizarse frente a una pared de roca. El color era verdoso y la visibilidad mediocre. Xoán avanzó hacia una estructura de hormigón parcialmente cubierta por organismos marinos.
Pedra Fendida.
Elena reconoció la boca por la forma rectangular y por una rotura en uno de los bordes.
El vídeo duraba poco más de dos minutos.
No aparecía ninguna persona, embarcación ni objeto que explicara por qué Xoán estaba allí. Se limitaba a recorrer el contorno de la salida, enfocar el interior y detenerse varias veces sobre zonas del fondo.
Elena no quiso verlo completo todavía.
—¿Tienes el archivo original?
—Sí.
—¿Y los metadatos?
—Lo que haya conservado la cámara.
—No lo manipules más. Haz una copia y deja el original como está.
Berta la miró.
—¿Crees que importa tanto?
Elena observó la imagen detenida en la pantalla. Dentro del conducto se veía una franja oscura que podía ser sedimento, sombra o restos acumulados.
—Creo que Xoán estaba inspeccionando exactamente el punto que estamos investigando nosotros.
—Y al día siguiente murió.
—Eso no me permite decir que una cosa causara la otra.
Berta apartó la vista.
—Ya.
No parecía satisfecha, pero no discutió.
Elena tomó nota de los nombres de archivo y de las fechas antes de pedir las copias. En el segundo vídeo, la miniatura mostraba el interior de la conducción. El tercero parecía corresponder a otra inmersión distinta. Los revisaría con calma, respetando el orden y los datos originales.
—¿Hay algo más que Xoán guardara aparte?
Berta dudó.
—Tenía la costumbre de copiar algunas cosas en un disco externo.
—¿Dónde está?
—Aquí.
—¿Lo ha revisado la Guardia Civil?
—No sé si ese en concreto. Les dimos acceso al ordenador y a las tarjetas que encontramos.
Berta abrió un cajón y sacó una pequeña unidad negra con una etiqueta escrita a mano.
—No lo he tocado desde el funeral.
Elena no extendió la mano.
—Entonces no lo toques ahora.
Berta pareció desconcertada.
—¿No quieres verlo?
—Quiero que quede claro quién accede y cuándo. Si empieza a existir una posible relación entre lo que Xoán estaba investigando y su muerte, ese material ya no es solo documentación para mi peritación.
Berta tardó en responder.
Elena anotó la existencia del disco y llamó a Iria Castro.
La teniente escuchó sin interrumpir mientras Elena explicaba lo imprescindible: Pedra Fendida, la inspección de Xoán, las referencias documentales y el soporte que Berta conservaba sin revisar.
—No estoy diciendo que su muerte tenga relación —terminó Elena.
—Lo he entendido.
—Pero creo que tenéis que decidir vosotros cómo acceder a esto.
—No lo abras. Voy para allá.
Elena colgó.
Berta seguía mirando el disco sobre la mesa.
—Hasta ayer todo el mundo decía que había sido un accidente.
—Puede seguir habiéndolo sido.
—Pero tú ya no lo ves igual.
Elena pensó antes de responder.
—Ahora sé algo que antes no sabía: Xoán estaba comprobando una conducción que presenta indicios de actividad cuando, en teoría, no debería tenerla. Eso obliga a revisar qué hizo después. No obliga a decidir todavía cómo murió.
Berta pasó un dedo por el borde de la etiqueta sin mover el dispositivo.
Fuera se oyó arrancar una furgoneta y, poco después, el golpe metálico de una puerta. Dentro de la nave, entre equipos de buceo, facturas y vídeos todavía sin revisar, la investigación ambiental acababa de acercarse por primera vez a los últimos días de Xoán.
Elena volvió a las copias de los dos servicios que él no recordaba haber realizado. Antes de buscar a una persona detrás de aquellas irregularidades tendría que comprobar si eran errores administrativos, trabajos mal atribuidos o algo deliberado.
Y averiguar qué había encontrado Xoán dentro de Pedra Fendida.