Capítulo 10
La boca de Pedra Fendida era más pequeña de lo que parecía en los planos.
A media distancia podía confundirse con una grieta rectangular abierta entre dos bloques de roca.
Solo al bajar hasta la plataforma que dejaba libre la marea se distinguía el borde de hormigón, oscurecido por años de sal, algas y humedad.
El conducto penetraba en la ladera con una pendiente casi imperceptible y desaparecía a los pocos metros en una oscuridad que la luz de la mañana no alcanzaba.
Samuel se quedó junto al último tramo seguro del acceso.
—De aquí en adelante resbala bastante.
Elena había llegado a la misma conclusión antes de que lo dijera.
La roca estaba cubierta por una película vegetal fina y el agua volvía periódicamente por algunas grietas, aunque la marea seguía cerca de su punto más bajo.
Llevaba botas adecuadas, guantes y una pequeña linterna, pero aquello no convertía la inspección en una excursión sin riesgos.
Uxía había bajado detrás de ellos y observaba el mar.
—Tenemos tiempo.
—¿Cuánto? —preguntó Elena.
—Más de una hora antes de que empiece a molestarnos de verdad. Otra cosa es que queráis esperar hasta entonces.
—No hace falta.
Elena fotografió primero la salida desde una posición general y después se acercó al hormigón.
La parte exterior presentaba lo esperable en una estructura antigua situada en zona intermareal: costras, pequeñas adherencias calcáreas, algas en los bordes y manchas de óxido procedentes de una pieza metálica casi perdida bajo las incrustaciones.
A primera vista, nada justificaba haber bajado hasta allí.
Sacó el plano reducido que Samuel les había marcado el día anterior.
—¿Esta es la salida original?
—Sí.
—¿Ha cambiado la boca desde la reforma?
—Que yo sepa, no. Se reparó algo de hormigón hace años, pero el punto es el mismo.
Elena se agachó sin introducir todavía la cabeza en el conducto. En el fondo se acumulaban unos centímetros de sedimento fino. Cerca de la boca estaba mezclado con arena, fragmentos de concha y pequeñas algas arrastradas por el agua; más adentro, sin embargo, el aspecto cambiaba.
Dirigió la linterna hacia el suelo.
—Samuel.
Él se acercó lo suficiente para mirar por encima de su hombro.
—¿Qué?
—¿Hasta dónde entra el agua de mar normalmente?
Samuel estudió el conducto.
—Con pleamar viva puede meterse bastante. Depende también del oleaje.
—¿Y en mareas normales?
—Unos metros. No sabría decirte cuántos.
Elena observó el borde interior. La línea de colonización marina era irregular, pero reconocible en los primeros tramos.
Había pequeñas adherencias en las paredes y una franja más oscura donde la humedad permanecía más tiempo.
En el fondo, sin embargo, una banda estrecha avanzaba hacia el interior con menos sedimento que los laterales.
No estaba limpia en sentido literal. Conservaba limo y manchas oscuras, pero la acumulación era menor.
—¿Esto se limpia? —preguntó.
Samuel negó.
—No como mantenimiento. Si no se usa, no tiene sentido.
—¿Se ha metido alguien últimamente?
—No que yo sepa.
Elena iluminó el fondo unos segundos más. A ambos lados de la banda central, el sedimento formaba pequeños bordes de depósito; en el centro parecía haber sido desplazado.
—¿Puede hacerlo la pleamar?
—Claro. Si entra suficiente agua, sí.
La respuesta llegó sin vacilación.
Era posible. La cuestión era si el patrón encajaba con agua entrando desde el mar. Cerca de la boca, la energía debía ser mayor y disminuir hacia el interior. Allí, en cambio, la franja removida mantenía durante varios metros una anchura bastante regular.
Uxía se acercó.
—¿Qué has visto?
—Todavía no lo sé.
Elena colocó una escala junto al fondo y fotografió el interior.
Samuel se agachó también.
—¿Buscas marcas de flujo?
—Entre otras cosas.
—Si quieres entrar más, tengo una cámara con pértiga en la nave.
Elena miró el espacio disponible. No necesitaba meterse dentro para demostrar nada, y hacerlo solo añadiría un riesgo absurdo.
—Mejor la cámara.
Samuel subió a buscarla mientras Elena inspeccionaba el entorno inmediato.
A un lado de la boca encontró una pequeña depresión en la roca donde se había acumulado sedimento oscuro.
No tenía la película iridiscente de A Barda, pero la textura era distinta a la arena gruesa de la plataforma.
Lo fotografió y tomó una pequeña muestra siguiendo el mismo sistema de identificación de los días anteriores.
Uxía observó el recipiente.
—¿Eso va al laboratorio?
—Si la comparación merece la pena.
—¿Con las muestras de A Barda?
—Primero quiero saber qué contiene esto.
El color no servía para sacar conclusiones. En una estructura antigua podían acumularse restos metálicos, materia orgánica, hidrocarburos históricos o cualquier combinación de sustancias depositadas durante años.
Elena continuó alrededor de la salida. La pared exterior presentaba salpicaduras y crecimiento biológico, mientras el labio inferior del conducto mostraba una franja más húmeda que la roca contigua. Con la marea baja, podía deberse simplemente al agua retenida dentro.
Entonces reparó en dos pequeñas gotas que avanzaban por la cara interior del hormigón. No descendían desde arriba: se reunían en el fondo y seguían el mismo canal central que había visto con la linterna.
Elena acercó la mano sin tocar el agua.
—Uxía, ¿ha llovido esta noche?
—Muy poco. Un rato.
—¿Cantidad?
—No sabría decirte. El suelo estaba mojado al amanecer, pero nada serio.
La lluvia podía explicar una filtración o un aporte por algún pluvial conectado de manera indirecta. También podía no explicar nada.
Elena comprobó la hora y tomó otra fotografía.
Samuel regresó pocos minutos después con una cámara de inspección montada en una pértiga flexible y una pantalla portátil.
—Esto no es para tuberías largas —dijo—, pero nos permitirá ver unos metros más.
—Suficiente.
Antes de introducirla, Elena pidió que grabaran desde el inicio y mantuvieran una referencia aproximada de la distancia. Samuel estuvo de acuerdo y le cedió el control.
La imagen apareció en la pantalla con un tono verdoso. Los primeros metros confirmaron lo que ya habían visto: incrustaciones en las paredes, sedimento acumulado en los laterales y una franja central menos cargada.
A unos cuatro metros, la pendiente cambiaba ligeramente.
—Para.
Samuel inmovilizó la pértiga.
En el suelo se distinguía una pequeña acumulación de materia oscura. Más allá, el conducto seguía húmedo.
—¿Hasta ahí llega la pleamar normal? —preguntó Elena.
Samuel observó la pantalla.
—Puede llegar.
—¿Y más adentro?
—En mareas altas, seguro.
—Hoy no venimos de una pleamar especialmente alta.
—No.
Elena pidió avanzar.
A medida que la cámara penetraba, disminuían las incrustaciones visibles en las paredes, aunque el fondo continuaba húmedo. En un punto aparecía una línea de residuos ligeros pegada al lateral, como si una corriente pequeña hubiera descendido y dejado material al perder fuerza.
Uxía se inclinó sobre la pantalla.
—Eso parece agua que ha salido de dentro.
Samuel tardó un momento en responder.
—Puede ser drenaje residual.
—¿De qué? —preguntó Elena.
—Filtraciones. Agua atrapada. Alguna conexión vieja que recoja lluvia. Ya os dije que no conocemos cada metro.
No parecía estar defendiéndose. Enumeraba posibilidades que también debían contemplar.
—¿Hay alguna razón para que una conducción considerada fuera de servicio mantenga flujo después de una lluvia pequeña? —preguntó Elena.
—Si queda conectada a un punto que no conocemos, sí.
—¿Y si no?
Samuel miró el conducto.
—Entonces habría que averiguar por qué está mojado.
Elena pidió detener la cámara en otra zona. Allí se apreciaba algo distinto: un parche del fondo tenía menos sedimento que los tramos anteriores y los bordes formaban pequeñas ondulaciones orientadas hacia la boca.
No parecía una superficie removida manualmente. Parecía el efecto del agua.
Tomó varias capturas.
—Quiero muestra de ese sedimento.
Samuel miró la longitud introducida.
—Podemos usar una cuchara de muestreo acoplada a la pértiga.
—¿La tenéis limpia?
—Tengo material sin usar.
Esperaron a que subiera de nuevo. Mientras tanto, Elena revisó con Uxía el exterior. A unos metros de la salida, en una grieta protegida del oleaje directo, encontraron otro depósito fino. Era más claro que el acumulado en la boca y contenía pequeños fragmentos de concha.
Aquello serviría como referencia del entorno inmediato.
Cuando Samuel regresó con el accesorio, recogieron una cantidad pequeña del interior sin pisar ni alterar el conducto.
La operación fue lenta y poco espectacular, precisamente el tipo de trabajo en el que Elena prefería extremar el registro: distancia aproximada, punto de extracción, recipiente y hora.
—¿Qué tendría que salir para convencerte de que esto se ha usado? —preguntó Uxía.
Elena terminó de cerrar la muestra antes de responder.
—El análisis puede decirnos si el material se parece al de A Barda. Pero para hablar de uso reciente necesito algo más que parecido.
—¿Qué?
—Que el estado físico de la conducción no se explique bien por marea, lluvia o filtración natural.
Samuel señaló hacia el interior.
—La humedad puede venir de varios sitios.
—Sí.
—Entonces será difícil.
—Probablemente.
No parecía preocuparle.
Elena volvió a observar la boca. Si Pedra Fendida estuviera completamente inactiva, esperaría un interior dominado por depósito, colonización y entradas ocasionales de agua marina.
Allí existían las tres cosas, pero también un canal húmedo continuo y zonas donde el sedimento parecía haber sido desplazado hacia fuera.
Era una contradicción concreta, todavía abierta.
Subieron unos metros para revisar una arqueta antigua que los planos situaban por encima de la salida. Se encontraba fuera del alcance de la inundación marina y estaba cubierta por una pesada tapa de hormigón. Samuel llevaba la llave del cierre metálico añadido años después.
—¿Se abre habitualmente?
—No.
Entre los dos levantaron la tapa lo suficiente para asegurarla. Elena no se acercó al borde hasta comprobar que estaba estable.
La arqueta estaba casi seca.
Eso le llamó más la atención que encontrarla llena.
En el fondo había hojas, arena fina y marcas antiguas de humedad, pero ninguna lámina de agua que justificara por sí sola el goteo que acababan de ver abajo.
—¿Esta conecta con el tramo de Pedra Fendida? —preguntó.
Samuel consultó el plano.
—Debería.
—¿«Debería» en qué sentido?
—Según esta versión, sí. Pero recuerda la conexión temporal. Puede haber derivaciones que no aparecen aquí.
Elena enfocó el fondo con la linterna. Una de las paredes tenía una abertura lateral cegada con obra. En el lado contrario, una tubería descendía hacia la costa.
—¿Podemos abrir más arriba?
—Hay otra arqueta dentro del recinto, pero esa ya entra en el trazado de la reforma.
—La veremos después.
No necesitaba seguir acumulando puntos hasta perder de vista la pregunta inicial.
Entre aquella arqueta y la salida había algo que mantenía húmedo el conducto sin dejar agua visible en el registro superior.
Podía ser una filtración del terreno o una conexión no reflejada en los planos.
Lo que empezaba a resultar menos convincente era describir Pedra Fendida como una conducción sin ninguna actividad hidráulica.
Al regresar a la plataforma, el mar había avanzado unos centímetros y las primeras lenguas de agua empezaban a cubrir las zonas más bajas.
Elena fotografió de nuevo la boca antes de subir. En la franja central del conducto, el pequeño hilo de agua seguía descendiendo hacia el exterior.
Aún no tenían el origen de A Barda ni podían afirmar qué circulaba por aquella conducción o con qué frecuencia. Pero el terreno ofrecía una imagen menos sencilla que la documentación.
—Quiero volver cuando tengamos los resultados del sedimento —dijo Elena mientras guardaba el material—. Y revisar la arqueta interior con el trazado delante.
Samuel recogió la cámara.
—Cuando quieras.
Uxía miró hacia la boca, cada vez más cerca del agua.
—Entonces no la descartamos.
—Ahora mismo, no.
Subieron antes de que la marea cerrara el paso más cómodo.
Durante el ascenso, Elena ordenó mentalmente lo que tendría que separar en el informe: humedad interior, canal central con menos sedimento, zonas de depósito desplazado y ausencia de agua suficiente en la arqueta superior.
Ninguno de esos indicios demostraba por sí solo una descarga contaminante.
Juntos sí justificaban una conclusión más limitada: Pedra Fendida merecía ser tratada como una conducción que quizá no estuviera tan inactiva como figuraba en los documentos.