Capítulo 8
Alba Riveiro había dejado las hojas de resultados boca abajo sobre la mesa.
—Antes de enseñártelos, dime qué esperas encontrar.
Elena dejó el abrigo en el respaldo de una silla.
—No quiero jugar a acertar.
—No es un examen. Quiero saber si llegas con una hipótesis demasiado cerrada.
Marta Cores estaba junto a la ventana con el teléfono en la mano. Había insistido en acudir porque los primeros resultados podían cambiar la orientación del encargo, aunque Elena ya le había advertido que un perfil químico no iba a señalar un origen por sí solo.
Alba era más joven de lo que Elena había imaginado por teléfono, rondaría los cuarenta. Trabajaba con una calma seca y no convertía cada dato en una conclusión. Aquello le gustó desde el principio.
—Espero una mezcla —dijo Elena—. No combustible puro.
Alba asintió.
—Eso se parece bastante a lo que tenemos.
Giró las hojas.
Los resultados correspondían a las primeras muestras recogidas por Elena y a varias tomadas antes de su llegada.
Había diferencias entre puntos, como era esperable, pero el patrón general se repetía: presencia de hidrocarburos degradados, fracciones compatibles con aceites ligeros y una señal clara de tensioactivos.
Marta se inclinó sobre la tabla.
—¿Detergentes?
—Eso es simplificar demasiado —respondió Alba—. Tensioactivos. Pueden formar parte de productos de limpieza, desengrasantes, formulaciones industriales y muchas otras mezclas.
—¿Podrían estar en una sentina?
—Podrían. Una sentina puede contener casi cualquier combinación de agua, combustible, aceite y productos utilizados a bordo. La química no me permite decir «esto salió de un barco» ni «esto salió de un taller».
Elena revisó los valores.
—Pero sí permite descartar combustible puro.
—Como explicación única, sí. No estamos viendo una fuga limpia de gasóleo o gasolina.
Alba señaló una de las columnas.
—Además, la distribución entre muestras encaja con una mezcla que ha sufrido dispersión y cierta degradación. No parece una sustancia fresca y homogénea.
—¿Cuánto tiempo?
Alba negó con la cabeza.
—No te voy a dar una edad química que no pueda defender.
Hay demasiadas variables: temperatura, luz, agitación, composición inicial, contacto con sedimentos.
Puedo decir que no parece una descarga recién salida de un depósito y recogida cinco minutos después.
Mucho más que eso sería inventar precisión.
Elena aceptó el límite.
—¿Los tensioactivos podrían explicar que la película se vea tan fragmentada?
—Pueden contribuir. Si tienes hidrocarburos y productos surfactantes, parte puede quedar emulsionada. Eso cambia su comportamiento en superficie y cómo se reparte entre agua, película y materia en suspensión.
Marta miró a Elena.
—¿Eso encaja con lo que visteis en A Barda?
—Encaja con que no tengamos una mancha compacta.
Alba añadió:
—Pero no uses eso para explicar toda la dinámica. La costa, la marea y el viento siguen mandando.
Elena pasó a las muestras de comparación.
La del sector más expuesto a la boca de la ensenada mostraba presencia de hidrocarburos, aunque en valores inferiores a los de los recodos interiores. Las diferencias no eran enormes en todos los parámetros, pero sí lo bastante consistentes para justificar nuevas comparaciones.
—¿Eso refuerza un origen interior? —preguntó Marta.
—Refuerza que los recodos concentran más —dijo Alba—. No necesito saber de dónde viene para explicar eso.
Era la misma cautela que Xabier había planteado con la dinámica litoral: una acumulación mayor no equivalía a proximidad de la fuente.
—¿Y las dos muestras de esta mañana? —preguntó Elena.
Alba buscó otra hoja.
—Solo tenemos un cribado inicial. No voy a mezclarlas con el resto como si tuvieran el mismo nivel de análisis.
—¿Alguna diferencia llamativa?
—No. Siguen mostrando la misma familia de mezcla. En el punto intermedio hay menos concentración que en el recodo norte, pero eso encaja con dispersión.
Elena se apoyó en el borde de la mesa.
—Entonces, con lo que tenemos hasta ahora, ¿cómo lo describirías?
Alba pensó unos segundos.
—Una mezcla ambientalmente compatible con aguas de lavado o mantenimiento que contienen residuos de hidrocarburos, aceites y agentes tensioactivos. También podría aparecer en otros contextos. Lo que no parece es un vertido simple de combustible puro.
Marta repitió en voz baja:
—Aguas de lavado o mantenimiento.
—Compatible con —corrigió Alba.
—Sí.
La diferencia importaba. Porto do Corvo tenía zonas de lavado y mantenimiento, pero también otras instalaciones podían generar mezclas similares. Una composición compatible no era una firma.
—¿Podemos comparar con productos concretos? —preguntó Elena.
—Si me das fichas y muestras de referencia, podemos buscar compatibilidades. Pero cuidado con lo que esperas. Muchos limpiadores industriales comparten componentes. No vas a encontrar una marca comercial escrita en el cromatograma.
—No la necesito.
—Mejor.
Marta tomó nota.
—Samuel nos ofreció las fichas de productos del puerto.
—Y hay que pedir también las de las otras instalaciones que sigan en la lista —dijo Elena.
No quería que la química cerrara el foco sobre Porto do Corvo antes de tiempo. Si revisaban únicamente sus productos, acabarían comparando el residuo con aquello que ya habían decidido mirar.
Alba pidió ver el esquema de muestreo. Elena se lo mostró con los códigos utilizados en A Barda y la separación entre puntos principales y zonas de comparación. La química repasó las posiciones una a una sin intentar reconstruir el mapa a partir de los resultados.
—Esto me ayuda más que saber dónde viste más brillo —dijo—. Si me cuentas primero qué punto te parecía peor, corro el riesgo de mirar las diferencias buscando una historia que ya me has contado.
—Por eso los mandé codificados.
Alba señaló dos muestras tomadas en lugares próximos pero con concentraciones distintas.
—Mira estas. Si no conociera la costa, podría pensar que pertenecen a fuentes diferentes. Con tu croquis, en cambio, basta con que una quede más retenida que la otra para explicar parte de la diferencia.
Elena observó los valores. El ejemplo reforzaba una precaución que ya había tenido que repetirse varias veces: una concentración alta podía deberse a la forma de A Barda y al tiempo que el agua permanecía en un punto, no a la cercanía del vertido.
—¿Hay algo en la mezcla que se degrade más deprisa que el resto? —preguntó.
—Sí, pero no de una forma que nos dé un reloj fiable.
Algunas fracciones de hidrocarburos se pierden antes y determinados tensioactivos también cambian.
El problema es que no conocemos la composición inicial ni las condiciones exactas a las que estuvo sometida la mezcla.
Si intentáramos calcular una edad, tendríamos una cifra muy bonita y muy poco defendible.
Marta levantó la vista del portátil.
—¿Y para saber si hubo una descarga grande o varias pequeñas?
—La química tampoco basta para eso. Puedes tener una mezcla irregular descargada una sola vez o varias descargas con composiciones parecidas. Para distinguirlo necesitáis contexto: volúmenes, horarios, patrón espacial, sedimentos y funcionamiento de las instalaciones.
Elena anotó esa última palabra. Los sedimentos podían conservar una historia distinta a la de la superficie, sobre todo cerca de una salida utilizada más de una vez.
No era algo que fueran a resolver aquella noche, pero sí una razón adicional para inspeccionar con la marea adecuada los puntos que seguían abiertos.
Alba pasó a los informes de las muestras previas tomadas por la administración.
—Aquí hay otro detalle. En las primeras muestras, las más cercanas al momento del hallazgo, la proporción entre hidrocarburos y tensioactivos no es exactamente igual que en las vuestras.
—¿Es una diferencia grande?
—No diría grande. Puede deberse a degradación, dilución o a que la mezcla inicial no fuera homogénea. Pero me interesa porque sugiere que no estamos ante una sustancia única repartida de manera uniforme.
—¿Podría haber más de un vertido?
—Podría. También un solo vertido mezclado con aguas diferentes o descargado por fases.
Elena anotó la posibilidad sin darle prioridad.
—¿Hay algo que apunte a una sentina?
—Hay hidrocarburos y aceites, y eso aparece en sentinas. Los tensioactivos también pueden aparecer. Lo que no tenemos es una combinación que permita decir que ese sea el origen más probable.
—¿Y un lavado industrial?
—También encaja. Mejor en algunos aspectos, pero sigo hablando de compatibilidad.
Marta cruzó los brazos.
—Entonces seguimos sin responsable.
Alba la miró.
—Eso nunca estuvo en mis tubos.
Elena sonrió.
—Ni debía estarlo.
La reunión continuó con las limitaciones de cada análisis.
Alba explicó qué resultados eran semicuantitativos, cuáles podían compararse entre puntos y cuáles necesitaban una segunda técnica para confirmarse.
Elena prefirió dedicar tiempo a esos límites antes que quedarse únicamente con la frase más llamativa del informe.
Si la química iba a servir para orientar la investigación, también tenía que quedar claro hasta dónde podía llegar.
—Quiero un informe que separe observación, compatibilidad e interpretación —dijo.
—Eso hago siempre.
—Y que no use «origen» salvo que sea imprescindible.
Alba levantó una ceja.
—Te estás ganando puntos.
Marta soltó una risa.
—Empiezo a pensar que os conocéis de antes.
—No tenemos tanta suerte —dijo Alba.
Cuando terminaron, Elena guardó una copia de los resultados y salió con Marta hacia el aparcamiento.
Había anochecido. El aire era más frío que por la tarde y el suelo conservaba la humedad de una llovizna breve.
—¿Esto cambia lo que vas a hacer mañana? —preguntó Marta.
—No el orden. Sí lo que busco.
—Explícate.
Elena abrió la carpeta.
—Hasta ahora buscábamos conexiones físicas capaces de llevar algo al mar. Ahora sabemos que también necesitamos puntos asociados a aguas de limpieza, mantenimiento o mezclas parecidas. Eso hace perder peso a algunas posibilidades y mantiene otras.
—Porto do Corvo.
—Entre otras.
Marta no insistió.
En el alojamiento, Elena extendió sobre la mesa el plano de la costa, el esquema de drenajes y las hojas del laboratorio.
El trabajo de los últimos dos días empezaba a formar una estructura más clara.
A Barda no se comportaba como una simple mancha llegada desde mar abierto; la marea ofrecía una explicación razonable para la redistribución y el retorno, y la química tampoco encajaba con una fuga limpia de combustible.
Varias de las posibles entradas terrestres, además, estaban asociadas a actividades capaces de generar mezclas como la descrita por Alba.
Nada de aquello señalaba todavía una fuente.
Elena repasó la lista del día anterior. Las escorrentías estacionales perdían aún más peso.
La descarga autorizada de la EDAR seguía pendiente de datos.
Los pluviales municipales podían transportar mezclas urbanas, pero necesitaban un aporte previo que explicara la contaminación.
Las zonas de mantenimiento y las conducciones antiguas merecían más atención.
Pedra Fendida seguía entre ellas, no porque la química la señalara, sino porque aún no había podido comprobar si aquel conducto antiguo estaba realmente inactivo.
Antes de guardar el plano, marcó con un círculo discreto los puntos que combinaban dos condiciones: una conexión física plausible con el mar y una actividad capaz de generar una mezcla semejante a la descrita por Alba.
No era una clasificación de culpables, sino una forma de evitar que la siguiente inspección se convirtiera en un recorrido indiscriminado por toda la costa.
Pedra Fendida estaba dentro de ese grupo.
No estaba sola.