Capítulo 7
La primera salida estaba donde el plano decía que debía estar, pero desde el camino apenas se veía.
Elena tuvo que bajar por un talud corto, cubierto de hierba húmeda y restos de arena, hasta una franja de roca donde el tubo aparecía entre dos bloques de hormigón.
Era un pluvial municipal de diámetro suficiente para merecer una comprobación, aunque aquella tarde solo dejaba escapar un hilo de agua transparente.
Uxía Varela permaneció arriba, junto a la barandilla.
—Ese lleva ahí toda la vida.
—Eso no lo descarta ni lo convierte en origen.
Elena fotografió la boca, el canal de salida y la roca inmediatamente inferior.
No había película visible, ningún olor distinto al de la costa ni una franja de sedimento que llamara especialmente la atención.
El agua descendía por un surco estrecho y se incorporaba al mar en una zona bastante expuesta, donde el oleaje removía con facilidad la superficie.
Volvió a subir con cuidado.
—¿Siguiente?
Uxía desplegó una copia del mapa sobre el capó del coche.
—Más al este hay otro pluvial y después la zona próxima a la depuradora. Si quieres ver también lo antiguo del puerto, tenemos que rodear.
Elena había ordenado los puntos antes de salir del despacho de Xabier, no por cercanía sino por compatibilidad física con lo observado en A Barda.
Buscaba conexiones que pudieran aportar agua cerca de una fase descendente, con salida suficiente hacia la costa y un recorrido desde el que la siguiente creciente pudiera devolver parte del material hacia la ensenada.
Sobre el papel había marcado nueve posibilidades.
No pretendía inspeccionarlas todas con el mismo detalle.
Algunas podían perder prioridad por posición o por falta de conexión real con el mar.
El objetivo de aquella tarde era reducir la lista hasta dejar únicamente los puntos que justificaran una visita con bajamar, un muestreo específico o una revisión documental.
—Vamos primero al segundo pluvial —dijo.
El acceso terminaba en una pequeña explanada sobre la costa. Desde allí bajaron por unas escaleras de obra hasta una plataforma donde el agua chocaba directamente contra la pared. La salida estaba parcialmente cubierta por el nivel del mar.
Elena esperó a que una serie de olas más pequeñas dejara visible el borde.
Había una línea oscura alrededor de la boca, pero también en varios huecos cercanos. Tocarla no habría aportado nada y, con el agua subiendo y bajando sobre la misma superficie, cualquier muestra tomada allí necesitaría un objetivo mucho más concreto.
—¿Se atasca alguna vez? —preguntó.
—Después de temporales, sí. Hojas, arena, de todo.
—¿Y alguna limpieza reciente?
—No lo sé.
Uxía llamó a un operario de la cofradía que conocía los trabajos de la zona. La conversación duró menos de un minuto. No recordaba ninguna actuación en los últimos días, aunque sugirió consultar al ayuntamiento.
Elena dejó la comprobación anotada como pendiente.
—Aquí sí podría salir algo sin que se viera desde arriba —dijo Uxía.
—Podría. Otra cosa es que su posición explique los máximos en A Barda.
Desde aquel punto, la ensenada quedaba al oeste, protegida por un saliente rocoso. Una descarga superficial tendría que salir de la pared, atravesar una zona de oleaje y después rodear el saliente. Era físicamente posible, pero exigía un recorrido menos directo que otros puntos de la lista.
Elena trazó una raya junto al código del pluvial: «conexión real · recorrido menos directo · sin señal visible».
La tercera parada estaba cerca de la EDAR de Porto Xabre.
No entraron en la instalación. Desde un acceso público pudieron localizar la zona de descarga autorizada y su relación con la costa.
Allí el agua presentaba el aspecto habitual de un entorno con aporte regular: diferencias de turbulencia, una aparente variación de temperatura en la zona de contacto y materia flotante dispersa que, por sí sola, no indicaba contaminación.
—¿Pedimos datos? —preguntó Uxía.
—Sí. Caudales, incidencias y cualquier aviso de esos días. Pero no voy a decidir nada desde aquí.
—¿Por qué no?
—Porque una depuradora es una fuente evidente y eso la convierte en una candidata demasiado fácil. Necesito comprobar si el tipo de residuo y los horarios encajan.
Uxía miró hacia las instalaciones.
—Nadie ha dicho que hubiera problemas.
—Eso también será un dato cuando lo tengamos documentado.
Elena fotografió el entorno y no se acercó más. Si necesitaba muestras específicas o información operativa, las pediría por la vía correspondiente. La visita servía para entender la posición física, no para convertir un punto del mapa en responsable.
De regreso al coche, revisó la lista. Los dos pluviales, la descarga autorizada de la EDAR y tres pequeñas escorrentías estacionales quedaban ya mejor situados.
Las escorrentías podían perder peso: durante el episodio no había llovido lo suficiente como para sostener un aporte importante y continuado.
Aun así, Elena no las eliminó por completo.
El siguiente acceso discurría detrás de una hilera de almacenes bajos, fuera del recinto principal de Porto do Corvo. El camino terminaba en una zona de roca más abrupta. Desde allí se veía parte del litoral que Samuel había señalado en el esquema de conducciones antiguas.
Uxía buscó una referencia.
—Pedra Fendida queda por allí.
Señaló un tramo donde la costa se quebraba en varias entradas estrechas.
Elena comparó la posición con el plano.
—¿Se puede llegar?
—Con agua más baja, sí. Hay un paso desde arriba, pero no es cómodo.
—Hoy no.
La marea estaba demasiado alta para ver la boca de la conducción y bajar sin necesidad habría añadido riesgo sin aportar información. Desde la parte superior solo se distinguían roca húmeda, espuma en las grietas y una pequeña plataforma que desaparecía cada pocos segundos bajo el agua.
Elena tomó una fotografía general y registró la hora.
—Samuel dijo que la salida existía físicamente —comentó Uxía.
—Eso es lo único que sabemos.
—Y que no se usa.
—Dijo que no tiene uso operativo habitual.
Uxía la miró de lado.
—No es exactamente lo mismo.
—No.
Elena volvió al mapa. Pedra Fendida tenía una ventaja respecto a varios de los puntos visitados: su posición estaba más cerca de la franja costera desde la que un aporte podía salir durante una fase descendente y quedar después sometido al ciclo que Xabier había descrito.
La desventaja era igual de clara: todavía no habían visto la boca ni tenían una sola señal de funcionamiento reciente.
Anotó «revisar con bajamar» y siguió adelante. No quería quedarse más tiempo observando una zona que, precisamente porque encajaba bien con la hipótesis, corría el riesgo de adquirir una importancia que aún no se había ganado.
A media tarde habían recorrido seis puntos. El viento se había levantado y la superficie del mar estaba más rota que por la mañana. Eso hacía más difícil detectar cualquier película fina cerca de costa, aunque también permitía ver qué salidas quedaban sometidas a una dispersión rápida.
En una pequeña conducción situada al norte de Porto Xabre encontraron agua acumulada en la base y una franja de algas secas adheridas al hormigón.
Uxía se detuvo.
—Esto parece más sucio.
Elena se acercó lo suficiente para observar sin pisar el canal.
La coloración era marrón verdosa y seguía la línea de humedad de una forma bastante uniforme. Había restos vegetales, arena y una capa fina de limo.
—Parece que lleva tiempo mojándose.
—¿Eso es bueno o malo?
—Ninguna de las dos cosas. Si hubiera un vertido reciente, tendríamos que encontrar algo que no se explique por el funcionamiento normal del punto.
No había iridiscencia clara ni olor a hidrocarburos. Tampoco restos recientes de espuma. Elena fotografió la zona y la dejó como conexión secundaria.
—Empiezo a entender tu lista —dijo Uxía.
—¿Cuál?
—La de cosas que existen y cosas que significan algo.
Elena sonrió.
—Es una lista larga.
—Y bastante menos satisfactoria.
—Suele serlo al principio.
La última parada de la tarde estaba al final de un camino de servicio, junto a una zona de talleres que no pertenecía a Porto do Corvo.
Varias arquetas conducían allí a una canalización pluvial que desembocaba en una pequeña vaguada antes de alcanzar el mar.
A diferencia de otros puntos, parte del recorrido podía seguirse a simple vista.
Elena bajó por la vaguada.
Había humedad en el fondo, pero no un flujo continuo. En algunos tramos aparecían manchas oscuras sobre el suelo compactado, probablemente antiguas. Se agachó junto a una de ellas y comprobó que la superficie estaba seca y mezclada con polvo.
No tomó muestra.
—¿Esto no te interesa? —preguntó Uxía.
—No para el episodio que estamos buscando. Puede ser aceite viejo, combustible o cualquier cosa de meses atrás. Si empiezo a recoger todo lo que parezca sucio, el laboratorio me devolverá una colección de problemas distintos.
Más abajo, la vaguada llegaba a una salida estrecha entre rocas. Su posición tampoco encajaba especialmente bien con la distribución observada en A Barda, aunque Elena dejó pendiente contrastarla con los registros de viento y marea.
Cuando regresaron al coche, extendió de nuevo el mapa.
Habían partido de nueve posibles entradas.
Tres podían bajar de prioridad por su posición o por falta de un caudal plausible durante los días del episodio.
Otras dos merecían una revisión documental antes de volver al terreno.
La salida asociada a la EDAR requería datos operativos.
El segundo pluvial y Pedra Fendida, en cambio, justificaban una inspección con agua más baja.
Uxía apoyó un dedo junto a la marca de la conducción antigua.
—Al final volvemos aquí.
—Volvemos a varios sitios.
—Pero este te interesa más.
Elena tardó un instante en responder. Le interesaba porque su posición encajaba de forma cómoda con la hipótesis y precisamente por eso necesitaba vigilar que no empezara a pesar demasiado.
—Me interesa comprobarlo. No es lo mismo.
Uxía dejó la mano sobre el capó.
—¿Cuándo baja suficiente?
Elena consultó las referencias de marea que había trabajado con Xabier.
—Mañana tendremos una ventana mejor. Antes quiero revisar los planos antiguos que Samuel quedó en preparar y confirmar qué tramos de la conducción siguen conectados.
—¿Y si en el plano aparece cerrada?
—Entonces habrá que averiguar si «cerrada» significa anulada físicamente o simplemente fuera de servicio.
Guardó el mapa y las notas.
La búsqueda de aquella tarde no había revelado una fuente evidente, pero sí había reducido el problema. Ya no tenían delante toda la línea de costa ni cualquier instalación próxima al mar, sino un grupo pequeño de conexiones cuya posición y funcionamiento podían contrastarse con la marea.
Mientras Uxía arrancaba el coche, Elena ordenó mentalmente el trabajo del día siguiente: documentación, una ventana adecuada de bajamar y una inspección que permitiera ver las salidas sin decidir de antemano qué debía encontrarse.
La película de A Barda las había obligado a mirar hacia tierra.
Ahora tocaba averiguar qué parte de esa tierra tenía realmente una vía hasta el mar.