Capítulo 6
Xabier Louro había impreso las fotografías de A Barda en papel corriente y las había distribuido por la mesa sin respetar el orden en que Elena se las había enviado.
—Si las miras por días, te engañan —dijo.
Elena dejó la mochila junto a una silla.
—Ayer llegué a la misma conclusión.
—Entonces me ahorro convencerte.
El despacho que utilizaba Xabier daba a una explanada del puerto, aunque desde la ventana apenas se veía una franja de agua entre dos edificios.
En una de las paredes había cartas costeras, mapas batimétricos y varias imágenes aéreas.
No había preparado una presentación ni un informe formal.
Sobre una mesa grande había colocado las fotografías, los datos de viento, las referencias de marea y, a un lado, el croquis que Elena había hecho de la ensenada.
Marta Cores se sentó frente a ellos y abrió el portátil.
—¿Qué necesitas que demos por bueno?
Xabier la miró.
—Nada todavía.
Elena sonrió.
—Nos vamos a entender.
Xabier tendría cincuenta y pocos años, barba corta ya gris y una forma de hablar pausada que no parecía buscar autoridad.
Elena le había pedido ayuda para una cuestión concreta: comprobar si la distribución observada podía explicarse de forma razonable por una entrada desde mar abierto.
No necesitaba que reconstruyera cada movimiento del agua, y menos con los datos incompletos que tenían.
Él señaló la fotografía más antigua que podían situar con seguridad.
—Aquí tenemos producto en un recodo interior cuando la marea todavía estaba bajando. Después sigue apareciendo en la misma zona con el nivel más bajo y vuelve a verse durante la creciente.
—Sí.
Movió otra imagen.
—Y aquí, en el sector expuesto a la boca, hay menos señal.
Marta intervino.
—Eso es lo que nos está haciendo mirar hacia tierra.
—Puede hacerlo —dijo Xabier—, pero no porque el mar tenga que repartir una mancha de manera uniforme.
Tomó un lápiz y dibujó dos curvas sobre una hoja.
—En una costa así tienes oleaje fuera, sombra de oleaje dentro, corrientes de marea, viento sobre la superficie y retención en pequeños entrantes. Con eso puedes romper una película en muy poco espacio. Si alguien vierte fuera de la ensenada, no esperes una alfombra avanzando hasta la orilla.
Elena apoyó un dedo en el recodo norte.
—Lo sé. La pregunta es cuánto tenemos que forzar ese escenario para que explique esto.
Xabier levantó la vista.
—Ahí está lo interesante.
Buscó los datos meteorológicos.
—Durante parte del episodio inicial hubo viento moderado de componente oeste. No fue constante, pero sí suficiente para influir en una película superficial. Si el producto estaba fuera de A Barda en ese intervalo, el viento no favorecía especialmente que entrara hasta estos recodos.
—¿Lo impide?
—No. La costa gira, la marea cambia y no tenemos una boya siguiendo la película. Decir que lo impide sería demasiado. Pero tampoco es el empuje más favorable para la historia sencilla de «estaba fuera y entró».
Elena anotó la formulación.
No quería una frase más contundente de lo que permitían los datos. Un modelo costero podía descartar lo físicamente imposible y ordenar escenarios más o menos probables, pero convertirlo en una grabación retrospectiva del agua sería otra forma de fabricar precisión.
Xabier señaló después las horas de las imágenes.
—Con la bajamar, algunos de estos recodos quedan medio aislados. Eso favorece que retengan cualquier cosa que flote. Cuando sube la marea vuelven a conectarse y parte del material puede salir o desplazarse lateralmente.
—Es lo que vimos esta mañana —dijo Elena—. El agua entraba, pero la película más visible ya estaba dentro.
—Eso me interesa más que una fotografía aislada. Ahí habéis observado el proceso.
Marta giró el portátil hacia él.
—¿Puede seguir siendo una descarga de un barco?
Xabier tardó unos segundos en responder.
—Puede. Tendría que haber ocurrido en una ventana anterior que dejara el producto retenido en los recodos antes de las primeras observaciones fiables. Después habría que explicar por qué el sector de entrada conserva menos señal que las zonas interiores.
—¿Es raro?
—Depende de dónde estuviera el barco, del momento exacto, del viento y de la cantidad vertida. No es imposible, pero tampoco es el escenario que mejor encaja sin añadir condiciones.
Elena miró el mapa de la costa.
—¿Y si la entrada estuviera en tierra?
Xabier tomó otra hoja.
—Entonces una parte de lo que veis se simplifica.
Dibujó un punto en el margen interior de la ensenada y una flecha hacia fuera.
—Un aporte cercano a costa durante una fase descendente puede alejarse primero, dispersarse y hacer que una parte del material vuelva con la siguiente creciente.
Si además el viento empuja la superficie hacia los recodos, puedes terminar acumulando producto en zonas que parecen desconectadas de la fuente.
Marta frunció el ceño.
—¿Volver? ¿El agua no sale y ya está?
—El agua no firma un contrato de ida. En una ensenada pequeña y con esta geometría, parte del material puede salir de una zona y regresar después con otra fase de marea. Sobre todo si hablamos de una película superficial y no de una masa de agua perfectamente mezclada.
Elena recordó el punto intermedio que había observado aquella mañana.
La iridiscencia había aparecido después de que la creciente conectara aquella zona con los recodos interiores.
No demostraba un retorno desde una fuente terrestre, pero sí encajaba con un mecanismo capaz de redistribuir el residuo.
—¿Podemos distinguir entre una entrada desde fuera y un aporte costero solo con estas fotografías?
—No.
Xabier respondió sin adornos.
—Podemos decir qué escenario necesita menos condiciones especiales. Y decidir dónde merece la pena buscar una contradicción.
Elena se inclinó sobre el plano.
—Eso es lo que quiero.
Xabier marcó tres zonas.
—Si la fuente es marina y exterior, deberíais encontrar alguna coherencia entre las primeras observaciones, la boca de la ensenada y la fase de entrada.
No necesariamente mayor concentración, pero sí un recorrido defendible.
Si la fuente está en tierra, yo buscaría puntos capaces de aportar durante la bajamar o cerca de ella y dejaría que la creciente explicara la redistribución posterior.
—Pluviales, drenajes, conducciones antiguas —dijo Marta.
—Cualquier cosa que conecte físicamente con el agua. Pero primero conexiones; después, nombres.
Aquello coincidía con la línea que Elena había empezado a seguir en Porto do Corvo.
El problema era que la lista podía crecer demasiado deprisa: pluviales municipales, instalaciones de mantenimiento, la depuradora, salidas antiguas, pequeñas escorrentías.
Una costa urbanizada por fases acumulaba conducciones que podían seguir existiendo mucho después de que alguien hubiera dejado de tenerlas presentes.
Xabier acercó otra fotografía.
—Hay una cosa más.
La imagen correspondía a uno de los recodos interiores. La película ocupaba una franja estrecha junto a la roca.
—Si esto fuera un único episodio que entró desde fuera y después quedó atrapado, esperaría que la señal fuese perdiendo fuerza de forma bastante clara con los ciclos posteriores, salvo que hubiera mucha cantidad o una retención muy eficaz.
—Y la seguimos viendo —dijo Elena.
—La seguís viendo en puntos parecidos. Otra cosa es que tenga la misma concentración. Eso no puede medirse visualmente.
Elena pensó en las muestras tomadas durante las dos fases de marea.
—El laboratorio podrá decirnos si hay diferencias.
—Sí, pero con cuidado. Una concentración mayor en un recodo puede hablar de retención, no de proximidad a la fuente.
—Lo sé.
Marta cerró un momento el portátil.
—Entonces estamos donde estábamos.
—No —dijo Elena.
Los dos la miraron.
—Ayer teníamos varias explicaciones posibles. Hoy sabemos que la más sencilla, una mancha que entra desde mar abierto y se reparte hacia dentro, no describe bien lo que hemos observado. Sigue siendo posible, pero necesita una secuencia concreta que de momento no vemos.
Xabier asintió.
—Eso sí lo firmaría.
Elena anotó la idea con sus propias palabras. No necesitaba una conclusión más llamativa.
Pasaron después a las horas de marea. Xabier evitó tratar como exactas las referencias locales que no procedían de una estación situada en la propia ensenada.
Trabajaron con fases y márgenes: descenso, entorno de bajamar, inicio de creciente y creciente estable.
Para lo que necesitaban decidir en ese momento, era suficiente.
Sobre el plano, Elena marcó las fotografías mejor situadas y las observaciones propias de los días anteriores.
Vistas en conjunto, mostraban una lógica más clara: las mayores acumulaciones no avanzaban desde la boca hacia el interior, sino que permanecían asociadas a zonas de retención y se desplazaban cuando el agua volvía a comunicar sectores.
Xabier dibujó una última flecha, esta vez desde el interior hacia fuera y después de regreso hacia un lateral.
—No digo que haya ocurrido exactamente así. Digo que este recorrido es físicamente razonable.
—Y explica mejor lo que vimos —dijo Elena.
—Con menos suposiciones, sí.
Marta volvió a abrir el ordenador.
—¿Eso basta para que la aseguradora descarte una embarcación?
—No —respondió Elena—. Basta para que dejemos de tratarla como explicación principal sin revisar antes las entradas terrestres.
—Eso cambia bastante el encargo.
—Cambia dónde miramos. El encargo sigue siendo el mismo.
Xabier se levantó y buscó una carta más detallada de la costa. La extendió sobre las fotografías.
—Si vais a revisar tierra, no empecéis por lo que parezca más sospechoso. Empezad por lo que pueda descargar durante la fase que os interesa.
Elena recorrió con la vista la línea costera. Había varios puntos que merecían una inspección, pero necesitaba ordenarlos antes de volver al terreno.
—¿Puedes ayudarme a definir una franja útil para revisar salidas?
—Sí. Para ver bocas y rastros, mejor con agua baja. Para valorar si pueden influir en A Barda, también me interesa lo que ocurra en el ciclo siguiente.
—Sin horas exactas todavía.
—Sin venderte una precisión que no tenemos.
Marta recogió las fotografías.
—Os habéis encontrado.
—Es una desgracia —dijo Xabier.
Elena levantó la vista del mapa.
—Para ti.
La conversación se relajó durante unos segundos antes de volver al trabajo.
Cuando terminaron, Elena fotografió el esquema de Xabier y guardó una copia de las fases de marea que habían utilizado. No era un modelo definitivo y no necesitaba que lo fuera. Le servía para algo más concreto: decidir qué buscar al día siguiente y en qué orden.
Fuera, el agua del puerto apenas se movía entre los pantalanes.
Antes de llegar al coche, Elena abrió el cuaderno y escribió una sola línea bajo las observaciones del día anterior: «Buscar entradas que funcionen antes de la creciente; comprobar rastro, continuidad y acceso al mar».
No había descartado el mar como parte del problema.
Había dejado de tratarlo como origen por defecto.