La mentira del mar (Las huellas de la tierra 3) Capítulo 5
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Capítulo 5

A Barda tenía otra forma cuando Elena volvió a la mañana siguiente.

La marea estaba entrando y había cubierto ya buena parte de la superficie que el día anterior había recorrido a pie.

Los charcos aislados se habían convertido en entrantes, los pequeños canales eran ahora lenguas continuas de agua y solo sobresalían las rocas más altas, oscuras por la humedad.

Desde arriba, la ensenada parecía más uniforme, aunque Elena sabía que aquella impresión engañaba.

Uxía Varela la esperaba junto al acceso, con el impermeable cerrado hasta el cuello.

—Hoy vas a tener menos suelo para pisar.

—Y más agua para mirar.

Bajaron hasta una plataforma de roca que todavía permanecía seca.

Elena llevaba el plano plastificado de la jornada anterior, el cuaderno y una copia del esquema de Porto do Corvo que Samuel les había entregado.

De momento no quería mezclar ambos mapas.

Primero necesitaba comprobar cómo se comportaba A Barda durante la creciente.

El recodo norte fue el primer punto que localizó.

Durante la bajamar del día anterior había concentrado una de las películas más visibles.

Ahora el agua llegaba con continuidad desde fuera y la superficie interior ya no estaba aislada, pero el brillo seguía allí, reunido en una franja estrecha junto a la roca y algo más desplazado hacia el fondo del entrante.

Elena tomó una fotografía y anotó la hora.

—Ayer, a esta altura, ya se estaba abriendo hacia fuera —dijo Uxía.

—Hoy estamos viendo el recorrido contrario.

El agua avanzaba despacio por el canal. La película no formaba una línea que entrara con ella, sino pequeños fragmentos: algunos quedaban atrapados entre restos de algas y otros eran empujados hacia el interior a medida que la superficie subía.

Elena observó el movimiento durante varios minutos.

Si el producto estuviera llegando desde mar abierto en ese momento, sería razonable encontrar alguna continuidad entre la entrada de la ensenada y los puntos donde la señal era más intensa. No una franja perfecta ni una mancha compacta, pero sí una relación visible con el agua que estaba entrando.

Lo que veía era distinto. La creciente parecía alcanzar un residuo que ya estaba en los recodos y redistribuirlo.

Aquello tampoco demostraba el origen. El material podía haber entrado horas antes y haber quedado retenido durante la bajamar.

La creciente se limitaría entonces a ponerlo de nuevo en movimiento.

Aun así, la observación obligaba a separar dos preguntas que al principio parecían una sola: de dónde había venido el producto y qué estaba haciendo después la marea con él.

—Vamos al punto expuesto —dijo Elena.

El acceso más corto ya estaba cubierto, así que tuvieron que ganar unos metros de altura y rodear la zona. Uxía avanzó con naturalidad sobre la roca mojada; Elena prefirió ir algo más despacio y elegir bien dónde apoyaba.

En el sector orientado hacia la boca de la ensenada, las ondas entraban con mayor claridad. El agua subía contra la piedra en pulsos regulares y dejaba una línea húmeda que ascendía poco a poco.

Elena revisó el punto de comparación del día anterior.

No encontró una acumulación equivalente.

Había destellos aislados que podían ser materia orgánica, reflejos o restos dispersos. Fotografió la superficie desde varios ángulos antes de concluir que, al menos visualmente, seguía menos afectada que los recodos interiores.

Uxía se acuclilló a su lado.

—Si viene de fuera, ¿no debería entrar por aquí?

—Si estuviera entrando ahora y se mantuviera en superficie, sería razonable encontrar una señal más clara.

—Pero no la hay.

—No como dentro.

Uxía señaló hacia el recodo norte.

—Entonces no viene de fuera.

Elena cerró el cuaderno.

—Eso es ir demasiado deprisa.

—¿Qué más necesitas?

—Saber qué ocurrió antes de que llegáramos. Puede haber entrado con otra marea, otro viento o en un momento en que aquí hubiera más concentración. Lo de hoy me dice cómo se mueve ahora, no cómo llegó el primer día.

Uxía se incorporó.

—Siempre hay una forma de que una explicación siga viva.

—Hasta que deja de encajar con suficientes cosas.

Continuaron por el borde accesible. En un punto intermedio donde el día anterior apenas habían visto película, Elena detectó ahora una iridiscencia fina acumulándose detrás de un saliente.

No era mucha, pero aparecía en una zona que la creciente acababa de conectar con uno de los recodos interiores.

Marcó la posición.

—Ayer aquí casi no había nada —dijo Uxía.

—Por eso importa.

—¿Está llegando desde dentro?

Elena siguió durante un rato el movimiento de dos pequeños restos de alga que flotaban en la misma zona. Entraban y retrocedían con cada oscilación, aunque el balance final los acercaba al saliente.

—Está entrando agua desde fuera y redistribuyendo lo que ya hay en esta parte. Eso sí podemos decirlo.

—¿Y el producto?

—Parece moverse con la superficie, pero no voy a usar dos algas como medidor de corriente.

Uxía sonrió.

—Una pena. Habría sido barato.

Elena dejó pasar la broma.

Durante la siguiente media hora repitió observaciones en los mismos seis puntos que había muestreado el día anterior.

No tomó nuevas muestras en todos ellos. Hacerlo por rutina habría añadido recipientes sin responder una pregunta distinta.

Sí recogió agua en dos posiciones donde el cambio respecto a la bajamar era más claro: el recodo norte y el punto intermedio donde acababa de aparecer la iridiscencia.

Esta vez la etiqueta incluía la referencia a la fase de marea.

Uxía sostuvo la caja mientras Elena cerraba el segundo recipiente.

—¿Estas se comparan con las de ayer?

—Si el laboratorio encuentra diferencias que merezcan la pena, sí.

—¿Y si no?

—Entonces habremos descartado una variación que ahora mismo es posible.

La creciente siguió ganando terreno.

Desde un saliente alto, Elena observó durante varios minutos la boca de A Barda.

El viento era débil y soplaba con un ángulo diferente al de la tarde anterior.

Marta estaba reuniendo los registros meteorológicos, pero todavía no los tenía.

Elena prefería esperar a esos datos antes que reconstruir de memoria cómo había soplado dos días atrás.

Un pequeño parche iridiscente apareció cerca de una roca interior, se estrechó y terminó partiéndose en dos. Una parte quedó atrapada en el recodo; la otra avanzó unos metros antes de dispersarse.

Elena dibujó el movimiento en el plano.

No parecía una entrada continua desde mar abierto, pero tampoco una mancha inmóvil retenida en dos charcos. El producto se desplazaba dentro de la ensenada y, aun así, las mayores acumulaciones seguían apareciendo tierra adentro, en zonas de menor renovación.

Se trasladaron al extremo sur.

Allí, el día anterior, una de las mariscadoras había recordado una iridiscencia aislada mientras otra aseguraba no haber visto nada. Con la marea entrando, la superficie era más amplia y el canal señalado por la primera estaba completamente cubierto.

Elena encontró una línea débil junto a vegetación adherida a la roca.

—Aquí sí hay algo —dijo Uxía.

—Sí.

—Ayer no lo vimos.

—Ayer a esta hora el agua estaba en otra posición.

Fotografió el punto. La señal era tan tenue que, aislada del resto del mapa, habría tenido poco valor. Lo interesante era que aparecía después de que el agua hubiese conectado aquella zona con los recodos donde el residuo estaba más concentrado.

Podía tratarse de redistribución interna.

También de una entrada distinta.

Elena trazó una flecha a lápiz, pero no la prolongó hasta ningún origen.

—¿Qué te falta para creértelo? —preguntó Uxía.

—¿El qué?

—Que viene de tierra.

Elena miró el plano.

El nombre de Pedra Fendida estaba en otra hoja, dentro de la mochila.

Samuel la había descrito como una conducción antigua sin uso operativo habitual.

Pero no era la única posibilidad. Había pluviales, la depuradora, instalaciones de mantenimiento y la posibilidad de algún aporte terrestre que ni siquiera figurara en los planos que habían revisado.

Elegir una de esas opciones solo porque la película se acumulaba en la parte interior sería tan prematuro como haber elegido una embarcación el primer día.

—Me falta una ruta —dijo—. Algo que conecte un punto de entrada con este comportamiento.

—¿Y las mareas no son la ruta?

—Son parte del transporte. No me dicen qué entra ni por dónde.

Uxía guardó silencio mientras Elena comparaba el nivel actual con una fotografía del día anterior.

A media mañana, el agua había borrado casi todos los límites que habían utilizado durante la bajamar. Desde la parte alta, A Barda volvía a parecer una única superficie conectada. Sin el registro de ambos días, habría sido fácil interpretar la contaminación como una mancha cambiante sin estructura.

Antes de subir, Elena regresó a la roca que había utilizado como referencia la mañana anterior.

La marca de agua quedaba ya varios centímetros por debajo de la superficie y la pequeña depresión que entonces había retenido una película aislada estaba completamente comunicada con el canal principal.

En el borde permanecía una línea aceitosa muy fina, adherida a restos secos de alga.

—Eso estaba cerrado ayer —dijo Uxía.

—Durante parte de la bajamar, sí.

Elena comparó en el teléfono las fotografías de las dos jornadas.

La misma piedra aparecía rodeada por configuraciones de agua distintas en menos de veinticuatro horas.

Aquello explicaba por qué no quería trabajar con expresiones como «la mancha estaba aquí» sin añadir una hora y una marea.

Un mismo punto podía actuar como depósito, paso o borde según el momento, y la geometría del lugar cambiaba demasiado deprisa para tratarla como un escenario fijo.

Extendió el plano sobre el capó del coche de Uxía.

Marcó en un color las observaciones de bajamar y en otro las de la creciente.

Los dos recodos interiores seguían concentrando la señal más persistente.

El sector expuesto a la boca presentaba menos película visible, mientras los puntos intermedios ganaban iridiscencia a medida que el agua volvía a comunicar zonas antes separadas.

Uxía se inclinó sobre el papel.

—Visto así sí parece que sale de dentro.

—Parece que los máximos están dentro.

—Otra diferencia.

—Importante.

Elena apoyó el dedo en la boca de la ensenada.

—Si hubiera una entrada principal desde mar abierto, tenemos que explicar por qué este sector no conserva una señal comparable cuando el agua está entrando. Puede haber explicaciones: dispersión previa, otro momento de descarga, viento diferente. Pero cada una necesita unas condiciones concretas.

Desplazó el dedo hacia los recodos.

—En cambio, si el aporte estuviera más cerca de tierra, la distribución que vemos sería más fácil de reconstruir. El problema es que todavía no sabemos desde qué punto ni cuándo.

Uxía siguió con la mirada la línea del mapa hacia el interior.

—Ayer Samuel os enseñó salidas.

—Nos enseñó instalaciones y conducciones. No es lo mismo que una salida activa.

—Pero está esa antigua.

—Y otras.

Elena no quería que Pedra Fendida adquiriera un peso que todavía no tenía.

Un conducto viejo era exactamente el tipo de elemento que podía convertirse demasiado pronto en sospechoso por encajar bien en una historia.

Antes necesitaba revisar el resto de posibles aportes y contrastarlos con la marea y el viento.

El teléfono vibró dentro del bolsillo de la chaqueta.

Era un mensaje de Marta. Había conseguido los registros meteorológicos básicos y una primera relación de datos de marea para los días solicitados.

Elena leyó únicamente el resumen: viento moderado del oeste durante parte del episodio inicial, con cambios posteriores.

El archivo completo llegaría por correo.

Guardó el móvil.

—¿Algo útil? —preguntó Uxía.

—Datos que tendremos que ordenar.

—Eso en tu idioma significa que no me vas a decir nada todavía.

Elena sonrió.

—Significa que mañana quizá pueda decirte algo con menos posibilidades de arrepentirme.

Recogieron el material y regresaron hacia el acceso. Antes de abandonar la ensenada, Elena miró una vez más el recodo norte. La película seguía allí, más fragmentada que al llegar, pero todavía más visible que en la zona expuesta a la entrada del mar.

Durante el primer día había tratado el mar como una posible vía de llegada. Después de observar la creciente, empezaba a considerarlo también como un mecanismo capaz de redistribuir hacia fuera un residuo que quizá no hubiese llegado desde fuera.

Aún era una hipótesis.

Pero ya merecía una comprobación específica.