La mentira del mar (Las huellas de la tierra 3) Capítulo 4
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Capítulo 4

La zona de mantenimiento de Porto do Corvo olía a metal húmedo, detergente y gasóleo viejo, aunque el muelle quedaba varios metros más allá.

Samuel Pardo había extendido sobre un banco de trabajo un plano plastificado del puerto.

Marcó con el dedo los talleres, los puntos de lavado y las conducciones que recogían el agua de las zonas de servicio.

Marta Cores permanecía a su lado con la carpeta de la aseguradora; Elena se situó frente al plano, intentando relacionar aquel trazado con la costa que había recorrido durante la mañana.

—Esto es lo que está en uso —dijo Samuel—. Lo demás son líneas antiguas o tramos que quedaron anulados cuando se reformó esta parte.

No hablaba deprisa ni adornaba las respuestas.

Tendría unos cuarenta y tantos años, llevaba ropa de trabajo oscura y una chaqueta reflectante abierta.

Antes de iniciar la visita había preguntado qué necesitaban ver y esperó a que Elena delimitara el propósito: conocer las instalaciones desde las que, al menos en teoría, pudiera llegar agua contaminada al entorno costero.

—¿Las zonas de lavado comparten recogida? —preguntó Elena.

Samuel negó con la cabeza y señaló dos ramales diferentes.

—No exactamente. Esta parte recoge lo de embarcaciones pequeñas y herramientas. Aquí hay otra línea para el área de mantenimiento. Después se gestiona según el tipo de agua y el trabajo que se haya hecho.

—¿Y cuando llueve?

—Entra más agua donde no debería. Como en casi todos los puertos que han crecido por fases.

Samuel levantó una esquina del plano y mostró una anotación añadida a mano.

—Este sumidero, por ejemplo, da problemas cuando llueve con viento. No es grave, pero mezcla agua limpia con la que luego hay que gestionar. Acabas pagando por retirar más volumen del necesario.

Marta tomó nota.

—¿Ha ocurrido estos días?

—No en cantidad suficiente para explicar nada en A Barda, si es lo que preguntas. Y tampoco ha llovido de forma excepcional.

Elena observó el trazado. No esperaba encontrar una tubería que pudiera señalarse de inmediato como origen del vertido. El objetivo de aquella tarde era mucho más básico: saber qué recorridos existían antes de decidir cuáles merecían una comprobación específica.

—Quiero distinguir tres cosas —dijo—: agua de lluvia, agua de lavado y cualquier línea antigua que todavía tenga conexión física con la costa, aunque ya no se utilice.

Samuel asintió.

—Podemos verlo.

Salieron del taller y cruzaron una explanada donde varias embarcaciones descansaban sobre apoyos metálicos. Había mangueras enrolladas, carros con herramientas y recipientes cerrados junto a una zona cubierta. El suelo de hormigón descendía ligeramente hacia una sucesión de rejillas.

Samuel caminaba sin apresurarse. Se detenía cuando Elena preguntaba y no parecía molesto por tener que explicar procesos que para él formaban parte de la rutina.

—¿Todo esto va al mismo sitio? —preguntó Marta.

—No. Las rejillas de aquella banda son pluviales. Estas otras recogen el área de trabajo. Si alguien conecta una manguera donde no toca o arrastra suciedad fuera de la zona prevista, puedes tener problemas, claro. Pero por diseño están separadas.

Elena se agachó junto a una de las rejillas sin tocarla. En los bordes había restos de arena, pequeñas escamas de pintura y materia orgánica seca. Nada inesperado en un lugar donde se limpiaban cascos y equipos.

—¿Se lavan aquí fondos de embarcaciones?

—Cuando corresponde, sí. Con control de residuos.

—¿Y motores?

—No directamente sobre el suelo. Los talleres tienen sus procedimientos.

Samuel señaló un edificio bajo al fondo de la explanada.

—Allí se hace parte del mantenimiento más sucio. Lo que puede generar aceite o mezclas complicadas no debería acabar nunca en estas rejillas.

Elena se incorporó.

—¿«No debería» porque existe posibilidad física o porque ha ocurrido?

Samuel sonrió con cierta resignación.

—Porque llevo demasiados años trabajando con personas. Puedes poner un cartel, explicar dónde va cada cosa y aun así alguien vacía un cubo donde le queda más cerca. Lo importante es detectarlo y corregirlo.

Era más útil que una garantía absoluta.

Recorrieron el lateral del edificio. Samuel mostró dos arquetas accesibles y explicó qué zonas alimentaban cada una.

Elena fotografió las tapas, anotó las referencias del plano y preguntó por limpiezas recientes, averías y trabajos extraordinarios.

Él recordó una sustitución de mangueras y una intervención menor en un desagüe, ninguna dentro de los días que encajaban con las primeras observaciones de A Barda.

—¿Tenéis registro de esas intervenciones? —preguntó Marta.

—Partes de trabajo. Si los necesitáis, los preparo.

—Los pediré por escrito —dijo Elena—. Prefiero no llevarme una selección hecha ahora.

Samuel no puso objeciones.

—Mejor. Así os lleváis el periodo completo.

Siguieron hacia la parte más antigua del recinto.

El hormigón cambiaba de color y en las paredes aparecían reparaciones de distintas épocas.

Samuel explicó que el puerto había ido incorporando edificios y servicios sin rehacer siempre las conducciones anteriores.

Algunas se habían cegado; otras seguían físicamente presentes aunque ya no formasen parte del circuito habitual.

—Ese es el tipo de cosas que necesito ubicar —dijo Elena.

—Entonces entraremos en la nave.

La puerta de Nave 4 estaba abierta.

Dentro había un espacio amplio con estanterías, un banco de herramientas, mangueras y varios carros de mantenimiento.

El suelo presentaba zonas húmedas cerca de una canaleta lateral.

No parecía suciedad generalizada, sino la humedad normal de un edificio donde se lavaban piezas y entraban equipos mojados.

Samuel encendió una fila de luces.

—Aquí hacemos mantenimiento menor y guardamos material. La nave es antigua, pero se ha ido adaptando.

Elena avanzó despacio, más atenta a la pendiente del suelo y a los puntos de recogida que a las herramientas. Una canaleta conducía hacia un foso protegido por una rejilla metálica.

—¿Esto recoge solo el interior?

—Interior y algo de infiltración. Depende de la marea y del nivel exterior.

Antes de que Elena pudiera preguntar más, desde el fondo del foso llegó un golpe mecánico breve y, a continuación, un zumbido grave.

Una bomba arrancó y trabajó a intervalos irregulares durante unos segundos.

El sonido se mezcló con el eco de la nave y con el golpeteo de una puerta mal ajustada en el exterior.

Marta miró hacia la rejilla.

—¿Eso es normal?

—Sí. Bomba de achique. Cuando el nivel sube en el foso, entra automáticamente. A veces hace ciclos cortos porque aquí las entradas de agua no son constantes.

Elena se asomó desde una distancia prudente. Apenas distinguió la superficie oscura bajo la rejilla y una tubería que salía hacia un lateral.

—¿A dónde impulsa?

—Al circuito de drenaje que corresponde. No descarga directamente al mar.

La bomba se detuvo. Samuel señaló otra conducción visible junto a la pared y continuó explicando la nave.

Elena anotó la existencia del foso igual que había anotado las arquetas del exterior. No tenía motivos para concederle más importancia que a las demás piezas de un sistema que aún estaba intentando comprender.

—¿Aquí se lavan piezas con desengrasantes?

—Sí, pero en zona controlada. Y no todos los días.

—¿Qué tipo?

—Depende del trabajo. Puedo darte las fichas de producto y los consumos.

—Me interesan.

Samuel se volvió hacia una estantería con varios recipientes etiquetados.

—Hay limpiadores alcalinos, desengrasantes y productos específicos. Nada raro para mantenimiento naval.

Elena no necesitaba marcas comerciales todavía. Le bastaba con saber que allí se utilizaban sustancias capaces de producir mezclas bastante más complejas que una fuga de combustible puro.

Marta recorrió la nave con la vista.

—Si algo saliera de aquí por error, ¿qué recorrido haría?

Samuel desenrolló otra vez el plano y lo apoyó sobre una mesa metálica.

—Por el sistema actual tendría que pasar por los puntos de recogida previstos. Si hablamos de una avería, dependería de dónde ocurriera.

—¿Y por las líneas antiguas? —preguntó Elena.

Samuel señaló un trazado discontinuo que partía de la zona vieja del puerto.

—Aquí hubo una conducción que acababa hacia Pedra Fendida.

El nombre no le dijo nada a Elena.

—¿Qué es?

—Una salida antigua en la costa. Se utilizó hace años para drenaje de servicios, antes de las reformas. Hoy no tiene uso operativo habitual.

—¿Está cegada?

Samuel inclinó ligeramente la cabeza.

—Hay tramos anulados. No te diría que toda la conducción haya desaparecido físicamente porque no es cierto. Parte sigue en el terreno.

—¿Y comunica todavía con el mar?

—La salida existe. Lo que no existe, hasta donde yo sé, es un circuito activo que la esté usando como antes.

Elena escribió el nombre en el cuaderno.

—¿Podemos verla?

—Sí, aunque con marea alta no vas a sacar demasiado. La boca queda en una zona incómoda y parte se cubre.

—Hoy no hace falta. Quiero situarla primero en el plano.

Samuel trazó con el dedo la dirección aproximada.

—Desde aquí no va recta. Cruza por detrás de los edificios viejos y luego baja hacia la costa. Tendría que buscarte el plano anterior a la reforma para darte el recorrido exacto.

—Pídelo también —dijo Marta.

—Lo haré.

Salieron de Nave 4 por una puerta lateral.

Desde aquella parte del recinto se veía una franja de costa entre almacenes y vallas, pero no A Barda.

Elena intentó orientarse con las referencias que había acumulado durante el día.

Pedra Fendida quedaba en otro tramo del litoral, fuera de la línea visual directa, y por el momento no era más que una salida antigua dentro de una red de instalaciones construidas por etapas.

Samuel les enseñó después la zona donde se almacenaban temporalmente determinados residuos antes de su retirada. Los recipientes estaban cerrados y etiquetados. Explicó que algunas recogidas se realizaban con periodicidad y otras dependían del volumen generado.

—¿Quién controla los partes? —preguntó Marta.

—Yo superviso la parte operativa. Administración tramita facturas y documentación de gestores.

—¿Tienes los volúmenes de los últimos meses?

—Sí. No aquí de memoria, claro.

—Con el último mes bastará de momento —dijo Elena—. Y los días en que hubo limpiezas extraordinarias.

Samuel se apoyó en el borde de una mesa.

—¿Estáis pensando que la mancha de A Barda puede venir del puerto?

Elena guardó el bolígrafo.

—Estoy intentando saber qué fuentes son físicamente posibles. Ayer todo parecía apuntar a algo llegado desde el mar. Hoy tengo suficientes dudas para revisar también tierra.

—Tiene sentido.

Samuel no preguntó si sospechaban de alguien ni intentó convencerlas de que el puerto debía quedar fuera. En lugar de eso, repasó con ellas otras salidas pluviales y dos instalaciones cercanas que no dependían de su área de mantenimiento.

—Si vais a buscar entradas, no os quedéis solo con esto. Hay una depuradora más al este, varios pluviales municipales y actividad industrial que también puede aportar cosas si algo falla.

Elena anotó las referencias. Prefería aquella colaboración a una defensa del recinto.

Cuando terminaron, Samuel les entregó una copia del esquema actual y anotó sobre ella la documentación que prepararía: planos antiguos, partes de trabajo, fichas de productos de limpieza y registros de retirada disponibles.

Marta guardó la hoja en su carpeta.

—Te escribiré para que quede formalizado.

—Perfecto.

Elena repasó una vez más el plano. Había más recorridos posibles de los que esperaba y ninguno podía descartarse con una visita breve.

Las instalaciones actuales parecían diseñadas para separar aguas y residuos, pero la convivencia con conducciones antiguas obligaba a comprobar sobre el terreno qué seguía conectado y qué no.

Pedra Fendida era una pregunta más dentro del mapa. Todavía no una respuesta.

Antes de marcharse, Elena pasó de nuevo frente a Nave 4. La puerta seguía abierta y desde el interior llegaban sonidos corrientes de trabajo: metal contra metal, una herramienta eléctrica a intervalos y voces amortiguadas. La bomba del foso permanecía en silencio.

Guardó el esquema en la mochila.

Al día siguiente volvería a A Barda durante otra fase de marea.

Después podría empezar a comparar el comportamiento del agua con las rutas que Samuel acababa de enseñarles.

Por primera vez desde su llegada, el mapa del caso se extendía más allá de la ensenada, aunque todavía no había una dirección que pudiera llamarse origen.